Serie “PASAJES Y CALLES CURIOSAS DE BUENOS AIRES”
El Kavanagh[1]es el edificio de departamentos más famoso de Buenos Aires. Fue inaugurado el 3 de enero de 1936. Parece la enorme proa de un barco cuyos flancos los conforman la calle Florida[2], que a esa altura es la virtual prolongación de la Avenida Santa Fe, y la calle San Martín que desemboca en aquella frente a la Plaza San Martín.

En la parte trasera, completando la base del terreno triangular se encuentra el pasaje Corina Kavanagh, una curiosa arteria vehicular privada, oculta entre dos moles: el edificio homónimo (al que pertenece) y el Plaza Hotel. Su calzada pavimentada lamentablemente se utiliza como estacionamiento. Los autos se distribuyen a ambos lados ocupando también las aceras; queda un pasillo en el centro por donde puede pasar un solo vehículo. La última vez que lo visitamos una barrera electrónica sustituyó la cadena que impedía el paso a los conductores no autorizados. Recordemos, y este no es un detalle menor, el Edificio Kavanagh carece de cocheras.

Si consideramos el valor del metro cuadrado, el de este pasaje debe ser el más caro de la ciudad. Mide unos 50 metros de largo y unos 10 metros de ancho; en el medio tiene curva que se asemeja ligeramente a un codo; por esa razón desde la calle Florida no se observa el final del pasaje. Sin embargo, si uno camina por él y se detiene en la mitad obtiene una hermosa vista: se observa la calle San Martín y sobre ella, la Basílica del Sagrado Sacramento.

Balcones, ventanas y una terraza del Plaza Hotel (hoy Marriott) dan al pasaje, mientras que del lado del Kavanagh, hay ventanas y, tras un muro bajo con portón metálico, un enorme espacio de aire y luz.
LA PELEA EN EL PASAJE
Un conocido me compartió una historia increíble. Según él, su abuelo fue testigo de lo sucedido. Joe Louis era el campeón mundial de boxeo en la categoría peso pesado. El afroamericano dominaba la categoría desde 1937 y se corrió la voz que había venido a Buenos Aires para enfrentar a un boxeador local apodado Lucifer en una pelea callejera, organizada por una suerte de mafia local de apuestas. El argentino era un deportista amateur que demolía a todos sus rivales. Se entrenaba en Unidos de Pompeya, el querido club de la Avenida Sáenz, donde nosotros practicamos primero judo y luego básquetbol durante nuestra adolescencia. Se decía que el tipo había estado en la cárcel y que allí había pulido su estilo.

Los apostadores y algunos fanáticos fueron convocados al pasaje Corina Kavanagh una fría y cerrada noche de invierno de 1951 con la promesa del combate. El abuelo de mi amigo recordaba la presencia de Carlos Menditeguy y de Armando Bo. El dinero fluía en cantidades industriales a los corredores de apuestas; el favorito, desde luego, era Joe Louis. El argentino bajó de un auto con zapatillas, short y una gruesa campera y empezó a calentar. Desde el Hotel Plaza apareció una pila de músculos: era un moreno de cabello corto y piel lustrosa que metía miedo. Al llegar fue ovacionado, mientras miraba al público con cierto desconcierto.

Con lentitud se quitó la bata y Lucifer, que parecía enfurecido, lo fue a buscar. El negro tiró tres o cuatro golpes al aire, pero un segundo después un cross de derecha del argentino lo derribó. El visitante quedó sangrando de un ceja, tendido e inconsciente. El público entró en ebullición. De pronto aparecieron dos camilleros que se lo llevaron en una ambulancia estacionada a la salida del pasaje sobre la calle San Martín. Se armó un alboroto que solo se disipó ante la sospechosa llegada inmediata de la policía. Los espectadores corrieron ante la posibilidad de ser detenidos, mientras los que manejaban las apuestas se frotaban las manos. Por supuesto, parecía a todas vista un fraude. La mayoría decía indignada que quien combatió no era “El bombardero de Detroit”, sino algún atleta afroamericano sin experiencia pugilística. Una estafa total y completa. Lo curioso es que a la semana los diarios mostraron una imagen de Joe Lewis con un gran hematoma en la zona del parietal izquierdo y unos puntos de sutura en el arco superciliar del mismo lado que el boxeador atribuyó a una supuesta caída. Nunca se sabrá quién combatió esa noche. A Lucifer nadie lo volvió a ver. Algunos dicen que regresó a su pueblo con una valija forrada de billetes.
LA HISTORIA Y EL MITO DE AMOR Y ODIO
El pasaje lleva el nombre de la emprendedora que ideó y financió el Edificio Kavanagh, quien, de paso, se reservó el piso 14 para ella. Según un mito urbano ampliamente difundido, corría 1910 cuando esta dama se enamoró de Aarón Félix Anchorena Castellanos, hijo de doña Mercedes Castellanos de Anchorena, una joven viuda que se había dedicado a la filantropía. Aarón pertenecía a la aristocracia porteña. Vivía con su familia en el Palacio Anchorena (el actual Palacio San Martín, sede protocolar del Ministerio de Relaciones Exteriores). La madre de Aarón, ferviente católica, había recibido un título nobiliario de parte del Vaticano por sus obras de caridad y fe: el de condesa pontificia. Entre sus iniciativas estuvo la construcción en 1914 de la Basílica del Sagrado Sacramento (cuya dirección exacta es San Martín 1039), frente a donde finaliza el pasaje. Los restos de la distinguida dama descansan allí en una de sus criptas. También se dice -aunque no conocemos sobre qué evidencia- que tenía el propósito de adquirir los terrenos aledaños para construir allí un nuevo palacio y convertir el templo en parte de ese pequeño feudo familiar.

Siguiendo la leyenda, el romance entre Corina y Aarón fue impedido por doña Mercedes. Entonces, en represalia, Corina habría comprado aquellos terrenos y levantado su edificio para impedir que la madre de su ex novio pudiera ver desde su residencia la iglesia que ella misma mandó a construir.

Muchos argumentos se oponen al mito. Comencemos diciendo que Corina se casó en 1912 con un millonario de edad avanzada amigo de su padre; tras enviudar se casó con el médico que lo atendía, Guillermo Mainini Ríos, enlace que fue declarado nulo por la Iglesia. Finalmente se casó por tercera vez en 1938 con Gustavo Casares. No parece la historia de una mujer atormentada por un amor imposible. Mercedes Castellanos de Anchorena falleció en 1920, dieciséis años antes de la inauguración del Kavanagh; salvo que Corina padeciera un odio contra toda la familia Anchorena, es improbable que buscara una venganza extemporánea. Finalmente, y más importante aún, la Basílica del Sagrado Sacramento no se podía ver desde el Palacio Anchorena incluso desde antes de la construcción del Kavanagh. Es mucho más probable que Corina, que era una rica terrateniente, hubiera erigido su edificio para asegurarse una renta vitalicia. De todos modos, hay algo de justicia poética: la mejor vista de la basílica construida por doña Mercedes se obtiene desde el pasaje. Corina murió en 1984.
© Pablo R. Bedrossian, 2025. Todos los derechos reservados.
REFERENCIAS
[1] Si quiere conocer más acerca del Edificio Kavanagh, puede leer nuestro artículo: “El Edificio Kavanagh, el gran diamante porteño”, 7/2/2023, https://pablobedrossian.com/2023/02/07/el-edificio-kavanagh-el-gran-diamante-porteno/
[2] Para asombro de mucho, el Edificio Kavanagh se encuentra en Florida 1065. Ocurre que tras el extenso y famoso tramo peatonal, la calle Florida dobla y se convierte en la continuación de la avenida Santa Fe hasta la calle San Martín.
CRÉDITOS MULTIMEDIA
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