BAGNOREGIO, LA CIUDAD QUE MUERE (por Pablo R. Bedrossian)

Serie PUEBLOS PINTORESCOS DE EUROPA

En el centro de Italia y a solo 110 km de Roma, se encuentra Bagnoregio, la ciudad que muere. Ubicada sobre un monte, fue en la antigüedad un asentamiento etrusco[1] establecido probablemente en el siglo V a.C., que pasó a manos de los romanos poco tiempo antes de la conformación del imperio.

Su superficie en aquel entonces era mucho más extensa pero debido a la débil estructura geológica de la zona, constituida por un tipo de piedra muy friable llamada toba, a sucesivos terremotos[2] y a la erosión continua, ya en la Edad Media había quedado reducida a sus actuales dimensiones.

El valle de Calanchi, en el cual Bagnoregio se eleva sobre lo que parecen acantilados, es único en el mundo por su combinación de piedra toba, arcilla y arena que le brindan su singular fisonomía con curiosos manchones blancuzcos.

Para llegar a este pequeño poblado el único acceso es un estrecho puente peatonal ascendente de 300 metros, aunque también circulan por allí mototaxis. La ciudad parece asentada sobre un trono de rocas que se levantan en el centro del valle, adquiriendo un aspecto digno de un cuento.

Bagnoregio es muy pequeño; se recorre en una hora debido a su pequeña superficie de forma oblonga; vista desde arriba se asemeja lejanamente a una lagartija.

La vista a la llegada es conmovedora, ingresando a una silenciosa atmósfera fuera del tiempo.

Para ingresar uno debe cruzar el arco gótico de la Porta de Santa María o Porta Cava.

Luce a sus lados sendos leones sosteniendo con sus garras una cabeza humana; simbolizan la victoria del pueblo sobre los tiranos de la poderosa familia Monaldeschi de la vecina ciudad de Orvieto en 1457. Además, se cree que había otra entrada que conducía a unas termas que fueron utilizadas por el rey Desiderio durante el breve tiempo de la ocupación lombarda (año 756 al 774 d.C.); recibiendo por esa razón el nombre Bagnoregio que significa baño del rey.

Avanzando por la calle que nace de la puerta llegamos a la plaza central, de polvo gris y carente de árboles, que está rodeada de antiguos edificios de ladrillo. Allí podemos admirar la Iglesia de San Donato. Construida en estilo románico, fue restaurada en el siglo XVI; cuenta con un interesante órgano de tubos.

Al lado izquierdo de la iglesia se levanta una torre que es la construcción más alta de Bagnoregio.

Los edificios más distinguidos fueron erigidos durante el Renacimiento o en fecha posterior; corresponden a las familias más importantes de la ciudad.

Alternan con casas bajas, arcos, escaleras, balcones y pequeños jardines poblados de flores distribuidos a los lados de angostas callejuelas empedradas que suben y bajan que nos transportan a un burgo medieval.

En Bagnoregio se han filmado algunas películas y se celebra anualmente un festival de cine. Incluso allí tiene casa el director de cine Giuseppe Tornatore, ganador del Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1989 por “Cinema Paradiso”.

En su pequeña superficie la ciudadela alberga varios hotelitos, restaurantes, museos y tiendas de artesanía, incluyendo una en la plaza principal que ofrece jabones y perfumes locales, como el Aqua de Civita. El asno es uno de los símbolos de la ciudad, pues allí se celebraba antiguamente una carrera de burros.

Una pequeña gruta recuerda a san Bonaventura, nativo de la ciudad, de quien se dice que de niño fue sanado por san Francisco de Asís durante una visita que hizo a Bagnoregio.  Posteriormente se convirtió en fraile y fue biógrafo del santo.

Se la conoce como “la ciudad que muere” porque año a año pierde terreno y altura debido a la fragilidad del material donde se asienta.

Aunque se va yendo de a poco, un día puede desaparecer para siempre.

© Pablo R. Bedrossian, 2019. Todos los derechos reservados. 


BONUS: VIDEOS


AGRADECIMIENTO

Agradezco en forma especial a mi querido concuñado Gianni Palleschi quien en este viaje me hizo conocer Bagnoregio y también Perugia y Assisi. ¡Gracias, Gianni, por tu amistad!


REFERENCIAS

[1] Los etruscos habitaban una serie de ciudades en la zona centro occidental de la actual Italia.

[2] Civita de Bagnoregio, sitio web oficial, https://www.civitadibagnoregio.cloud/la-storia-di-civita-di-bagnoregio/


CRÉDITOS MULTIMEDIA

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LOS ARMENIOS DE TRANSILVANIA Y LA IGLESIA ARMENIA DE BUDAPEST (por Pablo R. Bedrossian)

Serie “ARMENIOS EN EL MUNDO”

Hace unos pocos años tuve la oportunidad de visitar Budapest; es la unión de dos ciudades, Buda y Pest. Cada una se ubica a un lado del Danubio: Buda, en una colina, Pest en una llanura. En Buda se encuentra el Castillo, que fue la sede histórica de los reyes húngaros.

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Caminando por dentro de sus magníficos edificios descubrí una exposición titulada “Lejos del Monte Ararat – Cultura Armenia en la Cuenca de los Cárpatos” organizada por el Museo Histórico de Budapest y la Biblioteca Nacional Széchényi y patrocinada por el Centro de Humanidades, Historia y Cultura de Europa Central y Oriental de la Universidad de Leipzig (GWZO).

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LA EXPOSICIÓN EN EL CASTILLO: LA HISTORIA DE LOS ARMENIOS EN EUROPA ORIENTAL

Esta presentación se basa en los textos de la exposición titulada “Lejos del Monte Ararat – Cultura Armenia en la Cuenca de los Cárpatos” que vi en Budapest, a los cuales añadí diversos datos históricos.

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Ani fue la antigua capital de Armenia; se la conocía como la ciudad de las 1001 iglesias. En 1004 la ciudad fue ocupada por los turcos selyúcidas; algunos de sus habitantes huyeron a Crimea, una península al norte del Mar Negro, hoy territorio ruso reclamado por Ucrania. En 1475 los turcos del Imperio Otomano ocuparon Crimea. Muchos armenios fueron asesinados y esclavizados y 16 de sus iglesias fueron convertidas en mezquitas. Un grupo pudo emigrar al este, instalándose en Moldavia donde ya había una colonia armenia. En 1512 el ejército otomano se apoderó de esa nación. En 1669 hubo un levantamiento moldavo al cual se sumaron los armenios que los turcos aplastaron perpetrando una masacre. Unos 3000 armenios huyeron, cruzaron las montañas de los Cárpatos y en 1672 se instalaron en la Transilvania, una región localizada en la zona centro-noroccidental de la actual Rumania y que por varios siglos estuvo bajo el poder húngaro, donde un príncipe protestante les permitió vivir en paz y practicar su fe.

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Sin embargo, en 1700, los armenios entraron en conflicto con los sajones que habitaban de la ciudad de Bistrița, probablemente porque competían en artesanía y comercio. Los sajones acusaron a los armenios de propagar una plaga y ordenaron su expulsión en 24 horas.

LA FUNDACIÓN DE ARMENÓPOLIS

Los armenios expulsados de Bistrița ese mismo año fundaron su propia ciudad a orillas del río Someş: La ciudad de Gherla o Szamosújvár, también conocida Armenopolis, Armenienstadt o Hayakaghak, diseñada bajo una concepción barroca con calles paralelas, callejones diagonales y un mercado simétrico considerados casi únicos en Europa Central.

En 1713 los armenios de Transilvania se convirtieron al catolicismo. Durante el siglo XVIII, cuatro municipios lograron levantar sus propias iglesias católicas armenias, conservando sus comunidades armenias fuertes e independientes. Dos de ellos, Gherla y Dumbráveni, poco después alcanzaron el estatus de ciudades reales libres.

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En Transilvania, como en otras partes de Europa del Este, los armenios se especializaron en el comercio y la artesanía, especialmente en el procesamiento de cuero. Desempeñaron un papel particularmente importante en el comercio internacional, con operaciones que iban desde Isfahan y Constantinopla hasta Ámsterdam. Además, se dedicaron al comercio de ganado vivo, comprando en Moldavia y Valaquia y vendiendo en Pest y Viena.

Los armenios siempre gozaron de los beneficios de la autonomía interna. En 1795 se estableció el Foro Mercantil, que incorporó la estabilidad jurídica interna de la comunidad y se ocupó de la protección frente a otros grupos. Básicamente era un tribunal comercial que también administraba la vida social y, en menor medida, la vida religiosa de los armenios.

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Hoy, como parte de las “minorías nacionales”, los armenios tienen representación en el parlamento rumano.

EUROPA Y LOS LIBROS IMPRESOS EN IDIOMA ARMENIO

Los libros en armenio de la cuenca de los Cárpatos provenían prácticamente de todos los rincones del mundo: Ámsterdam, Venecia, Constantinopla, Roma, París, Marsella, Tbilisi, Jerusalén, San Petersburgo, etc. Llegaron a la región a través del comercio, la iglesia y redes culturales. Un estudio cuidadoso de estos libros revela casi toda la historia de la impresión armenia.

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Al principio, la impresión de libros en idioma armenio estuvo en manos de la diáspora. Hakob Meghapart imprimió el primer en libro en armenio; su labor fue continuada por Abgar Tohatetsi, quien tiempo después trasladó su taller de Venecia a Constantinopla.

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Durante el siglo XVIII, se publicaron alrededor de 300 títulos en más de 20 imprentas armenias en Constantinopla. La primera de esas imprentas fue establecida en 1694 por Grigor Marzvanetsi. Su nombre marcó el inicio de un nuevo período en la ilustración del libro armenio: sus publicaciones fueron decoradas con grabados de calidad que coinciden con el contenido.

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A mediados del siglo XVIII hubo otro exitoso impresor armenio en Constantinopla: Astvatsatur Dpir Konstandnupolsetsi; a través de la red de comerciantes de libros, estaba familiarizado con la situación y las demandas de textos en armenio, tanto en las diásporas como en la madre patria.

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Los libros en armenio aparecieron en Roma ya en el siglo XVI. Sin embargo, llegaron a Transilvania en gran cantidad un siglo después traídos por los sacerdotes armenios que habían estudiado en Roma y publicados por Typographia Poliglotta, una imprenta establecida a mediados del siglo XVII por la Congregación para la Propagación de la Fe. La imprenta publicó principalmente libros necesarios para la actividad exitosa de los misioneros católicos: Biblias en lengua vernácula, comentarios bíblicos, textos de enseñanza de idiomas, diccionarios, obras litúrgicas y libros teológicos. En 1759 publicaba en 27 idiomas y hasta 1796 había editado un total de 44 títulos en armenios.

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ARMENIOS EN LA REVOLUCIÓN Y LA GUERRA DE INDEPENDENCIA HÚNGARA (1848/49)

De todas las etnias en Hungría, los armenios probablemente fueron los más representados en la Revolución y la Guerra de Independencia (1848/49). Dos de los trece militares de alto rango ejecutados por los Habsburgo conocidos como los Mártires de Arad eran de ascendencia armenia: el teniente El general Ernó Kiss y el coronel Vilmos Lazar. Otros dos líderes militares húngaros provenían de la comunidad armenia: János Czetz, quien luego emigró a la Argentina y fue el organizador del Colegio Militar de la Nación, y Dénes Lukács, comandante en jefe nacional de la artillería húngara. De todos los participantes en la Guerra de Independencia, dos tenientes coroneles, seis mayores, 18 tenientes y 25 subtenientes eran armenios. Además de los militares, la comunidad armenia también contribuyó financieramente a esta fallida gesta independentista.

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El papel que los húngaros armenios habían jugado en los eventos de 1848/49 quedó grabado en la memoria cultural de Hungría; Los armenios eran a menudo descritos como los principales aliados de los húngaros. El conde Sándor Teleki, por ejemplo, hizo la siguiente declaración: “Amo a la nación de los armenios porque son húngaros hasta el fondo de sus corazones; Dotan sobre nuestra tierra y aman a nuestra patria; entre todas las nacionalidades, ¡la suya es la única que vive con nosotros y moriría por nosotros! […] Amo tanto a los armenios que puedo ser nombrado armenio honorario!”.

LA IGLESIA CATÓLICA ARMENIA DE BUDAPEST

Intenté dos veces visitar por dentro esta iglesia ubicada en una zona apacible de Buda pero me fue imposible: un domingo fui por la tarde (la misa se celebra solo por la mañana) y al domingo siguiente no hubo misa, porque se celebra cada 15 días. Sin embargo, pude admirar por fuera el templo y sus jardines.

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Cuando uno encuentra un pedacito de la madre patria en territorio extranjero no puede menos que conmoverse.

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La Iglesia Armenia en Budapest testimonia la lucha por la supervivencia de toda una diáspora.

© Pablo R. Bedrossian, 2018. Todos los derechos reservados.


GALERÍA MULTIMEDIA

MÁS LIBROS ANTIGUOS EN IDIOMA ARMENIO PRESENTADOS EN LA EXPOSICIÓN

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LA IGLESIA ARMENIA CATÓLICA DE BUDAPEST

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MARTÍN LUTERO Y LA REFORMA – PARTE 2: PUNTO DE QUIEBRE (por Pablo R. Bedrossian)

Serie “HISTORIA DEL CRISTIANISMO”

Lutero ya había formulado otras tesis, cuyo debate quedó reservado al ámbito académico. Incluso, y, basado en el concepto de la justificación por la fe, había predicado en contra de la venta de indulgencias, que se ofrecían como instrumentos para liberar a quienes aún estaban en el purgatorio. Sin embargo, cuando el 31 de octubre de 1517 clavó sus famosas 95 Tesis en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg, invitando a su debate, no intuyó sus extraordinarias repercusiones.

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Escritas en latín, su título original fue “Disputación acerca de la determinación del valor de las indulgencias”. No eran una diatriba contra el Papado sino un ataque virulento a lucrar con la fe. La venta de indulgencias tenía como propósito principal financiar la terminación de la Catedral de San Pedro, en Roma. En sus tesis, Lutero condenaba tanto la mentira como la avaricia, sintiendo repugnancia por las falsas promesas que los vendedores hacían a los ingenuos creyentes.

Las 95 Tesis no eran una diatriba contra el Papado sino un ataque virulento a la venta de indulgencias. Lutero estaba asqueado de tanta la mentira y avaricia.

Muchos coincidían con la indignación del teólogo, creyendo que Roma abusaba del pueblo alemán. Gracias al reciente invento de la imprenta, rápidamente aquel documento de Lutero se difundió por Europa y fue discutido en todo el continente.

REACCIONES

Dicen que el papa León X atribuyó las 95 tesis a un monje borracho que cuando estuviera sobrio cambiaría de opinión. Dispuso que Lutero fuera juzgado por los agustinos, a cuya orden pertenecía. El teólogo pensó que podía ser condenado y quemado en la hoguera, pero, para su sorpresa, muchos monjes lo apoyaron.

Entonces, ante aquel juicio fallido, el paso siguiente del pontífice romano fue aprovechar la próxima dieta de Augsburgo. La dieta era un órgano político deliberativo, equivalente a los actuales congresos o parlamentos. Estaba conformada por tres cámaras o colegios: el de los electores, el de los príncipes y el de las ciudades, que se reunían por separado. Las asambleas, también llamadas dietas e identificadas por el nombre de la ciudad donde se realizaban, eran convocadas por el emperador, quien eran elegido por el colegio de los electores, que contaba desde 1346 con siete integrantes. A la dieta de Augsburgo asistiría el cardenal Cayetano como representante papal. Debía reunirse con Lutero y obligarlo a retractarse; si el alemán se negaba, sería enviado como prisionero a Roma.

Retrato de Martín Lutero (1570)Uno de los electores, Federico el Sabio de Sajonia, obtuvo del emperador Maximiliano, quien iba a presidir la dieta, un salvoconducto para el teólogo. Previsiblemente, la reunión con Cayetano fue infructuosa y, al enterarse que el cardenal podía arrestarlo a pesar del salvoconducto, Lutero huyó a Wittenberg y pidió un concilio general. En el ínterin, se produjo la muerte del Maximiliano. Como necesitaba un emperador de su confianza, León X apoyaba la elección de Federico el Sabio de Sajonia, aquel protector de Lutero, por lo que propuso una tregua. Envío a un representante para dialogar con Lutero quien se comprometió a detener la polémica siempre y cuando sus adversarios también lo hicieran.

El ataque de un profesor conservador a otro que era defensor radical de las doctrinas de Lutero promovió un debate académico en Leipzig del cual Lutero se sintió obligado a participar. Cuenta Justo L. González que cuando, Lutero y Hans Eck, el conservador, se enfrentaron “resultó claro que el primero era mejor conocedor de las Escrituras, mientras el segundo se hallaba más a gusto en el derecho canónico y la teología medieval. Con toda destreza, Eck llevó el debate hacia su propio campo, y por fin obligó a Lutero a declarar que el Concilio de Constanza se equivocó al condenar a Hus[1], y que un cristiano con la Biblia de su parte tiene más autoridad que todos los papas y los concilios contra ella. Esto bastó. Lutero se había declarado defensor de un hereje condenado por un concilio ecuménico. Aunque los argumentos del Reformador resultaron mejores que los de su contrincante en muchos puntos, fue Eck quien ganó el debate, pues en él logró demostrar lo que se había propuesto: que Lutero era hereje, por cuanto defendía las doctrinas de los husitas”[2].

Arriesgando su vida en un debate en Leipzig, Lutero declaró que un cristiano con la Biblia de su parte tenía más autoridad que todos los papas y los concilios.

La precaria paz se había roto. Finalmente se había elegido a Carlos I de España como emperador, por lo que León X ya no tenía motivos para aliarse con el protector de Lutero. La confrontación era inevitable.

LA BULA PAPAL CONTRA LUTERO

El papa emitió la bula Exsurge Domine condenando los errores de Martín Lutero el 15 de junio de 1520. Allí ora a San Pedro diciendo:

“Avisasteis bien de que vendrían falsos maestros en contra de la Iglesia Romana, para introducir sectas ruinosas, atrayendo sobre ellas rápidas condenas. Sus lenguas de fuego son un mal incansable, lleno de veneno mortal. Ellos tienen un celo amargo, la discordia en sus corazones, y se jactan y mienten en contra de la verdad”[3].

Más adelante declaraba:

“Aún más, debido a los precedentes errores y de otros muchos contenidos en los libros escritos y en los sermones de Martín Lutero, del mismo modo, nosotros condenamos, reprobamos y rechazamos completamente todos los libros, escritos y sermones del citado Martín… Prohibimos a todos los fieles de ambos sexos, en nombre de la santa obediencia y bajo las penas mencionadas en los que incurrirán inmediatamente, leerlos, apoyarlos, predicarlos, alabarlos, imprimirlos, publicarlos o defenderlos… De hecho, e inmediatamente después de la publicación de esta carta, todas estas obras deberán ser buscadas cuidadosamente… y deberán ser quemadas pública y solemnemente en presencia de los clérigos y del pueblo bajo todas y cada una de las penas anteriores”[4].

El tono amenazante delataba el grado de frustración de su autor.

Habían pasado menos de tres años desde que Lutero clavara en Wittenberg sus 95 Tesis y ya le habían dedicado una bula papal.

La orden papal fue seguida a medias. El poder de León X había menguado. Al mismo tiempo, las ideas bíblicas del teólogo alemán venían ganando apoyo en amplias regiones de Europa. Cuando Lutero recibió la copia de la bula que lo emplazaba a abjurar de sus principios, la quemó. Había entrado a un camino sin retorno y su suerte dependía de la voluntad de los gobernantes.

Lutero en la Dieta de Worms (1877) Anton von Werner

LA DIETA DE WORMS

Se decidió que Lutero compareciera en la dieta que tendría lugar en Worms, una de las ciudades más antiguas de Alemania, ubicada a unos setenta kilómetros de la actual Frankfurt. Escuchemos nuevamente el relato de Justo L. González:

“Cuando Lutero llegó a Worms, fue llevado ante el Emperador y varios de los principales personajes del Imperio. Quien estaba a cargo de interrogarlo le presentó un montón de libros, y le preguntó si él los había escrito. Tras examinarlos, Lutero contestó que los había escrito todos, y varios otros que no estaban allí. Entonces su interlocutor le preguntó si continuaba sosteniendo todo lo que había dicho en ellos, o si estaba dispuesto a retractarse de algo… Pidió un día para considerar su respuesta.

Al día siguiente… en medio del mayor silencio, se le preguntó a Lutero si se retractaba. El monje contestó diciendo que mucho de lo que había escrito no era más que la doctrina cristiana que tanto él como sus enemigos sostenían, y que por tanto nadie debía pedirle que se retractara de ello. Otra parte trataba acerca de la tiranía y las injusticias a que estaban sometidos los alemanes, y tampoco de esto se retractaba, pues tal no era el propósito de la dieta, y tal abjuración sólo contribuiría a aumentar la injusticia que se cometía. La tercera parte, que consistía en ataques contra ciertos individuos y en puntos de doctrina que sus contrincantes rechazaban, quizá había sido dicha con demasiada aspereza. Pero tampoco de ella se retractaba, de no ser que se le convenciera de que estaba equivocado.

Su interlocutor insistió: “¿Te retractas, o no?” Y a ello respondió Lutero, en alemán y desdeñando por tanto el latín de los teólogos: “No puedo ni quiero retractarme de cosa alguna, pues ir contra la conciencia no es justo ni seguro. Dios me ayude. Amén”. Al quemar la bula papal, Lutero había roto definitivamente con Roma”[5].  

1520 fue un año clave para Lutero. Publicó tres ensayos donde exponía formalmente sus doctrinas: “A la nobleza cristiana de la nación alemana acerca del mejoramiento del estado cristiano”, “La libertad cristiana” y “La cautividad babilónica de la Iglesia”. Revela a sus 37 años la madurez de su pensamiento. Sin embargo, enfrentaría aún una oposición aún mayor en su camino.

© Pablo R. Bedrossian, 2017. Todos los derechos reservados.


NOTA ACLARATORIA:

Este artículo es el segundo de una serie de tres notas sobre Martín Lutero y la Reforma. Aunque consultamos una vasta bibliografía, mencionamos debajo sólo la más importante. Nuestro relato sigue en buena medida las obras del Dr. Justo L. González, un brillante historiador cubano-norteamericano, a quien tuvimos oportunidad de conocer junto a mi hermano Alejandro en una serie de conferencias que dio en Buenos Aires hace muchos años. Como lectores, siempre vamos a tener con él una enorme deuda de gratitud.


REFERENCIAS

[1] Ver el apartado LOS INTENTOS PREVIOS DE REFORMA del presente trabajo y nuestro artículo EL GRAN REFORMADOR CHECO JAN HUS, Parte 1, que puede leerse en https://pablobedrossian.wordpress.com/2013/09/16/el-gran-reformador-checo-jan-hus-parte-1-por-pablo-r-bedrossian/

[2] González, Justo L., “Historia del Cristianismo” Tomo 2, Unilit, Miami, Fl., Estados Unidos, Edición revisada, , 1994, p.21

[3] León X, Bula Exsurge Domine,1530. Traducción de Miguel Tenreiro. Edición digital en https://www.catolicosalerta.com.ar/magisterio-iglesia/leon10-bula-exsurge-domine.pdf, p.1

[4] León X, Op. cit. p.7

[5] González, Justo L., “Historia del Cristianismo” Tomo 2, p.21,22


CRÉDITOS MULTIMEDIA

La primera imagen se conoce como “Lutero en la Dieta de Worms”; es un grabado en madera de 1556, cuyo autor permanece anónimo; su uso es de dominio público.

La segunda imagen se conoce como “Retrato de Martín Lutero”; fue pintada por Lucas Cranach El Joven en 1570. Se expone en Landesmuseum de Württemberg; su uso es de dominio público.

La tercera pintura se titula, como la primera, “Lutero en la Dieta de Worms”;  fue realizado por Anton von Werner en 1877 y su uso es de dominio público. Se encuentra actualmente en la Staatsgalerie de Stuttgart


BIBLIOGRAFÍA

Deiros, Pablo, “Historia del Cristianismo”, Tomo 3 “Las Reformas de la Iglesia”, Ediciones del Centro, Buenos Aires, Argentina, 2008

González, Justo L., “Historia del Cristianismo” Tomo 2, Unilit, Miami, Fl., Estados Unidos, Edición revisada, 1994

González, Justo L, “Historia del Pensamiento Cristiano”, Ed.Caribe, 2002 Tomo III

Erikson, Erik H., “Young Man Luther, a Study in Psychoanalysis and History”, W. W. Norton & Company, New York – London, 1993

Johnson, Paul, “La Historia del Cristianismo”, Javier Vergara Editor, Buenos Aires, Argentina, 1989

Lutero, Martín, “Obras de Martin Lutero – Tomo I”, Iglesia Evangélica Luterana Unida  auspicio de la Federación Luterana Mundial, 2016

DOCUMENTOS ANEXOS:

León X, Bula Exsurge Domine, 1520. Traducción de Miguel Tenreiro. Edición digital en https://www.catolicosalerta.com.ar/magisterio-iglesia/leon10-bula-exsurge-domine.pdf


MÁS ARTÍCULOS DE LA SERIE “HISTORIA DEL CRISTIANISMO”

 

QUIÉNES SON LOS VALDENSES: SU LEGADO Y SU HISTORIA (por Pablo R. Bedrossian)

Serie “HISTORIA DEL CRISTIANISMO”

“Los primitivos valdenses no se jactaron nunca de una directa descendencia apostólica, en el sentido rigurosamente histórico y con preocupaciones de orden genealógico: afirmaron sí, ser los sucesores de los apóstoles por cuanto recogieron la heredad de su pensamiento religioso. Y en verdad, tomado en un sentido puramente ideal, se anudan a los primeros tiempos de los pregoneros del Evangelio, mediante una gloriosa cadena de precursores, puesto que precursores de los Valdenses pueden considerarse todos los espíritus selectos que, en los siglos anteriores, se habían levantado en contra de la corrupción de la fe y de las costumbres, tratando de reconducir a la Iglesia de Cristo a la pureza y simplicidad primitivas”. Ernesto Comba

Templo Valdense de Livorno, Italia
Templo Valdense de Livorno, Italia

Valdo -cuyo nombre en español sería Pedro Valdés– era un mercader de Lyon del siglo XII que eligió llevar una vida de pobreza y predicación. Enseguida se conformó alrededor suyo un grupo de seguidores a los cuales el arzobispo de la ciudad, Guichard de Lyon, prohibió predicar. Valdo y los suyos apelaron a Roma, donde el inglés Walter Map, haciendo uso de sutilezas teológicas -diferenciaciones que nosotros hoy no comprendemos- los ridiculizó. Si bien se les permitió a los valdenses conservar sus votos de pobreza, se les prohibió predicar, salvo que las autoridades locales lo admitieran. A pesar de la oposición del arzobispo local, a su regreso proclamaron su mensaje de pobreza y fe, por lo que fueron condenados en el Concilio de Verona en 1184 y perseguidos en toda Europa, refugiándose en los valles más altos de los Alpes[1]. Allí se unieron a ellos lo que quedaba de los pobres lombardos, movimiento muy similar al de los valdenses que padecían la misma situación.

Templo Valdense en Torre Pellice
Templo Valdense en Torre Pellice

Primero reprimidos, luego fueron atacados ferozmente. Cuenta Ernesto Comba “el primer suplicio que se recuerda es el de una mujer, acusada de valdesía y quemada viva en Pinerolo en 1312, siempre en virtud del contrato estipulado entre los príncipes de Acaya y la Inquisición… en 1354 se plegaron a la orden de arrestar unos 15 valdenses, los que probablemente fueron enviados a la hoguera… de 1376 a 1393 la persecución, dirigida por el inquisidor Francisco Borelli, monje de Gap, fue espantosa; el frenesí fanático llegó a tal punto que, por último, se desenterraba a los muertos para quemarlos”[2]. La lista de padecimientos es terrible y extensa.

Después de una heroica lucha por su supervivencia, en el siglo XVI, tras el surgimiento de la Reforma, los valdenses adhirieron a su doctrina y se sumaron a ella[3].

El propio Map dijo de ellos: “Andan en parejas, descalzos, vestidos con prendas de lana, desposeídos de todo, manteniendo todas las cosas en común como los Apóstoles… si los aceptamos seremos eliminados”[4].

LOS VALDENSES EN EL RÍO DE LA PLATA

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Valdenses en el siglo XIX en Uruguay

En la actualidad, tanto en Argentina como en Uruguay hay iglesias valdenses. En 1857 llegaron a Uruguay los primeros colonos italianos valdenses. Pese a serias contingencias, lograron establecer una colonia en Rosario Oriental, Departamento de Colonia, donde –escribe nuestro amigo, el Dr.Pablo Deiros- llegaron a tener “su iglesia, su pastor, su escuela y un maestro de origen europeo… en 1877 llegó al país su líder más destacado, el pastor Daniel Armando Ugón”[5], que fue un gran organizador. Se abrieron escuelas, templos, obras y se promovió la inmigración y fundación de nuevas colonias.

Primeros valdenses en Argentina
Primeros valdenses en Argentina

De Uruguay la llegada de valdenses se extendió a la Argentina, ocupando territorios desde La Pampa a Chaco.

Las colonias de estos países “cuentan con templos y pastores propios, y han permanecido unidas con la Iglesia Valdense madre, de la que forman el V Distrito, llamado Distrito de la Región Platense, a partir del año 1922; cada año se reúnen en Conferencia y nombran sus delegados al Sínodo de Torre Pellice, el cual se interesa siempre vivamente en la suerte de aquellas lejanas Iglesias”[6].

LOS VALDENSES SEGÚN EL DR.RENÉ FAVALORO

Dr. Rene FavaloroEn la región sur de la provincia de La Pampa se instalaron especialmente en la localidad de Jacinto Arauz, donde el Dr.René Favaloro, el más destacado cardiocirujano argentino, tomó contacto con ellos. En un libro con sus memorias como médico en la zona escribió de los valdenses: “prendados de la tierra viven con un gran sentido comunitario. La humildad es uno de los atributos principales. Se evidenciaba al observar su sencilla vestimenta… o en la casa que habitaban construida e general por ellos mismos… A pesar que a través de los años habían progresado y mejorado su nivel económico, seguían viviendo con la misma austeridad… La iglesia valdense, emplazada hacia el noreste del pueblo, constituía la representación vida de espíritu que los animaba. Era, por sobre todas las cosas, centro de cultura donde se realizaban innumerables reuniones para intercambiar opiniones sobre temas trascendentes relacionados con la comunidad. Predominan en los valdenses principios definidos de solidaridad, de sentido comunitario, de respeto mutuo, de rígidos cánones éticos y morales y de gran amor a la libertad, como consecuencia de la acción desplegada por los pastores, con la ayuda de laicos que colaboraban directamente con la iglesia y que, a través del tiempo, se transformaban en verdaderos líderes de la comunidad. Es necesario resaltar que la iglesia se sostiene por contribución de todos los feligreses que aportan de acuerdo a su capacidad económica”[7].

© Pablo R. Bedrossian, 2015. Todos los derechos reservados.

 


REFERENCIAS

[1] González, Justo L., “Historia del Pensamiento Cristiano”, Tomo 2, p.191.192, Editorial Caribe, 2002

[2] Comba, Ernesto, Historia de los Valdenses, 1997, traducción de Levy Tron y Daniel Bonjour, http://www.mercaba.org/K/medieval/historia%20de%20los%20valdenses%20comba.htm, 1987

[3] González, Justo L., “Historia del Cristianismo”, Tomo 1, p.412, Editorial Unilit, 1994

[4] Johnson, Paul, “La Historia del Cristianismo”, p.289,290, Javier Vergara Editor, 1989

[5] Deiros, Pablo Alberto, “Historia del Cristianismo en América Latina”, p.630-631, Fraternidad Teológica Latinoamericana, 1992

[6] Comba, Ernesto, Op.cit.

[7] Favaloro, René, “Crónicas de un Médico Rural. Los habitantes”, p.3-4, Universidad Nacional de Río Cuarto, 2005


CRÉDITOS MULTIMEDIA

Las fotos de los templos valdenses de Livorno y Torre Pellice fueron tomados de http://www.wikipedia.org

La foto de valdenses en el Uruguay en el siglo XIX fue tomada de viajes.elpais.com.uy

La foto de los primeros valdenses en Argentia fue tomada de http://palabrafiel.org

EL GRAN REFORMADOR CHECO JAN HUS, Parte 1 (por Pablo R. Bedrossian)

Monumento a Jan Hus 04Serie “HISTORIA DEL CRISTIANISMO”

El corazón de la Ciudad Vieja de Praga es su Plaza, llamada en checo Staromestské námestí. Es un amplio solar empedrado rodeado de edificios medievales, entre los que se destacan la Torre del Ayuntamiento y las agujas góticas de la Iglesia de Nuestra Señora de Tyn. Desde la Torre del Ayuntamiento se observa en el extremo izquierdo el único monumento que interrumpe la superficie plana de la plaza. Sobre un óvalo de piedra gris oscura se erige el grupo escultórico que tiene el color verde del cobre oxidado; entre todas sus figuras, una se levanta descollante: Es Jan Hus, el gran reformador checo, símbolo de integridad y valentía para su nación. De la Reforma, quizás muchos sólo recuerden los nombres de Lutero y Calvino, pero ante los desvíos de la Iglesia medieval la rebelión teológica tuvo también otros líderes que dieron la vida por lo que creían y predicaban.

Jan Hus nació alrededor de 1370, en Bohemia, hoy República Checa, que formaba parte del Sacro Imperio Romano Germánico. No provenía ni de la nobleza ni de la naciente burguesía, pues su padre era un campesino pobre que murió tempranamente. Sin embargo, pudo estudiar e ingresar a la Universidad de Praga, de la cual llegó a ser rector. En 1398 completó el bachillerato en Teología; dos años después fue ordenado sacerdote, y en 1402 comenzó a predicar en la Capilla de los Santos Inocentes de Belén, en Praga, donde, contraviniendo la tradición latina, predicaba en su lengua natal.

Un nacionalismo bohemio, netamente antigermánico, sirvió de contexto sociopolítico y dio cauce a sus ideas revolucionarias. Influido por las ideas de John Wycliff, el reformador radical inglés que había muerto pocos años antes, pedía someter toda creencia y conducta a la autoridad de la Biblia, las Sagradas Escrituras dadas por Dios a todo el pueblo y no sólo al clero. Juntamente con esta pretensión teológica, denunció la corrupción de Iglesia, su degradación moral y su desmedida ambición económica, cuyo ejemplo más notorio era la venta de indulgencias.

REFORMADOR, NO CISMÁTICO

Vista desde lo alto de la Torre del Ayuntamiento de Praga del monumento a Jan Hus
Vista desde lo alto de la Torre del Ayuntamiento de Praga del monumento a Jan Hus

Como muchos reformadores, Hus no quería cambiar de iglesia, sino que la iglesia cambie. Dice el historiador Justo L. González “Al mismo tiempo que predicaba contra los abusos que existían en la iglesia, Hus seguía sosteniendo las doctrinas generalmente aceptadas, y ni aún sus peores enemigos se atrevían a impugnar su vida o su ortodoxia. A diferencia de Wycliff, era en extremo afable, y grande el apoyo popular con que contaba”[1].  Pero sus críticas eran tan virulentas, que la colisión se hizo inevitable. Sostenía que un Papa indigno no debía ser obedecido, declarando que la autoridad definitiva era la Biblia.

Fue excomulgado dos veces. La primera fue en 1410 para acallarlo. A instancias del arzobispo de Praga, El Papa Alejandro V prohibió predicar fuera de las catedrales, monasterios e iglesias parroquiales; la Capilla de Belén, cuyo púlpito ocupaba Hus, quedaba fuera del ámbito establecido. No se detuvo, por lo que se lo consideró en desobediencia; su negativa a ir a Roma a dar cuenta de sus actos provocó su excomunión. Como si fueran las palabras que el personaje que interpreta Woody Allen pronuncia al final de “El Testaferro”, pareciera oírse a Hus decir “No reconozco la autoridad de este tribunal”.

El rey Wenceslao de Bohemia, para congraciarse con el Papa en la discutida sucesión del trono, prohibió que se siguiera criticando la venta de indulgencias, pero la posición de Hus ya era conocida y contó con la adhesión del pueblo que realizó airadas protestas. Por ello, en Roma lo tomaron por hereje,  y en 1412 fue excomulgado por segunda vez por el Papa Juan XXIII (no confundir con el Papa del mismo nombre que en el siglo XX convocó al Concilio Vaticano II). Hus nuevamente se rehusó a ir a Roma y se refugió en el sur de Bohemia donde continuó su ministerio reformador a través de sus escritos.

EL CONCILIO DE CONSTANZA

La Plaza de la Ciudad Vieja con el monumento de Jan Hus a la izquierda
La Plaza de la Ciudad Vieja con el monumento de Jan Hus a la izquierda

El movimiento conciliar, que había surgido como una reacción a las luchas intestinas por el Papado, era visto como un organismo reformador. Tenía la oportunidad de terminar con la explotación económica, la ostentación y la simonía que dejaban en evidencia la ruina moral en la que se encontraba la Iglesia. Por ello, cuando Hus se enteró que había sido convocado al Concilio de Constanza para exponer su defensa, decidió asistir, obteniendo un salvoconducto que le garantizaba su seguridad personal emitido por el rey Segismundo, que había sucedido a su hermano Wenceslao. No sabía que iba a una emboscada.

El Papa Juan XXIII Primero lo recibió cortésmente, pero días después, cuando Hus no accedió a presentar su alegato ante él, pues sólo reconocía la autoridad  del concilio, lo declaró hereje.  Lo sometió a una suerte de arresto domiciliario, que incluyó la reclusión forzosa en conventos.

Finalmente en 1415 Hus compareció en Constanza. El Papa Juan XXIII había sido arrestado, lo que suponía una ventaja para él. Sin embargo, lo que prometía ser un nuevo día de la Iglesia terminó siendo una caza de brujas. Lo llevaron a la asamblea encadenado. Se le acusó de hereje. Durante el “proceso”, cada vez que le señalaron sus supuestas herejías, Hus demostró ser perfectamente ortodoxo. Se le exigió retractarse y él insistía en que no podía retractarse de una doctrina en la cual nunca había creído. Incluso indicó que Juan XXIII, el Papa que lo había acusado de hereje, había sido condenado por el mismo Concilio que ahora lo juzgaba a él.

El rey Segismundo (en ese entonces, emperador) le retiró el salvoconducto. La tensión llego a su punto máximo cuando Hus declaró que, de no haber querido ir al Concilio, ni el Emperador lo hubiera podido obligar. Los acusadores se sirvieron de esa afirmación para ver en él la terquedad y la soberbia de un hereje. Le exigieron retractarse nuevamente de sus supuestas herejías a lo que respondió: “Apelo a Jesucristo, el único juez todopoderoso y totalmente justo. En sus manos pongo mi causa, puesto que Él ha de juzgar a cada cual, no en base a testigos falsos y concilios errados, sino a la justicia y la verdad”[2].

EL FINAL

Fue encarcelado. Días después fue llevado a la hoguera no sin ser sometido antes a una humillante parodia de su ministerio. En el camino, le mostraron cómo quemaban sus libros. Se le pidió por última vez que se retractara, a lo que volvió a negarse. Antes de morir oro diciendo “Señor Jesús, por ti sufro con paciencia esta muerte cruel. Te ruego que tengas misericordia de mis enemigos”.

Se cuenta que le dijo a su verdugo: “Vas a asar un ganso, pero dentro de un siglo te encontrarás con un cisne que no podrás asar”. Hus en checo significa ganso, y se les adjudicó valor profético a estas palabras cuando apareció en escena Martín Lutero, cuyo escudo de armas familiar tiene un cisne. Al enterarse el pueblo bohemio de su brutal asesinato, Hus se volvió un símbolo patrio, representando coraje e integridad. Murió cantando salmos.

En Praga me comentaron que Juan Pablo II pidió perdón por este infame homicidio perpetrado por la Iglesia Católica en el siglo XV. Sin embargo, las citas que he encontrado no son ni un pedido de perdón ni un signo de arrepentimiento, sino el reconocimiento de una injusticia, que se define como tal no por su naturaleza sino por la brutalidad del castigo: “Hus es una figura memorable por muchas razones, pero sobre todo su valentía moral ante las adversidades y la muerte… Siento el deber de expresar mi profunda pena por la cruel muerte infligida a Jan Hus y por la consiguiente herida, fuente de conflictos y divisiones, que se abrió de ese modo en la mente y en el corazón del pueblo bohemio”. Estas palabras, vertidas en 1999 durante un simposio dedicado en Roma a la memoria de este gran reformador, no dejan de ser un avance, pero creo que hubiera sido mucho más loable y, desde luego, más justo pedir perdón.

ACERCA DEL MONUMENTO A JAN HUS

Jan Hus, mirando hacia la Iglesia Nuestra Señora de Tyn, principal iglesia husita entre 1419 y 1421
Jan Hus, mirando hacia la Iglesia Nuestra Señora de Tyn, principal iglesia husita entre 1419 y 1421

El monumento a Jan Hus en la Plaza de la Ciudad Vieja fue diseñado por Ladislav Saloun. La primera fundamental se colocó en 1903. La magnífica obra se inauguró en 1915 para los 500 años de la muerte del héroe nacional. Las celebraciones fueron prohibidas pues las autoridades del Imperio Austro-Húngaro temían que exacerbaran el sentimiento nacionalista checo.

El monumento muestra a Jan Hus de pie, mirando hacia la Iglesia Nuestra Señora de Tyn, que fuera la principal iglesia husita entre 1419 y 1421. Hay dos grupos de figuras que lo acompañan. Vistos desde la Torre del Ayuntamiento, los guerreros husitas están a la izquierda y, recostados a la derecha, el pueblo husita forzado al exilio en 1620. Las inscripciones fueron agregadas en 1918, tras la creación de la Primera República de Checoslovaca y tienen palabras de Hus. Una de ellas, que se hace eco de textos bíblicos, dice “Ámense los unos a los otros y deseen la verdad para todos”

© Pablo R. Bedrossian, 2013. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] González, Justo L., “Historia del Cristianismo”, Ed.Unilit, 1994 Tomo I, p.512

[2] González, Justo L., Op. cit. p.516


CRÉDITOS MULTIMEDIA

Todas las fotografías fueron tomadas por el autor de esta nota y a él pertenecen todos los derechos.

NUNCA ME GUSTÓ EL ROCOCÓ – UNA VISITA A LA ASAMKIRCHE EN MUNICH (por Pablo R. Bedrossian)

A veces, como dice una canción de Paul Simon, repentinamente uno tiene que poner en duda todo lo que creía cierto. Eso me ocurrió al ingresar a la impresionante capilla rococó dedicada San Juan Nepomuceno en Münich, creación de los hermanos Asam.

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El barroco, nacido en Italia durante la primera mitad del siglo XVII, fue un estilo artístico caracterizado por las formas recargadas y el amor a las curvas. Sus numerosos detalles se oponen a la sobriedad clásica, representada por los antiguos edificios griegos y romanos, que Andrea Palladio había recuperado durante el Renacimiento. Digamos que el barroco es un estilo teatral, más bien dramático, que se extendió rápidamente al resto de Europa.

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Como bien se ha dicho, el barroco generó una “arquitectura para los sentidos”. La complejidad decorativa de sus interiores manifiesta una intensa sensualidad, casi hedonista. Muchas veces las esculturas barrocas parecen estar en movimiento.

Pero así como el manierismo es la exageración de las figuras clásicas, el rococó es el barroco llevado a un extremo. La palabra rococó provendría de la palabra francesa “rocaille”, que es un tipo de ornamentación que reproduce motivos de caracolas y conchas marinas. Aunque se le dio ese nombre a finales del siglo XVIII, se desarrolló como estilo a partir de 1730. Fue un arte cortesano, aristocrático e incluso burgués, pero no popular, de tendencia más bien mundana, despojado de la impronta religiosa dominante.

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El rococó se caracteriza por la excesiva carga de elementos y, a la vez, la cuidada exuberancia de sus formas. Utiliza motivos que apelan a la naturaleza (plantas, flores, pájaros) pero de un modo empalagoso, poblando todos los espacios y produciendo, en mi opinión, una saturación de los sentidos que puede resultar opresiva. Por supuesto, los modelos de belleza son diferentes para cada época, y aún dentro de una misma época, diferentes para cada persona.

Para muchos el rococó es un giro hacia lo íntimo y personal, a través un obstinado refinamiento delicado y juguetón. Es cierto que las figuras del rococó trasmiten fragilidad y ligereza. Si se me permite un toque de humor, diría que se encuentran en las antípodas de Botero. Pero en lo personal, siempre me parecieron una vanidosa muestra de fastuosidad y ostentación, quizás porque entré en contacto con ellas en Francia, donde me era imposible contemplar su esplendor palaciego sin confrontarlo con la miseria del pueblo.

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Pero a veces, como dice una canción de Paul Simon, repentinamente uno tiene que poner en duda todo lo que creía cierto. Eso me ocurrió al ingresar a la impresionante capilla rococó dedicada San Juan Nepomuceno en Münich, creación de los hermanos Asam.

La Asamkirche

Aunque el apellido suene árabe, los hermanos Asam, Cosme y Egid, eran alemanes bávaros de pura cepa. Durante un tiempo vivieron en Roma donde fueron impactados por el estilo barroco que constituía la vanguardia arquitectónica de la época.  Al regreso construyeron obras de admirable belleza  como la Iglesia de la abadía de Weltenburg, pero sin duda su obra cumbre la constituye la iglesia dedicada a San Juan Nepomuceno, popularmente conocida como La Asamkirche (“Iglesia de los Asam”).

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Cerca de 1730 Egid Asam, escultor y estucador (hoy diríamos “maestro yesero”),  compró en Münich dos parcelas donde construyó su casa. Poco después adquirió un terreno adyacente donde en 1733 comenzó a construir una capilla privada, para lo cual contó con la ayuda de Cosme, su hermano mayor, que era arquitecto y pintor.

La fachada de esta iglesia es angosta y elevada. Sobre una marquesina barroca presenta un grupo escultórico con San Juan Nepomuceno en el centro. Y aunque su frente  complementa la original decoración estucada de la vivienda, es el interior de la  pequeña y estrecha capilla lo que produce un efecto alucinante.

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Al ingresar se siente una explosión de formas muy estilizadas, en aparente movimiento bajo un tenue manto de luz. Esta “cueva mágica”, como la llama Jonathan Glancy[1], parece no tener líneas rectas y es difícil encontrar una superficie sin ornamentar. Querubines y otras figuras fantásticas cubiertas con pan de oro saturan las paredes pero sin generar agobio sino belleza; producen calma en lugar de ansiedad. Varios frescos están rodeados de estuco rojo intenso y de madera dorada. La exquisita combinación de luces y sombras, lograda a través los elementos arquitectónicos, escultóricos y pictóricos, sugiere una aparente desproporción que, en lugar de perturbar, conmueve; y la trama ondulante de las místicas imágenes invitan a meditar sobre la precariedad de la existencia y a buscar allí la presencia misma de Dios.

Interior rococó de la "Amankirche", el nombre popular de la Iglesia de San Juan Nepomuceno

Por supuesto, cada trazo, cada detalle, tiene un significado espiritual. Nada ha sido puesto porque sí. Desde luego, es un interior recargado de imágenes en extremo. Entonces, ¿por qué en contra de toda mi experiencia la Asamkirche me ha atraído tan poderosamente? Obviamente, el arte sucede; es el espíritu que se desprende de un hecho: se siente, no se piensa. Pero más allá de las cuestiones inconscientes relativas a la percepción de la belleza, creo que también existen poderosas razones. Quizás la más importante sea el propósito subyacente: No se trata de hacer alarde de un poder absoluto ni mostrar la pomposa majestuosidad de una corona sino de comunicar al hombre con Dios a través del arte. En la Asamkirche la belleza es un don divino dedicado al Dador para su gloria.

Otra vista del interior rococó de la iglesia

Aunque algunos consideran esta admirable iglesia de una sola nave como una obra del barroco tardío, la mayoría entiende que es una obra rococó, que, como dijimos, es un barroco excesivo. En general los excesos dañan, pero en este caso, quizás en este único caso, bendicen y benefician.

Detalle de la fachada de la casa de Egid Asam, desde la cual se podía acceder a la capilla.

© Pablo R. Bedrossian, 2013. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Glancy, Jonathan, “Historia de la Arquitectura”, Editorial La isla, 1ª Ed. argentina, 2001


CRÉDITOS MULTIMEDIA

Todas las fotografías fueron tomadas por el autor de esta nota y son de su propiedad.

 

 

LAS ROPAS DEL PATRIARCA por Pablo R. Bedrossian

Estatua de Juan de Odzun, tomada de http://www.armeniapedia.org

Cuando nos hablan del Imperio Romano, los occidentales inmediatamente lo asociamos a Roma, a Augusto, a Julio César, a Nerón o algún otro de los emperadores cuyos nombres nos resultan familiares. No sucede lo mismo en el Cercano Oriente.

Constantino, que fue el primer emperador en permitir la libre difusión del cristianismo (muchos lo consideran el primer emperador “cristiano” porque fue bautizado en su lecho de muerte), en el año 330 trasladó la sede del Imperio a la vieja colonia griega de Bizancio, en el estrecho del Bósforo, y la denominó en su propio honor Constantinopla. Esta ciudad fue la capital del Imperio Romano de Oriente, que perduró hasta 1453 cuando cayó en manos de los árabes. El Imperio Romano de Occidente, luego de una prolongada declinación y caída, llegó a su fin un milenio antes, en 476, con la invasión del ejército hérulo, un pueblo germánico, dirigido por Odoacro.

Pocos siglos después, tras el nacimiento y la rápida expansión del Islam, Constantinopla se vio rodeada de enemigos debido su ubicación estratégica, vía de paso obligada entre Asia y Europa. Cerca de allí, Armenia, una pequeña nación que había adoptado el cristianismo como religión oficial en el 301, antes que el propio Imperio Romano, luchaba para mantener su precaria soberanía. Disputada históricamente por persas y romanos, ahora debía enfrentar a los árabes que pretendían ocupar su territorio luego de haber conquistado el imperio persa.

En 717 los árabes pusieron sitio a Constantinopla pero fracasaron en su intento. Sin embargo, el califa Omar II se apoderó de territorios orientales del Imperio Romano y dirigió una persecución contra los cristianos. Sucedió allí un acontecimiento extraordinario que cambió la suerte del pueblo armenio.

Se cuenta que el Califa Omar II se reunió con el patriarca de la Iglesia Apostólica Armenia, Juan de Odzun (en armenio Hovhannes Odznetsi). Al verlo se sorprendió por las lujosas ropas del dignatario religioso. Familiarizado con la fe cristiana, Omar II le preguntó si su Maestro no había enseñado que sus discípulos debían vestir con sencillez. El patriarca lo invitó a un cuarto privado; allí le mostró que debajo de la ostentosa vestimenta correspondiente a su rango llevaba solamente una humilde túnica de lana de cabra. “El Señor nos enseñó también que no debemos hacer alarde de nuestra virtud” agregó Odzun, fundado en las conocidas palabras del Sermón del Monte, donde Jesús invita a sus seguidores a ejercer en privado la piedad. El Califa, convencido que sólo Alá podía dar tanta sabiduría a un hombre, se comprometió a no perseguir a los cristianos. Durante los siglos de dominación árabe fue respetada la religión y la cultura armenia.

Bibliografía:

Gibbon, Edward , “Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano”, Edición con textos seleccionados prologada por Jorge Luis Borges, Hyspamérica, Madrid, España, 1985.

González, Justo L., “Historia del Cristianismo” Tomo 1, Unilit, Miami, Fl., Estados Unidos, Edición revisada, 1994

Mango, Cyril, “The Oxford History of Byzantium”, Oxford University Press, 2002

Nota:

Luego de la publicación de este artículo encontré un relato pormenorizado de esta historia en inglés en:

http://www.armeniapedia.org/index.php?title=Odzun

El que quiere profundizar sobre el tema puede hacerlo allí.

© Pablo R. Bedrossian, 2010. Todos los derechos reservados.