COMENTARIO A “LA BATALLA CULTURAL” DE AGUSTÍN LAJE, CON OPINIÓN Y BREVE RESUMEN (por Pablo R. Bedrossian)

Serie LECTURA RECOMENDADA

Título: “La batalla cultural”

Año: 2022

Desde la publicación de “El libro negro de la nueva izquierda”[1], Agustín Laje se ha convertido en una figura pública no solo por sus sólidos conocimientos o su aguda capacidad de análisis, sino también por su extraordinaria habilidad para la dialéctica erística: esa capacidad de polemizar donde uno siempre demuestra tener razón. Sus memorables debates lo posicionan como un ícono de la Nueva Derecha.

Por eso, frente a “La batalla cultural”, que se subtitula “Reflexiones críticas para una nueva derecha” puede existir un prejuicio, tanto de parte de seguidores como de detractores: creer que se trata de una diatriba contra las izquierdas. Nada más equivocado.

La obra no es una apología del pensamiento libertario, patriota o conservador, sino, más bien, una exposición detallada de la evolución del pensamiento político y económico que en la actualidad, ideologías mediante, se ha movido a la lucha cultural. Solo dedica las últimas páginas a criticar algunas creencias propias de los grupos de derecha y, a la vez, a proponer la articulación de una derecha capaz de dar una batalla cultural.

Laje analiza tres periodos: la premodernidad gobernada por la religión y la tradición, la modernidad regida por la razón, la economía y el nacimiento de los estados modernos, y la posmodernidad, en donde se van borrando las fronteras nacionales y la confrontación se traslada de la política al plano cultural.

También muestra y demuestra cómo los cambios tecnológicos facilitaron la divulgación de las ideas e impusieron nuevos paradigmas. Además, enfatiza cómo las nacientes formas de comunicación confirieron un alto grado de influencia a quienes manejaban los medios masivos. Al hablar de esos poderes, con frecuencia utilizados para manipular a la opinión pública, analiza las consecuencias de la creciente sustitución de los medios escritos y televisivos por las plataformas online, las redes sociales y todo lo que reconocemos como terreno virtual.

Al llegar a la posmodernidad explica con claridad meridiana el cambio de paradigma en el marxismo: se abandona la lucha de clases para pasar a la búsqueda de una hegemonía cultural, con un enfoque particular en situaciones de asimetría o desigualdad. El autor rescata la diada derecha – izquierda como una manera sencilla y representativa de entender el conflicto entre partes y no es exagerado afirmar que, aunque no coincida con sus ideas, elogia la capacidad que ha tenido la izquierda para reconstruirse luego de la caída de la Unión Soviética.

En las últimas treinta de las casi quinientas páginas del libro, Laje aborda el tema de las derechas, que asocia a cuatro grupos: libertarios, conservadores, tradicionalistas y patriotas. Cuestiona su economicismo (suponer que arreglando la economía desaparece la lucha política) y su religiosismo (la reducción de los valores y la fe al campo privado). Plantea que si las derechas no articulan políticas a través de sus coincidencias, será imposible revertir el resultado que la tiene, por ahora, en inferioridad.

NUESTRA OPINIÓN

“La batalla cultural” no es un libro para cualquiera; para entenderlo y aprovecharlo hay que tener, al menos, nivel universitario. Es un ensayo muy documentado (tiene cerca de 1000 citas), apropiado para carreras como Sociología, Filosofía y Ciencias Políticas.

Es un libro honesto. Lo pueden leer personas de izquierda y de derecha sin sentir que sus posiciones son traicionadas, tergiversadas o amenazadas. Además, la agudeza de las reflexiones de Laje ayudan a poner en perspectiva las opiniones y posiciones que cita.

Es un libro inteligente. En forma amena y detallada conduce al lector en un viaje a través de la historia del pensamiento y del poder político. No solo cuenta, sino que induce la reflexión por parte del lector y deja que él decida. Desde luego, no impone ni predica ningún tipo de doctrina.

Es un libro que contiene una advertencia: al reconocer el dominio cultural de la izquierda, plantea la imperiosa necesidad de actuar para evitar ser víctima de la voluntad ajena. Para ello las derechas deben abandonar sus dogmas y su individualismo para entender que lo que está en juego es el futuro; solo la unión hará la fuerza y el involucramiento en la batalla cultural es el requisito indispensable para revertir la tendencia.

Quizás nuestra única observación sea la ausencia de menciones a autores que desde las derechas contribuyeron a la lucha cultural; tal el caso, por ejemplo, de Karl Popper (en particular con su obra “La sociedad abierta y sus enemigos”) o de Raymond Aron (“El opio de los intelectuales”), como también intelectuales latinoamericanos de la talla de Mario Vargas Llosa.

UN BREVÍSIMO RESUMEN

Todo resumen es arbitrario y cuestionable, pero preferimos ofrecerlo a quedar en silencio, de modo que los potenciales lectores puedan saber de qué trata esta obra.

El primer capítulo presenta las diversas acepciones de la palabra cultura, para postular que “la cultura no es simplemente el fin de una batalla cultural, sino también su medio”[2]; es, a la vez, el botín y el terreno de las batallas que se libran en las “instituciones dedicadas a la producción y reproducción cultural de la sociedad (escuelas, universidades, iglesias, medios de comunicación, etc.)”[3]. Desde luego, la elección de esos espacios no es casual.

El segundo capítulo plantea que las batallas culturales constituyen un fenómeno reciente. Divide la historia de Occidente en periodos: comienza con la premodernidad, donde sobresale la teología y la tradición, y pasa a la modernidad que, si bien se observa en forma incipiente en Europa en los siglos XVI y XVII, toma forma efectiva con la divulgación del conocimiento y de las ideas (la Ilustración), el desarrollo de la ciencia, el proceso de industrialización y el nacimiento de los estados modernos, cuyo símbolo sería la Revolución Francesa. En la modernidad, sobresalen la política y la economía: se pasa de una sociedad religiosa a una secular (la centralidad de Dios es reemplazada por la entronización del hombre), se mercantiliza la economía y se estatiza la política.  

El tercer capítulo se aboca a describir y entender la modernidad, “una nueva mentalidad que se reconoce capaz de destruir el mundo para volver a levantarlo conforme a los dictados de la voluntad y la Razón, con mayúscula”[4], lo que significa la muerte de la tradición como eje social. Esta destrucción creativa tiene asociado el deseo de control y de poder. Produce una suerte de despotismo ilustrado: si bien lleva implícita la idea del progreso a través de la educación y el conocimiento, “el mundo se abre como una realidad que, para la mente moderna, podemos (y debemos) conocer no para contemplar (tal el ideal antiguo), sino para dominar”[5].  

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII se da una verdadera batalla cultural en Francia entre la Iglesia Católica (y la aristocracia) y el pensamiento moderno ilustrado que entiende que su misión consiste en liberar al hombre de la ignorancia (y de la dominación) a la cual fue sometido. De allí naturalmente se deriva el nacimiento de las ideologías, que unen conocimiento y poder, en el propósito de crear sociedades más igualitarias y justas, desarrollando proyectos políticos.

Junto al pensador o intelectual, aparece un nuevo ideal de democracia, la representativa, y una nueva figura: el político. “La batalla política, con minúscula, es una lucha de representación; la batalla cultural es una lucha por la definición de los elementos a representar”[6]. Los gladiadores son los políticos que combaten por establecer valores, relatos, símbolos, formas de vida.

No puede entenderse el proceso histórico de la modernidad sin considerar el nacimiento de la opinión pública, impulsada por nuevas modalidades de comunicación que permitieron la masificación de los mensajes. A diferencia del correo, el telégrafo y el teléfono, que eran medios de comunicación interpersonal, los periódicos tienen alcance masivo, lo mismo que el cine, la radio y posteriormente la televisión. Esto les permite influir sobre las masas (“la sociedad moderna es una sociedad de masas”[7]); se convierten en un nuevo poder que impacta en las creencias y los comportamientos; basta ver la propaganda, tal como la utilizaron, por ejemplo, los nazis, para movilizar las masas en favor de sus objetivos. Este nuevo poder no necesita forzar el cuerpo sino guiar la mente[8].

Laje señala dos maneras en que los medios masivos ejercen su influencia: primero, diseñando y ofreciendo modelos de comportamiento a imitar o rechazar; segundo, configurando expectativas sociales respecto de los diversos grupos que existen en la sociedad[9]. La opinión publicada termina siendo “no ya del público general, sino de aquellos que tienen el poder para publicar su opinión”[10].

El capítulo 4 comienza con el ocaso de la modernidad, alrededor de 1970 (luego hablará del “Mayo del ‘68” francés para fijar un antes y un después). Lo que sigue se conoce como posmodernidad. El contexto que impulsa ese cambio es el paso de una economía industrial a una de servicios, dentro de los cuales se encuentran la economía del conocimiento, la sociedad de consumo impulsada por la publicidad (en la modernidad se ahorraba e invertía; en la posmodernidad se gasta y se endeuda)[11] y la economía digital: el imperio del dato y de la vigilancia (todo lo que hacemos online es un registro que queda grabado).

Esos factores confluyen para que se pase de la lucha de clases y el partidismo político a una suerte de dictadura de la cultura que impulsa comportamientos “políticamente correctos”, apoyada en una omnipresente coerción estatal. El autor hace notar el vínculo estrecho entre cultura y economía, advirtiendo que el lucrativo impulso que grandes magnates hacen de una cultura anticapitalista puede volverse contra ellos. Por ejemplo, “el mercado se encantó con el feminismo porque podía venderlo y, vendiéndolo, posibilitó o reforzó su hegemonía cultural. Esta a su vez se volvió tan determinante en términos políticos que la política reaccionó contra el mercado usando los armamentos que este mismo ayudó a cargar… la sociedad se ve sumergida por completo en esta formación ideológica, que la atraviesa en su totalidad. La esfera económica empieza a reaccionar entonces a las presiones directas de la cultura, (presiones) que se manifiestan en forma de ataques mediáticos, campañas de desprestigio, movilizaciones dirigidas, acusaciones virales y chantajes de la más diversa naturaleza”[12]. En otras palabras el monstruo termina devorando a su creador.

El capítulo 5 plantea que, así como el paso de la premodernidad a la modernidad es la conversión de un mundo rural en uno urbano, el paso de la modernidad a la posmodernidad
es el paso del mundo urbano al imperio de la imagen: “en el centro de este proceso se halla una nueva dimensión de la existencia a través de la imagen que no pretende solamente representar, sino más bien superar y sustituir a sus referentes”[13]. Las imágenes no muestran la realidad, sino lo que quieren mostrar, alimentando, gracias a los avances tecnológicos, prácticamente todas las esferas de la vida. La política se nutre de celebridades que son creadas o promovidas por la variedad de pantallas que nos ofrecen la TV, las computadoras y los celulares. Se manipula a través de un universo construido en su totalidad por la cultura, enteramente ficcional y sobreactuado por televisión “la videopolítica le corresponde la videodemocracia. Si el político se convierte en celebridad, el pueblo se convierte en espectador[14]. El posmodernismo vacía la ética y sobrecarga la estética; cobra preponderancia el diseño de lo que puede ser difundido en una imagen, incluso de uno mismo, pero el diseño es siempre una apariencia: sobreviene una sociedad fake[15].

Internet borra todas las fronteras y el espacio público digital se convierte en la nueva arena política; sin embargo, no nos iguala: la tecnología hace que sus dueños nos vigilen mientras no los advertimos; esa vigilancia se refiere a la Big Data. Se puede predecir el comportamiento de una persona aún antes que ella lo decida y se puede influir sobre aquel, estableciendo una suerte de psicopoder, tanto a nivel individual como grupal. “El poder lo ejercen quienes son capaces de dirigir voluntades a través de técnicas psicopolíticas que se esconden tras dispositivos y aplicaciones… el poder lo ejercen quienes financian y programan, conectan y desconectan, enlazan y controlan el acceso de la competencia… las redes no son tecnologías neutras desde el punto de vista político-ideológico; quienes ejercen este poder pueden poner estas tecnologías al servicio de sus propios proyectos y sus preferencias políticas e ideológicas”[16].

También menciona los riesgos de la concesión de los poderes nacionales desde gobiernos electos democráticamente a organizaciones internacionales, tales como la ONU, la OMS, etc., cuyos directivos no han sido elegidos por ningún pueblo,

Finalmente, el capítulo 6 insiste en la vigencia de la diada izquierda – derecha, para algunos anacrónica, no solo en el aspecto político sino cultural. Por ejemplo, la ideología de género reduce “el complejo campo de la sexualidad a sus dimensiones puramente culturales: la célebre categoría de ‘género’ cumplirá maravillosamente esta función”[17]. Lo que es considerado una desigualdad horizontal (partes diferentes de un vínculo que se complementan) por alguien de derecha, es considerada una desigualdad vertical (partes de una jerarquía donde el patriarcado somete a la mujer) por alguien de izquierda. El problema no son las demandas que producen los nuevos tiempos, sino cómo se asumen políticamente: la politización de los factores que distinguen a los individuos. Ya no se trata de la lucha de clases sino una guerra.

La referencia inevitable a la que acude para presentar la cultura como centro gravitacional es el italiano Antonio Gramsci, aunque también a pensadores de la Escuela de Frankfort (The Institute for Social Research). El postulado marxista de la lucha de clases entendida en términos económicos va perdiendo sentido en el siglo XX ante las mejoras de las condiciones laborales de los trabajadores, entonces el viejo marxismo se reconvierte buscando la hegemonía cultural. “En una relación hegemónica un grupo social imprime sobre otro subordinado su concepción del mundo, en decir, su cultura em términos amplios… en Gramsci el Estado toma una dimensión mucho más amplia y compleja que se sintetiza en la maravillosa fórmula de ‘hegemonía acorazada de coerción’. Por consiguiente los aparatos estatales no solo están dentro del terreno de la ‘sociedad política’ sino también dentro de la ‘sociedad civil”, en la medida en que controlan instituciones cuya función es la de la hegemonía, tales como la escuela, los sindicatos, las iglesias, las asociaciones civiles, los medios de comunicación, etc.”[18].

Luego de mencionar al francés Louis Althusser, expone el pensamiento de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe que completa el swicht hacia la nueva estrategia de las izquierdas: el paso de la centralidad de la economía a la de la identidad, definida como fruto de una compleja construcción política. Tomando este axioma como punto de partida, se definen los antagonismos sociales: “la presencia del Otro, me impide totalmente ser yo mismo…  sea ‘el patriarcado’, ‘el sistema capitalista’, la cultura occidental’ o lo que se quiera… un discurso socialista bien podría hegemonizar al obrero, al campesino, a la mujer, al negro, al indígena, presentándose como la alternativa radical al ‘sistema capitalista” que a todos ellos ‘oprime’” [19]. En términos semejantes encuadra las ideas de Michel Foucault: “La expresión más cabal del poder ya no se encuentra ni en el Estado, ni en el sistema económico, sino en toda relación asimétrica”[20], lo que equivale a decir “en todas partes”, llevándolo de un enfoque macro a todas aquellas situaciones micro donde se presenta una desigualdad.

Finalmente, se formula un análisis crítico del comportamiento de las derechas. Se pregunta por qué no han avanzado sobre lo cultural. Encuentra dos poderosas razones: la primera, la patología economicista: creer ingenuamente que el éxito de un programa económico desactiva todo conflicto político. La segunda, la reducción del conflicto cultural a la cuestión moral y religiosa. Explica claramente como el laicismo (que diferencia del Estado laico) ha extirpado todo rastro religioso del ámbito público[21] y los propios creyentes pasivamente han aceptado que la fe y sus valores se conviertan en algo estrictamente privado.

Además, subraya la dificultad para concebir una identidad colectiva, la creación de un nosotros. Identifica cuatro grupos que podrían coordinar políticas y dar la batalla cultural: los liberales de derecha (libertarios), los conservadores, los tradicionalistas y los patriotas. El libro termina con una sección denominada “Hacia una Nueva Derecha” donde propone brevemente caminos, pero sobre todo desafíos, para enfrentar al globalismo imperante; advierte de manera taxativa que si no logran articularse políticas entre los diversos grupos, la batalla cultural estará perdida. No se trata de “retardar el horror, sino de intentar revertirlo”[22].

© Pablo R. Bedrossian, 2024. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Ver nuestro comentario al libro mencionado (coescrito por Agustín Laje y Nicolás Márquez), “’El libro negro de la nueva izquierda’, ideología de género y la imposición del pensamiento único”, 27/01/2021, https://pablobedrossian.com/2021/01/27/el-libro-negro-de-la-nueva-izquierda-ideologia-de-genero-y-la-imposicion-del-pensamiento-unico-por-pablo-r-bedrossian/

[2] Laje, Agustín, “La batalla cultural”, Hojas del Sur, 2022, p.32

[3] p.39

[4] p.105

[5] p.121

[6] p.157

[7] p.182

[8] Laje dice “forzar la mente”; lo entendemos como un proceso de inducción o manipulación

[9] p.191/ 192

[10] p.199

[11] Laje señala que mediante la creación de imágenes y marcas los aspectos inmateriales de los productos pesan más que su aspecto material.

[12] p.261

[13] p.267

[14] p.289

[15] p.309

[16] p.357,358

[17] p.384

[18] p.426,427

[19] p.432, 433

[20] p.454

[21] p.468,469

[22] p.486

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