CÓMO MANEJAR NUESTRAS EMOCIONES EN TIEMPO DE CORONAVIRUS (por Pablo R. Bedrossian)

“El Eternauta” es probablemente el cómic más famoso de la Argentina. Fue escrito en 1957 por H. G. Oesterheld y comienza cuando unos amigos observan que una lluvia de copos fosforescentes cae sobre Buenos Aires. El simple contacto con los copos produce la muerte. Pronto se enterarán que la misma lluvia cae sobre todo el planeta. La gente busca cubrirse de cualquier modo para evitar el contacto con la sustancia asesina, procurando salvarse. No comprende que el principal peligro no son los copos, sino los mismos humanos que en su desesperación pierden todos sus límites morales.

El parecido con estos tiempos es notable. El coronavirus es visto por muchos como si fuera los copos mortales. Por eso quiero describir algunas de las reacciones más comunes ante este mal desconocido.

Están los temerosos, los dominados por el miedo y la ansiedad. Aunque solo haya unos pocos casos en su ciudad, piensan en el riesgo de una muerte inminente. Creen todo lo que se publica. Usan guantes y barbijo desde el primer día, algunos incluso escafandra.

En el otro extremo están los negadores, esos que no aceptan recomendaciones. Actúan como si fueran intocables por esta mortal enfermedad desconocida y confían tanto en su propia opinión, que no toman ningún recaudo.

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Se han puesto de moda los informantes. Postean en redes sociales continuamente noticias alarmantes sin verificar las fuentes pues creen estar protegiendo a los demás.

No faltas los quejosos, aquellos que expresan su frecuentemente su frustración, amargados por la pérdida que para ellos representa esta nueva situación.

Existen los místicos, aquellos que pasan versículos, oraciones y cadenas como si tuvieran un poder mágico para hacerlos inmunes, olvidando lo que dijo Jesús, que tanto el sol como la lluvia salen sobre justos e injustos, y que las personas de fe también están expuestas.

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Aparecen los chistosos que siempre comparten memes, videos graciosos y toman con humor las malas noticias, como si una sonrisa hiciera más tolerable la pandemia.

Creo que la mayoría se identifica con alguno de estos comportamientos, que reflejan nuestro temperamento.

OPORTUNIDADES EN MEDIO DE LA CRISIS

Como todos sabemos, mientras las circunstancias no cambien, solo podemos cambiar nosotros. Por eso es importante mirar hacia adentro y encontrar recursos que nos permitan tomar decisiones sabiamente mientras dure esta crisis.

Primero, es importante identificar nuestras emociones; lo que sentimos habla más de nosotros que de la pandemia. Si no entendemos cuáles son nuestras emociones, será difícil mirar la situación con objetividad.

Segundo, necesitamos aceptar la incertidumbre. No hay forma de predecir el futuro, de modo que es inútil lidiar contra lo desconocido. Aceptar la incertidumbre es aceptar las circunstancias de hoy sin saber qué sucederá mañana.

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Tercero, enfocarnos en el presente. No podemos controlar el mañana, pero podemos tener cierto control sobre el hoy. La ansiedad se define como “un miedo sin objeto” y puede consumirnos. Del mismo modo, la preocupación por planes que se ponen en riesgo (viajes, bodas, graduaciones) mientras estén fuera de nuestras manos solo producen dolor y parálisis.

Cuarto, hacer lo que podamos. No nos sirve lamentarnos por lo que no podemos hacer sino trabajar en lo que sí podemos. Por ejemplo, en lo inmediato, decidir cómo aprovisionarnos o evitar riesgos de contagio. Yendo más allá, aquellos que pueden trabajar o estudiar en su casa, cumplir sus responsabilidades lo mejor posible, definiendo rutinas, fijando metas y midiendo su cumplimiento. Esto nos permite desarrollar autodisciplina.

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Finalmente, mantener vivos nuestros sueños. Así como nos ayuda enfocarnos en el presente, tenemos que creer que hay un futuro. Desde luego, ahora no es el momento y no sabemos cuándo; sin embargo, es necesario ejercitar la fe para seguir esperando y luchando por lo que anhelamos. ¿Cuál es tu sueño?

EN QUÉ TERRITORIO CAMINAS

Una manera útil de autoexaminarnos es preguntarnos qué territorio emocional habitamos. Imagine que una raya traza el límite entre dos naciones: uno es el País de las Pérdidas y el otro el País de los Beneficios. El País de las Pérdidas tiene dos provincias. La más cercana a la raya se llama preocupación, la más alejada angustia. El País de los Beneficios también tiene dos provincias: la más cercana a la raya se llama aprendizaje; la más alejada, maduración. ¿En qué provincia habitamos emocionalmente? Una vez que nos hayamos respondido sinceramente, preguntémonos: ¿estamos donde queremos estar? Por favor, desde luego hay muchos motivos para sentirnos alarmados, pero ¿eso nos ayuda a mejorar? La buena noticia es que no hay cuarentena que nos pueda impedir movernos de un territorio emocional a otro y convertir una situación adversa en una experiencia enriquecedora.

© Pablo R. Bedrossian, 2020. Todos los derechos reservados.

JESÚS, EL INMIGRANTE (por Pablo R. Bedrossian)

Vivo en Honduras, Centroamérica. El principal ingreso del país son las remesas enviadas por los hondureños desde el exterior[1]. Aunque recientemente una nutrida caravana ha atraído la atención de la prensa mundial, desde que llegué hace muchos años a este bello país he conocido personas que, arriesgándolo todo, emprenden un viaje en dirección al sueño americano. Pagan grandes sumas a coyotes que pertenecen a organizaciones criminales dedicadas al tráfico de personas que les prometen -muchas veces falsamente- transportarlos a la Tierra Prometida.

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Desde luego, la emigración no solo ocurre en Centroamérica: los heroicos venezolanos huyen de la sangrienta dictadura de Maduro como lo han hecho por décadas los cubanos que huían de Fidel Castro. Lo hacen habitantes del norte de África viajando a Europa en naves tan primitivas que parecen cáscaras de nueces en medio del mar. Lo hacen los sirios en su lucha por sobrevivir a una guerra de intereses económicos y geopolíticos que ha convertido a su nación en un campo de batalla y los sudaneses de Darfur para no ser una cifra más en el genocidio.

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Lógicamente, un país no puede aceptar a cualquier inmigrante sin verificar quién es, no sea que ladrones, asesinos o terroristas ingresen libremente a su territorio; sin embargo, se levantan otros muros que impiden al extranjero honesto y trabajador lograr su cometido.

En su inmensa mayoría, las personas no emigran porque quieren; escapan de la guerra, la violencia, las extorsiones, las amenazas y la falta de oportunidades que les impiden desarrollarse en el medio que han nacido, donde se encuentran sus afectos. Por favor, no se malentienda: no estoy victimizando al inmigrante. Muchas personas se quedan y luchan por mejorar sus condiciones, demostrando que es posible progresar en su propia tierra, pero eso no nos puede hacer perder de vista que, a medio camino entre la desesperación y la desesperanza, hay quienes asumen el riesgo de perderlo todo con tal de salvar la vida.

JESÚS Y LA HUIDA A EGIPTO

Pocos recuerdan que Jesús fue un inmigrante. No eligió serlo, sino que lo fue por decisión de sus padres, a fin de preservar su vida.

El nacimiento de Jesús es relatado en dos evangelios: el de Lucas y el de Mateo. Mateo es el único que cuenta la famosa historia de los “Reyes Magos”, que no eran ni reyes ni magos, sino sabios que estudiaban los astros. Leamos el relato:

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“Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta… Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella; y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore. Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.  Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.  Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.

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Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes… Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto, diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño. Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel”[2].

Hay un notables paralelismos entre este relato de la niñez de Jesús y la historia de algunos migrantes de nuestro tiempo.

El primero es la precariedad. Todas las personas, y en particular los niños, deberían gozar del derecho a vivir en paz y libertad. En algunos países por causa de las dictaduras, en otros por las mafias, narcos, maras y pandillas, y en algunos debido a los fanatismos violentos -todos ellos diferentes formas de terrorismo-, el futuro se presenta peligroso y angustiante.

El segundo es la huida como única opción. Solo una medida desesperada como escapar con lo puesto a veces salva la vida. No tuvieron ese tiempo los judíos durante la Noche de los Cristales Rotos, ni los líderes armenios el fatídico 24 de abril de 1915, ni los hugonotes franceses la aciaga noche de san Bartolomé; tampoco los tutsis y hutus moderados ruandeses aquellos trágicos días a partir del 6 de abril de 1994 donde los hutus radicales salieron en su caza con la bendición oficial.

El tercero son los riesgos asumidos. Muchos migrantes mueren en el camino víctimas de la violencia, las enfermedades y los accidentes. No sabemos cómo fue aquella travesía que José y María emprendieron con el único propósito de salvar a su primogénito, pero estamos seguros que no estuvo exenta de graves sobresaltos. Del mismo modo, para muchos migrantes el riesgo de dejar su tierra es tan alto que hay una sola cosa más riesgosa: no dejarla.

El cuarto, y, sin duda, el más significativo es la esperanza. La fe en un nuevo comienzo es el motor que permite enfrentar los dolores y calamidades que acechan a lo largo del camino. Como José y María, hay padres que hacen lo imposible por proveer a sus hijos un futuro digno. Quiero mencionar a Juan Alberto Matheu, un valiente padre soltero que salió de Honduras rumbo a los Estados Unidos con su hija Lesly, una niña de 7 años con capacidades especiales debido a un severo daño cerebral. Llevó a su hija postrada en silla de ruedas por los medios que pudo hasta la frontera. Cuentan los que lo han visto que con amor limpiaba a su niña con toallas secas, le daba el biberón y le cambiaba los pañales. Por la acción humanitaria de personas que apoyan a los inmigrantes pudo ingresar a los Estados Unidos, una prueba más que los milagros existen y que hay ángeles de carne y hueso. Sin embargo, uno se pregunta cuántos padres desesperados como él habrán quedado en el camino.

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La mayoría de los inmigrantes son personas honradas y luchadoras. Su inmigración no es un delito; es un acto desesperado que requiere comprensión y respeto. No piden otra cosa que una oportunidad de dar lo mejor de sí mismos para encontrar un lugar en el mundo donde sostener a su familia y servir a la sociedad.

En este tiempo de Navidad donde celebramos el nacimiento de Jesús, recordemos que él también tuvo que emigrar. Si no hubiera salido de su tierra, quizás nunca se hubiera encendido esa luz divina que aún veintiún siglos después alumbra a millones de corazones.

© Pablo R. Bedrossian, 2018. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] “Honduras – Informe Económico y Comercial”, Oficina Económica y Comercial de España en Tegucigalpa, actualizado a Junio 2018, p.11

[2] Mateo 2:1-5,7-16


CRÉDITOS MULTIMEDIA

La foto de la caravana de migrantes fue tomada del sitio https://www.animalpolitico.com/2018/10/caravana-migrantes-tapachula/

La foto de refugiados del norte de África fue tomada del sitio https://www.elestrechodigital.com/2018/05/08/acnur-reclama-una-mayor-coordinacion-ante-el-aumento-de-pateras-en-el-estrecho/

Las pinturas de Jesús camino a Egipto son creaciones de la artista norteamericana de origen filipino Rose Datoc Dall. Para conocer más de las obras de esta brillante artista contemporánea se puede visitar su website, https://www.rosedatocdall.com

La foto de Juan Alberto Matheu y su hija Lesly fue tomada del sitio https://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article223263905.html