“LEONARDO DA VINCI LA BIOGRAFÍA”, DE WALTER ISAACSON (por Pablo R. Bedrossian)

Serie CONFIESO QUE HE LEÍDO

Siempre tuve especial interés por el Renacimiento; fue un cambio de paradigma que rompió con la oscuridad medieval para abrirse a la aventura del pensamiento. Mis artistas plásticos más admirados son precisamente Leonardo y Miguel Ángel.

Por eso, cuando vi la biografía de Da Vinci por Walter Isaacson no dudé un solo momento en adquirirla. Confluían una vida extraordinaria con un autor de quien había leído “Steve Jobs”[1], un relato extraordinario de la vida del creador de Apple.

 “Leonardo da Vinci La Biografía” no resultó ser lo que imaginaba, quizás porque cuando pienso en biografía, imagino una narración cronológica sobre la vida y obra de una persona, y el libro de Isaacson se aparta de ese modelo.

Más bien la exposición de la vida de Leonardo es interrumpida por extensas secciones para describir su pensamiento. Estas interpolaciones probablemente toman la mitad de la obra. Pareciera que para el biógrafo las ideas de Leonardo, aunque ocupen largos periodos de tiempo, son Leonardo. Quizás se apoye en Emerson: “un hombre es lo que piensa a lo largo del día”; es probable que el día de da Vinci sea toda su vida[2].

El punto de partida para el libro no fueron las grandes pinturas del gran artista sino sus cuadernos; en total se conservan unas 7,200 páginas con notas, esquemas, dibujos y garabatos que revelan su curiosidad insaciable, su capacidad de observación, su deseo de validar sus observaciones mediante experimentos -en ese sentido es un precursor del método inductivo- y su increíble imaginación.

Además de su pensamiento, el texto relata la historia personal de Leonardo. Muestra las distintas facetas de un creador fuera de todo límite: artista, físico, productor de teatro, anatomista, ingeniero hidráulico y militar, por mencionar algunos de los campos que abordó con enorme entusiasmo. El texto no está exento de sabrosos detalles, como su incapacidad de cumplir lo pactado (dejó la mayoría de sus obras inacabadas), la disección anatómica de un hombre centenario o su interés en la lengua del pájaro carpintero, pero son anécdotas. Lo que nos queda es la búsqueda inclaudicable del conocimiento y la innovación como estilo de vida que hicieron de da Vinci el hombre del Renacimiento.

Para una mejor comprensión del texto, “Leonardo da Vinci La Biografía” cuenta con más de 100 ilustraciones muy útiles a pesar de su pequeño tamaño. Además, termina con una desconcertante moraleja. El autor escribe “aunque nunca consigamos igualar su talento, sí podemos aprender de él e intentarnos parecernos más”. Más que de Leonardo parece estar hablando de Jesucristo. No conozco a nadie que quiera ser como da Vinci, pero sé de millones que a pesar del paso del tiempo jamás dejan de admirar su obra.

© Pablo R. Bedrossian, 2019. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] La crítica que realicé de esa obra puede leerse en https://pablobedrossian.com/2017/03/11/steve-jobs-su-biografia-segun-walter-isaacson-por-pablo-r-bedrossian/

[2] Como lector, espero que una biografía me cuente una historia y solo se dedique a exponer el pensamiento del protagonista en la medida que sirva para entender sus decisiones y conductas. Quizás una analogía de mi preferencia pueda proveerla el gran historiador cubano-norteamericano Justo L. González, quien por un lado escribió su magnífica “Historia del Cristianismo” y, por el otro, una extensa “Historia del Pensamiento Cristiano”.

DETECTORES DE MENTIRAS: CUATRO EJEMPLOS INGENIOSOS (por Pablo R. Bedrossian)

No se sorprenda si no puede detectar quién dijo la verdad. Es muy difícil descubrir cómo realmente sucedieron los hechos; al intentarlo muchas veces nos internamos en un callejón sin salida. Ante escenarios de tanta incertidumbre, la herramienta más valiosa que tenemos es el pensamiento, porque la deducción y la imaginación trabajando unidas, han logrado en reiteradas ocasiones proveer los medios para explicar lo acontecido.  

Detectores de Mentiras 01Cuando no hay una confesión, un crimen sólo puede establecerse por las evidencias y los testigos. Las ciencias forenses vienen creciendo quizás por la desconfianza natural en muchos testimonios, influenciados por el miedo o el dinero. Por supuesto, la reconstrucción de los hechos es mucho más compleja que lo que muestran las series televisivas de CSI, y los resultados de las pruebas muchas veces son insuficientes. Además, aunque hoy cada vez disponemos de un mayor número de cámaras en lugares públicos, negocios y casas particulares, pareciera que no se utilizan para prevenir o documentar el delito sino para multar al conductor que comete una infracción o descubrir con quien anda el vecino.

Mientras la verdad permanece oculta entre mentiras, intereses y dudas, nos movemos por una cornisa de suposiciones y conjeturas. Pero, veamos cuatro ejemplos, que nos muestran cómo simplemente pensar nos ayuda a revelarla.

El caso de las dos madres que reclamaban el mismo hijo

Todos seguramente conocemos el caso presentado ante el Rey Salomón, considerado el máximo sabio entre los reyes de origen hebreo. Dejemos que el texto hable por sí mismo:

“En aquel tiempo vinieron al rey dos mujeres rameras, y se presentaron delante de él. Y dijo una de ellas: ¡Ah, señor mío! Yo y esta mujer morábamos en una misma casa, y yo di a luz estando con ella en la casa. Aconteció al tercer día después de dar yo a luz, que ésta dio a luz también, y morábamos nosotras juntas; ninguno de fuera estaba en casa, sino nosotras dos en la casa. Y una noche el hijo de esta mujer murió, porque ella se acostó sobre él. Y se levantó a medianoche y tomó a mi hijo de junto a mí, estando yo tu sierva durmiendo, y lo puso a su lado, y puso al lado mío su hijo muerto. Y cuando yo me levanté de madrugada para dar el pecho a mi hijo, he aquí que estaba muerto; pero lo observé por la mañana, y vi que no era mi hijo, el que yo había dado a luz. Entonces la otra mujer dijo: No; mi hijo es el que vive, y tu hijo es el muerto. Y la otra volvió a decir: No; tu hijo es el muerto, y mi hijo es el que vive. Así hablaban delante del rey.  El rey entonces dijo: Esta dice: Mi hijo es el que vive, y tu hijo es el muerto; y la otra dice: No, mas el tuyo es el muerto, y mi hijo es el que vive. Y dijo el rey: Traedme una espada. Y trajeron al rey una espada. En seguida el rey dijo: Partid por medio al niño vivo, y dad la mitad a la una, y la otra mitad a la otra. Entonces la mujer de quien era el hijo vivo, habló al rey (porque sus entrañas se le conmovieron por su hijo), y dijo: ¡Ah, señor mío! dad a ésta el niño vivo, y no lo matéis. Mas la otra dijo: Ni a mí ni a ti; partidlo. Entonces el rey respondió y dijo: Dad a aquélla el hijo vivo, y no lo matéis; ella es su madre. Y todo Israel oyó aquel juicio que había dado el rey; y temieron al rey, porque vieron que había en él sabiduría de Dios para juzgar”[1].

El rey Salomón puso a prueba a ambas mujeres. Observó la reacción de cada una. Entendió que aquella que renunciaba a su reclamo lo hacía a favor de un interés superior: prefería perder la maternidad del bebé que a su hijo. Hoy, que se pone tanto énfasis en el móvil de un crimen, la reacción moral de los involucrados ante planteos inesperados pueden señalar o descartar su autoría.

La bebida de la verdad

Detectores de Mentiras 03El “detector de mentiras” o polígrafo es un dispositivo que registra y mide cambios en el organismo -tales como frecuencia cardíaca o la conductancia de la piel por aumento de la sudoración- durante un interrogatorio. Cada pregunta opera como un estímulo que produce una reacción fisiológica automática e inconsciente. Dicho de otro modo, no hace falta que la persona conteste para que la máquina detecte su respuesta, que no es verbal, sino química. A pesar que no ha sido validado científicamente, su funcionamiento tiene cierto rigor lógico, y permite, sea por sugestión o por percepción, inferir datos acerca de la veracidad de ciertas afirmaciones.

El polígrafo es un invento relativamente moderno, nacido poco antes de 1940. ¿Existían detectores previamente? Cierta vez escuché que una tribu sudamericana  contaba con una prueba infalible para determinar si un acusado de homicidio era  el culpable. Para ello le daban a beber un jugo mortífero. Si era inocente, le persona sobrevivía sin problema alguno; si mentía, inexorablemente fallecía. Los indígenas creían en este procedimiento jurídico, pues intuitivamente correlacionaban los resultados de la prueba con los hechos. Como aparentemente el método funcionaba, alguien con conocimiento científico se ocupó de dilucidar lo que ocurría, que en apariencia era pura superstición. Descubrió que, tal como el detector de mentiras moderno, estaba vinculado a la fisiología. El líquido contenía un veneno, un tipo de curare. Cuando la persona era inocente lo bebía sin temor alguno; al llegar el brebaje al estómago, el jugo gástrico de inmediato lo destruía. Pero si la persona era culpable, conociendo las consecuencias, retenía en su boca la bebida, lo que hacía que fuera absorbida por las venas sublinguales (tal como sucede hoy con algunos medicamentos que se administran debajo de la lengua) pasando directamente al torrente sanguíneo. Desde allí el veneno producía su efecto letal al actuar como bloqueante en la unión neuromuscular, llevando al paro respiratorio y a la muerte.

Lenguaje corporal

Detectores de Mentiras 05Aun en silencio nos comunicamos. Si ante una pregunta nos cruzamos de brazos, expresamos incomodidad; si nos tocamos la zona de la boca o nos rascamos la nariz –dicen los especialistas- probablemente estemos afirmando que nuestra respuesta verbal es una mentira. Nuestro cuerpo habla y hay expertos en este tipo de metamensaje, como el Dr.Paul Ekman, cuyos trabajos, que leí hace más de una década, inspiraron el personaje del Dr. Cal Lightman (encarnado por Tim Roth) de la serie de TV “Lie to me”.  Desde luego, los abogados, sagaces en el arte de indagar, siempre observaron el comportamiento no verbal de los testigos para elegir en qué momento intimidarlos. Pero, aun careciendo de esa formación profesional, es posible “leer” un comportamiento, tal el caso que aparece en “El Psicoanálisis”[2], uno de los cuentos de Velmiro Ayala Gauna, que comienza de un modo provocativo y no está exento de buen humor:

“En el amplio rancho donde funcionaba la comisaría de Capibara-Cué, se encontraban, en la mañana de un cálido verano, los más distinguidos representantes de la autoridad policial lugareña, vale decir, don Frutos Gómez, el comisario; Luis Arzásola, el oficial sumariante, y el cabo Leiva, amén de un agente que cebaba mate para los tres primeros. La conversación, aburrida por falta de temas, se arrastraba de silencio en silencio, cuando Arzásola, de pronto, interrogó:

— ¿Conoce usted el psicoanálisis, don Frutos?

— No, m’hijo… Ese circo nunca vino por acá.”

Se enteran que don Casiano, el resero, había quedado malherido durante un asalto. Tras la pesquisa correspondiente detienen a dos sospechosos. Dejemos que el relato nos hable:

“Eran dos peones que habían conducido una tropa de hacienda para el carnicero y luego habían permanecido en el pueblo a la espera de otra ‘changa’. Los dos habían estado en el negocio jugando al monte la noche anterior y salido con intervalos de minutos, un rato antes que don Casiano, y sus explicaciones no eran muy satisfactorias. Uno decía que como había perdido todo lo que llevaba encima había ido hasta donde se alojaba a buscar más dinero y que, al volver, encontró el negocio cerrado por lo cual volvió a dormir. El otro dijo que después que perdió los veinte pesos que se había propuesto arriesgar esa noche y para no caer en la tentación salió a caminar y se estuvo un rato largo sentado sobre una piedra a orillas del río. Ninguno, sin embargo, pudo citar testigos o presentar pruebas en favor de su aserto.”

Finalmente, don Frutos le pregunta al oficial Arzásola, como funciona el psicoanálisis:

“— ¿Y cómo pa trabaja el sircoanálisi ése que decís vos?…

— En lo sustancial no es sino el estudio de las palabras o de los actos que dicen o realizan las personas en forma inconsciente, para relacionarlas con un hecho determinado.

— ¡…Cha que sos difísil. m’hijo! ¿Y qué pa e’inconsciente?…

— Lo que se hace sin pensar, en forma habitual y automática…, casi por costumbre, como usted, por ejemplo, cuando está preocupado, se tira de la barba…

— ¡Ajá!…

— Con esos actos el individuo, sin querer, se traiciona y suelta cosas ocultas.

Don Frutos pensó un rato y dijo:

— ¿Sabés que tenés razón, m’hijo? Mirá, no te preocupés má y dejame a mí que yo le voy a aplicar el sircoanálisi. A mí también me gusta el progreso.

Arzásola suspiró resignado y mansamente aceptó.

— Como usted quiera, don Frutos.

La siesta fue calurosa en extremo y los dos detenidos se desesperaban pidiendo agua al inmutable cabo o a los inconmovibles agentes.

Cuando después de su larga siesta apareció don Frutos en el local, ya lo estaba esperando Leiva.

— Mirá —dijo el viejo al cabo—. Andá a traerme unas naranjas, un plato y un cuchillo.

Cuando tuvo las cosas pedidas en su poder, el comisario acomodó sobre la mesa una naranja en un plato y a su lado colocó el cuchillo.

— Hacé pasar al más flaco —ordenó después.

El detenido vino y se quedó esperando, pensando en la clase de suplicio a que sería sometido.

— Sentate allí —invitó don Frutos— y tomate esa naranja. Dispués vamos a hablar.

Brillaron los ojos del sediento al oírlo y después de sentarse empezó a pelar la dorada esfera con todo cuidado, luego la succionó golosamente hasta la última gota, colocando las semillas en el plato.

— Ponete en el rincón y esperá —le dijo don Frutos enseguida.

Mandó al cabo que limpiase el plato y colocara sobre él una naranja y el cuchillo como antes.

Cuando el otro sospechoso oyó la invitación, se arrojó sobre la fruta, le arrancó un pedazo de cáscara de un mordisco y empezó a chuparla a los estrujones.

— Éste es… —sentenció don Frutos—. Metelo otra vez en el calabozo.

Después, dirigiéndose al del rincón, se disculpó:

— Perdoná, m’hijo, l’encerrona, pero tenía qu’encontrar al culpable y vos no tenías a naides que te hubiera visto junto al río, como dijiste. Andate nomás.

Arzásola, que no salía de su asombro, interrogó atónito:

— Pero, don Frutos, ¿cómo puede resolverlo con tanta seguridad? ¿Y si se equivoca?…

— ¡Qué me voy a enquivocar, m’hijo! El sircoanálisi no engaña…

— No entiendo, comisario.

— Sos lerdo, muchacho. ¿No les viste tomar naranjas a esos dos?

— Sí…

— Y güeno, el primero, a pesar de haber pasado desde ayer a la tarde sin probar agua, no se impacientó, peló la fruta con calma y puso las semillas en el plato; el otro, en cambio, anduvo a los empujones, se atropelló todo y tiró las cáscaras y semillas donde cayeran.

— ¿Y eso qué tiene que ver con don Casiano?…

— Que el que lo golpeó fue un atropellado que de puro nervioso le erró el garrotazo a la cabeza y le pegó solamente de refilón; dispués, de apurao, apenas si lo revisó por arribita y se jué… Perdé cuidado que si el culpable hubiera sido el primero no le fallaba ni un negro’e uña y luego le hubiera sacao hasta las medias pa ver si no tenía escondido algo. Estos tipos sin yel, tranquilos como agua’e tanque, son una cosa seria cuando les da por hacerse los malandras.

La torpeza hija del miedo

Detectores de Mentiras 06Nuestras actitudes muchas veces nos delatan. No me refiero ahora al lenguaje corporal sino a esas acciones conscientes y voluntarias por las que pretendemos mitigar las consecuencias de nuestros actos, y que por ingenuidad, premura o estupidez, revelan nuestra culpabilidad. Hace poco tiempo, mi hermano Alejandro rescató un magistral ejemplo que Domingo Faustino Sarmiento incluyó en “Facundo”, aquella obra cuyo personaje excluyente es el “Tigre de los Llanos”:

“Es inagotable el repertorio de anécdotas de que está llena la memoria de los pueblos con respecto a Quiroga; sus dichos, sus expedientes, tienen un sello de originalidad que le daban ciertos visos orientales, cierta tintura de sabiduría salomónica en el concepto de la plebe… Entre los individuos que formaban una compañía (de soldados), habíase robado un objeto, y todas las diligencias practicadas para descubrir el ladrón habían sido infructuosas. Quiroga forma la tropa, hace cortar tantas varitas de igual tamaño cuantos soldados había; hace enseguida que se distribuyan a cada uno; y luego, con voz segura, dice: ‘Aquél cuya varita amanezca mañana más grande que las demás, ése es el ladrón’. Al día siguiente fórmase de nuevo la tropa, y Quiroga procede a la verificación y comparación de las varitas. Un soldado hay, empero, cuya vara aparece más corta que las otras. ‘¡Miserable!’, le grita Facundo con voz aterrante, ‘¡tú eres!…’ y en efecto él era; su turbación lo dejaba conocer demasiado. El expediente es sencillo; el crédulo gaucho, temiendo que efectivamente creciese su varita, le había cortado un pedazo”[3].

Detectores de Mentiras 04Un viejo proverbio que dice ““Huye el impío sin que nadie lo persiga; mas el justo está confiado como un león”[4].

Estas son historias que iluminan nuestro camino. El ingenio, maravillosa facultad del pensamiento, es una herramienta con frecuencia más poderosa que cualquier testimonio o hallazgo forense, si aprendemos a utilizarlo sin dejarnos llevar por las primeras impresiones.

© Pablo R. Bedrossian, 2014. Todos los derechos reservados.


NOTA: ACERCA DE LOS TEXTOS

Tres relatos fueron copiados textualmente: el de Salomón, el Ayala Gauna y el de Sarmiento, conservando errores ortográficos o gramaticales, modismos populares y expresiones locales. La única cita que no encontré es el de “suero de la verdad”. Creo que es un hecho verdadero y debe estar documentado por algún investigador o viajero.


REFERENCIAS

1] 1º Libro de los Reyes 3:16-28, Santa Biblia, RVA (revisión 1960), Sociedades Bíblicas Unidas

[2] No tengo una edición impresa; tomé el texto del sitio web http://alejandriabibliotecadigital.blogspot.com/2009/08/el-psicoanalisis.html

[3] Sarmiento, Domingo F., “Facundo”, 1845, editado por ElAleph.com, ©1999, descargado de http://www.educ.ar

[4] Proverbios 28:1, Santa Biblia, RVA (revisión 1960), Sociedades Bíblicas Unidas

 


CRÉDITOS MULTIMEDIA

Ninguna me pertenece y no he logrado ubicar a sus autores.

 

EXPRESIÓN Y FORMA – de CÓMO COMPONER CANCIONES (Parte 6)

“Cuando llega el momento, escribir como al dictado me es natural; por eso de cuando en cuando me impongo reglas estrictas a manera de variante de algo que terminaría por ser monótono. En este relato la ‘grilla’ consistió en ajustar una narración todavía inexistente al molde de la ‘Ofrenda Musical´ de Juan Sebastián Bach.”[1] Julio Cortázar, en “Nota sobre el tema de un rey y la venganza de un príncipe”, sobre su cuento “Clone”.

“El arte se define por la forma, no por el mensaje”.

Toda expresión tiene forma.  La forma según la primera acepción del diccionario es la “configuración externa de algo”. Si bien en nuestro interior las formas existen, en general son cambiantes o de límites imprecisos. Pensemos en la imaginación, o en los sueños, donde las cosas misteriosamente se transforman, como en “El perro andaluz”, el film de Luis Buñuel y Salvador Dalí. Otra de las definiciones dice “estilo o modo de expresar las ideas, a diferencia de lo que constituye el contenido de la obra literaria”.

Julio Cortázar retratado por Sara Facio

Toda obra de arte, y, por lo tanto toda canción, necesita una forma. La forma es lo que hace que sea percibida por los sentidos. Aún la improvisación poética con frases inconexas o la música con diferentes compases y sin definir cuál es la tónica, adquiere una forma.

Los patrones que se sigan, que son como moldes creativos, generalmente definen el género de una obra y permiten llegar a diferentes públicos. Por ejemplo, no es lo mismo una sinfonía, que es una obra para orquesta de tres o cuatro movimientos, cada uno de ellos con un tempo y estructura diferente, que una ópera, obra teatral en la que los personajes cantan en lugar de hablar, y que suele comenzar con una obertura y luego continuar con distintos “números” con solos, dúos, coros. Lo mismo en la poesía, no es lo mismo un soneto que una cuarteta.

Es la forma y no el mensaje el que define el arte en todo sentido. Las artes (en plural, refiriéndonos a las ramas del arte) se reconocen por su forma. Por ejemplo, la pintura, la música, el cine, la escultura. Pero avancemos más. Por ejemplo, la música, el teatro, el cine, la literatura, el cómic son artes secuenciales. Las artes secuenciales (también llamado temporales) utilizan, por ejemplo, un tren de imágenes donde la primera está unida a la siguiente, ésta a la próxima y así sucesivamente hasta la última. Lo mismo ocurre con los sonidos. “De todas y cada una de la combinaciones sonoras fluye un mensaje que se desarrolla en el tiempo, que no ocupa espacio, salvo en nuestras mentes”[2], como resume Samy Mielgo. A través de los sentidos percibimos la sucesión de las unidades como un todo.

En cambio, las artes espaciales, como la pintura, escultura, arquitectura, fotografía, ofrecen materialmente y en un solo momento su forma completa. Desde luego esta es una definición arbitraria, pues “sucede también en el arte más ‘estático’ que es portador de un discurso que inevitablemente se nos abre a medida que establecemos contacto con la obra”[3].

© Pablo R. Bedrossian, 2012. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] “Queremos tanto a Glenda”, Editorial Nueva Imagen, 1980, 4ª Ed. p..122

[2] “La Música: sus 4 elementos constitutivos y un paralelo con 4 aspectos fundamentales de la vida cristiana”, Samy Mielgo, Nuevos Aires (periódico de la Iglesia Bautista del Centro), 2011

[3] http://arquetiposenelcine.blogspot.com/2008/12/artes-espaciales-o-temporales.html, Enric Puig Punyet

EL PROCESO CREATIVO: IMAGINACIÓN E INVENCIÓN – de CÓMO COMPONER CANCIONES (Parte 5)

“Crear es aportar al mundo algo desconocido, una novedad que demuestra que sin ella el mundo estaba incompleto.”

“Donde no hay nada se puede hacer algo.”

Existen dos conceptos que para mí son las turbinas que le dan vuelo a la creatividad: La imaginación y la invención. La imaginación es la creación interior, aquella que el artista define en su mente. La invención es el paso siguiente, la creación exterior, la materialización de lo imaginado. Cada una de ellas tiene su propia naturaleza y sus propios desafíos.

Pensemos en “Las ruinas circulares”, un famoso cuento de Jorge Luis Borges de su libro “Ficciones”. Habla de un sacerdote que llega con un magnífico reto:

“El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad”[1].

De algún modo el artista es ese sacerdote. La única diferencia es que no sueña a un semejante (un hombre) con la intención de traerlo al mundo, sino una obra accesible y entendible a otros hombres. El cuento acierta al indicar que el proceso comienza dentro del creador (en nuestro caso, el compositor), imaginando:

“El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular… nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas…Buscaba un alma que mereciera participar en el universo”[2].

Jorge Luis Borges, el genial creador de “Las ruinas circulares”

Pero, tal como sucede con los sueños, es imposible retener una idea, porque su existencia está limitada al impredecible movimiento de la mente y a lo que la memoria conserve de ella. Hay que intentar darle forma concreta, haciéndola realidad.

“Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón… mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable[3]”.

La traducción de un concepto (algo meramente abstracto) en un objeto u obra de arte concreta es un proceso difícil. Requiere habilidades intelectuales, conocimientos técnicos y destreza en la ejecución. Es la primera estación de un viaje reiterado de ida y vuelta hasta obtener el producto esperado.

“Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces[4]”.

Al crear, difícilmente el primer “prototipo” que fabricamos responda a nuestro propósito. Lo revisamos y analizamos, y al confrontar nuestra idea o intención con lo producido, las naturales diferencias nos obligan a repensar el modelo, así como en el cuento se nos dice que:

“Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente”[5].

Entonces, emprendemos el camino de regreso: de afuera hacia adentro, donde usamos nuevamente nuestra imaginación apoyada por nuestro pensamiento: diseñamos mentalmente los cambios procurando proveer las soluciones adecuadas para alcanzar nuestra meta.

Viene el paso siguiente: Nuevamente cruzamos el puente que une nuestro interior con la realidad. Actuamos sobre el modelo que hemos construido implementando físicamente las decisiones que tomamos al pensar la mejora: corregimos, cambiamos, ajustamos. Si el resultado no nos satisface, regresamos a nuestra mente para volver a replantearnos el proyecto, y una vez redefinido, volvemos a probarlo convirtiendo la idea en experiencia. Este viaje lo realizamos cuantas veces sea necesario hasta encontrar concordancia entre lo que deseamos (interno) y lo que obtuvimos (externo). Es un proceso de gestación que permite mejorar lo producido todas las veces que sea necesario.

Práctica complementaria:

Por favor, lea el breve ensayo que está debajo. Lo escribí en 1984 y es el primero de una serie de tres sobre sobre la creatividad en el arte. Resuma en cinco renglones su contenido.

Primero sueño e imagino. En el mundo de mis pensamientos concibo una imagen cuyas características trato de definir con precisión. Voy dándole forma interior. La pienso, la corrijo, la nombro.

Por ello debo encontrar la manera de traducir el concepto que fabriqué en mi mente a una expresión que los sentidos puedan percibir. Necesito, pues, encontrar un camino para traer esa imagen desde el mundo ideal al mundo real. Primero creé algo dentro mío, ahora re-crearlo afuera.

Allí realizo el segundo acto creativo: Dirigido por mi intuición y también por mi inteligencia busco las piezas necesarias, y una vez que las obtengo comienzo a disponerlas como en un juego de ingenio, procurando hacer visible lo invisible y tangible lo intocable. Lo hago y lo deshago, lo recompongo.

Luego doy el paso siguiente. Como frente a un desafío conmigo mismo, en base a lo que los sentidos perciben del objeto real, me atrevo a recrear dentro de mí el objeto ideal.  Tomo lo que trabajé externamente y le di forma y lo vuelvo a pensar. Renuevo esa primera imagen mental que concebí para que en el laboratorio de mi conciencia resuelva los problemas prácticos que las dimensiones espacio y tiempo me hayan planteado.

Este proceso -me refiero al viaje bidireccional entre ambos mundos- se repite una y otra vez hasta que veo mi obra concluida. Cuando alcanzo mi objetivo doy mi creación por terminada. Pero, por supuesto, no se trata de sentirse reconfortado por haber hecho realidad un sueño que ningún otro ser humano antes había soñado, sino de la belleza inherente a todo acto creativo, que no depende de ninguna actividad intelectual, sino del amor puesto en cada paso dado.

Imaginar es crear porque uno crea una imagen en la conciencia. Inventar es crear porque uno aporta algo nuevo en un mundo regido por las leyes de la energía y la materia.

© Pablo R. Bedrossian, 2012. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Tomado de “Obras Completas” (1923-1972); Jorge Luis Borges, Emecé Editores, 13ª impresión, p.451

[2] Op. cit., p.452

[3] Op. cit., p.452

[4] Op. cit., p.454

[5] Op. cit. p.454