Un viaje a una de las regiones más remotas de Centroamérica, entre selva, ríos, pendientes empinadas, aves y monos. ¿Se animaría usted a vivir una experiencia así? Le invitamos a leer esta crónica y descubrir un rincón del mundo donde la aventura aún es auténtica.
Quizás alguno haya visto La Costa Mosquito, la película de 1986 donde Harrison Ford encarna a un estadounidense que, asqueado del estilo de vida norteamericano, decide trasladarse con su familia a un lugar inhóspito en la costa norte de Honduras. Ese lugar existe y aún hoy es imposible acceder a él en auto. Allí nos dirigimos.

Se conoce como La Moskitia por los miskitos (según la Real Academia Española, los misquitos), la etnia indígena que habita en ella. Durante los siglos XVII y XVIII, la región fue un protectorado británico informal; en los mapas la llamaban The Mosquito Coast e incluso en algún documento aparece como the country of the mosquitos[1].

Los nombres pueden confundir, por eso cabe aclarar, antes de narrar lo vivido, que La Moskitia es un concepto territorial, no administrativo: corresponde al espacio geográfico habitado por los miskitos, que va desde Palacios, Honduras, hasta Puerto Cabezas, Nicaragua. En cambio, Gracias a Dios es el nombre del departamento[2].

Dentro de este departamento hay tres grandes áreas protegidas: la Reserva de la Biosfera del Río Plátano – nuestro destino -, creada en 1980 y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982, que es la más grande de Honduras y abarca partes de los departamentos de Gracias a Dios, Colón y Olancho; la Reserva Biológica Tawahka Asangni y el Parque Nacional Warunta.
EL VIAJE POR TIERRA
Iniciamos el viaje en San Pedro Sula, la capital industrial de Honduras. Desde allí partimos con Tito Downing, uno de los biólogos más reconocidos del país, y Eduardo Rivera, experto guía de aves. Nos dirigimos a El Progreso, a unos 30 kilómetros, donde dejamos nuestro auto. Allí nos esperaba el dueño de casa, Kriss Andino, junto a Elmer Pineda, quien había llegado desde el Lago de Yojoa en su 4×4.

Subimos a su vehículo el equipaje y él condujo hasta La Ceiba. Llegamos a casa de Yasser Calderón, socio de la agencia operadora que organizaba el viaje y coordinador de nuestro viaje. Luego de compartir un café, llegaron las dos enormes camionetas que nos llevarían hasta el último punto con carretera, desde donde navegaríamos hacia el Río Plátano. Salimos cerca de las 2 de la mañana.

Tras viajar toda la noche, gran parte del trayecto por caminos de tierra en mal estado, llegamos a la última localidad con acceso terrestre: una comunidad garífuna[3] llamada Batalla, en el municipio de Juan Francisco Bulnes.

Esta aldea ocupa una angosta franja de tierra entre el Mar Caribe y la Laguna de Bacalar (también llamada de Barcalá), donde se encontraba el muelle desde el que partiríamos hacia Las Marías, nuestro campamento base.
EL VIAJE EN PIPANTE
Luego de una espera de una hora, llegó el pipante, una lancha alargada y angosta de bajo calado. Hasta hace unos 15 años, el viaje se hacía a remo y tomaba varios días; hoy, con motor, dura unas seis horas.

Cruzamos la Laguna de Bacalar y nos detuvimos brevemente en Palacios, histórica comunidad fundada en 1732, antes llamada Río Negro o Black River, donde hay un puesto de la Fuerza Naval de Honduras. Continuando el viaje ingresamos a la Laguna de Ibans; desde allí se divisaba la barra, un pequeño dedo de arena que la separaba del mar. Tras navegar por algunos canales, accedimos al Río Plátano, principal arteria fluvial de la zona.

Durante nuestro recorrido, el Río Plátano se mostró de muy baja anchura (nunca superó los 200 metros) y de escasa profundidad. Por momentos, un ayudante del lanchero debía servirse de un palo para empujar el pipante cuando se atoraba en un banco de arena.

Durante el trayecto observamos, entre otros, un juvenil de halcón peregrino, monos aulladores, tucanes, garzas, cigüeñas, águilas pescadoras, ibis verdes, tres especies de martín pescador e iguanas.


Aclaramos que, como nuestro propósito se centraba en la fauna, describiremos las especies colocando primero su nombre en español, provisto por iNaturalist (www.iNaturalist.org) de NatGeo – los nombres populares varían de país en país y, a veces, de pueblo en pueblo -, seguido entre paréntesis del nombre en inglés, que es universal[4], y luego del nombre científico.


Se destacaron los loros cachete amarillo (Red-lored Amazon · Amazona autumnalis) y un milano plomizo (Plumbeous Kite · Ictinia plumbea).
LA LLEGADA A LAS MARÍAS
Llegamos a Las Marías antes del atardecer. Nos hospedamos en una vivienda rústica de madera, sin agua corriente ni electricidad estable. Todo era básico, parte de la aventura.

El baño estaba afuera; por supuesto, no tenía agua corriente: había un tanque plástico con agua para lavarse y un sanitario al que había que echarle agua con un bote para higienizarlo. Tampoco teníamos luz, salvo cuando, por la noche, durante algunas horas, conectaban un par de lámparas a una batería. Solo había internet una o dos horas al día, vía satélite. El comedor quedaba cruzando el jardín, en la segunda planta de una casa de madera más pequeña. Doña Diana, la cocinera, nos preparó ricos platillos al fuego a leña.
LA EXPEDICIÓN A PICO DAMA
Al día siguiente partimos hacia el Pico Dama. Nuestro guía asignado a la expedición, Martín Herrera, conocía al dedillo la zona. Además contaba con ayudantes que cargaban los botes de agua potable, la comida y otros implementos que utilizaríamos durante la noche. El camino fue muy exigente: primero, 45’ en pipante, seguido de una caminata de alrededor de una hora cruzando potreros. Tuvimos que vadear un mismo arroyo varias veces, algo que se repetiría a lo largo de toda la primera mitad del trayecto.

En la zona hay mucho ganado vacuno, ya que el ingreso principal proviene de la venta de queso que luego se comercializa fuera de la región; esto ha dañado bosques y preocupa la tala, teóricamente prohibida por tratarse de un parque nacional.


En esa zona admiramos las bellas guacamayas rojas (Scarlet Macaw · Ara macao), loros corona blanca (White-crowned Parrot · Pionus senilis) y un mosquero colilargo (Long-tailed Tyrant · Colonia colonus).


Luego nos adentramos a un bosque, donde tras caminar cerca de hora y media, comenzamos la subida.
EL ASCENSO
El Pico Dama es una gran formación rocosa de granito que sobresale a simple vista. Su parte superior es completamente vertical y, a diferencia de su entorno, presenta la piedra al desnudo, carente de vegetación, lo que la convierte en un ícono visual de la Biósfera del Río Plátano.

Martín nos contó que, hace unos años, un canadiense se propuso alcanzarla y llevó consigo el equipo necesario, pero a mitad de la subida desistió ante la enorme dificultad. Desde luego, nosotros no aspirábamos a tanto: nos dirigíamos a un pequeño campamento más abajo, una primitiva cabaña, construida por unos alemanes, aún más básica que la de Las Marías.

La subida fue durísima. Avanzamos durante tres horas por angostos pasillos de barro – la lluvia de la noche aún fresca -, entre árboles altos y tupidos que daban al paisaje el aspecto de una selva cerrada. Más de una vez resbalamos y, aunque llevábamos una suerte de bastón, en largos tramos terminamos apoyándonos en el guía para no caer.

Allí pudimos ver, por fin, una de las aves únicas de La Moskitia que nos habíamos propuesto encontrar: el tucán de pico negro (Yellow-throated Toucan · Ramphastos ambiguus). Pero la subida, cada vez más empinada, demandó un mayor esfuerzo.

Finalmente, en las primeras horas de la tarde, llegamos a nuestro destino. Hecha íntegramente de madera, la cabaña parecía un albergue detenido en el tiempo: muy rústico, con dos pequeños dormitorios y una cocina donde se cocinaba a leña. No había baño ni agua corriente; apenas una letrina que daba a un pozo profundo.


LA FAUNA EN PICO DAMA
La tarde había avanzado y salimos en busca de lo que más nos interesaba, mientras a lo lejos resonaban los gritos de los monos. A unos 50 metros hacia abajo había una pequeña fuente de agua. Allí encontramos otra de las aves que buscábamos: el colibrí coroniblanco (Snowcap · Microchera albocoronata) que iba y venía posándose siempre en la misma ramita.

Muy cerca fotografiamos también un colibrí pecho escamoso (Scaly-breasted Hummingbird · Phaeochroa cuvierii). Vimos, además, cangrejos y arañas, que aparecerían en mayor cantidad cuando regresamos por la noche.

Luego exploramos un pequeño bosquecito ubicado detrás de nuestro hospedaje. Allí vimos un nido con dos huevos de un ave que no reconocimos; más tarde la encontramos empollando: una tangara de Carmiol (Carmiol’s Tanager · Chlorothraupis carmioli).

Entre los reptiles, nos llamó la atención uno por el color de su gula: un anolis jaspeado (Pug-nosed Anole · Anolis capito). Aunque no hallamos ni serpientes ni anfibios -tampoco el toloque o basilisco verde (Green Basilisk · Basiliscus plumifrons) que esperábamos ver -, fue un día agotador, pero sumamente productivo.

La cena fue una sopa en vaso —de esas que vienen envasadas y solo se calientan—. Pernoctar no fue sencillo: los calambres, producto del desgaste y la pérdida de potasio y magnesio durante la subida, se hicieron sentir. Habíamos llevado sales de rehidratación oral, gracias a las cuales nos recuperamos rápidamente.


A la mañana siguiente tomamos un frugal desayuno: frijoles, queso y huevo con tortillas de maíz. Llovió por momentos, pero, a pesar de las inclemencias del clima, pudimos ver otra de las aves de interés: el trogón cabeciverde (Graceful Black-throated Trogon · Trogon tenellus); por supuesto, también divisamos otras aves, incluido el colibrí zafiro coroniazul (Crowned Woodnymph · Thalurania colombica).

MÁS FAUNA EN LA ZONA BAJA
Empezamos el descenso. Sabíamos, por supuesto, que nos tomaría varias horas. En el camino, aún más lodoso, vimos aves, reptiles e incluso murciélagos de hoja nasal (Thomas’s Fruit-eating Bat · Dermanura watsoni) escondidos bajo una hoja de palma.

Aunque bajar suele ser menos agotador que subir, varios tramos se volvieron complicados por lo estrecho del sendero, la vegetación espesa y la inclinación de la pendiente. Tras varias horas, llegamos al bosquecito y, luego de otra hora para atravesarlo, salimos al potrero. Allí vimos una hermosa guacamaya roja (Scarlet Macaw · Ara macao), posando para nosotros y nuevamente varios mosqueros colilargos (Long-tailed Tyrant · Colonia colonus).

Además hallamos dos verdaderas joyas: el rey zope (King Vulture · Sarcoramphus papa), que nosotros vimos en vuelo, pero uno de nuestros compañeros logró fotografiarlo perchado, y una aguililla blanca (White Hawk · Pseudastur albicollis).


LA VISITA A LOS PETROGLIFOS
Tras volver a vadear varias veces el curso de agua que habíamos cruzado a la ida y atravesar de vuelta el potrero, llegamos por fin al Río Plátano. Allí, en el pipante, cerramos la tarde con una visita a los petroglifos, tallas prehispánicas en piedra con diseños geométricos y zoomorfos de origen indígena (probablemente de la etnia pech), de significado aún desconocido.

Algunos creen que podrían ser indicaciones para llegar a la recientemente descubierta Ciudad Blanca. Estos grabados se encuentran en rocas que sobresalen en el cauce del río.

Regresamos para cenar, con el cielo ya oscureciendo. Poco después de una cena típica – cerdo, arroz, aguacate, frijoles y queso – y ya exhaustos, nos fuimos a dormir.
EL ÚLTIMO DÍA
A la mañana siguiente, tras el desayuno, nos dividimos en dos. Un grupo fue a una finca para recorrer a caballo – caballos que nunca llegaron – un sendero que le habían recomendado; apenas pudieron avanzar un poco, ya que el terreno, anegado por la lluvia, resultaba prácticamente intransitable. Los demás salimos a hacer birding y a recorrer la aldea.

Vimos aves pequeñas y algunas rapaces; quizás las más interesantes fueron la perlita cejiancha (White-browed Gnatcatcher · Polioptila bilineata), el papamoscas chico (Least Flycatcher · Empidonax minimus) y, aunque común, siempre atractiva por su belleza, una tangara capucha dorada (Golden-hooded Tanager · Stilpnia larvata).



Entre los reptiles, una madreculebra (Roatán Skink · Marisora roatanae), un tipo de escíncido, y una hembra de anolis fantasma (Ghost Anole · Anolis lemurinus) interesante por el color de su gula, muy distinto del rojo con puntitos blancos que luce el macho.


En el pequeño sector habitado había un centro de salud (donde nos refugiamos cuando comenzó a lloviznar), un puente colgante que cruzaba un arroyo y una iglesia morava. Los Hermanos Moravos, descendientes de los husitas[5] -el grupo del reformador checo Jan Hus, héroe nacional de su país, asesinado en la hoguera por negarse a abjurar de su fe- evangelizaron a los miskitos. También encontramos a varias personas de la etnia pech, cuyas comunidades más importantes se ubican más al sur, en el departamento de Olancho.

Luego, la lluvia se adueñó de la tarde y pronto oscureció. Con la luz provista por una batería, preparamos los bolsos y dormimos brevemente. A las 3 de la mañana, encendiendo solo por momentos una linterna, los lancheros nos llevaron de regreso, en pipante, a Batalla, punto de partida de nuestra travesía a La Moskitia. Desde allí, retornamos por tierra.

Maravillosa aventura, inolvidable experiencia. Dios mediante, esperamos volver para visitar otros sitios naturales de este mágico territorio que aún tienen mucho por descubrir.
© Pablo R. Bedrossian, 2026. Todos los derechos reservados.
REFERENCIAS
[1] En Dawson, Frank Griffith, “The Evacuation of the Mosquito Shore and the English Who Stayed Behind, 1786-1800”, Cambridge University Press, 11/12/195 se transcriben párrafos de la Convention of London (Convención de Londres) firmado por representantes de las coronas española y británica en su artículo habla de “the Country of the MOSQUITOS”.
[2] Un departamento en Centroamérica departamento equivale a lo que en otros países llaman provincia.
[3] Los garífunas conforman un grupo étnico que habita toda la costa norte de Centroamérica. Surgen de la unión de africanos e indios caribes y arawak en la isla de San Vicente, donde convivían en paz con los franceses hasta fueron expulsados violentamente por los ingleses. En 1797 llegaron 3,000 sobrevivientes a Honduras; sus descendientes hoy conforman una comunidad muy respetada y reconocida que habitan en la costa norte de Honduras, y también de Guatemala (en Livingston)
[4] Al decir universal queremos significar que existe un mismo nombre para cada especie animal reconocido por todos los países de habla inglesa.
[5] Para quienes deseen conocer más de Jan Hus y los husitas, ver nuestros artículos “El gran reformador checo Jan Hus, Parte 1”,16/9/2013, https://pablobedrossian.com/2013/09/16/el-gran-reformador-checo-jan-hus-parte-1-por-pablo-r-bedrossian/ y “El gran reformador checo Jan Hus, Parte 2 Los husitas”, 17/9/2013, https://pablobedrossian.com/2013/09/17/el-gran-reformador-checo-jan-hus-parte-2-los-husitas-por-pablo-r-bedrossian/
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