ACERCA DE LA EDUCACIÓN TEOLÓGICA: CREER ES TAMBIÉN PENSAR

¿La educación teológica contribuye a una fe más madura o simplemente cambia una autoridad por otra? En esta nota reflexionamos sobre creencia, conocimiento, jerarquías eclesiales y discernimiento dentro del mundo protestante y evangélico. Lo invitamos a leer el artículo y compartir su opinión.

Hace poco recibimos una invitación para asistir virtualmente a un evento organizado por una entidad educativa cristiana. La conferencia estaría a cargo del rector de un seminario teológico internacional con base en los Estados Unidos, un académico latino de imponente currículum. Luego habría un conversatorio con la participación de importantes teólogos, también latinos.

El título era prometedor: “La democratización del saber y la capacidad de cambio: el impacto de estudiar teología en la adultez». Al inicio, el conferencista postuló dos premisas: la primera, que el título no implicaba un orden; la segunda, que el ser humano no es el objeto de la teología, sino su sujeto.

Posteriormente comenzó a exponer una tesis que podríamos resumir -sabiendo que, por supuesto, dos renglones no pueden hacerle justicia- en que las iglesias, en general, no capacitan teológicamente a sus miembros y que, en algunos casos, la causa radica en que sus pastores temen que personas con preparación académica puedan cuestionar algunas de sus afirmaciones. También sostuvo que la formación teológica es necesaria, tanto para el crecimiento personal como para el de la iglesia, y que, en buena medida, es el conocimiento el que rompe la estructura jerárquica que a veces se establece entre quien ocupa el púlpito y sus oyentes. Esa es la democratización a la que aludía el título.

Sin embargo, cuando empezó a desplegar el abordaje teológico que impulsaba ese conocimiento, podríamos decir -sin querer entrar en un debate ideológico- que se sirvió de media biblioteca y omitió la otra mitad que la contradice o la pone en tela de juicio. Se autodenominó progresista, pero, a nuestro juicio, nos pareció un abordaje anacrónico (léase setentista), fracasado en su época y hoy claramente superado. Sin embargo, si hubiera citado la otra mitad de la biblioteca, nos hubiéramos sentido igualmente incómodos. Luego se expresó frustrado por el poco interés que la teología despierta en los jóvenes, cuando su institución, dicho con una sonrisa – aunque nos pareció que lo creía- enseña la verdad.

Creemos que tanto la riqueza del tema como los puntos de vista del conferencista merecen una reflexión.

Aclaramos que nunca nos atrajo la teología, porque el grado de especulación con que se suele alimentar nos hace adherir a Borges cuando la considera una rama de la literatura fantástica[1]. Sin embargo, siempre nos interesó el estudio bíblico y es inevitable inferir conocimientos acerca de Dios que llevan al lector a creer y a actuar de una manera determinada. En ese sentido, salvo que el cristiano renuncie a meditar, todos hacemos teología.

En segundo lugar, coincidimos en que un creciente sistema de jerarquías en el mundo protestante con frecuencia impide el debate y la discusión con base a las Escrituras. Esta estructura de poder piramidal suele buscar la obediencia o sumisión del creyente en lugar de su crecimiento. Para ello, debe convertirlo en una pieza del sistema, en un engranaje. Rafael Echeverría contaba que Taylor, el primero en estudiar científicamente el trabajo, sostenía que el obrero debía limitarse a ejecutar lo instruido, mientras que pensar era prerrogativa del ingeniero[2]. Podemos parafrasear a Taylor diciendo que en algunas congregaciones “el creyente no debe pensar, debe hacer; el pastor debe pensar” bajo el argumento de traer la voz de Dios revelada por el Espíritu Santo. Esta actitud, muchas veces bien intencionada, lleva al estancamiento espiritual de los discípulos. Además, la estructura jerárquica niega el sacerdocio universal de los creyentes y actúa como una suerte de contrarreforma.

Sin embargo, y en tercer lugar, pasar de un autoritarismo pastoral a un modelo donde las personas que piensan y toman decisiones por sí mismas, implica otros riesgos. Como dijo alguien en el conversatorio, no se trata de sustituir aquel sistema vertical por una suerte de aristocracia teológica. La idea es ayudar a crecer a la comunidad de fe que es la iglesia, no a entorpecerla. La soberbia y la vanidad que puede dar el conocimiento pueden hacer estragos y recordemos que, como dice el apóstol Pablo, a “lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios”[3].

En cuarto lugar, vemos con preocupación un proceso de enseñanza desde “un solo lado de la biblioteca” que puede caer en un adoctrinamiento basado no en la autoridad pastoral, sino en la académica. En nuestra opinión, la educación teológica debe centrarse en el aprendizaje más que en la enseñanza: no decirle al alumno qué debe creer ni elegir por él a quiénes leer, sino enseñarle a pensar sin prejuicios ideológicos (lamentablemente, izquierdas y derechas se han colado en la fe cristiana), basarse en evidencias (con la Biblia como fundamento) y dar el mismo lugar a “toda la biblioteca”. Los seminarios, como las universidades, deben convertirse en centros de debate y discusión, que no etiqueten a los pensadores en buenos y malos, sino que provean a sus alumnos herramientas para conocer, entender y pedir la dirección divina a fin de discernir cuándo crear, adoptar, adaptar o rechazar una idea.

© Pablo R. Bedrossian, 2026. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Borges, Jorge Luis, y Sábato, Ernesto, “Diálogos”, compilación de Orlando Barone, Emecé, Buenos Aires, 1976, p. 34. Ver también Svensson, Ana, “Borges en Gotemburgo” donde cita al escritor “Sigue diciendo que aún más fantásticas que la literatura fantástica son la filosofía y, en Gotemburgo y Toronto, la teología”.

[2] Echeverría, Rafael, “La empresa emergente, la confianza y los desafíos de la transformación”, Granica, Buenos Aires, 2000, p. 28.

[3] Primera Epístola a los Corintios 1:27

5 comentarios sobre “ACERCA DE LA EDUCACIÓN TEOLÓGICA: CREER ES TAMBIÉN PENSAR”

  1. Siempre dudé de la teología como campo de estudio. Estoy más del lado de Borges. Salvo, como decís, que se trate específicamente del significado fundamentado del texto bíblico. Los regresistas (mal llamados progresistas) intentan someter al texto bíblico -e incluso a Dios mismo- a las ideas de izquierda o de derecha, aunque predominan las de izquierda en las «elites» teológicas. Como dijo Popper sobre los intelectuales franceses de los ’60 y ’70, son unos fracasados disfrazados de intelectualidad. Creo que los discípulos de Jesús se asombrarían y se sentirían bastante desconcertados con sus enseñanzas. Como bien citás al apóstol Pablo, Dios prefirió escoger a lo «necio del mundo para avergonzar a los sabios», no porque sean necios, sino porque cumplen con humildad y en la práctica los que muchos intelectuales no son capaces ni de ver de cerca. El problema central de hoy es lo que mencionás: el nuevo sacerdotalismo pastoral. La mayoría de los creyentes no lee ni estudia la Biblia por sí mismos, sino que oyen predicaciones y suelen basar su fe en lo que dijo su pastor y no en el texto bíblico.

  2. entre las revoluciones de izquierda y la batalla cultural, nos hemos olvidado de la gracia y la verdad en amor.

    Mucho ruido y pocas nueces, decían las abuelas.

    No se trata de no condenar lo condenable, sino de dónde ponemos el corazón propio cuando lo hacemos «si en el escalón de la superioridad» o la «mirada del Padre que ve venir del lejos al hijo que aún puede salir corriendo y no llegar nunca a casa»…

    Los seminarios necesitan financiarse y venden lo que tienen… pero las iglesias han contribuido a la ignorancia y el apelar a los sentimientos cuando decidimos que ya no valía la pena «la Escuela Dominical»… (pero eso es para otro posteo)

    Abrazo! Celina

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