CANTAMOS PORQUE TENEMOS ESPERANZA (por Pablo R. Bedrossian)

#Esperanza #Fe #Confianza #Futuro

“No os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza” (frase del apóstol Pablo en su 1ª Epístola a los Tesalonicenses 4:13b)

Julio Cortázar narra la historia de dos hermanos. Habitan una casa que se divide en dos secciones. Cierto día, al dirigirse hacia la parte posterior, el varón escucha ruidos. Logra cerrar la puerta y ponerle candado. Le dice a su hermana “tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo”. Paulatinamente se acostumbran a vivir en el área delantera; sin embargo, cierta noche vuelven a escuchar los ruidos, pero dentro de sector que ocupan. Huyen de la casa sin pensarlo mientras los sonidos crecen a sus espaldas. “Han tomado esta parte” dice la mujer. El hermano relata “…salimos así a la calle… cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”. El cuento es una metáfora que admite diferentes interpretaciones. La casa puede representarnos a nosotros mismos, pero ¿quiénes serían los invasores? Hoy puede ser la resignación.

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Vivimos en un entorno donde muchos, invadidos por la desesperanza, se han dado por vencidos y, como el burro Benjamín, aquel personaje de “La rebelión en la granja”, repiten “esto nunca va a cambiar”.  Sin duda, la situación es penosa, injusta y difícil, pero nos toca a nosotros decidir cómo enfrentarla.

QUÉ ES LA ESPERANZA

La esperanza es una expectativa positiva acerca del futuro, incluso cuando todas la evidencias indiquen lo contrario. No es solo una intuición: es una convicción. Como la palabra fe y la palabra confianza, con las cuales guarda una íntima relación, la esperanza es un signo de aquellos que creen en Dios.

Alguno objetará que es fácil tener esperanza cuando todo está bien. Además, es cierto que no todos los seres humanos partimos en la carrera de la vida desde la misma línea de largada. También es evidente que en medio de las crisis colectivas todos estamos bajo la misma tormenta, pero no todos estamos en el mismo barco. Sin embargo, la vida es como una partida de naipes: uno no elige las cartas que le tocan, pero sí cómo las juega. ¿Acaso no conoce Ud. personas que han recibido manos perdedoras y han salido vencedores y otros que, teniendo manos aparentemente imperdibles, las han dilapidado?  Como decía el Dr. Viktor Frankl, no elegimos las circunstancias, pero sí cómo reaccionamos frente a ellas. Esperanza no es ingenuidad, ni cerrar los ojos, ni ser soñadores; por el contrario, es confiar que es posible alcanzar la meta “a pesar de”. Sabemos que la vida no es una autopista allanada, sino una carrera con obstáculos, sin embargo, en medio de las calamidades es la esperanza lo que nos mantiene vivos.

EL EJEMPLO DE ABRAHAM

Para los cristianos, el punto de partida de la esperanza es la fe en Dios; sin fe, no hay esperanza. El apóstol Pablo presenta en la epístola a los Romanos a Abraham como ejemplo del hombre que vive con esperanza a pesar de las dificultades: “Él creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto, siendo de casi cien años, o la esterilidad de la matriz de Sara”[1].  Abraham creyó contra toda esperanza, porque creía en Dios.

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Pero ¿qué creemos acerca de Dios? ¿qué va a arreglar nuestros problemas? ¿Qué nos evitará dolores? Si la respuesta es afirmativa, quizás sea un autoengaño; Jesús planteó claramente el precio del discipulado y el costo del seguimiento. Su gloriosa declaración “en el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”[2] nos advierte de los riesgos, pero a la vez nos da las razones para mantener la esperanza.

ESPERANZA O ABANDONO

La esperanza no se detiene ante los obstáculos. La persona sin esperanza es una persona vencida. Ha luchado duramente y ante los golpes de la vida, a veces devastadores, se ha rendido. Sin embargo, la persona con esperanza, cuya fe está basada no en un panorama favorable sino en aquella promesa de Jesús “he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”[3], ante las caídas se vuelve a poner de pie y continúa la batalla que le ha tocado pelear.

La esperanza modela nuestro comportamiento. La persona sin esperanza asume una actitud pesimista, escéptica y derrotista. Ha perdido su capacidad de soñar y siente que su realidad le exige más de lo que puede dar. La persona con esperanza no se deja dominar por las emociones negativas, sino que las deja a los pies de la cruz, en oración. Asume una actitud valiente y se resiste a doblegarse. Esta diferencia puede notarse en el lenguaje: mientras que la persona sin esperanza se queja, protesta o maldice, aquel que mantiene viva su esperanza agradece, bendice e inspira.

La esperanza no requiere motivación sino determinación. Aún el hombre más optimista puede ver oscuro un día de sol. La motivación, sujeta a nuestras emociones, puede perderse; la determinación va más allá de los cambios externos e internos: es una decisión inalterable que sostiene nuestras acciones. Jesús demandó reiteradamente determinación de sus discípulos, por ejemplo, cuando dijo “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”[4].

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Vivamos con esperanza sabiendo que Dios estará con nosotros hasta el final. “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”[5] .

© Pablo R. Bedrossian, 2021. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Epístola a los Romanos 4:18-19

[2] Evangelio de Juan 16:33

[3] Evangelio de Mateo 28:20

[4] Evangelio de Mateo 16:24

[5] Epístola a los Hebreos 11:6



Categorías:Liderazgo y Desarrollo Personal, Miscelánea

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