“LAS MENINAS” EXPLICADA PARA TODOS (por Pablo R. Bedrossian)

Serie GRANDES OBRAS DE ARTE

No pretendemos analizar en detalle una de las obras cumbres de la historia del arte, sino hacer una sencilla semblanza de esta pintura y de las razones que le han otorgado ese lugar de privilegio.

Las Meninas es una obra de grandes dimensiones; pintada al óleo sobre tres bandas de tela cosidas, sus figuras centrales están retratadas en tamaño real.

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Su autor fue Diego de Velázquez (1599-1660), el artista preferido de la corte española de su época. Compuso esta pintura en 1656, durante lo que se conoce como el Siglo de Oro de las artes en España.

El cuadro, que se expone en el Museo del Prado de Madrid, ha tenido diversos nombres oficiales, tales como “Retrato de la señora emperatriz con sus damas y una enana”, “Familia del Señor rey Phelipe Quarto” o simplemente “La familia”[1] pero se conoce popularmente como “Las Meninas”.

LOS PERSONAJES

En la obra hay doce figuras, todas correspondientes a personajes históricos. Seis de ellas están en primer plano. Veamos de quiénes se trata[2]:

Las Meninas (con identificación de personajes) 02.png

Al centro abajo, la luz recae sobre una niña vestida con un sayo y una falda sobre guardainfante, armazón de aros de metal o mimbre ajustado a la cintura, que se usaba debajo de la falda acampanada; es la Infanta Margarita, de unos cinco años de edad.

Infanta Margarita 01.jpg

A su lado están las meninas, de donde proviene el nombre la obra, que eran sus jóvenes asistentes: a nuestra izquierda, María Agustina Sarmiento de Sotomayor, y a nuestra derecha, Isabel de Velasco, ambas pertenecientes a la nobleza. Con su postura contribuyen a resaltar la imagen de la Infanta.

La Infanta con sus meninas 01.jpg

A continuación, a la derecha, aparece Mari Bárbola, integrante del séquito de la infanta. Sus rasgos muestran un ostensible enanismo acondroplásico[3]. Ella parece mirar al observador. En el extremo derecho se encuentra Nicolasito Pertusato. Contra lo que pueda suponerse, no es un niño; cuando fue pintado el cuadro tenía 21 años. Era un bufón en la corte, nacido en Italia. Su corta estatura se debe a un enanismo hipofisario[4]. Su pie izquierdo se apoya suavemente sobre un mastín, mascota de la corte, que descansa indiferente al movimiento alrededor suyo.

Mari Bábola, Nicolasito Pertusato y el mastín 01.jpg

Pasemos a los personajes que se encuentran detrás. A la derecha, entre la menina Isabel de Velasco y Mari Bárbola, hay una pareja. La mujer es Marcela de Ulloa, responsable de las doncellas que acompañaban a Margarita. Su vestimenta no se debe a que fuera monja sino a su viudez. Se desconoce la identidad del hombre a su lado, pero es descrito como un guardadamas, una suerte de escolta de las niñas de la corte[5].

Marcela de Ulloa y Guardadamas 01.jpg

Detrás, bajo un fondo intensamente iluminado, sobre una escalinata que aparece detrás de una puerta se ubica José Nieto Velázquez, responsable de los cuartos de la reina.

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Del lado izquierdo, el propio artista se incluye en la obra; se representa a sí mismo ejerciendo su arte.

Diego de Velázquez 01.jpg

¿A quiénes pinta? Se presume que a las figuras que vemos reflejadas en un espejo: Los padres de la Infanta Margarita: el rey Felipe IV y su esposa Mariana de Austria.

Felipe IV y Mariana de Austria.jpg

El monarca había estado casado previamente con Isabel de Borbón[6], con quien tuvo ocho hijos. Tras enviudar se casó su sobrina Mariana, con quien engendró cinco hijos, de los cuales la Infanta Margarita, la niña rubia del cuadro, fue la mayor.

¿DE QUÉ TRATA LA OBRA?

A simple vista, el cuadro parece captar un momento. Es la interpretación realista de Las Meninas. Algunos estudiosos han propuesto que Velázquez estaba retratando a la niña, pero tanto la imagen en el espejo como los documentos posteriores sugieren que Velázquez pintaba a los reyes de España que, mientras posaban, se encontraban rodeados de su hija y su séquito.

En el siglo XX surgió otra teoría: la simbólica, según la cual el artista, movido por otros propósitos, comunicó mensajes esotéricos que no eran detectables por el gran público. Esta teoría no nos interesa y fue abandonada.

La tercera, la interpretación filosófica, propuesta por intelectuales de la talla del psicoanalista Jacques Lacan y el pensador francés Michel Foucault, es la que ha impulsado un rico debate acerca de esta pintura.

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En el primer capítulo de su libro “Las Palabras y las Cosas”, dedicado a Las Meninas, Foucault analiza, entre otros elementos, al pintor que nos mira y que -si la imagen tuviera movimiento- desaparecería de nuestra vista si se corriera a nuestra izquierda para trabajar sobre la inmensa tela, de la cual solo vemos la parte posterior sobre el bastidor. El filósofo agrega: “En apariencia, este lugar es simple: vemos un cuadro desde el cual, a su vez, nos contempla un pintor… sin embargo, esta sutil línea de visibilidad implica a su vez toda una compleja red de incertidumbres, de cambios y de esquivos… el contemplador y el contemplado se intercambian sin cesar[7]. Para Foucault los espectadores constituimos un personaje más de la obra de Velázquez y es el propio pintor español quien intencionalmente nos incluye.

El libro prosigue con una serie de inferencias y especulaciones muy interesantes de las que no sabemos cuáles estaban en la mente de Velázquez al crear Las Meninas y cuáles son producto de la reflexión e imaginación de Foucault.

EL CUADRO IMPOSIBLE

Se ha dicho que “Las Meninas” es el cuadro imposible. Esta afirmación se sostiene, entre otras cosas, por el extraordinario manejo que Velázquez hizo de la luz. Para ello se sirvió de varios artificios.

El tercio inferior de la tela, donde se encuentran los personajes, es luminoso, mientras que en los dos tercios superiores domina una suave penumbra. Nos encontramos ante la sensación de un gran espacio, que gana aún más profundidad gracias a las técnicas de perspectiva utilizadas, donde el punto de fuga se encuentra en la figura de José Nieto Velázquez sobre un fondo brillante. Se crea así un ambiente misterioso, donde la oscuridad palaciega contrasta con la luminosa presencia de los protagonistas.

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En la obra hay al menos tres fuentes de luz: la recién mencionada que desde atrás ilumina al responsable de los dormitorios de la reina, la que proviene de la ventana a nuestra derecha que intuimos adelante, y una segunda fuente de luz del mismo lado, más atrás, que ilumina el listón de madera entre Marcela de Ulloa y el guardadamas.

UN DETALLE CURIOSO

La cruz en el pecho del pintor fue añadida posteriormente. Es la insignia de la Orden de Santiago, de la cual fue nombrado Caballero tres años después, poco antes de morir. Se dice que fue agregada por el propio monarca.

Caballero de la la Orden de Santiago 01.jpg

ALGUNAS RAZONES PARA ADMIRAR LAS MENINAS

A primera vista, esta escena de la corte puede parecer trivial, pero incluye varios elementos que la revelan como una obra sorprendente. Nosotros hemos elegido mencionar algunos:

Sobre la técnica, comenzamos afirmando que esta imagen anticipa el futuro al captar un momento al estilo fotográfico. Si el autorretrato fue el pionero de la selfie personal, Las Meninas es la precursora de la selfie grupal. Nótese que, aunque parece una instantánea fotográfica (la captura de un momento en el momento), la imagen comunica movimiento. Como indicaba Foucault, basta que el pintor se mueva a su derecha, delante de la tela, para desaparecer de nuestra vista. Además, sorprende el innovador uso de la luz, que no tiene parangón en la Historia del Arte previa a esta pintura.

Las Meninas 05.jpg

Sobre el tema y su significado, si bien es cierto que la obra presenta una escena de la vida de la corte española, es, a la vez, una pintura acerca de una pintura. Pero avancemos un paso más: A través de su maestría, el pintor ha logrado incluir a los espectadores dentro de su obra. Al representarse el creador como criatura se plantean nuevas perspectivas sobre los roles: ¿es solo el público quien contempla a los personajes o son también los personajes quienes contemplan al público? Más aún, ¿qué vemos y qué no vemos? Quizás Velázquez imaginó que sus personajes más importantes no eran la Infanta o sus acompañantes o, ni siquiera él mismo, sino los espectadores que somos partícipes de ese sorprendente juego de espejos que es Las Meninas.

© Pablo R. Bedrossian, 2018. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Calvo Serraller, Francisco, “Las Meninas o la familia de Felipe IV”, Enciclopedia del Museo del Prado, Fundación Amigos del Museo del Prado, 2006, p.1553

[2] La única fuente de información disponible es un texto del pintor Antonio Palomino, escrito casi 70 años después de concluida Las Meninas.

[3] El enanismo acondroplásico que se produce por una falla genética a nivel óseo que impide el crecimiento de los cartílagos, produciendo cierta deformidad en los rasgos.

[4] El enanismo hipofisario está causado por un déficit de hormona de crecimiento. Quien lo padece es de baja estatura, pero de rasgos armónicos.

[5] El diccionario de la Real Academia Española define como guardadamas a un “empleo de la casa real, cuyo principal ministerio era ir a caballo al estribo del coche de las damas para que nadie llegase a hablarles”.

[6] Hija de Enrique IV de Francia.

[7] Foucault, Michel, “Las Palabras y las Cosas”, Siglo Veintiuno Editores Argentina, Buenos Aires, Argentina 1968, p.14 (la edición original en francés es de 1966)


CRÉDITOS MULTIMEDIA

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DISECANDO UNA CANCIÓN: ESTRUCTURA – de CÓMO COMPONER CANCIONES (Parte 8)

VIII

Toda expresión artística tiene forma; aún las formas más amorfas tienen estructura.

En el arte el todo es más que la suma de las partes.

Para entender lo que el oyente o espectador percibe y retiene es necesario “disecar” de algún modo  la obra arte, su forma, analizando el proceso creativo, porque el  resultado de ese proceso será el que dirija o convoque la atención del público. Recordemos que creador conduce, la audiencia responde.

Nuestro abordaje consiste en descomponer la obra identificando sus partes más significativas. Desde luego, es un método limitado: al separar los diferentes aspectos una canción es imposible captar su espíritu, pues en el arte el todo es más que la suma de las partes. Por lo tanto, este proceso no puede establecer por qué nos agrada o desagrada una canción o por qué nos produce determinado efecto. Además siempre esa división es siempre arbitraria. Pero hagamos el ejercicio enfocándonos en tres elementos  de la forma: estructura, elementos y detalles. Comencemos por la estructura.

La estructura de una canción puede concebirse como un relato, pues tiene un principio, un desarrollo y un final. Sin embargo, no sigue el mismo esquema. En un cuento, como en una película o en una obra de teatro, generalmente se siguen tres pasos: hilo, nudo y desenlace. Comienza una historia cuyo drama o misterio van creciendo hasta llegar a una máxima intensidad tras la cual llega la resolución, que libera la tensión acumulada. En una canción en general hay un tema (sea musical o poético) que se repite; suele ser el coro o estribillo, o una frase que viene a ser la síntesis o clímax del “relato”. Pero, a pesar que sean repetitivas, la música y la letra deben ir creando una tensión y un modo de liberarla para crear impacto en el oyente.

Cada uno debe elegir la estructura que le resulte conveniente a sus fines (siempre entendiendo qué quiere decir y a quién se dirige) pero es importante que sea armónica: Debe tener un principio, un desarrollo y un final que estén debidamente relacionados, como los huesos del cuerpo están unidos mediante articulaciones para sostenernos a través de esa estructura ósea que llamamos esqueleto. Es fundamental entender que lo que se repite es lo que más se recuerda, y esa frase musical o poética, ese momentum, debe ser el corolario de lo que lo precede, una suerte de coronación del camino recorrido o el esfuerzo realizado.

Analicemos brevemente la estructura de algunas obras musicales, eligiendo dos muy básicas, tomadas del rock nacional argentino. Por ejemplo, “Todas las hojas son del viento” de Luis Alberto Spinetta:

Cuida bien al niño, cuida bien su mente,

dale sol de enero, dale un vientre blanco,

dale tibia leche de tu cuerpo.

Todas las hojas son del viento,

ya que el las mueve hasta en la muerte;

todas las hojas son del viento,

menos la luz del sol.

Hoy, que un hijo hiciste, cambia ya tu mente,

cuídalo de dogas, nunca lo reprimas,

dale el aura misma de tu sexo.

Todas las hojas son del viento,

ya que él las mueve hasta en la muerte;

todas las hojas son del viento,

menos la luz del sol.

La estructura es fácilmente reconocible: Estrofa – Coro – Estrofa – Coro, o, resumiendo simbólicamente A1 B A2 B. Diferenciamos A1 de A2 porque, aunque la música de ambas es idéntica, el contenido de la letra es diferente.

Veamos ahora “Libros sapienciales” de Vox Dei, de su álbum “La Biblia”:

De sol a sol, labrando tierra tendrás tu pan.

Todos los ríos van al mar, pero éste nunca se llenará.

Todos los ríos siempre volverán a donde salieron,

para comenzar a correr de nuevo.

Lo que siempre fue, lo mismo será;

lo que siempre hicieron, repetirán.

No olvidar, lo que ves ya se ha visto ya.

Tal vez un día lo sabrás, todo tiene un tiempo bajo el sol,

porque habrá siempre tiempo de plantar y de cosechar,

tiempo de hablar, también de callar,

tiempo para guerra y tiempo de paz,

tiempo para el tiempo y un rato más.

Buenas y malas son, cosas que vivo hoy.

No es esta tierra, no; sueño color azul

¿No es quizás que no sé mirar?

¿Cuánto, cuánto hay a mi alrededor?

¡Más de lo que mis ojos pueden mirar, y llegar a ver!

Estas son razones que dicen que sólo sé que sé querer,

que tengo a Dios, y tengo fe, y que doy amor, y puedo ser.

Sé que en algún lugar alguien me espera hoy.

Sé que ahora tengo yo alguien a quien buscar.

¿No es quizás que ahora sé mirar?

¿Cuánto, cuánto hay a mi alrededor?

¡Más de lo que mis ojos pueden mirar, y llegar a ver!

Estas son razones que dicen que sólo sé que sé querer,

que tengo a Dios, y tengo fe, y que doy amor, y puedo ser

Aquí tenemos dos estrofas con idéntica música, y luego, junto en el cambio de ritmo, otras dos estrofas diferentes a las primeras que tienen igual música, cada una de ellas seguidas de un mismo coro. Podría resumirse como A1-A2-B1-C-B2-C[1].

Como vemos, no es difícil identificar la estructura de una canción. Al crearla debemos elegir cuál será precisamente ese molde en el volcaremos el arte de modo que sea comprensible a nuestro público.

Práctica complementaria:

Por favor, lea la letra (en traducción al español) de Georgia Lee, un famoso tema de Tom Waits que León Gieco y Roxana Ahmed interpretaron magistralmente e identifique su estructura. Luego hágalo con sus canciones predilectas.

Fría la noche como duro el pisar.

La encontraron bajo un árbol aquí atrás,

en un desolado y oscuro lugar.

Es tan niña para andar por ahí.

¿Y Dios… no miraba?

¿Por qué no escuchaba?

¿Por qué Dios no estaba para Georgia Lee?

Su madre entre brumas

no alcanzó a hacerla estudiar.

“Hice todo lo que se puede hacer”.

y ella sólo buscaba del mundo escapar qué difícil criarla feliz

¿Y Dios… no miraba?

¿Por qué no escuchaba?

¿Por qué Dios no estaba para Georgia Lee?

Cierra los ojos y cuenta hasta diez.

Yo me esconderé, pero después

veré que me encuentres, te pido que me encuentres,

para jugar otra vez jugar otra vez,

de nuevo, todo otra vez

Hay un escuerzo en la maleza;

hay un cuervo en el maizal.

Flor silvestre trepando a una cruz.

Una niña que llora llamando a su mamá

mientras doran los campos su luz.

¿Y Dios… no miraba?

¿Por qué no escuchaba?

¿Por qué Dios no estaba para Georgia Lee?

© Pablo R. Bedrossian, 2012. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] El formato de la letra está tomado del álbum “La Biblia” en su nueva versión de 1997, con músicos invitados

EXPRESIÓN Y FORMA – de CÓMO COMPONER CANCIONES (Parte 6)

“Cuando llega el momento, escribir como al dictado me es natural; por eso de cuando en cuando me impongo reglas estrictas a manera de variante de algo que terminaría por ser monótono. En este relato la ‘grilla’ consistió en ajustar una narración todavía inexistente al molde de la ‘Ofrenda Musical´ de Juan Sebastián Bach.”[1] Julio Cortázar, en “Nota sobre el tema de un rey y la venganza de un príncipe”, sobre su cuento “Clone”.

“El arte se define por la forma, no por el mensaje”.

Toda expresión tiene forma.  La forma según la primera acepción del diccionario es la “configuración externa de algo”. Si bien en nuestro interior las formas existen, en general son cambiantes o de límites imprecisos. Pensemos en la imaginación, o en los sueños, donde las cosas misteriosamente se transforman, como en “El perro andaluz”, el film de Luis Buñuel y Salvador Dalí. Otra de las definiciones dice “estilo o modo de expresar las ideas, a diferencia de lo que constituye el contenido de la obra literaria”.

Julio Cortázar retratado por Sara Facio

Toda obra de arte, y, por lo tanto toda canción, necesita una forma. La forma es lo que hace que sea percibida por los sentidos. Aún la improvisación poética con frases inconexas o la música con diferentes compases y sin definir cuál es la tónica, adquiere una forma.

Los patrones que se sigan, que son como moldes creativos, generalmente definen el género de una obra y permiten llegar a diferentes públicos. Por ejemplo, no es lo mismo una sinfonía, que es una obra para orquesta de tres o cuatro movimientos, cada uno de ellos con un tempo y estructura diferente, que una ópera, obra teatral en la que los personajes cantan en lugar de hablar, y que suele comenzar con una obertura y luego continuar con distintos “números” con solos, dúos, coros. Lo mismo en la poesía, no es lo mismo un soneto que una cuarteta.

Es la forma y no el mensaje el que define el arte en todo sentido. Las artes (en plural, refiriéndonos a las ramas del arte) se reconocen por su forma. Por ejemplo, la pintura, la música, el cine, la escultura. Pero avancemos más. Por ejemplo, la música, el teatro, el cine, la literatura, el cómic son artes secuenciales. Las artes secuenciales (también llamado temporales) utilizan, por ejemplo, un tren de imágenes donde la primera está unida a la siguiente, ésta a la próxima y así sucesivamente hasta la última. Lo mismo ocurre con los sonidos. “De todas y cada una de la combinaciones sonoras fluye un mensaje que se desarrolla en el tiempo, que no ocupa espacio, salvo en nuestras mentes”[2], como resume Samy Mielgo. A través de los sentidos percibimos la sucesión de las unidades como un todo.

En cambio, las artes espaciales, como la pintura, escultura, arquitectura, fotografía, ofrecen materialmente y en un solo momento su forma completa. Desde luego esta es una definición arbitraria, pues “sucede también en el arte más ‘estático’ que es portador de un discurso que inevitablemente se nos abre a medida que establecemos contacto con la obra”[3].

© Pablo R. Bedrossian, 2012. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] “Queremos tanto a Glenda”, Editorial Nueva Imagen, 1980, 4ª Ed. p..122

[2] “La Música: sus 4 elementos constitutivos y un paralelo con 4 aspectos fundamentales de la vida cristiana”, Samy Mielgo, Nuevos Aires (periódico de la Iglesia Bautista del Centro), 2011

[3] http://arquetiposenelcine.blogspot.com/2008/12/artes-espaciales-o-temporales.html, Enric Puig Punyet

EL PROCESO CREATIVO: IMAGINACIÓN E INVENCIÓN – de CÓMO COMPONER CANCIONES (Parte 5)

“Crear es aportar al mundo algo desconocido, una novedad que demuestra que sin ella el mundo estaba incompleto.”

“Donde no hay nada se puede hacer algo.”

Existen dos conceptos que para mí son las turbinas que le dan vuelo a la creatividad: La imaginación y la invención. La imaginación es la creación interior, aquella que el artista define en su mente. La invención es el paso siguiente, la creación exterior, la materialización de lo imaginado. Cada una de ellas tiene su propia naturaleza y sus propios desafíos.

Pensemos en “Las ruinas circulares”, un famoso cuento de Jorge Luis Borges de su libro “Ficciones”. Habla de un sacerdote que llega con un magnífico reto:

“El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad”[1].

De algún modo el artista es ese sacerdote. La única diferencia es que no sueña a un semejante (un hombre) con la intención de traerlo al mundo, sino una obra accesible y entendible a otros hombres. El cuento acierta al indicar que el proceso comienza dentro del creador (en nuestro caso, el compositor), imaginando:

“El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular… nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas…Buscaba un alma que mereciera participar en el universo”[2].

Jorge Luis Borges, el genial creador de “Las ruinas circulares”

Pero, tal como sucede con los sueños, es imposible retener una idea, porque su existencia está limitada al impredecible movimiento de la mente y a lo que la memoria conserve de ella. Hay que intentar darle forma concreta, haciéndola realidad.

“Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón… mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable[3]”.

La traducción de un concepto (algo meramente abstracto) en un objeto u obra de arte concreta es un proceso difícil. Requiere habilidades intelectuales, conocimientos técnicos y destreza en la ejecución. Es la primera estación de un viaje reiterado de ida y vuelta hasta obtener el producto esperado.

“Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces[4]”.

Al crear, difícilmente el primer “prototipo” que fabricamos responda a nuestro propósito. Lo revisamos y analizamos, y al confrontar nuestra idea o intención con lo producido, las naturales diferencias nos obligan a repensar el modelo, así como en el cuento se nos dice que:

“Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente”[5].

Entonces, emprendemos el camino de regreso: de afuera hacia adentro, donde usamos nuevamente nuestra imaginación apoyada por nuestro pensamiento: diseñamos mentalmente los cambios procurando proveer las soluciones adecuadas para alcanzar nuestra meta.

Viene el paso siguiente: Nuevamente cruzamos el puente que une nuestro interior con la realidad. Actuamos sobre el modelo que hemos construido implementando físicamente las decisiones que tomamos al pensar la mejora: corregimos, cambiamos, ajustamos. Si el resultado no nos satisface, regresamos a nuestra mente para volver a replantearnos el proyecto, y una vez redefinido, volvemos a probarlo convirtiendo la idea en experiencia. Este viaje lo realizamos cuantas veces sea necesario hasta encontrar concordancia entre lo que deseamos (interno) y lo que obtuvimos (externo). Es un proceso de gestación que permite mejorar lo producido todas las veces que sea necesario.

Práctica complementaria:

Por favor, lea el breve ensayo que está debajo. Lo escribí en 1984 y es el primero de una serie de tres sobre sobre la creatividad en el arte. Resuma en cinco renglones su contenido.

Primero sueño e imagino. En el mundo de mis pensamientos concibo una imagen cuyas características trato de definir con precisión. Voy dándole forma interior. La pienso, la corrijo, la nombro.

Por ello debo encontrar la manera de traducir el concepto que fabriqué en mi mente a una expresión que los sentidos puedan percibir. Necesito, pues, encontrar un camino para traer esa imagen desde el mundo ideal al mundo real. Primero creé algo dentro mío, ahora re-crearlo afuera.

Allí realizo el segundo acto creativo: Dirigido por mi intuición y también por mi inteligencia busco las piezas necesarias, y una vez que las obtengo comienzo a disponerlas como en un juego de ingenio, procurando hacer visible lo invisible y tangible lo intocable. Lo hago y lo deshago, lo recompongo.

Luego doy el paso siguiente. Como frente a un desafío conmigo mismo, en base a lo que los sentidos perciben del objeto real, me atrevo a recrear dentro de mí el objeto ideal.  Tomo lo que trabajé externamente y le di forma y lo vuelvo a pensar. Renuevo esa primera imagen mental que concebí para que en el laboratorio de mi conciencia resuelva los problemas prácticos que las dimensiones espacio y tiempo me hayan planteado.

Este proceso -me refiero al viaje bidireccional entre ambos mundos- se repite una y otra vez hasta que veo mi obra concluida. Cuando alcanzo mi objetivo doy mi creación por terminada. Pero, por supuesto, no se trata de sentirse reconfortado por haber hecho realidad un sueño que ningún otro ser humano antes había soñado, sino de la belleza inherente a todo acto creativo, que no depende de ninguna actividad intelectual, sino del amor puesto en cada paso dado.

Imaginar es crear porque uno crea una imagen en la conciencia. Inventar es crear porque uno aporta algo nuevo en un mundo regido por las leyes de la energía y la materia.

© Pablo R. Bedrossian, 2012. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Tomado de “Obras Completas” (1923-1972); Jorge Luis Borges, Emecé Editores, 13ª impresión, p.451

[2] Op. cit., p.452

[3] Op. cit., p.452

[4] Op. cit., p.454

[5] Op. cit. p.454

EL PROCESO CREATIVO: IDEA E INTENCIÓN – de CÓMO COMPONER CANCIONES (Parte 4)

“Al ejercer mi propio y humilde esfuerzo creativo, pongo mi confianza en lo que aún ignoro, y en lo que aún no he hecho.”[1] Max Weber

“Fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”[2].

Todo intento creativo es un acto de fe. Procura plasmar de un modo perceptible a los sentidos algo que se está gestando o se ha gestado dentro del creador. De los sueños de un compositor, ¿cuántos intentos llegan a buen término y cuántos son abandonados a lo largo del camino? Y en los que se culminan, ¿cuánto perdura en ellos de lo que tuvieron en su comienzo? La creación puede convertirse en un proceso tan cambiante, que un final pierde toda conexión con su principio. Sin embargo, aún en esos casos extremos, puede identificarse una secuencia, una cadena de pasos, en cada uno de los cuales el artista toma decisiones, conscientes o inconscientes.  Parafraseando a mi profesor Ricardo Voth, en cada momento el creador inventa, adopta, adapta o rechaza uno o más elementos, dando lugar al paso siguiente donde se confronta con otros dilemas, el resto de la página en blanco, y decide si sigue o renuncia a continuar su obra.

Enfoquémonos en el primer momento. Para la inspiración no hay reglas, pero creemos que muchas canciones se inician o con una idea o con una intención.

Pappo, el reconocido guitarrista, creador de “Sándwiches de miga”

¿A qué nos referimos cuando hablamos de una idea como punto de partida? A una secuencia melódica o una frase poética inicial sobre la cual construimos el resto.  Una idea puede surgir espontáneamente (por acción) o ser fruto de una emoción, un diálogo o cualquier otra experiencia que nos afecte (por reacción). Se dice que Pappo, un reconocido rockero argentino, declaró sobre la composición de su tema “Sándwiches de miga”: “Era la época del ácido, me dieron uno antes de un show y después yo veía que los sándwiches se me venían encima”[3]. La canción se construyó a partir de esa idea, como si fuera la chispa que encendió el fuego.

En cambio, cuando hablamos de intención, estamos partiendo de un propósito o motivo que rige y dirige la composición. Mientras que construir desde una idea es como un caminante que hace camino al andar, la intención sigue el modelo del arquitecto. El arquitecto no construye a partir de la entrada o el comedor. Elige un estilo y un tamaño. Conoce la ubicación, el presupuesto que dispone e imagina primero la totalidad del edificio terminado. Parte de lo que quiere lograr, no de dónde se encuentra.  Una vez establecido su propósito traza los planos y empieza a ejecutarlos.

León Gieco, creador de “Cachito, campeón de Corrientes”

Siguiendo con ejemplos de la música popular argentina, la intención es manifiesta en la creación de “Cachito, campeón de Corrientes” de León Gieco: Es la denuncia de la burda utilización de un humilde boxeador por un empresario inescrupuloso para producir dinero. Uno imagina que el mundo está lleno de “Cachitos” que sufren el mismo engaño. No hay una idea poética o musical como gatillo o detonante, sino un propósito que, como una brújula, fija el rumbo de la canción.

Si bien idea e intención pueden presentarse simultáneamente, en general, cuando la creación parte de una idea, se recorre un camino cuyo final es desconocido por el creador. En cambio, cuando prima la intención, todo el esfuerzo creativo enfoca sus esfuerzos en el cumplimiento de ese propósito.

Práctica complementaria:

Transcribo párrafos de un diálogo sabroso entre un periodista y poeta, Osvaldo Ferrari, y un escritor de alcance universal, Jorge Luis Borges, para que se lo analice desde la perspectiva que presenté recién:

Ricardo Ferrari: “Hoy me gustaría que habláramos de algo que muchos quieren saber. Esto es, de cómo se produce en usted el proceso de la escritura, es decir, cómo comienza en su interior un poema, un cuento. Y a partir del momento en que se inician, cómo sigue el proceso, la confección, digamos, de ese poema o cuento”

Jorge Luis Borges: “Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. En el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea. Es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder. En el caso de un cuento, por ejemplo, bueno, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. Pero luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios, qué sucede entre el principio y el fin. Y luego hay otros problemas a resolver; por ejemplo, si conviene que el hecho sea contado en primera persona o en tercera persona. Luego, hay que buscar la época; ahora, en cuanto a mí eso es una solución personal mía, creo que para mí lo más cómodo viene a ser la última década del siglo XIX. Elijo si se trata de un cuento porteño, lugares de las orillas, digamos, de Palermo, digamos de Barracas, de Turdera. Y la fecha, digamos 1899, el año de mi nacimiento, por ejemplo. Porque ¿quién puede saber, exactamente, cómo hablaban aquellos orilleros muertos?: nadie. Es decir, que yo puedo proceder con comodidad. En cambio, si un escritor elige un tema contemporáneo, entonces ya el lector se convierte en un inspector y resuelve: “No, en tal barrio no se habla así, la gente de tal clase no usaría tal o cual expresión. El escritor prevé todo esto y se siente trabado. En cambio, yo elijo una época un poco lejana, un lugar un poco lejano; y eso me da libertad, y ya puedo fantasear o falsificar, incluso. Puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula por fantástica que sea crea, por el momento, en la realidad de la fábula”[4].

© Pablo R. Bedrossian, 2012. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Citado en “El proceso de convertirse en persona”, Carl Rogers, Paidós, 7ª Reimpresión 1992, p.15

[2] Epístola a los Hebreos 11: 1, Santa Biblia, RVA, Sociedades Bíblicas Unidas

[3] http://bajocontrol.over-blog.es/article-como-compuse-sandwiches-de-miga-pappo-100713179.html

[4] “Borges en diálogo – Conversaciones de Jorge Luis Borges con Osvaldo Ferrari”, Ediciones Grijalbo, 1985, p.62 y 63

EL PROCESO CREATIVO – de CÓMO COMPONER CANCIONES (Parte 3)

Stephen Nachmanovitch

En su libro “Free Play, la improvisación en la vida y en el arte”[1],  el violinista y compositor Stephen Nachmanovitch propone que dentro de un autor coexisten dos personajes: El creador y el corrector. El creador deja fluir su pensamiento sin freno alguno, pero el corrector revisa paso a paso lo que hace el creador y lo cuestiona. El creador rompe moldes; el corrector le impone los límites. El creador propone; el corrector dispone: “esto sí, esto no”, “cambiemos aquí, adaptemos allá”. El input lo da el creador, pero el corrector es quien, sobre lo recibido del creador, determina el output.  De ese balance entre libertad y orden es que se surge una pieza musical.

La palabra orden puede sonar carcelaria para un artista, sin embargo, aún el surrealista tiene un esquema o método para permitir que emerja libremente lo que hay dentro de él. En la literatura, Virginia Woolf se enfrentó con esta paradoja: “La mente recibe una miríada de impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes… vienen de todos lados, una lluvia incesante de átomos innumerables… registrémoslos como caen en nuestra mente, en el orden en el que caen, busquemos su patrón aunque parezca incoherente y disconexo…”[2].  Esa secuencia definida en la frase “en el orden el que caen” muestra que aun crear a partir de lo que nos viene a la mente sigue lineamientos indicados por la conciencia. No se trata de identificar un patrón a posteriori sino entender que a priori el corrector que está dentro de nosotros necesariamente interviene proveyendo forma a lo informe, como si le diera cauce al agua proveniente de una inundación.

Pensemos en la música, y tomemos como ejemplo uno de sus elementos básicos: el ritmo. Si en cada estrofa cambiáramos el compás, y acento cayera en momentos diferentes, probablemente el oyente terminaría perturbado. Salvo que el propósito sea precisamente ése (podría utilizarse, por ejemplo, en la música que ornamenta una secuencia cinematográfica que busca causar terror), se necesita un balance entre genio y estructura para obtener  el resultado deseado. Salvo que se proponga expresar el caos, la creación demanda corrección para ser expresiva (y, desde luego, mejorada) y a la vez poder ser entendida.

Si el creador rechazara al corrector, probablemente su obra no sería ni aceptada ni entendida por los demás. Si el corrector sujetara al creador, su obra probablemente aburriría y sería ignorada por el público. No digo que tenga que haber un punto medio.  De ningún modo. En mi opinión el creador debe prevalecer, pero si no existe ese diálogo -o incluso tensión- entre creación y corrección, el producto será como esas piedras en bruto que pudiendo ser un diamante quedaron  herrumbradas  junto a otras piedras porque no se percibía en ellas ningún valor.

© Pablo R. Bedrossian, 2012. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Stephen Nachmanovitch, “Free Play, la improvisación en la vida y en el arte”, Ed.Paidos, 2007, p.152-153

[2] “Ficción moderna”, Virginia Woolf, citado en “El experimento de la conciencia”, Guillermo Martínez, http://guillermo-martinez.net/notas/El_experimento_de_la_conciencia