Título: “El Señor de las moscas”
Autor: William Golding
Año: 1954
Una lectura crítica y reflexiva de esta novela clásica, a la luz de los conflictos actuales y los miedos atávicos del ser humano. Niños, poder y violencia: una alegoría inquietante sobre la condición humana que aún interpela generaciones.
Uno de los problemas propios de la lectura es realizarla con el diario del lunes. Leer esta novela siete décadas después de su publicación, con todo lo ocurrido durante ese interín (cuestionamientos a la educación tradicional, bullying, redes sociales y una violencia adolescente que parece no tener límites) puede resultar anacrónico y hasta irrelevante, pero, a la vez, es posible rescatar su valor profético.
Un grupo de niños ingleses llega a una isla de una forma poco clara, acaso por la caída del avión que los transportaba, no sabemos si huyendo de una guerra nuclear. Aislados de todo contacto humano, estos niños se organizan a su manera y tratan de dar señales de vida, aguardando que alguna embarcación observe el humo que levantan mediante una hoguera.

Presumiblemente, se disputa el liderazgo; se crean dos grupos: uno que se basa en el orden y en las reglas; otro que se mueve por instinto y fuerza. El primero, construye refugios y es recolector, mientras que el segundo es agresivo y cazador. De alguna manera, se parangona también la historia de Abel y Caín. La violencia y la crueldad afloran contra la razón y la convivencia pacífica, planteándose la lucha por la supervivencia. No coincidimos -para nada- con que la obra es una “requisitoria moral contra la educación represiva”, como declara la contratapa de la edición de Edhasa que leímos, aunque sí cuando dice que es “también una parábola acerca de los instintos básicos del ser humano”.
Un detalle no menor tiene que ver con el título. El nombre Beelzebú, que en los evangelios se identifica como “el príncipe de los demonios”[1] proviene del hebreo Ba‘al Zəvûv, que literalmente significa “el señor de las moscas”. En la novela uno de los personajes sufre una alucinación cuando encuentra una cabeza de cerdo cubierta de moscas; oye al animal hablarle como si fuera una fuerza maligna. Quizás pretenda señalar que el mal no está fuera, sino dentro de nosotros, aunque también podría aludir a nuestros miedos frente a poderes que no controlamos.
El autor, William Golding, ganó el Premio Nobel de Literatura en 1983; “El Señor de las moscas” es su obra más famosa. La traducción que leímos nos resultó ripiosa; esperábamos mayor fluidez. En cuanto al texto, no nos sedujo ni nos atrajo, pero -reiteramos- es probable que no se deba al libro, sino al tiempo de nuestra lectura. Además, el desenlace no es el que hubiéramos preferido, porque la historia no siempre tiene finales felices.
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REFERENCIAS
[1] Mateo 12:45; ; Marcos 3:22
