HISTORIAS DE FRACASOS Y FRACASADOS QUE CAMBIARON EL MUNDO (por Pablo R. Bedrossian)

Serie CONFIESO QUE HE LEÍDO

Historias de fracasos y fracasados que cambiaron al mundo 02Para muchos, fracaso es una mala palabra, y ser un fracasado, una tragedia. Demian Sterman en “Historias de fracasos y fracasados que cambiaron el mundo” se ocupa de demostrarnos que el problema no está en los resultados sino en la forma de entenderlos.

Las historias que el autor presenta para apoyar su hipótesis vuelven al libro muy entretenido. En la primera parte, titulada “Fracasados”, aparecen genios como Gaudí, Beethoven, Walt Disney, Steve Jobs, Henry Ford (por el libro me enteré de Fordlandia, la ciudad que el empresario automotriz creó en la Amazonia) y muchos otros. Para esos reiterados “fracasadores” -si se me permite el neologismo- cada paso en falso terminó siendo un valioso aprendizaje. Como solemos decir, el problema no es estar caído sino no levantarse.

Sterman relata una sabrosa anécdota de dos expertos en fracasos: Chaplin y Einstein. Durante un encuentro el físico le dijo a Chaplin:

– Lo suyo es extraordinario: todo el mundo lo entiende y admira.

 A lo que el genial actor y director le respondió:

– Lo que ocurre con Ud. es aún mayor: todo el mundo lo admira, aunque nadie lo entiende”.

La segunda parte se titula “Espacios para reírse del propio fracaso (y el de los otros)”. Cuenta allí, por ejemplo, del nacimiento de “La Academia del Fracaso”, de las famosas “FuckUp Nights” y del curioso “Museo de los productos fracasados”. Cuenta que en Silicon Valley, sede de importantes empresas tecnológicas, el lema es “Fail fast, fail often” (“fracasa rápido, fracasa seguido”) y que allí un currículum sin fracasos es desechado inmediatamente. Es obvia la diferencia con la típica asignación de culpas de la cultura latina.

La última parte aborda un tópico sumamente curioso: “Cuando el fracaso y el éxito son solo casualidad”. Comienza con Coca Cola y Pepsi, habla de Charles Goodyerar y Levi Strauss e incluso describe el origen accidental del helado en palito (en algunos lugares conocido como paleta) y del dulce de leche. Además, presenta dos términos que, si no sabe de qué se tratan, vale la pena conocer: serendipia y chindogu.

Escrito en un tono neutro con pinceladas de buen humor “Historias de fracasos y fracasados que cambiaron el mundo” es un libro entretenido que puede ser leído no solo como una colección de experiencias sino como un espejo en el cual mirarse. En cierta ocasión Charles Handy, un gurú irlandés del management comentó: “Cuando acabaron sus estudios, les dije a mis hijos que lo que debían hacer era buscar clientes y no jefes”. Si es de los que creen que aquellos que se atreven, los verdaderos emprendedores, crean el futuro, este libro es para Ud. Tal como dice el libro de Demian Sterman, la clave está en insistir, pero cambiando la manera.

© Pablo R. Bedrossian, 2018. Todos los derechos reservados.

BONUS: UN BREVE PÁRRAFO DEL LIBRO ESCRITO CON FINO HUMOR

“El 2 de octubre de 1954 Kimmy Denny, gerente del estudio de grabación donde se estaba haciendo una audición para el programa de radio Grand Ole Opry, despidió al principiante Elvis Presley de forma terminante: ‘No vas a ninguna parte, hijo. Deberías volver a manejar un camión’. Por suerte el Rey no le hizo caso y siguió insistiendo, aunque quizás el mundo perdió un excelente camionero”. (Demian Sterman, “Historias de fracasos y fracasados que cambiaron el mundo”, Paidós, 2017, p.67,68).

 

LA COLONIA OBRERA (por Pablo R. Bedrossian)

Serie “PASAJES Y CALLES CURIOSAS DE BUENOS AIRES”

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Vista de la entrada a la Colonia Obrera desde la calle Traful al 3600

Muy cerca del Hospital Aeronáutico, y dentro del barrio de Nueva Pompeya (o simplemente Pompeya) se encuentra la Colonia Obrera. Ocupa íntegramente la manzana delimitada por las calles Traful, Cachi, Alfredo Gramajo Gutiérrez y Albert Einstein. Es un complejo de casas de habitación comunicadas entre sí y con el exterior a través de una curiosa red de pasajes peatonales. A pesar que su estado de conservación dista mucho de ser el ideal, es una perla oculta de Buenos Aires. 

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Vista de la entrada a la Colonia Obrera desde la calle Alfredo Gutiérrez Gramajo al 3600

La Colonia Obrera es una suerte de minibarrio formado por una sola manzana. Paradójicamente, sus pasajes no tienen nombre pero las casas sí tienen numeración.

Las viviendas son bajas (pocas tienen dos plantas) y sólo hay algunas torrecitas con techos a cuatro aguas. Para entender el diseño, hay que comenzar por su plaza central de forma cuadrada, donde se destaca la vieja torre con su reloj y campanario.

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Otra de las entradas a la torre del campanario

En realidad, son cuatro relojes, uno en cada cara de la torre, de los cuales ninguno funciona.

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En la foto se pueden observar dos de los cuatro relojes

Debajo de los relojes hay un amplio mirador. El diseño del herraje de su balcón parece una serie de corazones invertidos. El campanario está oculto por las sombras detrás del arco. Cuando uno contempla el deterioro general del sitio, la falta de mantenimiento y la miríada de cables que lo surcan, aunque percibe el misterioso encanto de la decadencia, espera que algún día recupere la gloria perdida. La Colonia Obrera, y en particular su torre, son dignas de una profunda restauración.

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Detrás de la torre, mirando hacia la calle Alfredo Gramajo Gutiérrez encontramos un altar dedicado a la Virgen María, cuya imagen se ha instalado en una especie de gruta.

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Al llegar a la plazoleta, el pasaje de ingreso, que comunica la calle Traful con la calle Alfredo Gramajo Gutiérrez, se divide en dos, uno norte y uno sur, rodeando la torre, para luego volver a unificarse. A pocos metros (y en ambas direcciones) se abren otros pasajes que, en realidad, conforman uno solo, de perímetro cuadrado, que es la vía de acceso al interior de la Colonia Obrera. Para su mejor comprensión, presentamos un croquis.

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Recorrer este circuito es una interesante experiencia. Comenzamos por el pasaje que conduce a la sección este.

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Las casas del lado este, de numeración impar, son las que más demuestran el paso del tiempo. Muchas han levantado muros que ocultan sus fachadas.

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Las casas del lado oeste, de numeración par, se ven mejor cuidadas, están pintadas con colores pasteles, y la mayoría simplemente tiene verjas de hierro delante de sus frentes.

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El piso de los pasajes es de baldosas; en algunos tramos se encuentra muy dañado. Se encuentra interrumpido por algunos árboles y postes metálicos de alumbrado público. Además, por encima hay un abundante cablerío.

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La superficie del terreno es 10,348 m2 y la superficie construida de 4,000 m2. En 1997 fue incluido dentro de las APH (Área de Protección Histórica de la Ciudad de Buenos Aires).

SU HISTORIA

Rolando Schere en su libro “Pasajes” cuenta el origen: proviene de la subdivisión de un lote de tres hectáreas; una de las parcelas resultantes fue cedida a la Sociedad San Vicente de Paul, una entidad de beneficencia de laicos católicos, por una ordenanza del 28 de septiembre de 1909, a fin de construir viviendas para trabajadores[1].  El arquitecto Schere, agrega este microbarrio fue levantado entre 1912 y 1926.

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En una nota el Diario Clarín, Eduardo Parise, Clarín explica que su verdadero nombre es Colonia Obrera de Nueva Pompeya / Pequeño Barrio San Vicente de Paul. Agrega además que “fue inaugurado el 17 de octubre de 1912 con la presencia del presidente Roque Sáenz Peña y el intendente Joaquín de Anchorena. El complejo, diseñado por el arquitecto Vicente Frigerio Alvarez, tiene 46 casas de un ambiente, 96 de dos y solo tres de tres”[2]. María Pagano, en su artículo en La Nación dice que las viviendas son 92[3].

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Parise añade un interesante detalle: “Además, estaba determinado que todas las viviendas tendrían sus frentes de un mismo color: ‘verde imperio’ o ‘verde inglés’, según la marca de pintura que se usara. Y si se colocaba algún toldo, debía ser siempre anaranjado”[4]. Hoy no queda el menor resabio de esa norma.

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Como las damas vicentinas son las propietarias, todos los habitantes son inquilinos que les pagan una módica cuota o alquiler mensual.

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CURIOSIDADES

María Pagano menciona en su artículo en La Nación que allí se han filmado publicidades y películas y menciona que legendaria diva argentina Isabel Sarli grabó una escena que en la gruta de Virgen. Esto resulta paradójico porque durante muchos años la Administración de la Colonia Obrera impuso un estricto reglamento de conducta que se colgaba en la entrada de las viviendas. Incluso las damas vicentinas tenían autoridad para entrar en las casas para verificar su cumplimiento. No es difícil imaginar que en esa singular comunidad de inmigrantes españoles e italianos existían las excepciones.

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Una señora me contó lo sucedido en una de las casas del lado este. Había una joven y bella vecina que repentinamente quedó viuda. No tenía hijos y vivía sola. Un día llegó un caballero muy bien vestido, portando un paquete. Golpeó a la puerta y doña Julieta -así se llamaba la mujer- lo hizo entrar. Una media hora después el hombre se retiró con una amplia sonrisa, algo que no pasó inadvertido para señoras de la Colonia. Una semana después llegó otro hombre con gran bolso a la puerta de la viuda, quien lo recibió del mismo modo. Un rato después el hombre se marchó tranquilamente. Las visitas comenzaron a ser la comidilla de los inquilinos, siempre atentos a las “novedades” sociales de la cuadra.

028-dsc06427Unos días después ingresó a la casa de doña Julieta un varón de buen aspecto con una caja envuelta en papel madera y pocos días después otro con un enorme maletín. Un grupo de vecinas, aduciendo que no querían ser consideradas cómplices por su silencio, envió una nota a la Junta de la organización católica propietaria. Allí insinuaban que la viuda podría estar ejerciendo la profesión más antigua del mundo, una suprema vergüenza para la comunidad. La Administración decidió montar una discreta guardia sobre la casa. A la llegada de un joven con una gruesa bolsa, una directiva vicentina se apersonó al domicilio de doña Julieta. Llamó a la puerta y ella le abrió de inmediato. La visitante indicó que iba a revisar el lugar. Encontró al joven sentado en la mesa con un conejo entre sus manos. Miró alrededor y encontró jaulas con diversos animalitos que iban desde un gato a un par de ardillas.

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La viuda explicó que ante su soledad decidió buscar mascotas que le hicieran compañía. Como el reglamento era estricto en cuanto a la prohibición de tener animales, le pedía a sus proveedores que ocultaran la fauna del resto del vecindario, porque prefería correr el riesgo a ser descubierta que sentirse sola. La inspectora se sintió conmovida pues ella también era viuda y sin hijos, así que hizo un acuerdo con doña Julieta. No la iba a denunciar ni sancionar si retiraba todos las mascotas, pudiendo conservar solamente los canarios, los únicos admitidos en el reglamento. La joven mujer aceptó; con dolor puso todas las mascotas en una valija , y el joven, involuntario testigo de la escena, en ese mismo momento se las llevó. Doña Julieta, impulsada por la soledad, buscó pareja y la encontró en un polaco que vivía cerca. Se casaron y tuvieron hijos. La señora que me relató la historia resultó ser la nieta de ese matrimonio que se formó gracias o a pesar del reglamento.

© Pablo R. Bedrossian, 2017. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Schere, Rolando H.,  “Pasajes”, Ediciones Colihue, Colección del Arco Iris, Buenos Aires, Argentina, 1998, p.134

[2] Parise, Eduardo, “Marca obrera en Nueva Pompeya”, Diario Clarín, Buenos Aires, Argentina, 30/05/2011, http://www.clarin.com/ciudades/Marca-obrera-Nueva-Pompeya_0_BkGbFnW6PXx.html

[3] Pagano, María, “Un barrio de sólo una manzana en el corazón de Nueva Pompeya”, Diario La Nación, Buenos Aires, Argentina, 19/02/2015, http://www.lanacion.com.ar/1769525-un-barrio-de-solo-una-manzana-en-el-corazon-de-nueva-pompeya

[4] Parise, Eduardo, artículo citado


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