COMENTARIO, BREVE RESUMEN Y CRÍTICA DE “EL CUERPO LLEVA LA CUENTA”, UNA OBRA ESENCIAL PARA ENTENDER Y SUPERAR EL TRAUMA

Serie LECTURA RECOMENDADA

Título: “El cuerpo lleva la cuenta”

Autor: Bessel van der Kolk

Año: 2014

Presentamos esta obra imprescindible, que muestra y demuestra cómo el cuerpo carga las heridas del pasado, pero también nos abre caminos para superarlas. Una lectura comentada de un libro fundamental para entendernos mejor a nosotros mismos y a los demás.

Llegamos a este magnífico texto por recomendación de una querida compañera del colegio, médica ella también. En él encontramos la evidencia del daño no solo psicológico, sino también neurológico que las situaciones extremas pueden causar en nosotros.

Hasta hace pocas décadas era imposible examinar el cerebro en funcionamiento. Desde los viejos cortes de Charcot solo cabía estudiarlo post mortem. Sin embargo, la llegada de la tomografía computada y la resonancia magnética abrió un campo inesperado a las neurociencias donde por primera vez se podían observar in vivo los cambios en la estructura y el funcionamiento encefálicos. Hoy la resonancia magnética funcional detecta pequeños cambios en el flujo y la oxigenación sanguínea cerebral cuando una zona se activa. Toda la primera parte de este libro aborda los cambios que produce el trauma en el cerebro.

Para el autor, el trauma no es solo el hecho vivido, sino la huella que ese hecho deja en la mente y el cuerpo. Son experiencias que superan nuestra resistencia produciendo miedo, dolor e impotencia; sus marcas quedan “grabadas” en el sistema nervioso, lo que nos lleva a revivirlas ante situaciones que asociamos inconscientemente con aquellas que lo originaron.

En un libro crudo y duro, donde el autor se sirve de decenas de historias para ilustrar lo que demuestran con rigor las estadísticas y los trabajos científicos. Con ellas el autor no pretende conmover sino guiarnos a un viaje hacia lo más profundo del ser humano, eso que el Dr. Paul Tournier llama persona[1].

Encontramos en la obra un triple propósito. El primero es exponer las consecuencias personales y sociales del trauma, su impacto sobre la persona, su familia y su red de contactos. El segundo es reclamar al gobierno y a la Asociación Americana de Psiquiatría la inclusión del TTD, el Trastorno Traumático del Desarrollo, como diagnóstico reconocido, tanto para su uso clínico como para la cobertura de los seguros de salud. El tercero, exponer una serie de técnicas, en general de corte empírico, para superar el trauma.

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Aunque creemos que la principal riqueza de esta obra se encuentra en sus primeras tres cuartas partes, recomendamos toda su lectura. Es un libro que ayudará a muchos a entender a otros y a otros muchos a entenderse a sí mismos, abriendo una puerta para romper los muros que el pasado puede imponernos.

Presentamos a continuación primero un apretado resumen de “El cuerpo lleva la cuenta” y luego una concisa crítica que creemos que aporta a su lectura.

© Pablo R. Bedrossian, 2026. Todos los derechos reservados.

BREVE RESUMEN DE “EL CUERPO LLEVA LA CUENTA”

La obra comienza analizando los efectos del trauma en los veteranos de guerra, pero luego lo extiende a todas las personas, en particular, y con inusual crudeza, a quienes han padecido maltratos en su niñez. Las estadísticas de abuso infantil intrafamiliar que van der Kolk presenta asustan. Dejemos que el autor nos hable:

“Medio millón de niños en Estados Unidos toman actualmente fármacos antipsicóticos… Estas medicaciones hacen que los niños sean más dóciles y menos agresivos, pero también interfieren con la motivación, el juego y la curiosidad, elementos imprescindibles para madurar y convertirnos en miembros sanos y beneficiosos para la sociedad”[2].  Medicar a niños con trastornos de conducta, en general surgidos de traumas, los aplaca, pero también los anula.

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Luego de proveer evidencia científica de los cambios neurológicos que el trauma produce, analiza los mecanismos que naturalmente utilizamos para defendernos. Expone la conocida teoría de los tres cerebros (reptiliano, sistema límbico y corteza cerebral), la reacción natural que utilizamos ante las amenazas (el antiguo síndrome general de adaptación descrito por Hans Selye con sus fases de alarma, resistencia y agotamiento mediadas por una cascada hormonal específica, principalmente a través del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal), las funciones de los sistemas nerviosos autónomos, el simpático (que “acelera”) y el parasimpático (“que frena”),  y lo que ocurre cuando nos vemos superados, tanto movidos a la huida como a la parálisis (lo que se conoce como inhibición de la acción).

“Tras el trauma, el mundo se vive con un sistema nervioso diferente. Ahora, la energía del superviviente se centra en eliminar el caos interno en detrimento de vivir espontáneamente su vida[3]experimentamos el mundo con un sistema nervioso diferente, en el que la percepción del riesgo y de la seguridad está alterada. Porges acuñó la palabra neurocepción para describir la capacidad de evaluar el peligro y la seguridad relativos en nuestro entorno. Cuando intentamos ayudar a las personas con una neurocepción defectuosa, el principal reto es encontrar formas de poner a cero su fisiología, para que sus mecanismos de supervivencia dejen de funcionar en su contra. Esto significa ayudarles a responder adecuadamente al peligro pero, incluso más que eso, a recuperar la capacidad de sentir la seguridad, la relajación y una reciprocidad verdadera”[4].

Para describir la sensación de autocontrol, la traducción al español utiliza la palabra agencia, que, al menos en español, no refleja cabalmente la idea que representa: sentirnos que estamos a cargo de nosotros mismos. Luego prosigue “La agencia empieza con lo que los científicos llaman interocepción, el conocimiento de nuestras sensaciones sensoriales corporales sutiles: cuanto mayor sea este conocimiento, más potencial tendremos de controlar nuestra vida. Saber que sentimos es el primer paso para saber por qué nos sentimos así. Si somos conscientes de los cambios constantes en nuestro entorno interior y exterior, podemos movilizarnos para manejarlos. Pero no podemos hacerlo a menos que nuestra torre de vigilancia, la CPFM -la corteza cerebral prefrontal media-, aprenda a observar qué sucede en nuestro interior. Por eso la práctica consciente, que refuerza la CPFM, es una piedra angular en la superación del trauma”[5]. Para van der Kolk, el signo distintivo del trauma son las sensaciones corporales que despiertan su evocación y la sanidad comienza cuando se tiene control sobre ellas.

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Según estudios expuestos en el libro, la CPFM nos permite observar lo que está sucediendo dentro de nosotros, evaluar nuestras emociones y ponerlas en perspectiva. Es la encargada del autoconocimiento y de la capacidad de calmarnos cuando el sistema de alarma (ubicado en la amígdala, dentro del sistema límbico) se dispara sin motivo real. El autor explica que en las personas con trauma, la relación entre la amígdala (que llama el detector de humo) y la CPFM se rompe: La amígdala se vuelve hiperactiva y reacciona ante cualquier estímulo. La CPFM se debilita o se “apaga». Esto hace que la persona pierda la capacidad de discernir si el peligro es real o es solo un recuerdo, impidiéndole regular sus emociones de forma lógica.

En una sección titulada “Un mapamundi roto”, dice:“¿Cómo aprendemos las personas lo que es seguro y lo que no, lo que está dentro y lo que está afuera. A qué nos podemos resistir y qué podemos aceptar?… Cuando somos niños, empezamos en el centro de nuestro propio universo, donde interpretamos todo lo que sucede desde un punto de vista egocéntrico. Si nuestros padres y nuestros abuelos nos dicen constantemente que somos la cosa más bonita y más deliciosa del mundo, no cuestionamos su opinión, debemos de ser exactamente eso. Y en nuestro inte­rior, aprendamos lo que aprendamos sobre nosotros mismos, siempre nos acompaña esta sensación: básicamente, somos adorables. Por lo tanto, si más adelante empezamos a salir con alguien que nos trata mal, nos sentiremos disgustados. No estará bien, no nos parecerá familiar, no nos sentiremos como en casa. Pero si en nuestra infancia sufrimos malos tratos o abandono, o crecemos en una familia en la que la sexualidad se trata con repulsión, nuestro mapa interior contendrá otro mensaje. Nuestra percepción de nosotros mismos estará marcada por el desprecio y la humillación, y es más probable que pensemos ‘me tiene calado’ y no protestemos si nos tratan mal[6].

Más tarde cita el estudio ACE ((Adverse Childhood Experiences), en español Estudio de Experiencias Infantiles Adversas, uno de los pilares epidemiológicos que utiliza para demostrar la conexión entre el trauma temprano y la salud física en la edad adulta. Allí expone alguna de las alarmantes conclusiones; entre ellas se destaca el porcentaje que respondió afirmativamente a las preguntas ‘¿Algún adulto o alguna persona como mínimo 5 años mayor que usted le tocó el cuerpo de manera sexual?’ y ‘¿Algún adulto o persona como mínimo 5 años mayor que usted intentó mantener relaciones orales, anales o vaginales con usted?’: el 28% de las mujeres y el 16% de los hombres respondieron afirmativamente[7].

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A continuación, en la sección titulada “Abuso infantil: el mayor problema de salud pública en Estados Unidos” afirma: “La primera vez que escuche a Robert Anda presentar los resultados del estudio ACE, no pude contener las lágrimas. En su carrera en el centro CDC (él) ya habla trabajado anteriormente en varias áreas de riesgos mayores, realizando por ejemplo un estudio sobre tabaco y riesgos cardiovasculares pero cuando los datos del estudio ACE empezaron a aparecer en su ordenador, se dio cuenta de que habían dado con el problema de salud pública más grave y más caro de Estados Unidos: el abuso infantil. Calculó que su coste total superaba el coste del cáncer o de la enfermedad cardiaca, y que erradicar el abuso infantil en Estados Unidos reduciría la tasa global de depresión en más de la mitad, la del alcoholismo en dos tercios y la de los suicidios, el consumo de drogas intravenosas y la violencia doméstica en tres cuartos. También tendría un efecto drástico en el rendimiento laboral y en la necesidad de encarcelar a gente”[8]. Sin embargo, con dolor, dice que en lugar de atacar el problema, a quienes sufren o han sufrido abusos “simplemente, ahora se les administran grandes dosis de agentes psicotrópicos, que los vuelven más manejables, pero que también reducen su capacidad de experimentar placer y curiosidad, de crecer y desarrollarse emocional e intelectualmente, y de convertirse en personas productivas para la sociedad”[9].

Para el autor, el trauma en el desarrollo es una epidemia oculta[10]. Se queja amargamente del rechazo por parte de la Asociación Americana de Psiquiatría a incluir en sus ediciones de DSM[11] -manual de diagnósticos por el que deben regirse psiquiatras y seguros- a la TTD, el Trastorno Traumático del Desarrollo[12], que es el diagnóstico propuesto por él para describir las secuelas crónicas del trauma en la infancia, especialmente cuando hay abuso sexual, maltrato físico o emocional, negligencia o abandono por parte de padres y cuidadores. Para reforzar su postura, expone los beneficios que han traído sobre la salud pública la inclusión del TEPT, Trastorno de Estrés Postraumático, diagnóstico habitual en veteranos de guerra. Tras indicar los beneficios que produciría diagnosticar formalmente TTD, sostiene: “Un tratamiento que no ponga sus síntomas en primera fila, en una posición central, tendrá más probabilidades de fallar el tiro. Nuestro gran reto es aplicar las lecciones de la neuroplasticidad, la flexibilidad de los circuitos cerebrales, para reprogramar el cerebro y reorganizar la mente de las personas que han sido programadas por la propia vida para percibir a los demás como amenazas y a sí mismos como inútiles. El apoyo social es una necesidad biológica, no una opción, y esta realidad debería ser la columna vertebral de toda prevención y tratamiento”[13].

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Más adelante, en un capítulo titulado “Superar el trauma: ser dueños de nosotros mismos” afirma: “El trauma nos arrebata la sensación de control sobre nosotros mismos (que llamaré autoliderazgo en los siguientes capítulos). El reto de la recuperación es volver a adueñarnos de nuestro cuerpo y de nuestra mente, de nosotros mismos. Esto significa sentirnos libres de saber lo que sabemos y sentir lo que sentimos sin acabar abrumados, enfadados, avergonzados o colapsados. Para la mayoría de las personas, ello implica: (IJ encontrar el modo de permanecer tranquilos y centrados, (2) aprender a mantener calma ante imágenes, pensamientos, sonidos o sensaciones físicas que nos recuerdan el pasado, (3) encontrar el modo de estar completamente en el presente interactuando con las personas que nos rodean, (4) no tener que guardar secretos sobre nosotros mismos, incluyendo secretos sobre las cosas que nos han permitido sobrevivir. Estos objetivos no son etapas que haya que superar, una a una, ensecuencia fija. Se superponen, y algunos pueden ser más difíciles que otros, dependiendo de las circunstancias individuales”[14].

Muy poco después, en el apartado llamado “Un nuevo enfoque sobre la recuperación” dice: “El trauma es mucho más que una historia sobre algo que sucedió hace mucho tiempo. Las emociones y las sensaciones físicas que quedaron impresas durante el trauma se experimentan no como recuerdos, sino como reacciones físicas perturbadoras en el presente. Para recuperar el control sobre nosotros mismos, debemos retomar el trauma: tarde o temprano, deberemos enfrentarnos a lo que nos ha sucedido pero solo cuando nos sintamos seguros y cuando no nos vuelva a traumatizar. La primera consigna es encontrar el modo de manejar la agitación provocada por las sensaciones y las emociones asociadas con el pasado. Como hemos mostrado en las anteriores partes de este libro, los motores de las reacciones postraumáticas se encuentran situados en el cerebro emocional. A diferencia del cerebro racional, que se expresa mediante pensamientos, el cerebro emocional se manifiesta mediante reacciones físicas: dolor de tripas, latidos acelerados, respiración rápida y superficial, sensaciones de desgarro, hablar con un hilo de voz o con la voz tensa, y los característicos movimientos corporales que significan colapso, rigidez, rabia o estar a la defensiva… El cerebro racional y ejecutivo puede ayudarnos a comprender de dónde vienen los sentimientos… sin embargo, no puede suprimir las emociones… Entender por qué nos sentimos de cierta manera no cambia cómo nos sentimos”[15].

Casi inmediatamente después ingresa en una de las secciones medulares del libro: “Cuando prestamos una atención centrada en nuestras sensaciones corporales, podemos reconocer los altibajos de nuestras emociones y, con ello, tener más control sobre ellas. Las personas traumatizadas suelen tener miedo a sentir. Ahora, el enemigo no es tanto el autor de los hechos (que, con suerte, ya no estará cerca para volver a hacerles daño) sino sus propias sensaciones físicas. El miedo a quedar secuestrados por unas sensaciones desagradables hace que el cuerpo se congele y la mente se apague. Aunque el pasado sea algo pasado, el cerebro emocional sigue generando sensaciones que hacen que la víctima se sienta asustada e impotente. No es sorprendente que tantos supervivientes de traumas coman y beban compulsivamente, tengan miedo a hacer el amor y eviten muchas actividades sociales: su mundo sensorial está en gran medida fuera de todo límite. Para cambiar, debemos abrirnos a nuestra experiencia interior. El primer paso es permitir a nuestra mente centrarse en nuestras sensaciones y observar cómo, a diferencia de la experiencia atemporal y siempre presente del trauma, las sensaciones físicas son transitorias y responden a ligeros cambios en la posición corporal, cambios en la respiración y en el pensamiento. Cuando prestamos atención a nuestras sensaciones físicas, el siguiente paso es ponerles una etiquetaAprender a observar y a tolerar nuestras reacciones físicas es un prerrequisito para poder repasar el pasado de un modo seguro. Si no podemos tolerar lo que estamos sintiendo ahora mismo, abrir el pasado solo agravará el sufrimiento y nos traumatizará más”[16].

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Luego establece la importancia del manejo de las percepciones. Insiste en la estrecha relación entre la experiencia que desencadenó el trauma y las reacciones físicas que a posteriori la persona presenta ante circunstancias que lo recuerdan. Para van der Kolk la clave está en el manejo de esos síntomas que paralizan o impulsan a la huida. Además, agrega: “La neurociencia ha demostrado que tenemos dos tipos de autoconocimiento diferentes: uno que rastrea nuestro yo en el tiempo y otro que registra al yo en el momento presente. El primero, nuestro yo autobiográfico, crea conexiones entre las experiencias y las monta en una historia coherente. Este sistema está arraigado en el lenguaje. Nuestras narraciones cambian con la historia, a medida que nuestra perspectiva cambia y que incorporamos nuevas contribuciones. El otro sistema, el autoconocimiento momento a momento, se basa fundamentalmente en sensaciones físicas, pero si nos sentimos seguros y no tenemos prisa, podemos encontrar palabras para comunicar también esa experiencia. Estas dos formas distintas de conocer se encuentran en diferentes partes del cerebro que están muy desconectadas entre sí. Solo el sistema dedicado al autoconocimiento, que se encuentra en la corteza prefrontal medial, puede cambiar el cerebro emocional”[17].

Finalmente comparte los recursos que utiliza para modificar las percepciones corporales del trauma, puente que permite enfrentarlo y dejarlo atrás:

 Comienza con el EMDR, una sigla en inglés, que en castellano se traduce como desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares[18], una técnica que al autor le parecía una locura, basada en movimientos oculares dirigidos por un médico. Al probarla quedó asombrado por sus resultados[19] pues descubrió que ayudaba al cerebro a reprocesar el recuerdo, reducir su carga emocional e integrarlo de forma menos perturbadora, disminuyendo síntomas como ansiedad, flashbacks o hipervigilancia, especialmente en TEPT.

Luego habla del yoga como recurso, en particular ejercicios relajatorios de respiración que activan el sistema parasimpático y su efecto sobre la VRC (Variabilidad del ritmo cardiaco) que desde hacía poco se había identificado como un indicador valioso del funcionamiento del sistema nervioso autónomo. Sirviéndose del caso de una paciente, hace una observación interesante: “Sabíamos lo que le pasaba: su “detector de humo”, la amígdala, había sido reprogramada para interpretar ciertas situaciones como señales de un peligro mortal y (aunque estaba en la sala de espera) estaba enviando señales urgentes a su cerebro de la supervivencia para luchas, paralizarse o huir”[20].

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Una tercera alternativa terapéutica que plantea es “unir las piezas” para el autoliderazgo. “Es mucho más productivo ver la agresividad o la depresión, la arrogancia o la pasividad como comportamientos aprendidos: en algún momento el paciente acabó creyendo que solo podía sobrevivir siendo duro, invisible o estando ausente, o que era más seguro rendirse… Las adaptaciones traumáticas siguen hasta que el organismo humano se siente seguro e integra todas las partes de sí mismo que están atrapadas en la lucha o en mantener en raya al trauma… Apartar de nosotros sentimientos intensos puede ser sumamente adaptativo a corto plazo. Puede ayudarnos a preservar nuestra dignidad e independencia; puede ayudarnos a mantener el enfoque en obsesiones o tareas críticas como salvar a un compañero, cuidar a nuestros hijos o reformar nuestra casa. Los problemas llegan más tarde. Después de ver saltar por los aires a un amigo, un soldado puede volver a la vida civil e intentar sacarse esa experiencia de la cabeza. Una parte protectora de sí mismo sabe cómo ser competente en esta tarea y cómo seguir adelante con los compañeros. Pero puede que habitualmente monte en cólera con su novia o se quede insensibilizado y paralizado cuando rendirse al placer de su contacto haga sentir que pierde el control. Probablemente no será consciente de que su mente asocia automáticamente la rendición pasiva con la parálisis que sintió cuando su amigo murió. Así pues, entra en juego otra parte protectora para crear una distracción: se pone furioso y, sin tener ni idea de qué le ha hecho ponerse así, cree que está enfadado por algo que ha hecho su novia. Obviamente, si sigue estallando con ella (y con las novias subsiguientes), cada vez estará más y más aislado. Pero puede que nunca se dé cuenta de que una parte traumatizada se ve desencadenada por la pasividad y que otra parte, el jefe enfadado, entra en acción para proteger esa parte vulnerable. La terapia puede salvar la vida a la gente ayudando a esas partes a abandonar esas creencias extremas… Una tarea principal para superar un trauma es aprender a vivir con los recuerdos del pasado sin que nos abrumen en el presente. Pero la mayoría de los supervivientes, hasta los que están funcionando bien (incluso de un modo brillante) en algunos aspectos de su vida se enfrentan a otro reto, incluso mayor: reconfigurar un sistema cerebral/mental que fue construido para lidiar con lo peor. Del mismo modo que debemos revisar los recuerdos traumáticos para integrarlos, debemos revisar las partes de nosotros mismos que desarrollaron los hábitos defensivos que nos ayudaron a sobrevivir[21].

A partir de allí plantea que la mente es un mosaico, que se manifiesta en las contradicciones de todo ser humano. Llega así al concepto de cerebro disociado. Cita a Marvin Minsky, un pionero de la inteligencia artificial, quien afirma ‘Puede tener sentido pensar que existe, dentro de nuestro cerebro, una sociedad de distintas mentes. Como los miembros de una familia, las diferentes mentes pueden trabajar juntas para ayudarse mutuamente, cada una manteniendo sus propias experiencias mentales que las demás nunca conocen”[22]. Para trabajar estas “mentes” o partes de nosotros mismos plantea el liderazgo del self, el autoliderazgo, y propone como recurso específico el mindfulness (también conocido como conciencia plena). “La tarea del terapeuta consiste en ayudar a los pacientes a separar esta mezcla confusa de entidades distintas”[23], para poder identificar cuál es la parte implicada en el problema actual, trabajar en una observación consciente para que otra parte tome el control, descargar la carga tóxica y liberar el pasado.

Una cuarta propuesta es crear estructuras para rellenar los huecos. Trabaja allí con representaciones externas mediante personas y objetos de acuerdo con la percepción interna del participante. Se crean escenas 3D clave del pasado, como, por ejemplo, dramas familiares, de modo de reelaborarlas de un modo positivo, utilizando figuras “ideales”, poniendo límites donde no los hubo o reclamos cuando no se hicieron. Allí aprovecha para comentar algo que ha sobrevolado todo su libro:

“Sabemos que, para convertirnos en adultos seguros de nosotros mismos y capaces, ayuda mucho haber crecido con unos padres constantes y previsibles; unos padres deleitados en nosotros, en nuestros descubrimientos y exploraciones; unos padres que nos ayudaran a organizar nuestras idas y venidas; que sirvieran como modelos de referencia del cuidado personal y de las relaciones con los demás. Los defectos en cualquiera de estas áreas es probable que se manifiesten más adelante en la vida. Un niño ignorado o crónicamente humillado es probable que no se respete a sí mismo. Los niños a los que no han dejado afirmarse probablemente tendrán problemas en defenderse como adultos, del mismo modo que la mayoría de las personas que fueron maltratadas de pequeñas llevan encima una rabia ardiente que requiere mucha energía para ser contenida. Nuestras relaciones también se verán afectadas. Cuanto más dolor y carencias hayamos sufrido, más probable es que interpretemos las acciones de los demás como acciones dirigidas contra nosotros, y menos comprensivos seremos ante sus luchas, inseguridades y preocupaciones. Si no podemos apreciar la complejidad de su vida, veremos todo lo que ellos hacen como la confirmación de que nos van a herir y a decepcionar”[24] y luego agrega “Mientras nuestro mapa del mundo esté basado en el trauma, en el maltrato y el abandono, es probable que busquemos atajos hacia el olvido. Al anticipar el rechazo, el ridículo y la carencia, seremos reticentes a probar nuevas opciones, porque daremos por sentado que nos llevarán al fracaso. Esta falta de experimentación atrapa a la gente en una matriz de miedo, aislamiento y escasez en la que es imposible dar cabida a las experiencias que podrían cambiar nuestra visión básica del mundo[25]”. Al hablar de cómo esta técnica vivencial contribuye a la salud mental dice: “Las estructuras aprovechan el extraordinario poder de la imaginación para transformar relatos interiores que dirigen y confinan nuestro funcionamiento en el mundo”[26].

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La quinta terapia que presenta es el neurofeedback, que probó primero en sí mismo, un entrenamiento cerebral no invasivo en el que sensores de electroencefalografía registran la actividad eléctrica del cerebro y la devuelven en tiempo real mediante imágenes o sonidos. Así, la persona al verlos aprende a regular patrones cerebrales alterados por el trauma, mejorando su calma, su atención y su autorregulación emocional.

El sexto camino que expone lo titula “encontrar nuestra voz: ritmos comunitarios y teatro”, abordando el teatro terapéutico y los ritmos comunitarios (canto, danza, percusión, actuación grupal). La técnica consiste en usar el cuerpo, la voz y la sincronía con otros para recuperar agencia (el control total de sí mismo), conexión social y seguridad, permitiendo expresar emociones dentro de una experiencia colectiva significativa.

Finalmente termina con un epílogo donde resume sus conclusiones. Dice allí: “Hemos aprendido cómo, a lo largo de la vida, las experiencias cambian la estructura y el funcionamiento del cerebro, e incluso afectan a los genes que traspasamos a nuestros hijos. Comprender muchos de los procesos fundamentales que subyacen tras el estrés traumático abre la puerta a una serie de intervenciones que pueden volver a conectar las áreas del cerebro relacionadas con la autorregulación, la autopercepción y la atención. Sabemos no solo cómo tratar el trauma, sino también, cada vez más, cómo prevenirlo”[27].

CRÍTICA A “EL CUERPO LLEVA LA CUENTA”

Creemos que el aporte fundamental de este extraordinario texto no consiste solo en presentar evidencias del daño neurológico que produce el trauma, sino también proveer las herramientas para un diagnóstico efectivo de TTD, el Trastorno Traumático del Desarrollo, entendiendo la cronicidad de sus secuelas. Procura abrir los ojos a una sociedad que permanece indiferente ante este padecimiento y sacudir a una comunidad médica que prefiere prescribir psicofármacos que atenúen los síntomas a combatir una enfermedad que no fue producto de una infección o un trastorno genético sino de hechos horrorosos con frecuencia evitables. Por supuesto, su abordaje no limita el trauma al abuso infantil, sino que lo hace extensivo a veteranos de guerra y a sobrevivientes de accidentes, terremotos, guerras y genocidios. Sin embargo, queremos hacer algunos comentarios que creemos que pueden enriquecer la lectura.

En primer lugar, nos llama la atención que al referirse a las reacciones ante las amenazas, no mencione a Henri Laborit, el cirujano de guerra francés y posteriormente neurofarmacólogo que más investigó sobre el tema. Laborit exploró en profundidad la inhibición de la acción: la persona que no lucha ni huye, y queda paralizada ante una situación de peligro. Bajo esas circunstancias el cuerpo activa una respuesta biológica de estrés, pero la acción queda bloqueada. Esa energía defensiva no descargada permanece en el sistema nervioso, favoreciendo la ansiedad, la somatización, la depresión y la aparición del trauma. Tampoco menciona a Laborit al hablar del primer psicofármaco, la clorpromazina, cuando fue él quien propuso su uso psiquiátrico.

En segundo lugar, y mucho más importante aún, nos sorprende que van del Kolk no vincule su descripción del trauma con los reflejos condicionados de Pavlov. Nos referimos a la asociación que se establece entre un hecho y las circunstancias circundantes, que funcionan luego como desencadenantes. La reaparición de un factor externo presente durante el hecho generador del trauma provoca su recuerdo y dispara una respuesta corporal y emocional inmediata. Transcribimos, a modo de ejemplo, el testimonio de Edith Eger en su maravilloso libro “La bailarina de Auschwitz”: “Mi pasado me seguía atormentando: una sensación de angustia y mareo cada vez que oía sirenas, pisadas ruidosas u hombres gritando. Eso, como aprendí, es un trauma: una sensación casi permanente en el estómago de que algo va mal, o de que algo terrible está a punto de suceder, reacciones automáticas de mi cuerpo ante el miedo diciéndome que huya, que me proteja, que me esconda del peligro que está en todas partes. Mi trauma puede incluso surgir en situaciones cotidianas. Una imagen repentina, un olor concreto, pueden trasladarme al pasado”[28].

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En tercer lugar, nos parece que su aporte es mucho más valioso en el plano diagnóstico que en el terapéutico. Mientras que el aspecto diagnóstico se fundamenta en evidencias científicas abrumadoras y contundentes, en el terapéutico nos parece que las técnicas que propone se apoyan principalmente en evidencias empíricas.

Finalmente, creemos que omite una herramienta para superar el trauma que ha demostrado ser efectiva en millones de personas: la conversión religiosa. Si bien también puede considerarse evidencia empírica, nosotros conocemos personalmente cientos de personas – incluyendo familiares nuestros -que superaron traumas, algunos inimaginables, mediante la fe.

No nos cansamos de repetir que recomendamos la lectura de este libro porque, sin duda, será de gran ayuda para todos sus lectores.

© Pablo R. Bedrossian, 2026. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] El Dr. Paul Tournier (1898–1986) fue un médico suizo, padre de la “Medicina de la Persona”. Su enfoque clínico propone tratar al paciente como un todo: Para él, la enfermedad no debía verse solo como un problema biológico, sino dentro de la historia vital y emocional de cada persona

[2] van der Kolk, Bessel, “El cuerpo lleva la cuenta”, Editorial Eleftheria, 2014, 4ª edición en español 2020, p.41

[3] p.58

[4] p.88

[5] p.101

[6] p.144

[7] p.163

[8] p.167

[9] p.167

[10] p.170

[11] En inglés Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (en español Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales).

[12] En inglés DTD: Developmental Trauma Disorder

[13] p.189

[14] p.229,230

[15] P.230,231

[16] p.235

[17] p.266.

[18] p.282

[19] p.285

[20] p.301

[21] p.316-318

[22] p.319

[23] p.323

[24] 346

[25] p.347

[26] p.347

[27] p.396

[28] Eger, Edith, “’La bailarina de Auschwitz”, Planeta, 2018, 2ª edición 2022, p.17; para más información ver nuestro artículo “’La bailarina de Auschwitz’ de Edith Eger”, 3/7/2024, https://pablobedrossian.com/2024/07/03/la-bailarina-de-auschwitz-de-edit-eger-cambia-la-manera-de-ver-tus-heridas/

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