Serie LECTURA RECOMENDADA
Título: “De Marx a Cristo”
Autor: Ignace Lepp
Año: 1968
Presentamos un apretado resumen de esta obra por dos razones: su alto valor testimonial y la dificultad para conseguirlo. La publicación no tiene ningún fin comercial.
Este es uno de esos libros inconseguibles que merecen ser reimpresos, leídos y releídos. El que imagine un libro de proselitismo cristiano o propaganda antimarxista está equivocado. Escrito a pedido de sus amigos, se trata del viaje intelectual del autor, quien, habiendo nacido a principios del siglo XX en el seno de un hogar burgués, decidió cortar lazos familiares para volcarse al comunismo, convirtiéndose en lo que él llama un revolucionario profesional. Su aspiración era “construir un mundo nuevo, mucho más bello que el de los hombres actuales”[1]. Sus ideales pasaban por una sociedad donde la fraternidad nacía de la dictadura del proletariado; al poseer todos los medios de producción, el Partido Comunista, que (supuestamente) representaba a los obreros, crearía una sociedad igualitaria y más justa.
Renunciar a la comodidad y el bienestar de su casa y pasar a vivir en una pocilga a causa de sus creencias no minó su fe marxista; más bien fortaleció su determinación de luchar por lo que creía. En el camino realizó algunos descubrimientos: mientras que los obreros compartían con sencillez lo que tenían y no se interesaban por los detalles ideológicos, los jóvenes burgueses que adherían al Partido parecían manejarse no tanto por convicción política, sino más bien por resentimiento hacia su clase social y su familia, convirtiéndose en los más radicalizados. “Como a mí mismo, solía haberles llevado el sentimiento de revuelta contra su familia y su ambiente; y su comunismo era al principio más negativo que otra cosa… con frecuencia se mostraban más llenos de celo y más ruidosamente entusiastas que los obreros”[2]. En cambio, dice de los obreros que “parecían comprender intuitivamente que tampoco después de la revolución vivirían en palacios y que estos serían patrimonio exclusivo de los camaradas comisarios… para ellos el comunismo significaba simplemente una sociedad en cuyo seno el trabajador se gana bien la vida, está al abrigo de la inseguridad, no ve su miseria insultada por el lujo de los demás y puede proseguir sus estudios, si le gustan y sirven para ello”[3].

LA MILITANCIA
El autor luego describe sus visitas a países de la Unión Soviética, principalmente a Rusia, que veía como la Tierra Prometida. Subraya el altruismo de su clase obrera, pero también hace referencia a la ceguera padecida, tanto la voluntaria como la inconsciente: “siendo el ateísmo parte integrante de nuestra fe comunista, se sobreentendía que la religión sólo era para nosotros superstición y engaño. Aprobábamos incondicionalmente los esfuerzos de los sin-Dios para educar ‘científicamente’ al pueblo ruso, cuya intensa religiosidad es bien conocida en el mundo entero. Pero, apenas salidos de la basílica-museo, presenciamos un espectáculo que, de haber reflexionado más y de estar menos cegados por nuestra admiración anticipada por todo lo soviético, nos hubiera dado qué pensar. Nos llevaron al mausoleo de Lenin, erigido en la Plaza Roja, frente al recinto del Kremlin. Bajo la nieve espesa y glacial, millares de personas esperaban pacientemente su turno para desfilar piadosamente ante la momia embalsamada del primer heredero comunista del imperio edificado por los autócratas de todas las Rusias. Muchos de aquellos ‘peregrinos’ habían estado poco antes en la basílica-museo donde les administraban dosis masivas de desintoxicación ‘científica’ contra las supersticiones religiosas. Guías tan bien preparados como los del Museo explicaban aquí a los visitantes la vida heroica y la obra admirable de Vladimir Hiten Ulianov, llamado Lenin, y sus profecías infalibles sobre el futuro socialista de la humanidad. En un país donde se había considerado urgente abolir el culto de Dios y de sus santos, se estaba ya estableciendo un nuevo culto a los jefes comunistas muertos, y pronto se tributaría en vida, a Stalin mismo”[4].
Luego de repasar con bastante detalle los dogmas de su fe marxista, como los denomina. Dice: “Como todos los marxistas, sentía, naturalmente, la más viva admiración por la Ciencia. Igual que para los creyentes el nombre de ‘Dios’, para nosotros el de ‘Ciencia’ exigía ser escrito con mayúsculas. No podían existir más verdades que las científicas… no creo que nuestro concepto de la ciencia tuviese gran cosa que ver con el de los científicos de nuestro siglo. Con escaso espíritu crítico, habíamos adoptado de buenas a primeras la idea dominante del siglo XIX, la Ciencia tal como la conocían Marx y Engels. Para ellos, ésta se oponía a las explicaciones teológicas y metafísicas como la verdad se opone a los mitos… Proclamábamos ruidosamente que la dialéctica marxista era Ciencia en sí misma y que la eficacia de las otras ciencias dependía de su subordinación a la dialéctica materialista. La de Hegel sólo se interesa por las ideas eternas. La nuestra pretendía, no sólo dar un conocimiento perfecto del mundo material, real, sino también ser el instrumento más eficaz de su transformación”.[5] La visión mesiánica el proletariado y la creencia en la infalibilidad de la doctrina marxista se conjugaban para sostener ese fanatismo religioso desacralizado. Su labor misionera consistía en “despertar la conciencia de los trabajadores… Teníamos, pues, el deber de exaltar, en lo escrito destinados a las masas, el santo odio de clase”[6].
Luego pasa a describir su rol de revolucionario profesional por casi toda Europa y otros países. Aclara que sus misiones nada tuvieron que ver con el espionaje soviético. Explica que los militantes del Partido Comunista eran demasiado conocidos en el extranjero como para atreverse, sobre todo considerando la estrecha vigilancia policial. Él dependía del Komintern, una organización comunista fundada en Moscú, más conocida como la Tercera Internacional, creada por Lenin y el Partido Comunista en 1919, que abogaba por el fin del capitalismo y la imposición de la dictadura del proletariado. Sus misiones fueron variando a lo largo del tiempo, las primeras al servicio del Socorro Rojo Internacional, que ayudaba las víctimas de la represión anticomunista.
En 1929, siendo muy joven, es nombrado secretario general de una “asociación internacional de intelectuales revolucionarios” con el propósito de ganar adeptos pertenecientes a las élites de pensamiento para la causa comunista. Cuenta que la estrategia de infiltración se basaba en no mostrarse sectarios para mantener en sus manos el control de la organización -que no era en apariencia ni partidista ni comunista-, por encima de socialistas, anarquistas y cristianos progresistas. Así conoce a mente brillantes de su época como Henri Barbusse, Miguel de Unamuno, John Dos Passos, Stephan Zweig, por nombrar a algunos.
Por su militancia en círculos académicos sufrió la cárcel en la Alemania que comenzaba a mostrar la influencia nazi. En 1933, ya siendo canciller Adolf Hiltler, fue expulsado de aquel país; tras regresar clandestinamente, fue detenido y condenado a muerte. Cuenta que de repente “una noche, dos días antes de la fecha fijada para la ejecución, cuando ya había perdido todas las esperanzas, las puertas de la cárcel se abrieron. Aproximadamente a la hora en que hubiera debido hallarme frente al pelotón de ejecución en Alemania, me encontré en Moscú. ¿Cómo no alegrarme de tal sorpresa?”[7].
LA CRISIS
Ese regreso lo marcó a fuego. Fue nombrado profesor de filosofía de la Universidad de Tiflis (la capital de Georgia que en español hoy llamamos Tbilisi). Antes de asumir el puesto viajó por toda la Unión Soviética y por primera vez sus ojos vieron lo que estaba pasando. Su crisis surgió de una experiencia que entró en fuerte colisión con sus expectativas:
“Estaba invitado a una recepción. Se trataba efectivamente de una recepción mundana, a imitación de las que se celebran en todas las buenas sociedades burguesas y sin semejanza alguna con las sencillas reuniones entre camaradas que había conocido en años precedentes. Sólo la flor y nata de la ciudad se hallaba reunida en el hermoso salón de uno de los más altos jefes del Partido, instalado en la residencia particular que había pertenecido a un importador. Vi allí a varios miembros de los cuadros superiores del Partido y de los sindicatos, jefes de industria, escritores y artistas de moda, oficiales y, naturalmente, también cierto número de jefes locales de la GPU[8]. A estos últimos resultaba fácil reconocerles por su comportamiento arrogante y su mirada furtiva; tenían el aire común a todos los policías del mundo. También había damas, claro está, esposas e hijas de todos esos importantes personajes.
Nada ignoraba yo de las privaciones y sufrimientos terribles que en aquella época las masas obreras se veían obligadas a soportar en nombre de la construcción socialista… El Gobierno se vio obligado a restringir aún más el escaso racionamiento de su pueblo, el cual no había conocido mucha abundancia desde la revolución de 1917.
Me llevé pues una sorpresa bastante desagradable al constatar que en aquella recepción mundana en Odesa, el caviar, la mantequilla y otros raros manjares eran servidos con profusión, el vodka corría a mares, y ni siquiera los buenos vinos de Crimea y el Cáucaso se escatimaban. … Más consternado aún, si cabe, me dejaron mis conversaciones con la burocracia soviética… En la recepción en Odesa, en la que fui el invitado de honor, un jefe de empresa creyó útil convencerme de que el socialismo no era ya en Rusia una simple perspectiva futura, sino un estado alcanzado. Sacó de su billetera su boletín de paga. Pude así darme cuenta con mis propios ojos de que él y sus semejantes ganaban veinte y treinta veces más que un simple obrero. Un alto funcionario del Partido, al enterarse del objeto de nuestra conversación, se unió a nosotros y me aseguró, orgulloso, que él ganaba aún más… Muy trastornado por lo averiguado en esta velada, los días siguientes observé, más de cerca y con vista más crítica, la nueva alta sociedad de Odesa primero y la de otras ciudades después… no pudieron pasarme inadvertidos los esfuerzos que los privilegiados del Régimen hacían por parecer ‘gente bien’… con la suficiencia característica de los nuevos ricos. Particularmente arrogantes se las veía al dirigirse a los criados -¡pues volvía a haber criados en Rusia!—. Todos hablaban con gran desprecio de los obreros y campesinos… Al regresar a mi habitación en el hotel, después de la velada en Odessa, sentí, por primera vez desde mi conversión al comunismo, una sensación de malestar que no traté ni siquiera de vencer…”[9].
Lo que vio entraba en colisión con el ideal igualitario del comunismo que lo había cautivado. Consideró una terrible traición que el mismo incentivo de las ganancias capitalistas valiese para los miembros de su partido. Incluso alguien le mostró un discurso de Stalin donde condenaba formalmente el igualitarismo como una utopía pequeñoburguesa. “Solo un ciego podría no haberse dado cuenta de que, lejos de tender a la abolición de clases, la sociedad soviética estaba dividiéndose nuevamente en clases”[10].
Los obreros que habían ocupado viviendas aristocráticas fueron expulsados de ellas e incluso antiguos palacios que habían sido convertidos en lugares de descanso para los obreros y sus hijos, a partir de 1930 -según cuenta- habían sido pasado a ser centros vacacionales exclusivos para jerarcas del Partido: “Ahora todo adquiría un nuevo significado. Me era ya imposible cerrar los ojos ante la evidencia de que en la U. R. S. S., desde hacía diez años, la evolución venía teniendo lugar, no en el sentido de la igualdad, sino en el de una acentuación cada vez mayor de las desigualdades entre diferentes categorías sociales. En vano se esforzaba la propaganda oficial en negar la evidencia”[11].
EL ESTADO POLICIAL, ESCLAVITUD MODERNA Y TERRORISMO DE ESTADO
“Cierto día, me hallaba en el Kubán con un equipo de ‘activistas’ venidos a estimular la colectivización agrícola. Los mujiks[12], en efecto, no mostraban tanto entusiasmo en la constitución del koljoze[13] como hubiese deseado el Partido. Integrados por fuerza, era tan poco el celo puesto por ellos en trabajar en campos que ya no eran suyos, que existía el serio peligro de no llegar a los mínimos de producción establecidos. Les vimos, pues, trabajar bajo la mirada vigilante de milicianos armados con grandes revólveres y knuts. Frecuentes culatazos o latigazos castigaban toda mengua en el ritmo de trabajo” [14].
“Durante años creí sinceramente, y afirmé ante los demás, que la terrible policía política de la U. R. S. S. (llamada primero Tcheka o G. P. U., luego N. K. V. D. y actualmente N.V. D.), sólo se encarnizaba con los enemigos de la revolución y, por lo tanto, del pueblo trabajador… Ahora, después de lo visto en Odesa, el Kubán y otros sitios, ¿cómo iba a identificar el régimen y el pueblo ruso? Saltaba a la vista que aquél expedía a sus milicianos, no contra el enemigo del pueblo, sino contra el pueblo mismo”[15].
Pasa luego a contar el terror a ser delatado: “Tampoco yo me atrevía a confiar a nadie mis dudas y mi descontento íntimo. ¿Corno saber, en efecto, si el camarada con quien tenía relaciones más amistosas había sido o no encargado por la G. P. U. de vigilarme y dar cuenta detallada de mis palabras?… Deber de ésta era informarse con precisión acerca de cuantos tenían poco o mucho que ver con el complejo maquinismo de la burocracia soviética. ¿Existía medio más eficaz para conseguirlo que encargar del informe precisamente a quienes más cerca estaban de mí?”[16]. Habla enseguida de las “horribles cámaras de tortura de la G.P.U.”; luego de las “purgas”. Afirma sin tapujos: “el régimen entero parecía haberse lanzado a una especie de competición de terror con el nazismo alemán… el delirio de persecución y terror alcanzó a todas las capas de la sociedad soviética. Apenas pasaba una semana ni día siquiera, sin que constatase la desaparición de algún colega o alumno. Y nosotros, naturalmente, fingíamos no haber notado nada. Los mismos milicianos tenían miedo, miedo de parecer tibios. En consecuencia, tenían que descubrir ‘enemigos de la revolución’ a todo precio, y si era necesario los inventaban. Mi situación de profesor, en esa atmósfera de desconfianza y terrorismo, se había convertido en una carga insoportable”[17].
LA HUIDA
Ignace Lepp pudo lograr una visa para un “Congreso para la paz del mundo en Londres”. Dice “No me sentí verdaderamente hombre libre hasta después de haber franqueado la frontera de la URSS. Y el sentimiento de liberación fue incomparablemente más intenso que el experimentado al salir de la cárcel”[18]. Aclara que él “seguía profundamente apegado al ideal comunista”; creía que Stalin y su camarilla traicionaban al verdadero comunismo[19], pero también revela que “mientras mi fe (comunista) se mantuvo firme, la vida me pareció bella… ahora ya no sabía qué hacer conmigo mismo”[20]. Allí comienza a replantearse cuál era el sentido de su vida. “El día que hice pedazos el carnet del Partido, si alguien me hubiese hablado de la posibilidad de una conversión religiosa, me habría indignado, de no encontrarlo simplemente ridículo. No imaginaba mi vida más que consagrada por entero al combate revolucionario”[21].
Se sintió como una persona entre los escombros tras un terremoto. Su vida se llenó de vacíos e incluso intentó suicidarse. Pero su apego instintivo a la vida y ser un hombre de acción lo disuadieron. En medio de la oscuridad del desconcierto encuentra el primer haz de luz.
Tras regresar muy tarde una noche encontró un libro que la hija de la casa donde se hospedaba había dejado. Lo hojeó y de pronto quedó atrapado en la lectura. Era “¿Quo vadis?”, la novela del polaco Henryk Stankiewicz a quien ni siquiera conocía. Quedó conmovido por la cantidad de datos que aquel texto proporcionaba sobre las comunidades cristianas primitivas, algo que se alineaba con sus aspiraciones juveniles. Comenzó a estudiar y le asombró comprobar que, con diferencias menores, historiadores de todo tipo y creencia reconocían la historicidad de la vida fraternal de los primeros seguidores de Cristo. La novela no era pura propaganda.
Tras haber conocido el edificio se dedicó a examinar los cimientos: el evangelio, la buena noticia de Jesús. “Entré en la primera librería que encontré y compré un ejemplar del Nuevo Testamento. Aquel mismo día leí de un tirón los cuatro evangelios y los Hechos de los Apóstoles… Los milagros, todo el aspecto maravilloso de la vida del Cristo y de sus apóstoles, me molestaban… En la Edad Media, los hagiógrafos y la imaginación popular a menudo los inventaban en provecho de su santo preferido… Lo importante era que, a partir de esta primera lectura del Evangelio, quedé deslumbrado por la sublimidad de las enseñanzas del Cristo. ¡Cuánto más hermoso el «Sermón de la Montaña» que el Manifiesto Comunista! … Pero lo que más me impresionó, fue lo que el Evangelio me decía acerca de la conducta personal de Jesús. Su simplicidad, su bondad ilimitada para con quienes sufrían, la perfecta igualdad de condición que había aceptado, no sólo con sus discípulos, sino con los más humildes de su pueblo, eran una magnífica confirmación del «Sermón de la Montaña» y las parábolas. Comparé la amistad, al mismo tiempo viril y tierna, de Jesús por la familia de Betania y por los apóstoles, con las intrigas que dividían al Partido Comunista. ¡Cuan distinto el comportamiento de Cristo hacia la pecadora de Magdala, hacia la mujer adúltera, hacia los publicanos y otros pecadores, de los métodos policíacos vigentes en la U. R. S. S.!”[22].
En un principio, “fue también porque las enseñanzas y realizaciones prácticas de Jesús y sus primeros seguidores me parecieron ‘comunistas’ que sentí simpatía por el cristianismo”[23]. Ve parecidas las comunidades cristianas primitivas a su ideal marxista que iba en dirección diametralmente opuesto a lo que vivió en la URSS.
Luego de recorrer iglesias evangélicas, si bien le impresionó el fervor manifestado por sus fieles, le chocó la mediocridad intelectual de los pastores – a quienes reconoce como hombres piadosos y caritativos- y su rechazo hacia otras iglesias y en particular contra los papistas: “era aún peor que la intolerancia de los comunistas”[24]. Se sintió mejor entre los líderes de iglesias reformadas, “hombres casi siempre de cultura amplia y refinada. Muchos conocían a fondo a Hegel, Bergson, al mismo Marx… pero tampoco el protestantismo en ninguna de sus formas respondía a lo que esperaba del cristianismo… me hablaban de piedad y salvación individual, y parecían poco preocupados por el problema, primordial para mí entonces, del bien colectivo y temporal de la humanidad en conjunto. Con toda seguridad no estaba todavía lo bastante iniciado en materia de problemas religiosos para comprender los valores auténticos de las comunidades cristianas de la Reforma… pero a ellos es debo mi descubrimiento del Antiguo Testamento… Un joven pastor luterano me demostró la continuidad entre ambos testamentos y me hizo notar lo que de permanente hay en las enseñanzas del Antiguo”[25].
Cuando empezaba a desanimarse, el encuentro con un sacerdote católico le devolvió la esperanza: “No tardó en comprender mi situación espiritual… y halló enseguida el ángulo desde el cual se me había de presentar el misterio cristiano… me sentía reconfortado al saber que existía una institución, fundada por Jesús mismo, cuya tarea era precisamente la salvación y la transmisión de esa enseñanza… durante varias semanas pasé casi cada día dos o tres horas en la modesta celda del padre. Lo más notable de aquel hombre notable era sin duda su escrupuloso respeto a mi libertad. Estoy convencido que, de haber él iniciado el menor intento de ‘convertirme’, de adoctrinarme, jamás me hubiera convertido”[26]. Descubrió además la dimensión social tanto de los Padres de la Iglesia como de pensadores cristianos contemporáneos.
Continúa “Imposible pasar semanas leyendo libros cristianos y conversando a diario con un sacerdote sin comenzarme a dar cuenta de que el cristianismo no era solamente, ni siquiera sobre todo, una doctrina de organización social y política, análoga al marxismo o el capitalismo liberal… Leímos juntos ciertos fragmentos de los Evangelios, los Hechos y sobre todo de las Epístolas de San Pablo. Ya no podía dudar más de que, para el cristianismo más tradicional, el individualismo era una absurda paradoja… Las luces proyectadas por mi iniciador sobre los misterios cristianos me producían una sensación de vértigo embriagante y una sed insaciable de saber más”[27].
Luego de hacer una reflexión sobre la vida de san Francisco de Asís, explica que una diferencia radical entre comunismo y cristianismo es que mientras aquel pretende un cambio en el sistema económico y social, este cree en la transformación interior del ser humano.
Un día le hizo saber a su maestro que deseaba hacerse jesuita. Él sacerdote le respondió que no era imposible pero que antes debía ser católico. Así un 14 de agosto hizo su profesión de fe y fue bautizado. Sin embargo, admite que en esa primera fase su vida cristiana fue limitada y formalista. Reconoce que juzgaba impiadosamente a los demás: “Me impuse una ascesis rigorista, en la que había mucho más de orgullo que caridad… sin embargo, por precipitada que hubiese sido mi formación prebautismal, por superficial que fuese mi conocimiento de la espiritualidad cristiana, no había duda posible de que, a partir del día de mi bautismo, quedé ya sólidamente anclado a la fe”[28].
Ya hacia el final y antes de compartir sus experiencias en diversos conventos y abadías declara: “El relato de mi conversión, tal como lo he presentado, sólo corresponde a la fenomenología. Los hechos de orden psicológico no pueden ser causa suficiente en una conversión, desde luego, porque los vínculos que ésta establece entre Dios y el hombre alcanzan también esa parte del alma que escapa a toda investigación psicológica. En último término, toda conversión es obra exclusiva de Dios”[29]. El 29 de junio de 1941 fue ordenado sacerdote; a partir de allí desarrolló una intensa actividad espiritual y literaria.
UN BREVE COMENTARIO
Ignace Lepp (Estonia 1909, Francia 1966) se unió en su adolescencia al Partido Comunista, inspirado por la novela “La madre” de Máximo Gorki. Su experiencia está registrada en el libro que acabamos de presentar. Llegó a ser uno de los intelectuales comunistas más influyentes de Europa. Tras su conversión al cristianismo católico publicó varios libros, casi todos de filosofía y fe, aunque también de psiquiatría.
Desde la introducción de “De Marx a Cristo” deja claro que no se trata de un texto antimarxista. Al leer la obra se observa con facilidad que lo que encontró en el cristianismo sustituyó sus frustradas expectativas en el comunismo; en particular se identifica con el rechazo al individualismo y con el amor por la vida comunitaria. Su conversión, al menos en el periodo inicial, no se presenta como un cambio de ideales, sino de instituciones y de las personas que los encarnan. Estas aspiraciones combinan al menos cuatro aspectos: un orden estructurado, una continuidad histórica visible, una justicia igualitaria y compasiva y una convivencia pacífica y solidaria. Para él son la persona de Jesús, la obra del Espírito Santo y la acción de Dios en la Tierra los que hacen posible esa fraternidad universal que ve en la Iglesia.
Aunque “De Marx a Cristo” es una obra de enorme riqueza intelectual, la mayor contribución es su valor testimonial. Lepp tuvo la capacidad de romper con sus propios paradigmas a un alto precio, algo que muchos no están dispuestos a pagar.
© Pablo R. Bedrossian, 2022. Todos los derechos reservados.
REFERENCIAS
[1] Lepp, Ignace, “De Marx a Cristo”, Ediciones Carlos Lohlé, 1968, Op. cit., p.46
[2] Op. cit., p.59
[3] Op. cit., p.60
[4] Op. cit., p.83,84
[5] Op. cit., p.111
[6] Op. cit., p.123. En el libro, el autor escribe en cursiva la frase “santo odio de clase” a manera de énfasis.
[7] Op. cit., p.162
[8] LA GPU o OGPU (Directorio Político Unificado del Estado) fue la policía secreta de la URSS hasta 1934.
[9] Op. cit., p.165-68
[10] Op. cit., p.169
[11] Op. cit., p.170
[12] Campesinos rusos
[13] Granjas colectivas instauradas por el Estado soviético
[14] Op. cit., p.172
[15] Op. cit., p.173
[16] Op. cit., p.179
[17] Op. cit., p.180,181
[18] Op. cit., p.189
[19] Op. cit., p.190
[20] Op. cit., p.196
[21] Op. cit., p.195
[22] Op. cit., p.201, 202
[23] Op. cit., p.203
[24] Op. cit., p.206
[25] Op. cit., p.207
[26] Op. cit., p.208, 209
[27] Op. cit., p.211, 212
[28] Op. cit., p.217
[29] Op. cit., p.217

Hola, gracias por los alcances de tan valioso libro. Me gustaría saber cómo conseguirlo.
Entiendo que solo buscando en tiendas de libros usados; lo que publiqué es un resumen. Hay un libro con una temática similar (aunque no autobiográfico, como este) que se llama «10 ateos cambian de autobús» de José R. Ayllón. Se consigue en España, país de origen del autor y te paso el link a mi comentario. Cordiales saludos. https://pablobedrossian.com/2022/10/18/comentario-a-10-ateos-cambian-de-autobus-de-jose-ramon-ayllon/
Gracias por el resumen. Muy ilustrativo, sobre todo por la imposibilidad de conseguir el libro en sí mismo. Yo tengo de él «Psicoanálisis del ateísmo moderno», muy conectado con este a juzgar por su resumen
¡Gracias! Me encantaría conseguir esa obra.