“LA ÚLTIMA SALIDA”, UNA FANTÁSTICA NOVELA DE INTRIGA POR FEDERICO AXAT (por Pablo R. Bedrossian)

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La literatura argentina ya no tiene la estatura de Borges, Sábato o Cortázar. Más bien transita un camino que la confunde con otras literaturas y no termina de encontrar su propia identidad. A esta altura sería legítimo preguntarse qué tiene de argentina esa literatura, si la temática, la ambientación o la nacionalidad del autor. No se trata de una discusión académica sino de sentido común. Por ejemplo, nadie dudaría de la argentinidad de las obras de Julio Cortázar, pese a que nació en Bélgica y murió en París.

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En ese curioso devenir, como en la música, existen las fusiones. Por ejemplo, hay quienes escriben tomando como modelos escritores norteamericanos y europeos, como Graham Greene y Morris West en décadas pasadas y Dan Brown en tiempos recientes: una literatura visual, donde se alternan sin pausa acciones y diálogos, como en una película.

Dentro de ese campo hay algunos hallazgos extraordinarios, a pesar que recorren un territorio que ha sido descubierto por otros. Tal es el caso de “La Última Salida” de Federico Axat.

LA OBRA

Ya hemos comentado otras obras dentro del mismo género, como “El Jardín de Bronce”[1], la brillante novela de intriga de Gustavo Malajovich ambientada en la Argentina, y “Crímenes Imperceptibles”[2] de Guillermo Martínez, protagonizada por un matemático argentino que estudia en Inglaterra. A diferencia de ambas, “La Última Salida” no está ni ambientada en Argentina ni protagonizada por ningún argentino. La historia transcurre en los Estados Unidos y todos sus personajes son norteamericanos. Sin exageración puede decirse que es una novela norteamericana escrita por un argentino. Sin embargo, su relato es tan atrapante que termina demostrando que la buena literatura no tiene nacionalidades ni fronteras.

Sería injusto revelar la trama; ni siquiera su comienzo. Solo podemos decir que es un relato repleto de sorpresas, con cambios imprevistos, tal como en “Persona”, la famosa película del sueco Ingmar Bergman, donde una enfermera y una paciente psiquiátrica intercambian sus roles. El magistral manejo de los tiempos y los golpes de efecto que hace el autor mantienen la intriga hasta el final, mediante una historia de crímenes que rompe con todos los moldes conocidos.

EL AUTOR

Federico Axat nació en Buenos Aires en 1975. Es ingeniero y tiene una alta vocación por la escritura. “La Última Salida” es su tercera novela. Al momento de su publicación, en 2016, ya se habían vendido los derechos editoriales para traducirla a 25 lenguas y también para ser llevada al cine. Definitivamente para los amantes de los misterios y el suspenso leerla será como abrir una caja de sorpresas, de esas que siempre se recuerdan aunque hayan quedado en el camino.

© Pablo R. Bedrossian, 2018. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] https://pablobedrossian.com/2014/02/19/el-jardin-de-bronce-la-opera-prima-de-gustavo-malajovich-por-pablo-r-bedrossian/

[2] https://pablobedrossian.com/2017/07/30/crimenes-imperceptibles-el-policial-matematico-de-guillermo-martinez-por-pablo-r-bedrossian/

UN COMENTARIO A “LA NOCHE DE LA USINA”, DE EDUARDO SACHERI (por Pablo R. Bedrossian)

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La Noche de la Usina 01Eduardo Sacheri es uno de los escritores más originales que ha dado la Argentina. No escribe con la excelsa pluma de Borges, ni con la profunda presencia de significado de Sábato. Ha creado, más bien, una literatura llena de emociones utilizando palabras sencillas. Ubica a personas comunes en situaciones inesperadas. Crea una secuencia que se inicia con una pérdida, a partir de la cual se genera un conflicto interior; le sigue la búsqueda de una salida, la toma de decisiones y finalmente la ejecución de un plan. Tal es el caso de “El secreto de sus ojos”, donde el personaje Ricardo Morales se enfrenta al cruel asesinato de su esposa, y de “La noche de la usina”, donde seis amigos son víctimas un vil engaño que los ha hecho perder los ahorros de toda su vida.

Corre el año 2001 y, aunque las autoridades lo niegan, la Argentina está al borde del estallido económico. En un pueblo de la Provincia de Buenos Aires, al que Sacheri llama O’Connor, vecinos y conocidos deciden asociarse para hacer una inversión. Un inescrupuloso gerente bancario les propone depositar los dólares que han reunido, ocultándoles la crisis que sobrevendrá de inmediato: el famoso corralito que les impedirá no sólo disponer de su dinero, sino que les devolverá a cuenta gotas y en moneda nacional sólo un tercio de lo depositado. El gerente, a cambio de una sabrosa comisión, entrega los billetes norteamericanos a uno de los hombres poderosos de la zona, sabiendo que podrá culpar al gobierno por la pérdida de los ingenuos inversores. A partir de allí se suceden los hechos y nace la trama que transcurre entre dos ejes -para algunos antagónicos y para otros sinérgicos-, la justicia y la venganza. Además, y quizás por sobre todo, el relato es un canto a la amistad.

Aunque descreo de los concursos literarios, corresponde mencionar que ha recibido el Premio Alfaguara en 2016. En mi opinión, “La noche de la usina” no es una gran novela, pero es una buena historia. Entretendrá a sus lectores hasta el final y no dudo que, por su estilo visual, pronto será llevada al cine.

© Pablo R. Bedrossian, 2017. Todos los derechos reservados.

“ESPERÁNDOLO A TITO”, EL FÚTBOL HECHO PURO CUENTO (por Pablo R. Bedrossian)

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Serie SIMPLEMENTE FÚTBOL

El fútbol nunca fue tema predilecto de la literatura. Más bien, algunos intelectuales que conocimos hablaban de 22 idiotas corriendo detrás de una pelota, como si fuera un absurdo. Ocurre que la razón no entiende la pasión; la contempla con desconcierto, y, en su afán de controlarla, la descalifica.

Quizás por eso el fútbol fue excluido de cuentos y novelas: una banalidad en medio de las grandes preocupaciones de la vida. Sin embargo, es imposible ignorar la pasión, que es como un géiser que lanza imprevistamente su chorro de vapor.

De los que conozco, el primero que se atrevió a cruzar esa frontera literaria fue Agustín Cuzzani, cuando publicó “El centroforward murió al amanecer”, una obra de teatro escrita en 1955, que más que en el juego se centra en un futbolista, vendido como si fuera un objeto coleccionable. La leí cuando tenía apenas 13 años, y aún guardo el sabor amargo de haber descubierto allí otro cruce inevitable: fútbol y negocios.

Pasaron muchos años hasta que llegó el inolvidable Roberto Fontanarrosa y el fútbol volvió a convertirse en tema de escritura. A partir de ese momento surgió una plétora de autores y textos que lo abordan. Uno de los primeros es Eduardo Sacheri, con su colección de cuentos “Esperándolo a Tito”.

Cuenta Sacheri en la nota preliminar, que siendo un desconocido, y a instancias de su esposa y de sus amigos, se atrevió a divulgar sus narraciones: “puse tres cuentos en un sobre de papel madera y lo dejé en la recepción de Radio Continental dirigido a ‘Todo con afecto’, que era el entrañable programa de Alejandro Apo, dedicado a recordar grandes momentos y personalidades del fútbol. Allí disfruté por primera vez “Me van a tener que disculpar”, el relato con el que Sacheri homenajea a Diego Maradona por sus dos famosos goles a los ingleses en el Mundial ’86.

Por eso fue una bendición conseguir “Esperándolo a Tito” y detenerme a recorrer sus páginas. Incluye 14 cuentos y un epílogo. Son relatos sobre el barrio, la niñez, la emoción, la lealtad y el sacrificio. Tal como Armando Bó en aquella película legendaria película “Pelota de Trapo”, el tema central es la épica: hazañas de héroes anónimos donde el deporte, la amistad y el equipo, están por encima de todo. Es, a la vez, una oportunidad para volver a creer que aún hay hombres que respetan códigos, y no venden su dignidad a ningún precio.

Editado por Alfaguara, y escrito en un estilo simple y directo, con mucho sabor local, termino recomendando especialmente algunos de sus cuentos: “La valla invicta”, “De chilena”, “Jugar con una Tango es algo mucho más difícil de lo que a primera vista se podía suponer” y “Último hombre”, aunque todos los cuentos atrapan desde el principio hasta el final.

Se podría decir que Eduardo Sacheri, aunque escribe en prosa, es un poeta de la vida, alguien que no escribe sobre fútbol con la neutralidad de un cronista, sino desde el contagioso sentimiento del protagonista.

© Pablo R. Bedrossian, 2017. Todos los derechos reservados.


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“EL JARDÍN DE BRONCE”, LA OPERA PRIMA DE GUSTAVO MALAJOVICH (por Pablo R. Bedrossian)

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“El jardín de bronce” es la primera novela de Gustavo Malajovich, un joven arquitecto, guionista de la exitosa serie televisiva “Los simuladores”. A medio camino entre un policial negro y una obra de suspenso, atrapa desde el principio hasta el final. Es un texto adictivo, en el que la tensión nunca cae y que, a diferencia de otros buenos relatos que pierden fuerza en el último tramo, tiene un extraordinario desenlace.

“El jardín de bronce” es una historia que se lee desde dos lados, dos perspectivas complementarias e iluminadoras, que no son simultáneas. Son las dos caras de una misma moneda, que la revelan en su totalidad.

Situada en Buenos Aires, comienza con la desaparición de Moira, la única hija de Lila Lestelle y Fabián Danubio, un típico hogar porteño de clase media. A partir de allí comienza la búsqueda donde intervienen desde la policía hasta personajes entrañables como Doberti. Es una historia poblada de misterio, donde uno debe poner en duda todo lo que parece cierto, y cada hecho en apariencia casual puede resultar un movimiento planificado.

Malajovich administra magistralmente los tiempos. No se apresura ni se demora para presentar los hechos. Lo hace como si una silenciosa cámara siguiera a Fabián Danubio, el gran protagonista, describiendo las situaciones con un lenguaje preciso, sin barroquismos ni vulgaridades. Tiene el estilo de un cronista, o, mejor, el de un dibujante que a veces opera a grandes trazos y otras con precisión quirúrgica. Chesterton estaría feliz de leer una novela como esta, aunque no persiga el propósito moral que lo guiaba.  Ocurre que cada hilo suelto termina enhebrado en esa red narrativa que proyecta vívidas imágenes en la mente del lector.

Dice la solapa del libro que “El jardín de bronce” es el comienzo de una saga protagonizada por Fabián Danubio. Nos resulta muy atractiva la idea pero nos preguntamos –y, sin duda, ese será el mayor desafío de Gustavo Malajovich- cómo hará para superar su extraordinaria opera prima.

 © Pablo R. Bedrossian, 2014. Todos los derechos reservados.

BREVE ENSAYO ACERCA DE LA NOVELA DE INTRIGA: VEMOS LO QUE LEEMOS

Intriga 01El lenguaje que utilizamos es cada vez más visual, y la literatura -entendida como arte- no ha podido sustraerse a esa tendencia. Las novelas tienen hoy el lenguaje del cine: vemos lo que leemos, reconstruyendo en imágenes mentales lo que el texto presenta. Cuando esas palabras tejen una buena historia, ingresamos a un territorio desconocido donde el autor nos expone a nuevas experiencias, haciéndonos partícipes de las emociones de los protagonistas.

En el siglo XX, y en especial en su segunda mitad, las novelas se caracterizaron por combinar buenos relatos y diálogos intensos, despojando a los personajes del ejercicio introspectivo al que los sometía el escritor del siglo XIX. Graham Green o Morris West, por mencionar a algunos, hicieron gala de esa técnica, que parece más propia del guión y del cómic.

Además, las tramas se construyeron bajo un nuevo paradigma, el de la economía del relato, donde “nada sobra y nada falta”. Nada queda librado a la casualidad. Lo que parece un cabo suelto termina siendo un movimiento calculado del escritor, que lo retoma inesperadamente, procurando la sorpresa del lector. Además va introduciendo repentinos cambios que, como golpes de timón, dan la sensación de dejar a los personajes (y al lector ingenuo) totalmente a la deriva. Desde luego, lo inesperado es lo esperable, ¿o, acaso, no es la lectura de esa prodigiosa mezcla de drama, acción y misterio que es la novela de intriga, la búsqueda de una experiencia inquietante  que desafíe nuestra imaginación?

Intriga 02Un elemento que se agrega a la construcción del relato es la erudición, que incluso llega a desplazar a la imaginación. Ya no estamos en los ’60 donde Irving Wallace tiene grandes inconsistencias frente al saber académico cuando habla del documento Q en “La Palabra”, sino en el tiempo donde el conocimiento profundo otorga una mayor veracidad, que es lo que paradójicamente se exige a una buena obra de ficción, como es este tipo de novela. “El Nombre de la Rosa” es un clásico ejemplo de novela erudita. Dan Brown, con sus best-seller “El Código da Vinci” y “Ángeles y demonios”, que hicieron furor a principios del siglo XXI, sumó el vértigo (pues las historias transcurren en un lapso muy corto de tiempo), que impreso a la atractiva idea de la conspiración, subyacente en la mayoría de las novelas de intriga, produce en el lector el efecto deseado.

El resultado de la combinación de estos elementos es mucho más que la suma de ellos. Se fabrica una texto–un caso– que tiene elementos crípticos que mueven al lector a encontrar las claves secretas que develan el misterio. Es el pensamiento el que resuelve el enigma aunque son los sentimientos puestos en juego los que le dan intensidad. Como alguien dijo, al leer una novela policial todos somos detectives, pero no somos nosotros quienes manejan a los personajes, sino el narrador que, como un gran titiritero, maneja también nuestras emociones a través de las palabras.

© Pablo R. Bedrossian, 2014. Todos los derechos reservados.

HEBREOS, ISRAELITAS Y JUDÍOS (por Pablo R. Bedrossian)

Muchos utilizan los términos hebreo, israelita y judío como sinónimos, pero cada uno de ellos tiene raíces diferentes. En la actualidad conservan usos específicos, tanto en el campo de la nacionalidad como en el comunitario y en el religioso, pero no nos vamos a ocupar aquí de su significado presente, sino de su nacimiento y su significado primitivo.

Israel 01La literatura sagrada judía provee en el libro de Génesis los relatos fundacionales para la nación. Explica el origen del mundo y del hombre, además de expresar su preocupación ética, al abordar la cuestión del origen del bien y del mal. Esta tradición, que posee algunos puntos en común con la vecina sumeria, contiene un profundo valor simbólico hasta nuestros días y nos sirve como fuente primaria.

Abram (luego llamado Abraham) es el primero a quien se designa como hebreo: “Y vino uno de los que escaparon, y lo anunció a Abram el hebreo, que habitaba en el encinar de Mamre el amorreo”[1]. La palabra hebreo (en hebreo: עִבְרִית, romanización: ʿIvrit)[2], deriva de otra palabra que quiere decir “más allá de” o “del otro lado de”. Se cree que Abraham fue llamado así por haber cruzado el Éufrates para llegar a la tierra de Canaán, pues provenía de la ciudad caldea de Ur, en el actual Irak. Algunos, dándole una diferenciación religiosa al término, sostienen que fueron llamados “hebreos” porque estaban “del otro lado” de la idolatría, al dar culto al único Dios. Sin embargo, existe una segunda teoría, menos extendida, que postula que ʿIvrit podría significar hijo o descendiente de Heber, Eber o Ever, dependiendo de las traducciones. Este Heber es mencionado en el Génesis como bisnieto de Sem, el hijo de Noé: “También le nacieron hijos a Sem, padre de todos los hijos de Heber, y hermano mayor de Jafet. Los hijos de Sem fueron Elam, Asur, Arfaxad, Lud y Aram… Arfaxad engendró a Sala, y Sala engendró a Heber. Y a Heber nacieron dos hijos”[3]. El uso de la expresión “padre de todos los hijos de Heber”, refuerza esa interpretación. Un detalle interesante es que este Heber está mencionado en la genealogía de Jesús que Lucas enuncia en su evangelio, presentado no como bisnieto sino como tataranieto de Sem: “hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Taré, hijo de Nacor, hijo de Serug, hijo de Ragau, hijo de Peleg, hijo de Heber, hijo de Sala, hijo de Cainán, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de Noé” [4]. No se conocen las fuentes que este autor gentil utilizó para reconstruir el linaje de Jesús, pero no coinciden exactamente con las del Génesis, ni tampoco con las del Primer Libro de las Crónicas, escrito al regreso de la cautividad, que es similar a la del Génesis[5]. Hay una mención a Heber en otro libro de la Torá (Ley) que forma parte de lo que conocemos como Pentateuco o libros de Moisés, que en una severa advertencia dice “Y afligirán a Asiria, afligirán también a Heber; mas él también perecerá para siempre”[6]. Heber aquí representa un territorio y se ha postulado que su mención proviene de sus habitantes de habla hebrea. Una curiosidad es que Heber es mencionado en el Corán bajo el nombre de Hud o Houd[7].

Aunque nos limitamos a exponer los hallazgos de nuestra búsqueda, hay coincidencia general en que el término hebreo se aplicó por primera vez a Abraham.

En cuanto al nombre Israel, la misma fuente, el Génesis, lo asigna a los descendientes de Jacob, pues él recibió ese sobrenombre: “Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido”[8]. El “varón” que menciona el texto es un misterioso personaje que algunos estudiosos consideran una teofanía, pues de la lectura se infiere que hay en él algún elemento sobrenatural que se atribuye a lo divino. Nótese que a continuación el escrito habla por primera vez en forma genérica de los israelitas, pues luego de la extraña disputa entre Jacob y aquel que le confiere su nuevo nombre, se dice del primero: “Cojeaba de su cadera. Por esto no comen los hijos de Israel, hasta hoy día, del tendón que se contrajo, el cual está en el encaje del muslo; porque tocó a Jacob este sitio de su muslo en el tendón que se contrajo”[9].

Según el mismo libro, de Jacob llamado Israel descienden las famosas doce tribus. Aunque el texto lo expone primero de un modo detallado, luego da un resumen de la descendencia de este patriarca:

“Ahora bien, los hijos de Israel fueron doce: los hijos de Lea: Rubén el primogénito de Jacob; Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón. Los hijos de Raquel: José y Benjamín. Los hijos de Bilha, sierva de Raquel: Dan y Neftalí. Y los hijos de Zilpa, sierva de Lea: Gad y Aser. Estos fueron los hijos de Jacob, que le nacieron en Padan-aram”[10].

Quien está familiarizado con el Antiguo Testamento sabe que no se habla de la “tribu de José”, sino de dos medias tribus, correspondientes a sus hijos Efraín y Manasés. Esto se debería -siempre de acuerdo a  nuestra fuente, el Génesis- probablemente a las palabras de Jacob: “Y ahora tus dos hijos Efraín y Manasés, que te nacieron en la tierra de Egipto, antes que viniese a ti a la tierra de Egipto, míos son; como Rubén y Simeón, serán míos”[11].

El libro de Éxodo, que continúa la historia descrita en el Génesis, comienza con las palabras “estos son los nombres de los hijos de Israel que entraron en Egipto con Jacob; cada uno entró con su familia…”[12]. De inmediato hace extensivo el concepto a sus descendientes: “Y los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra”[13], y pone en boca del faraón egipcio la frase “el pueblo de los hijos de Israel es mayor y más fuerte que nosotros”[14].

En cuanto a judío, es un nombre tardío, pues no aparece ni en el Génesis ni en ningún otro libro de la Torá. Las menciones más antiguas en el Viejo Testamento las encontramos varios siglos después, en el libro del profeta Jeremías. Por ejemplo, dice “que cada uno dejase libre a su siervo y a su sierva, hebreo y hebrea; que ninguno usase a los judíos, sus hermanos, como siervos”[15], ubicando el contexto en tiempos de Sedequías, el último rey de Judá, que cayó en manos del babilónico Nabucodonosor en el año 597 a.C. El reino del Israel, al norte, había caído en poder de los asirios en el año 722 a.C.

Hay muy pocas menciones posteriores, una en el profeta Zacarías, fechada como posterior a 520 a.C., y varias en el libro del profeta Daniel –de fecha discutida-, y en los textos post-exílicos de Esdras, Nehemías y Ester. Por supuesto, el uso es frecuente en el Nuevo Testamento, pero es muy posterior.

El término judío es el gentilicio utilizado para designar al nacido o habitante de Judea, región cuyo nombre perduró incluso cuando fue convertida en una provincia romana.

La región denominada Judea adquiere su nombre de una adaptación del nombre Judá, el cuarto hijo de Jacob, quien en el libro del Génesis recibe una bendición especial de su padre, prometiéndole un futuro de grandeza. Incluso le dice “Judá, te alabarán tus hermanos… Los hijos de tu padre se inclinarán a ti”[16], dándole una preminencia sobre las demás tribus.

Al retornar de la cautividad babilónica vemos que el nombre de judíos se había extendido a todos los israelitas, los hijos de Israel (Jacob), entendiendo que profesaban la religión judía, hubieran nacido o no en el territorio de Israel, pues para este pueblo monoteísta nación y fe eran conceptos prácticamente indisolubles.

© Pablo R. Bedrossian, 2014. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Génesis 14:13, Santa Biblia, RVA 1960, Sociedades Bíblicas Unidas

[3] Génesis 10:21,22 y 24,25, Op.cit.

[4] Evangelio de Lucas 3:34-36,  Op.cit.

[5] 1º Libro de Crónicas 1:18

[6] Números 24:24

[7] Cantú, César, Resumen del Corán, en Historia Universal, tomo XV, Mellado Editor, Madrid 1848

[8] Génesis 32:28

[9] Génesis 31:31c,32

[10] Génesis 35:23-26

[11] Génesis 48:5

[12] Éxodo 1:1

[13] Éxodo 1:7

[14] Éxodo 1:9

[15] Jeremías 34:9

[16] Génesis 49:8


Todas las fotografías fueron tomadas por el autor de esta nota y es el dueño de todos sus derechos.

 

EL PROCESO CREATIVO – de CÓMO COMPONER CANCIONES (Parte 3)

Stephen Nachmanovitch

En su libro “Free Play, la improvisación en la vida y en el arte”[1],  el violinista y compositor Stephen Nachmanovitch propone que dentro de un autor coexisten dos personajes: El creador y el corrector. El creador deja fluir su pensamiento sin freno alguno, pero el corrector revisa paso a paso lo que hace el creador y lo cuestiona. El creador rompe moldes; el corrector le impone los límites. El creador propone; el corrector dispone: “esto sí, esto no”, “cambiemos aquí, adaptemos allá”. El input lo da el creador, pero el corrector es quien, sobre lo recibido del creador, determina el output.  De ese balance entre libertad y orden es que se surge una pieza musical.

La palabra orden puede sonar carcelaria para un artista, sin embargo, aún el surrealista tiene un esquema o método para permitir que emerja libremente lo que hay dentro de él. En la literatura, Virginia Woolf se enfrentó con esta paradoja: “La mente recibe una miríada de impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes… vienen de todos lados, una lluvia incesante de átomos innumerables… registrémoslos como caen en nuestra mente, en el orden en el que caen, busquemos su patrón aunque parezca incoherente y disconexo…”[2].  Esa secuencia definida en la frase “en el orden el que caen” muestra que aun crear a partir de lo que nos viene a la mente sigue lineamientos indicados por la conciencia. No se trata de identificar un patrón a posteriori sino entender que a priori el corrector que está dentro de nosotros necesariamente interviene proveyendo forma a lo informe, como si le diera cauce al agua proveniente de una inundación.

Pensemos en la música, y tomemos como ejemplo uno de sus elementos básicos: el ritmo. Si en cada estrofa cambiáramos el compás, y acento cayera en momentos diferentes, probablemente el oyente terminaría perturbado. Salvo que el propósito sea precisamente ése (podría utilizarse, por ejemplo, en la música que ornamenta una secuencia cinematográfica que busca causar terror), se necesita un balance entre genio y estructura para obtener  el resultado deseado. Salvo que se proponga expresar el caos, la creación demanda corrección para ser expresiva (y, desde luego, mejorada) y a la vez poder ser entendida.

Si el creador rechazara al corrector, probablemente su obra no sería ni aceptada ni entendida por los demás. Si el corrector sujetara al creador, su obra probablemente aburriría y sería ignorada por el público. No digo que tenga que haber un punto medio.  De ningún modo. En mi opinión el creador debe prevalecer, pero si no existe ese diálogo -o incluso tensión- entre creación y corrección, el producto será como esas piedras en bruto que pudiendo ser un diamante quedaron  herrumbradas  junto a otras piedras porque no se percibía en ellas ningún valor.

© Pablo R. Bedrossian, 2012. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Stephen Nachmanovitch, “Free Play, la improvisación en la vida y en el arte”, Ed.Paidos, 2007, p.152-153

[2] “Ficción moderna”, Virginia Woolf, citado en “El experimento de la conciencia”, Guillermo Martínez, http://guillermo-martinez.net/notas/El_experimento_de_la_conciencia

UN COMENTARIO A “ANAQUELES EN SU TINTA” DE JUAN MANUEL TASADA (por Pablo R. Bedrossian)

Juan Manuel Tasada junto a su esposa

Serie CONFIESO QUE HE LEÍDO

Todas las semanas Juan Manuel Tasada teje complejas tramas de ideas. Muchos participamos de la ceremonia: la lectura digital de esos tapices literarios denominados “Anaqueles en su tinta”. Son botellas lanzadas a ese mar de arena que llamamos sociedad.

Su estilo barroco es inconfundible. Cada relato está cargado de imágenes asombrosas. Sienta en una misma mesa a Sócrates y a Obama, a Confucio y a Perón. Juega con el tiempo y el espacio, revelándolos como verdadera ilusión. Pero no se limita a la ficción, pues es hondamente humano.  Sus relatos encienden inesperadas emociones. Es arte provocativo, donde el lector deja de ser testigo y se vuelve protagonista.

Los “Anaqueles en su tinta”, esos “que cargan en sus lomos los misterios de los libros”, se dirigen a la razón pero también al corazón. La atmósfera nostálgica de sus escritos embellece las ideas y las humaniza, despojándolas de su naturaleza abstracta. Son textos breves pletóricos de melancolía.

Acerca de Juan Manuel Tasada

Este joven escritor rosarino ha publicado doce libros bajo el nombre de “Confesiones de un viajero”, a los que se suma “Mandrágoras”, su último libro, de poesía en prosa y ensayos sociales. Además ha escrito guiones de varios cortometrajes. “Siempre me ha cautivado el momento y la decisión de trascender y de plasmar para el mañana las concepciones de la vida –dice Juan Manuel-. Lamentablemente veo las acciones de la sociedad actual muy lejos de los valores”. Con precisión quirúrgica, valores como la memoria, el perdón y la cooperación emergen en sus textos como línea divisoria entre el bien y el mal. No se trata de condenar al otro sino de rescatarlo, pero estableciendo claramente la previa necesidad de justicia.  Tras leer sus relatos uno se confronta con sí mismo y se pregunta de qué lado está.

Sus hilos son las palabras que enhebra cuidadosamente en la aguja plateada de su pluma. Los dilemas frente a los cuales el lector debe tomar posición son los nudos. Allí, donde el espectador se vuelve actor, la lectura provee el desenlace imprevisto en el que se conjugan sorpresa y belleza. La ceremonia continúa. “Anaqueles en su tinta” se ha vuelto un clásico en Facebook y vale la pena participar para ser parte de la historia y no sólo un observador.

© Pablo R. Bedrossian, 2011. Todos los derechos reservados.