“¿CÓMO HABLA DIOS?” POR FRANCIS COLLINS, DIRECTOR DEL PROYECTO DEL GENOMA HUMANO (por Pablo R. Bedrossian)

Serie “LECTURA RECOMENDADA”

Cómo habla Dios (Francis Collins 01)LA PREGUNTA

¿Se puede ser cristiano y evolucionista? Para los cristianos fundamentalistas, la teoría de la evolución contradice en forma explícita a las Escrituras. En mi primera juventud escuché a un predicador afirmar que “el diablo había sembrado un huevo de áspid en la mente de Darwin”[1]. Personas con esta visión del mundo perciben el conocimiento científico una amenaza, negándose a examinar las evidencias. Por otro lado, los fundamentalistas de la ciencia, mejor llamados cientificistas[2], creen que describir y comprobar un mecanismo les habilita automáticamente a entender su significado. Desde luego, descubrir que una enzima acelere cierta reacción química puede establecer un cómo, pero no necesariamente determinar el por qué.

Bajo esta perspectiva, el fundamentalista religioso y el cientificista aparecen enfrascados en la vieja discusión entre la ciencia y la fe, evocada por nuestra pregunta inicial. Sin embargo, ambos, producto de una manifiesta ceguera voluntaria desconocen “el territorio enemigo”; bajo semejantes prejuicios, son incapaces de entender el alcance del otro: La ciencia estudia el mundo material. No crea verdades; crea conocimientos (observables, medibles, reproducibles, siempre precarios, pues son sometidos a pruebas y debates, que pueden confirmarlos o rectificarlos)[3]. En cambio, la teología y la filosofía abordan significados, y dentro de ellos, como tema crucial, la cuestión de la verdad.

EL AUTOR

El Dr.Francis Collins es cristiano y evolucionista. Nacido en una pequeña granja de Virginia, este médico genetista doctorado en Química, es una reconocida autoridad científica por haber dirigido el Proyecto del Genoma Humano, cuyo objetivo fue identificar las secuencias químicas del ADN a fin de formular un mapa genético completo. Collins lideraba la iniciativa pública del proyecto y Craig Venter, la privada, que se hacía en forma paralela. No sin pugnas, al final unieron fuerzas y el 26 de junio del 2000, presentaron en la Casa Blanca, ante el presidente Bill Clinton, el primer borrador del genoma humano, uno de los logros científicos más altos alcanzados para esa fecha. Entre otros hitos profesionales, en 2009 el Dr. Collins fue nombrado Director de los Institutos Nacionales de Salud, entidad líder en investigación biomédica dentro de los Estados Unidos, por el presidente Barack Obama, quien afirmó en el comunicado de la designación “Collins es uno de los científicos de más altura en el mundo y su descollante trabajo ha cambiado la manera en que consideramos nuestra salud y examinamos la enfermedad”[4].

 EL LIBRO

Quizás por eso, el libro, cuyo título original en inglés es “The Language of God”, fue publicado en español bajo dos títulos diferentes, ambos provocadores: “El lenguaje de Dios” (como lo leí originalmente) y “¿Cómo habla Dios?”  (como lo releí).

Podemos decir que la obra está dividida en tres partes. En la primera, Collins cuenta su experiencia personal. Tras haber crecido en un ambiente rural dentro de una familia agnóstica, nunca se sintió atraído por las ideas religiosas. En la universidad adhería al pensamiento de sus compañeros ateos. Pero graduado de médico, la pregunta de una paciente acerca de su fe y el descubrimiento de una conciencia moral en un universo material, lo llevaron a tomar la decisión de creer en Jesucristo y seguirlo. Influyeron poderosamente en él las lecturas del C.S. Lewis, no una iglesia.

En la segunda, el autor aborda los temas donde ciencia y fe suelen hacer colisión. En cuanto al origen del universo, presenta el Big Bang, la teoría científica de la formación casi instantánea del universo que niega la eternidad de la materia, compatible con el creacionismo cristiano.

Luego se enfoca en el origen de la vida donde es definitivamente evolucionista. Sin necesidad de hacer notar que el Génesis presenta dos órdenes diferentes de la creación de la vida (en el capítulo 1 los animales anteceden al hombre y en el capítulo 2 el hombre precede a los animales, que son creados para hacerle compañía), resuelve la supuesta incompatibilidad entre ciencia y Biblia poniendo el problema en el lector: los textos del Génesis para Collins deben ser leídos en forma simbólica, y no literal como lo hacen los fundamentalistas. Leerlo en forma literal lleva a postular que el mundo fue creado en el año 4,004 a.C., tal como lo calcula la cronología de Ussher[5]. Se apoya para ello en San Agustín, quien reconoce sus limitaciones para entender el significado de estos textos, que sin duda cumplieron un rol explicativo para las personas de su tiempo, pero, desde luego, no pretenden ser enunciados científicos.

A partir de allí presenta a la teoría de la evolución como mecanismo para el desarrollo de la vida en la Tierra. Para este investigador cristiano, el código genético revela cómo “Dios dictó vida al ser”, quedando demostrado que la vida no es producto de la casualidad y que la evolución es el mecanismo elegido. Concluyendo, la teoría de la evolución no refuta a un Dios creador, ni viceversa. Además, y en esto hace un especial énfasis, la presencia de un sentido moral y la búsqueda de sentido, atributos exclusivamente humanos, solamente pueden ser puestos en el hombre por un Creador, no por la materia.

En la tercera parte, se ocupa de la actitud ante la ciencia movida por prejuicios o experiencias personales. Hace notar que Darwin no se volvió agnóstico al descubrir la selección natural sino ante el fallecimiento a los 10 años de vida de su adorada hija Annie, a causa de una tuberculosis[6]. Collins no sólo rechaza el creacionismo tradicional, sino la teoría del diseño inteligente, apoyada por muchos grupos evangélicos en Estados Unidos, a la que sólo concede la habilidad de ser un postulado ingenioso. También resalta que el evolucionista más importante del siglo XX, Theodosius Dobzhansky, era cristiano. Un detalle no carente de humor es su mención a invitaciones que recibe de parte de iglesias. Cuenta que al llegar es recibido con cariño y simpatía por ser un científico cristiano, pero luego, al definirse como cristiano y evolucionista, pocos se acercan a saludarlo cuando se retira.

Al final incluye un apéndice de Bioética, donde presenta situaciones nuevas que el acceso al genoma ha producido. Por ejemplo, comenta el primer caso donde pudo identificarse un gen familiar que ocasionaba cáncer de mama, y expone sus sorprendentes derivaciones. La finalidad es presentar los nuevos retos y oportunidades que trae el conocimiento detallado del ADN, tema que aborda en su siguiente libro, “El lenguaje de la vida”, que recomendamos a todos aquellos interesados en saber en qué consiste la medicina genética.

Muchos ensayos se han escrito sobre este libro del Dr. Francis Collins. Para nosotros esta obra extraordinaria pueden resumirse en una frase suya que se ha hecho famosa: “Dios puede ser reverenciado tanto en una catedral como en un laboratorio”.

© Pablo R. Bedrossian, 2017. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Según él, se apoyaba en el texto bíblico del profeta Isaías 59:5, escrito más de un par de milenios antes del nacimiento de Darwin

[2] El cientificismo es la tendencia a dar excesivo valor a las nociones científicas o pretendidamente científicas. Sobre la sobrevaloración del alcance de las ciencias y pseudociencias, recomendamos leer, por ejemplo, los comentarios del epistemólogo y filósofo ateo Karl Popper en “La sociedad abierta y sus enemigos”, sobre psicologismo y sociologismo.

[3] No podemos exponer aquí los modelos de pensamiento que subyacen en la lógica de los investigadores, que Thomas S Kühn llamó paradigmas. Para los interesados en el tema recomendamos leer su obra “La estructura de las revoluciones científicas”, Fondo de Cultura Económica, México, Primera edición en inglés, 1962, Primera edición en español (FCE, México), 1971, Octava reimpresión (FCE, Argentina), 2004,

[4] http://sociedad.elpais.com/sociedad/2009/07/09/actualidad/1247090419_850215.html

[5] Ussher fue un arzobispo anglicano del siglo XVII que se tomó el trabajo de contar los años que aparecen en las genealogías y reinados descritos en la Biblia junto a otros periodos de tiempo que se infieren de su texto, deduciendo sobre esa base que la creación se inició el atardecer anterior al domingo del 23 de octubre del año 4004 a. C.

[6] Acaba de ser subastada una carta del autor de “El Origen de las Especies” que dice “Siento tener que informarle de que no creo en la Biblia como revelación divina y por lo tanto tampoco en Jesucristo como hijo de Dios. Atentamente, Charles Darwin”. Interesados en el tema, pueden leer más en http://www.elmundo.es/ciencia/2015/09/07/55ed7d76ca4741f94d8b4588.html

 

UNA VISITA A LA CATEDRAL ORTODOXA DE SIBIU, RUMANIA (por Pablo R. Bedrossian)

Vista parcial de la Piata Mica o Plaza Pequeña

Vista parcial de la Piata Mica o Plaza Pequeña

Sibiu es una lindísima ciudad medieval rumana, que fue Capital Europea de la Cultura en 2007. Es famosa por sus tres plazas, una junto a otra: La Piata Mare (la Plaza Grande) donde están los edificios más distinguidos, la Piata Mica (la Plaza Pequeña o Plazoleta), que incluye el famoso “Puente de los Mentirosos”, llena de restaurantes y negocios y la Piata Huet, donde se erige la imponente Iglesia Evangélica, originalmente construida en estilo gótico entre 1322 y 1500.

La ciudad, que fue la sede metropolitana de la Iglesia Ortodoxa durante el Imperio Austro-Hungaro, fue fundada por alemanes en el siglo XII, dándole el nombre de Hermannstadt. Tiene mucha influencia arquitectónica germana. Hasta la 2ª Guerra Mundial la población alemana era muy nutrida, pero tras la derrota nazi y la llegada del gobierno comunista la mayoría tuvo que emigrar o terminó prisionera en gulags soviéticos. Toda la ciudad es bella, con interesantes destellos culturales entre los que se destaca el Museo del Palacio Brukenthal, en la Piata Mare.  Su colección incluye el famoso “Hombre de gorro azul” de Jan Van Eyck, y obras de de Lorenzo Lotto, Tiziano, Rubens y Peter Brueghel El Viejo, entre otros.

Catedral Ortodoxa de la Santísima Trinidad, vista parcial

Catedral Ortodoxa de la Santísima Trinidad, vista parcial

Una de sus perlas ocultas, quizás por ubicarse a unas diez cuadras del centro neurálgico que constituyen las tres plazas, es la Catedral Ortodoxa de la Santísima Trinidad (en rumano Catedrala Sfânta Treime din Sibiu). Construida tomando como modelo la Iglesia de Santa Sofía de Constantinopla (hoy Istambul), es espléndida por dentro y por fuera. Erigida en una calle y no en una avenida, no ofrece una buena perspectiva para la fotografía de su exterior, pero por dentro maravilla por su intensa policromía.

Los rumanos son en su mayoría ortodoxos. La idea de construir la Catedral en Sibiu surgió durante el dominio de los Habsburgo, cuando el país estaba bajo el Imperio Austro-Húngaro.  Andrei  Saguna , máxima autoridad de la Iglesia Ortodoxa,  en 1857 solicitó al emperador Francisco José I autorización para pedir donativos para la construcción del templo. El primer donante fue el propio emperador. Aunque Saguna murió en 1873 continuó la recaudación de fondos y en 1902 se colocó la piedra fundamental.

El diseño estuvo a cargo de los húngaros Virgil Nagy y Iosif Kamner, pero el  iconostasio y kliros fueron fabricados en Bucarest, capital de Rumania. El iconostasio es una pared que va de norte a sur en los templos ortodoxos, en la cual, en un orden específico, se colocan los íconos. Esta pared separa el santuario de la parte central del templo.  El kliros es la sección dedicada al coro. El iconostasio  dorado y la cúpula que muestra a Jesús como Pantokrator (“Señor de todo”) fueron pintados por el rumano Octavian Smigelschi.

Vista interior de la cúpula de la Catedral Ortodoxa

Vista interior de la cúpula de la Catedral Ortodoxa

La Catedral fue consagrada  el 30 de abril de 1906, fecha desde la cual recibió varias mejoras.  Sus íconos de estilo bizantino, sus paredes pintadas con motivos religiosos en vibrantes colores y sus vitrales (pocos, pero bellos) merecen una mirada atenta. El exterior es amarillo y rojo, y, además de sus torres, luce una magnífica cúpula.

Los rumanos ortodoxos mantuvieron la fe cristiana durante la sanguinaria dictadura comunista de Ceaucescu. Fueron hombres y mujeres valientes que defendieron sus creencias incluso a costa de sus propias vidas. Este edificio de algún modo testimonia esa fe valiente, que cree en un Dios que se acerca al hombre, y ha puesto en Él su confianza.

Ahora, permitamos que las imágenes nos hablen:

Vista externa de la Catedral Ortodoxa de Sibiu

Vista externa de la Catedral Ortodoxa de Sibiu

Otra vista exterior de la Catedral Ortodoxa de Sibiu

Otra vista exterior de la Catedral Ortodoxa

Vista frontal del exterior de la Catedral Ortodoxa de Sibiu

Frente de la Catedral

Vista del interior, con el iconostasio en el frente

Vista del interior, con el iconostasio en el frente

Vista interior de la Catedral Ortodoxa de Sibiu

Vista interior de la Catedral

Vista del iconostasio de la Catedral Ortodoxa de Sibiu

Vista del iconostasio

Vista de la cúpula de la Catedral Ortodoxa de Sibiu con el Cristo

Vista de la cúpula con el Cristo “Pantókrator”, Señor de todo

Vista del kliros (sección del coro) de la Catedral Ortodoxa de Sibiu

Vista del kliros (sección del coro)

Lámpara colgante en el interior de la Catedral

Lámpara colgante en el interior de la Catedral

Vista de una de las paredes, pintada al estilo neobizantino

Vista de una de las paredes, pintada al estilo neobizantino

Vista de otra de las paredes de rica policromía. Nótese la gran cantidad de arcos de medio punto.

Vista de otra de las paredes de rica policromía. Nótese la gran cantidad de arcos de medio punto.

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Vitral que representa las tres personas de la Santísima Trinidad, a quien está consagrada la Catedral

© Pablo R. Bedrossian, 2013. Todos los derechos reservados.


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NUNCA ME GUSTÓ EL ROCOCÓ – UNA VISITA A LA ASAMKIRCHE EN MUNICH (por Pablo R. Bedrossian)

A veces, como dice una canción de Paul Simon, repentinamente uno tiene que poner en duda todo lo que creía cierto. Eso me ocurrió al ingresar a la impresionante capilla rococó dedicada San Juan Nepomuceno en Münich, creación de los hermanos Asam.

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El barroco, nacido en Italia durante la primera mitad del siglo XVII, fue un estilo artístico caracterizado por las formas recargadas y el amor a las curvas. Sus numerosos detalles se oponen a la sobriedad clásica, representada por los antiguos edificios griegos y romanos, que Andrea Palladio había recuperado durante el Renacimiento. Digamos que el barroco es un estilo teatral, más bien dramático, que se extendió rápidamente al resto de Europa.

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Como bien se ha dicho, el barroco generó una “arquitectura para los sentidos”. La complejidad decorativa de sus interiores manifiesta una intensa sensualidad, casi hedonista. Muchas veces las esculturas barrocas parecen estar en movimiento.

Pero así como el manierismo es la exageración de las figuras clásicas, el rococó es el barroco llevado a un extremo. La palabra rococó provendría de la palabra francesa “rocaille”, que es un tipo de ornamentación que reproduce motivos de caracolas y conchas marinas. Aunque se le dio ese nombre a finales del siglo XVIII, se desarrolló como estilo a partir de 1730. Fue un arte cortesano, aristocrático e incluso burgués, pero no popular, de tendencia más bien mundana, despojado de la impronta religiosa dominante.

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El rococó se caracteriza por la excesiva carga de elementos y, a la vez, la cuidada exuberancia de sus formas. Utiliza motivos que apelan a la naturaleza (plantas, flores, pájaros) pero de un modo empalagoso, poblando todos los espacios y produciendo, en mi opinión, una saturación de los sentidos que puede resultar opresiva. Por supuesto, los modelos de belleza son diferentes para cada época, y aún dentro de una misma época, diferentes para cada persona.

Para muchos el rococó es un giro hacia lo íntimo y personal, a través un obstinado refinamiento delicado y juguetón. Es cierto que las figuras del rococó trasmiten fragilidad y ligereza. Si se me permite un toque de humor, diría que se encuentran en las antípodas de Botero. Pero en lo personal, siempre me parecieron una vanidosa muestra de fastuosidad y ostentación, quizás porque entré en contacto con ellas en Francia, donde me era imposible contemplar su esplendor palaciego sin confrontarlo con la miseria del pueblo.

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Pero a veces, como dice una canción de Paul Simon, repentinamente uno tiene que poner en duda todo lo que creía cierto. Eso me ocurrió al ingresar a la impresionante capilla rococó dedicada San Juan Nepomuceno en Münich, creación de los hermanos Asam.

La Asamkirche

Aunque el apellido suene árabe, los hermanos Asam, Cosme y Egid, eran alemanes bávaros de pura cepa. Durante un tiempo vivieron en Roma donde fueron impactados por el estilo barroco que constituía la vanguardia arquitectónica de la época.  Al regreso construyeron obras de admirable belleza  como la Iglesia de la abadía de Weltenburg, pero sin duda su obra cumbre la constituye la iglesia dedicada a San Juan Nepomuceno, popularmente conocida como La Asamkirche (“Iglesia de los Asam”).

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Cerca de 1730 Egid Asam, escultor y estucador (hoy diríamos “maestro yesero”),  compró en Münich dos parcelas donde construyó su casa. Poco después adquirió un terreno adyacente donde en 1733 comenzó a construir una capilla privada, para lo cual contó con la ayuda de Cosme, su hermano mayor, que era arquitecto y pintor.

La fachada de esta iglesia es angosta y elevada. Sobre una marquesina barroca presenta un grupo escultórico con San Juan Nepomuceno en el centro. Y aunque su frente  complementa la original decoración estucada de la vivienda, es el interior de la  pequeña y estrecha capilla lo que produce un efecto alucinante.

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Al ingresar se siente una explosión de formas muy estilizadas, en aparente movimiento bajo un tenue manto de luz. Esta “cueva mágica”, como la llama Jonathan Glancy[1], parece no tener líneas rectas y es difícil encontrar una superficie sin ornamentar. Querubines y otras figuras fantásticas cubiertas con pan de oro saturan las paredes pero sin generar agobio sino belleza; producen calma en lugar de ansiedad. Varios frescos están rodeados de estuco rojo intenso y de madera dorada. La exquisita combinación de luces y sombras, lograda a través los elementos arquitectónicos, escultóricos y pictóricos, sugiere una aparente desproporción que, en lugar de perturbar, conmueve; y la trama ondulante de las místicas imágenes invitan a meditar sobre la precariedad de la existencia y a buscar allí la presencia misma de Dios.

Interior rococó de la "Amankirche", el nombre popular de la Iglesia de San Juan Nepomuceno

Por supuesto, cada trazo, cada detalle, tiene un significado espiritual. Nada ha sido puesto porque sí. Desde luego, es un interior recargado de imágenes en extremo. Entonces, ¿por qué en contra de toda mi experiencia la Asamkirche me ha atraído tan poderosamente? Obviamente, el arte sucede; es el espíritu que se desprende de un hecho: se siente, no se piensa. Pero más allá de las cuestiones inconscientes relativas a la percepción de la belleza, creo que también existen poderosas razones. Quizás la más importante sea el propósito subyacente: No se trata de hacer alarde de un poder absoluto ni mostrar la pomposa majestuosidad de una corona sino de comunicar al hombre con Dios a través del arte. En la Asamkirche la belleza es un don divino dedicado al Dador para su gloria.

Otra vista del interior rococó de la iglesia

Aunque algunos consideran esta admirable iglesia de una sola nave como una obra del barroco tardío, la mayoría entiende que es una obra rococó, que, como dijimos, es un barroco excesivo. En general los excesos dañan, pero en este caso, quizás en este único caso, bendicen y benefician.

Detalle de la fachada de la casa de Egid Asam, desde la cual se podía acceder a la capilla.

© Pablo R. Bedrossian, 2013. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Glancy, Jonathan, “Historia de la Arquitectura”, Editorial La isla, 1ª Ed. argentina, 2001


CRÉDITOS MULTIMEDIA

Todas las fotografías fueron tomadas por el autor de esta nota y son de su propiedad.

 

 

LAS ROPAS DEL PATRIARCA por Pablo R. Bedrossian

Estatua de Juan de Odzun, tomada de http://www.armeniapedia.org

Cuando nos hablan del Imperio Romano, los occidentales inmediatamente lo asociamos a Roma, a Augusto, a Julio César, a Nerón o algún otro de los emperadores cuyos nombres nos resultan familiares. No sucede lo mismo en el Cercano Oriente.

Constantino, que fue el primer emperador en permitir la libre difusión del cristianismo (muchos lo consideran el primer emperador “cristiano” porque fue bautizado en su lecho de muerte), en el año 330 trasladó la sede del Imperio a la vieja colonia griega de Bizancio, en el estrecho del Bósforo, y la denominó en su propio honor Constantinopla. Esta ciudad fue la capital del Imperio Romano de Oriente, que perduró hasta 1453 cuando cayó en manos de los árabes. El Imperio Romano de Occidente, luego de una prolongada declinación y caída, llegó a su fin un milenio antes, en 476, con la invasión del ejército hérulo, un pueblo germánico, dirigido por Odoacro.

Pocos siglos después, tras el nacimiento y la rápida expansión del Islam, Constantinopla se vio rodeada de enemigos debido su ubicación estratégica, vía de paso obligada entre Asia y Europa. Cerca de allí, Armenia, una pequeña nación que había adoptado el cristianismo como religión oficial en el 301, antes que el propio Imperio Romano, luchaba para mantener su precaria soberanía. Disputada históricamente por persas y romanos, ahora debía enfrentar a los árabes que pretendían ocupar su territorio luego de haber conquistado el imperio persa.

En 717 los árabes pusieron sitio a Constantinopla pero fracasaron en su intento. Sin embargo, el califa Omar II se apoderó de territorios orientales del Imperio Romano y dirigió una persecución contra los cristianos. Sucedió allí un acontecimiento extraordinario que cambió la suerte del pueblo armenio.

Se cuenta que el Califa Omar II se reunió con el patriarca de la Iglesia Apostólica Armenia, Juan de Odzun (en armenio Hovhannes Odznetsi). Al verlo se sorprendió por las lujosas ropas del dignatario religioso. Familiarizado con la fe cristiana, Omar II le preguntó si su Maestro no había enseñado que sus discípulos debían vestir con sencillez. El patriarca lo invitó a un cuarto privado; allí le mostró que debajo de la ostentosa vestimenta correspondiente a su rango llevaba solamente una humilde túnica de lana de cabra. “El Señor nos enseñó también que no debemos hacer alarde de nuestra virtud” agregó Odzun, fundado en las conocidas palabras del Sermón del Monte, donde Jesús invita a sus seguidores a ejercer en privado la piedad. El Califa, convencido que sólo Alá podía dar tanta sabiduría a un hombre, se comprometió a no perseguir a los cristianos. Durante los siglos de dominación árabe fue respetada la religión y la cultura armenia.

Bibliografía:

Gibbon, Edward , “Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano”, Edición con textos seleccionados prologada por Jorge Luis Borges, Hyspamérica, Madrid, España, 1985.

González, Justo L., “Historia del Cristianismo” Tomo 1, Unilit, Miami, Fl., Estados Unidos, Edición revisada, 1994

Mango, Cyril, “The Oxford History of Byzantium”, Oxford University Press, 2002

Nota:

Luego de la publicación de este artículo encontré un relato pormenorizado de esta historia en inglés en:

http://www.armeniapedia.org/index.php?title=Odzun

El que quiere profundizar sobre el tema puede hacerlo allí.

© Pablo R. Bedrossian, 2010. Todos los derechos reservados.