Serie LECTURA RECOMENDADA
Título: “El infinito en un junco”
Autor: Irene Vallejo
Año: 2019
Los libros no solo guardan la memoria de la humanidad, sino también sus mejores aventuras. Acompáñenos en un maravilloso viaje que une papiros, pergaminos, bibliotecas, lectores y escritores, de la mano de Irene Vallejo.
Llegamos a este libro en una tarde de café junto a Fernando Obregón, uno de los seres humanos más curiosos e inquietos que conocemos, de esos que siempre saben aportar excelentes novedades y detectar joyas donde no las vemos. Nos comentó el placer que le proporcionaba leer un capítulo por día. Nos fuimos de allí, sin perder tiempo, a una librería. Conseguimos una edición de 2025 de tapa dura, firmada por la autora, y esa noche iniciamos la lectura. Muy pronto comprendimos la razón de su entusiasmo.
“El infinito en un junco” nos cautivó por la riqueza de su contenido y la pluma exquisita que lo despliega. Como dice el subtítulo, se trata de la invención de los libros en el mundo antiguo: un viaje al nacimiento de la lectura a través de las tablillas, los papiros, los pergaminos, los códices, los copistas, las primeras bibliotecas, la escritura como memoria compartida y el nacimiento de la literatura.

La erudición de la autora se conjuga con una redacción impecable, poblada de imágenes deliciosas. Los relatos avanzan y retroceden en el tiempo. Comienzan a orillas del Nilo, viajan por Grecia y Roma; se detienen un buen tiempo en la Biblioteca de Alejandría. Por momentos regresan a la actualidad, cuando el papel ha sido sustituido en parte por las pantallas de nuestros ordenadores, tabletas y celulares, para retornar al pasado y hablar de rollos, códices y los primeros catálogos. Junto a los textos, comparten el protagonismo sus guardianes: bibliotecarios, amanuenses, mecenas, coleccionistas y libreros, cuyos esfuerzos permitieron que los libros llegaran hasta nosotros.
En el texto no están ausentes los destructores: aquellos pirómanos fundamentalistas que incendiaron bibliotecas y destruyeron invaluables obras de la Antigüedad, sin omitir la persistencia de esa destrucción en los tiempos modernos: los bomberos que hacían arder los libros de Fahrenheit 451, la famosa novela de Ray Bradbury, o la quema de 20,000 textos “degenerados” en Berlín por las juventudes nazis en nombre de la purificación del espíritu alemán.
Cada sección es un ensayo breve que podría publicarse en forma independiente, aunque todas se integran en una totalidad maravillosa, como en una orquesta donde cada músico brilla en su pasaje y, a la vez, se ensambla con los demás en una magnífica sinfonía.
Un rasgo notable de “El infinito en un junco” es la reivindicación de las figuras femeninas en la historia de la literatura y el pensamiento: la obra rescata del olvido a mujeres que fueron escritoras y protagonistas de los grandes debates de su tiempo.
La obra ha sido galardonada en España con el Premio Nacional de Ensayo 2020; no nos sorprende: el estilo de Irene Vallejo atrapa y maravilla.
ALGUNAS BREVES CRÍTICAS A LA OBRA
Solo los libros extraordinarios son dignos de una crítica. Nos atrevemos a hacerla como gesto de admiración, no como acto de rebaja o desprecio.
Quizás porque la obra nos ha deleitado, algunas omisiones nos resultaron sorprendentes. Comenzamos con las dos más llamativas: la introducción del papel en Europa y la creación de la imprenta. Ambos hechos, decisivos en la historia de los libros, aparecen solo mencionados de manera sucinta. No desarrolla, por ejemplo, la invención del papel en China, su expansión por Asia Central, su adopción en el mundo islámico, los centros papeleros de la península ibérica ni su posterior difusión. Para un libro tan atento a la materialidad del papiro, el pergamino y el códice, su ausencia resulta llamativa. Con la imprenta ocurre algo parecido. La menciona para establecer el contraste entre el manuscrito y la reproducción mecánica y señalar muy brevemente su contribución al desarrollo de la paginación, los índices, las notas y otras herramientas de lectura.
Hay también otras exclusiones menores. No habla de la historia de las tintas[1] ni de los linotipistas, quienes operaban máquinas de linotipia que fundían líneas de texto en plomo para acelerar la composición e impresión de libros y periódicos. Esta profesión desapareció con la llegada de la tecnología digital. Alguien podrá decir que el texto está dedicado al mundo antiguo, pero sus reiteradas menciones de escritores e invenciones recientes nos habilitan para formular estas observaciones.
Si pasamos de la producción material a la transmisión de los textos y retornamos a la Antigüedad, nos sorprende el escaso lugar que otorga a los copistas que mantuvieron vivos los textos del libro más difundido y leído de la historia: la Biblia[2]. Si bien hace referencia a los monjes y monjas como custodios de los textos sagrados, la autora pone su énfasis en los curadores de textos seculares de autores griegos y romanos. Quienes han visto -como es nuestro caso- exposiciones de los rollos del Mar Muerto o visitado la Biblioteca Británica, la Colección Chester Beatty o el Matenadarán[3], quedan conmovidos ante antiquísimos manuscritos del Antiguo y Nuevo Testamento, cuya conservación, gracias a aquellos amanuenses, ha permitido que lleguen hasta nosotros en testimonios tempranos del Libro de los libros.

En otro orden de cosas, aunque no es un aspecto central de su libro, la autora da por cierto que los jóvenes soldados griegos eran iniciados sexualmente por guerreros veteranos y, en cierta medida, naturaliza la pederastia. Más allá de su prescindencia de los aspectos biológicos -entre ellos, el deseo natural del macho por la hembra-, si bien hubo comunidades griegas donde tales relaciones existían, no constituían la regla. Jenofonte[4] menciona la convivencia entre adultos y jóvenes entre los beocios, pero también el rechazo de esas prácticas en otras ciudades; asimismo, al referirse a Licurgo, señala que la relación entre un varón adulto y uno joven debía ser exclusivamente educativa y ajena a toda connotación sexual.
Finalmente, y ya en un plano más personal, aunque habla de algunos, nos hubiera gustado algún capítulo más extenso dedicado a los bibliófilos, aquellos que amamos la lectura y coleccionamos libros, pues no habría libros sin lectores ni oferta sin demanda. En España, el país de la autora, hemos encontrado calles dedicadas a bibliófilos[5], un merecido homenaje que esperamos ver replicado en próximas ediciones de un texto tan maravilloso como “El infinito en un junco”.
© Pablo R. Bedrossian, 2026. Todos los derechos reservados.
REFERENCIAS
[1] Este tema es relevante en la novela “La Palabra” de Irving Wallace, sobre un supuesto descubrimiento del famoso Documento Q.
[2] Sobre el tema recomendamos leer: Hurtado, Larry, W., “Los primitivos papiros cristianos”, Biblioteca de Estudios Bíblicos, Ediciones Sígueme, 2006, 2010
[3] El Matenadarán, oficialmente Instituto Mesrop Mashtots de Investigaciones sobre Manuscritos Antiguos, es uno de los centros de conservación e investigación de manuscritos y documentos medievales más importantes y ricos del mundo. Se encuentra en Ereván, capital de Armenia.
[4] Jenofonte, “Constitución de los lacedemonios” (o “República de los lacedemonios”), 2.12–14.
[5] Ver nuestro artículo “Los bibliófilos también tenemos nuestras calles”, 8/5/2025, https://pablobedrossian.com/2025/05/08/los-bibliofilos-tambien-tenemos-nuestras-calles/
CRÉDITOS MULTIMEDIA
Las fotos del papiro de la Colección Chester Beatty fue tomada por el autor de esta nota y es el dueño de todos sus derechos.
