“EL REGALO DE LOS REYES MAGOS”, UN CUENTO DE AMOR DE O. HENRY (por Pablo R. Bedrossian)

Serie CUENTOS QUE NO SON PURO CUENTO

Los cuentos nos cautivan. Transportan nuestra imaginación más allá de toda frontera. Son historias que nos sorprenden y conmueven. Dilatan nuestras pupilas y ensanchan nuestro pensamiento.

Hoy presento “El regalo de los Reyes Magos”, un cuento de O. Henry (1862-1910), un escritor norteamericano cuyo verdadero nombre era William S. Porter, que siempre me emocionó. Trataré de condensar fielmente el relato, basado en una de sus muchas traducciones; todas las ilustraciones son de la artista australiana Lisbeth Zwerger.

Delia lloraba desconsolada en la intimidad de su paupérrimo apartamento. Al día siguiente era Navidad y tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a su esposo Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. 

Jim y Delia eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia.

Lisbeth Zwerger 04Delia dejó caer su hermosa cabellera sobre los hombros. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura brillante. Se puso su vieja chaqueta; bajó las escaleras y salió a la calle. Donde se detuvo se leía un cartel: “Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases”. Delia decidió vender allí su cabello por veinte dólares.

Dedicó las dos horas siguientes a buscar un regalo para Jim. Al fin lo encontró. Era una cadena de reloj, hecha de platino. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, su esposo se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la hornalla para recibir la carne. Jim no se retrasaba nunca. La puerta se abrió, el esposo entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Miró a su esposa con una expresión extraña.

– Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? ¡No te imaginas qué regalo tan lindo te tengo!

– ¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim haciendo un enorme esfuerzo mental.

– Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos, te gusto lo mismo, ¿no es cierto?  

 – ¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.

– Lo vendí, ya te lo dije. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mis pelos, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber medido mi amor por ti.  

Lisbeth Zwerger 02Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

– No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo haría que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un dramático raudal de lágrimas y de gemidos, que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del apartamento.

Allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había admirado durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy caras. Ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas. Pero las oprimió contra su pecho; finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

– ¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso metal pareció brillar con la luz del ardiente espíritu de Delia.

– ¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejó caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo-, vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

El amor no es algo de un día, sino de todos los días.

© Pablo R. Bedrossian, 2018. Todos los derechos reservados, a excepción de las mencionados en los créditos multimedia. El cuento de O. Henry es de dominio público.

 


CRÉDITOS MULTIMEDIA

Todas las ilustraciones corresponden a la multipremiada ilustradora de cuentos infantiles Lisbeth Zwerger, nacida en Australia en 1954. A ella y/o a sus editores pertenecen sus derechos y son utilizadas aquí sin finalidad comercial alguna.

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