Descubrí Mont Saint-Michel en una foto en blanco y negro dentro de un libro de arquitectura de mi hermano Alejandro. La imagen mostraba una pequeña isla rocosa sobre la que se erigía una asombrosa abadía medieval rodeada por una densa neblina. Un comentario añadía que la marea bajaba dos veces al día: eran los únicos momentos donde era posible llegar a pie hasta allí. Parecía sacada de un cuento fantástico.

Pasaron los años y supe que Mont Saint-Michel era real; se encontraba en el norte de Francia, en la región de Normandía, famosa por el desembarco de los aliados durante la 2ª Guerra Mundial. Además, leí que se había levantado un puente que permitía llegar hasta él a toda hora. Decidido a conocer aquel sitio, busqué la oportunidad para cumplir el sueño nacido de la imagen del libro. Averigüé que arribar hasta allí era complicado: no había un pueblo en las inmediaciones y solo se podía llegar por tren hasta un punto donde había que conectar con un autobús que pasa una vez por día.
LOS IMPONDERABLES
Aunque había comprado con anticipación el pasaje desde París, el día anterior a la salida me enteré que el viaje se había cancelado porque había un paro del personal ferroviario. Como no podía visitar Mont Saint-Michel otro día, la única opción que quedaba era BlaBlaCar, una plataforma parecida a Uber, donde uno debe indicar a dónde se dirige y los conductores de autos particulares que van en esa dirección informan si tienen lugar para el pasajero y pueden acercarlo al lugar.

Un chofer respondió mi solicitud. Acordamos vernos en el subsuelo de una estación de trenes a las 6.30 de la mañana. Fui con antelación, pero pasaba el tiempo y no lo hallaba. Solo veía vehículos desde donde descendían pasajeros. Los autos circulaban por tres carriles y el incesante rugir de los motores convertía el lugar era un caos. Para complicar la situación, no tenía internet. Decidí subir al hall para acceder a una red y poder contactar al conductor, pero no tuve éxito. Ya resignado, me dije “solo un milagro puede hacer que hoy vaya a Mont Saint-Michel” y pensé los lugares que podría visitar ese día en París. Aunque ya habían pasado más de 20’ de la hora convenida, decidí bajar por última vez al subsuelo. En ese momento un hombre me miró y me dijo “¿Pablo?”. Era Akli, el chofer. El milagro se había producido. Cargamos las maletas en el baúl y me sumé a los otros pasajeros.
EL CAMINO
El auto me dejó en La Caserne, la zona de hoteles y algún restaurante desde donde uno recorre unos 2.5 kilómetros para llegar a Mont Saint-Michel.

Hay un autobús gratuito que une el continente con la isla, pero la experiencia no es completa si no se recorre el trayecto a pie, haciendo pausas para admirar las vistas y tomar fotografías y videos.

El camino es fascinante. Uno encuentra grandes pastizales y canales con el mar como fondo. El escenario luce completamente teñido de verde, mientras, a lo lejos, se divisa la abadía que parece surgir de las entrañas de la tierra. Los últimos metros -quizás unos 700- se recorren sobre el puente.
MURALLAS ADENTRO
Mont Saint-Michel recibe 3 millones de visitas por año. Todo su perímetro se encuentra amurallado. En su interior no solo se encuentra la abadía: tiene viviendas y edificios que han sido declarado monumentos históricos por el gobierno francés.

Se accede a través de una enorme puerta. Una vez dentro, aparece delante del visitante una fantástica conjunción de estrechas callecitas, pasadizos, pequeños jardines y escaleras de piedra.

La abadía se encuentra en lo alto; en el camino hay tiendas de recuerdos, restaurantes, pequeños hoteles y la iglesia Saint-Pierre, pero también, alejándose un poco de la calle principal, algunas viejas casonas rodeadas de grama y hasta un antiguo cementerio. Además, se puede caminar por las murallas.
UN POCO DE HISTORIA
Durante los siglos VI y VII Mont Saint-Michel fue utilizado como un bastión galorromano hasta que fue saqueado por los francos en tiempo de la dinastía merovingia, que gobernó hasta mediados del siglo VIII. Por esa época se levantó el primer monasterio en la isla.

La construcción de la abadía benedictina comenzó alrededor del siglo XI. Como suele suceder en numerosas catedrales de Europa, su arquitectura original fue reconfigurada por añadidos y cambios de épocas posteriores; hoy conviven elementos de los estilos carolingio, románico y gótico.

Podemos dividir el espacio que ocupa la abadía de Mont-Michel en dos grandes secciones: la iglesia y el área reservada a los monjes.

La primera iglesia del monasterio es del año 966. Conocida como Notre-Dame Sous-Terre, tras siglos de abandono fue restaurada. Constituye un excelente ejemplo de arquitectura prerrománica.

Como el lugar se había vuelto un centro de peregrinación dedicado al arcángel Miguel, alrededor del año 1060 en el lugar que ocupaban las habitaciones de los monjes fue emplazado un nuevo templo. A pesar de las transformaciones sufridas a lo largo de los siglos, la nueva iglesia conserva esa atmósfera sublime y reverente que la convierte en un sitio único para la oración y el recogimiento. Uno puede imaginar allí a los monjes de la edad Media entonando cantos gregorianos y el eco multiplicado al resonar en sus altísimos techos.

En cuanto a la otra área, en 1080 se levantaron tres pisos para alojar a los monjes y a los visitantes. Tras un gran incendio, a inicios del siglo XIII el monasterio fue reconstruido; la obra en estilo normando se terminó en 1228. Posteriormente la isla fue amurallada, convirtiéndola en una plaza inexpugnable. En el siglo XV se añadieron estructuras en estilo gótico flamígero que se admiran desde el exterior.

Su parte oriental, construida entre 1211 y 1218, incluye la capellanía, las habitaciones y el refectorio.

La parte occidental, construida pocos años después incluye la bodega, la Sala de los Caballeros y el hermoso claustro con su jardín, recreado en 1966 tal como se encontraba en el medioevo.

Hay también algunos edificios anteriores, cuya construcción fue impulsada por el abad Robert de Torigni (1100-1186), incluyendo la capilla de Saint-Étienne.

La abadía funcionó como prisión durante la Revolución Francesa y el periodo napoleónico, y a fines del siglo XIX fue restaurada por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, quien también tuvo a cargo la restauración de la ciudadela de Carcassonne[1] y la Catedral de Notre-Dame en París[2], donde agregó la aguja de 96 metros de altura que desapareció con el incendio y las famosas quimeras (del francés chimères que muchos conocen como gárgolas).
EL INCREÍBLE PAISAJE
Mont Saint-Michel y la bahía donde se encuentra han sido declarados Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en 1979.

Antes que la marea suba, es posible caminar sobre la arena por el exterior de las murallas y contemplar una maravillosa vista.

Al atardecer esa zona es inundada por el mar produciendo un efecto mágico.

Vale la pena detenerse en el regreso, que conviene realizar a pie, y admirar como los alrededores del Mont Saint-Michel son cubiertos por el agua. Las murallas, los edificios y la abadía quedan conectados al continente solo por el puente.

También la puesta del sol brinda al cielo un aspecto sublime, donde los rojos y amarillos creados por el juego entre el sol y las nubes crean una sombrosa pintura sobre el lienzo azulado del cielo.

LA DESPEDIDA
Llovió toda la noche en La Caserne. Si el día anterior hubiera caído la misma tormenta, tal como indicaba el pronóstico, mi visita hubiera estado privada de muchas de sus vistas.

Por momentos las gotas paraban y se despejaba parcialmente el cielo; vi dos arco iris. Esa mañana, a pesar de la lluvia, contemplé de nuevo la abadía desde un mirador ubicado cerca del hotel. Tras el desayuno, me dirigí a la entrada, donde hay una tranca, para tomar un autobús que me llevaría a Rennes, desde donde iría a París. Mientras esperaba, no tuve más opción que padecer la lluvia y el viento: el autobús nunca llegó. Regresé al hotel desde donde por teléfono pude conseguir un taxi a la ciudad de Rennes y de allí tomé el tren a París, con transbordo en Le Mans, donde se corren las famosas “24 Horas”.

Por supuesto, no me importaron las vicisitudes de la ida y de la vuelta. Había hecho realidad un sueño que, además, había superado mis expectativas. Mont Saint-Michel es uno de los lugares más asombrosos del planeta. Sin duda, volvería a visitarlo.
© Pablo R. Bedrossian, 2023. Todos los derechos reservados.
BONUS: VIDEOS
REFERENCIAS
[1] Para más Información, se puede leer nuestro artículo “Carcassonne, la ciudadela medieval mejor conservada de Europa”, 2/5/2023, https://pablobedrossian.com/2023/05/02/carcassonne-la-ciudadela-medieval-mejor-conservada-de-europa/
[2] Para más Información, se puede leer nuestro artículo “Notre-Dame tres días antes del incendio”, 8/5/2019, https://pablobedrossian.com/2019/05/08/notre-dame-tres-dias-antes-del-incendio-por-pablo-r-bedrossian/
CRÉDITOS MULTIMEDIA
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Me encanto leerte. Fue volver contigo a ese lugar que para mi también fue un sueño llevado a la realidad . Graciass.