LA BIENAL DE VENECIA 2019: EL ARTE COMO ESPEJO DE LA REALIDAD (por Pablo R. Bedrossian)

La Bienal de Venecia es la exposición internacional de arte más grande del mundo. Cada dos años se expone una selección de obras creadas por artistas de diversos continentes. Recorrerla toma mínimamente seis horas. Se distribuye en dos grandes áreas: el Arsenale, que fueron los enormes astilleros de la antigua república veneciana, y los Giardini, bellísimos jardines en el extremo oriental de la ciudad, ambos en el sestieri (barrio) de Castello. Allí, en pabellones por país, los visitantes pueden observar las piezas expuestas.

En 2019 la Bienal se desarrolló bajo el lema en inglés “May you live in interesting times”, que traducido significa “Que vivas en tiempos interesantes”, una forma de replantear o, como se dice ahora, resignificar la época que nos toca vivir.

Desde el punto de vista estético, la expo mostró una asombrosa pobreza. Leonardo y Miguel Ángel se revolcarían en sus tumbas si supieran que estas obras supuestamente constituyen la vanguardia creativa del siglo XXI. Pero no nos vayamos tan lejos, creo que Picasso o Dalí vomitarían si -reitero- usáramos como referencia la belleza.

Sin embargo, hace tiempo que el arte se desprendió de ese canon. En realidad, la Bienal de Venecia 2019 es un espejo del mundo en que vivimos, esos interesting times. En nuestra opinión, la exposición refleja el sufrimiento, la vanidad y la decepción que muchas personas sienten ante la existencia; un mundo donde necesidades básicas como el amor y la paz interior quieren resolverse mediante la tecnología y en el que las celebridades se proponen como los modelos a seguir. En ese sentido, la sofisticación termina siendo pura banalidad, tanto en las obras expuestas como en los seres humanos, quizás como resultado de una búsqueda infructuosa de diferenciarse y encontrar una identidad propia.

De todos modos, y aunque crisis es una palabra gastada, en las obras hay muy poca reflexión acerca de problemas que hoy están en la vidriera como el cambio climático o la igualdad de género. Las creaciones -mayormente esculturas- son más bien introspectivas y no de dimensión social.

Presentamos aquí algunas de las obras que más atrajeron nuestra atención, obviando compartir algunas que es preferible no recordar.

1. “Pathos and the twilight of the idle” de Michael Armitage (nacido en Kenya en 1984)

2. “Eskalation” de Alexandra Bircken (nacida en Alemania en 1967), una visión distópica de cómo podría ser el fin de la humanidad.

3. “Life after Bob: First Track” de Ian Cheng (nacido en Estados Unidos en 1984), un preámbulo de Bob (Bag of Beliefs), una curiosa obra de naturaleza tecnológica del mismo creador.

“One eye, too many”, de Rosemarie Trockel (nacida en Alemania en 1952)

5. “Corners of TaJama 1#” de Yu Ji, (nacida en la República Popular China en 1985)

6. “Container” de Ulrike Müller (nacida en Austria en 1971)

LA MEJOR OBRA ESTÁ EMPLAZADA EN EL ARSENALE Y, SIN EMBARGO, NO ES PARTE DE LA MUESTRA

Nuestra crítica a la Bienal 2019 como espejo ligth de la realidad no es extensiva a todo el arte actual. Hemos publicado notas sobre Ron Mueck, Stephan Balkenhol, Mauro Corda, Emily Young, Katharina Fristch, Antonio Azzato, entre otros, a quienes admiramos. Uno de estos talentosos artistas contemporáneos, Lorenzo Quinn, cuyas obras fueron rechazadas en la Bienal 2017, ha producido un verdadero impacto con “Construyendo Puentes”. Son seis enormes pares de manos que se cruzan, se unen y se encuentran sobre una piscina rectangular en el mismo sitio donde se desarrolló la Bienal.  “Construyendo Puentes” tiene un mensaje ético centrado, según el autor, en seis valores humanos universales: Amistad, Ayuda, Fe, Sabiduría, Esperanza y reuniendo a todos, Amor. Cuánta falta hace recuperarlos en una humanidad donde la confrontación parece haberse convertido en el estilo de vida.

Puede leer más sobre “Construyendo Puentes” en https://pablobedrossian.com/2019/10/31/construyendo-puentes-las-manos-de-lorenzo-quinn-por-pablo-r-bedrossian/

“EL HOMBRE QUE MIDE LAS NUBES”

Simultáneamente a las obras instaladas en el Arsenale y en los Giardini, hay muestras paralelas que embellecen diversos sitios de la ciudad. Una de ellas corresponde a una obra muy curiosa que durante los meses de la Bienal 2019 pudo observarse desde el Puente de la Academia, uno de los tres que cruzan el Gran Canal. Nos referimos a “El hombre que mide las nubes”, creada por el belga Jan Fabre. Es una pieza en bronce, sílice y pan de oro de 9 metros de altura, si incluimos su base.

Según su creador, la obra puede interpretarse como “metáfora para el artista que intenta capturar lo imposible en su trabajo”. En lo personal, creemos que esa intención vale para todos los seres humanos: trabajar por hacer realidad aquellos sueños que nos emocionan o desafían, pero parecen utópicos o irrealizables.

Puede leer más sobre “El hombre que mide las nubes” en https://pablobedrossian.com/2019/11/25/el-hombre-que-mide-las-nubes-de-jan-fabre-por-pablo-r-bedrossian/

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BONUS: FRAGMENTOS DE DOS DE LAS OBRAS EXPUESTAS EN VIDEO


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EMILY YOUNG Y SUS CABEZAS DE PIEDRA (por Pablo R. Bedrossian)

Serie “GRANDES ARTISTAS CONTEMPORÁNEOS”

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Cabeza sobre columna, St. Paul Cathedral, Londres

Tengo dificultad para entender ciertas expresiones del arte contemporáneo. He visitado decenas de museos, galerías y exposiciones, y pocas veces me he sentido atraído o conmovido. Por eso cuando vi por primera vez un par de enormes cabezas que poseían la delicada dignidad de las esculturas clásicas y, a la vez, la expresión contemplativa del hombre moderno, me detuve a fotografiarlas.

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Otra cabeza sobre columna, St. Paul Cathedral, Londres

No fue difícil reconocer al día siguiente la misma mano creadora. En otro sector de la ciudad encontré una cabeza magistralmente tallada, mezcla de ángel y humano. No había en ella ninguna sonrisa o mueca de dolor, miedo o enojo. Más bien parecía meditar con la serena resignación de quien reconoce sus límites.

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Cabeza en los jardines de St Pancras Parish Church, Londres

Así llegué a descubrir a Emily Young, considerada la escultora en piedra contemporánea más importante del Reino Unido. Nacida en Londres, Inglaterra, en 1951, proviene de una familia notable; incluso su abuela, la ceramista Kathleen Scott, trabajó con el genial Auguste Rodin.

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Obra titulada “Blue Purbeck Angel Head”

Esta original artista plástica combinó su formación académica con tempranos viajes a lugares exóticos de Asia y África y visitas a países donde el arte ocupa un lugar privilegiado, como Francia, Italia y Estados Unidos, donde residió. Pero no se trata aquí de hablar de Emily Young sino de su arte.

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Obra titulada “Veltha”

PIEDRAS QUE HABLAN

En nada se parece la piedra a la cerámica. Mientras el alfarero tiene en sus manos un barro que modela a su antojo, el escultor debe imaginar la figura y rescatarla de la piedra. Precisamente, la artista inglesa, trabajando sobre diversos materiales, -variedades de mármol, lapislázuli, alabastro-, cincela rostros dejando el resto de los bloques en su estado natural.

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Obra titulada “Wind Head”

Como si las estuviera viendo en la brutalidad de la piedra, logra con unos pocos golpes que las cabezas emerjan. Su estilo tiene algo de la escultura egipcia: Rostros alargados, sin pliegues ni arrugas, con pocas curvas. Generalmente los arcos superciliares se continúan en narices alargadas, rectas y chatas. En los huecos que se forman debajo de ellos, aparecen los ojos simétricos, cerrados o abiertos sin pupilas. Finalmente, la boca está definida por una línea recta horizontal que separa los labios, perpendicular a la nariz. El resultado transmite una majestuosa calma, como si toda emoción quedara sujeta a una profunda conciencia de sí mismo y de la realidad, reforzada por pómulos en ángulos rectos. Curiosamente, un par de sus obras, concebidas bajo esta misma línea, me recordaron a un moai.

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Obra titulada “Rouge the Vitrolles Head”

Emily Young trabaja en dos estudios, uno en las ruinas de un convento en Santa Croce, en la Toscana italiana, y otro en su Londres natal, ciudad donde se pueden admirar sus creaciones en sitios como la imponente Catedral de St Paul o los estrechos jardines de la St Pancras Parish Church. También tuvimos oportunidad de ver una exposición suya en el Southwood Garden -un pequeño parque interno- de la St James’s Church, el famoso templo anglicano en el corazón de Picadilly, diseñado por Christopher Wren.

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Obra titulada “Face of Stillness I”

PROPÓSITO Y PROYECTOS

En cuanto a los propósitos, su propio sitio web declara: “El objetivo principal de su escultura es resaltar la belleza natural y la energía de la piedra… Su enfoque permite al espectador descubrir una sólida base común a través del tiempo, la tierra y las culturas. Sus técnicas subrayan su profunda preocupación por nuestra problemática relación con el planeta, combinando habilidades tradicionales de tallado con el uso de la tecnología cuando es necesario, para producir un trabajo que es al mismo tiempo contemporáneo y antiguo, y lograr una presencia única, seria y poética”[1].

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Obra titulada “Amiata Warrior Head”

Entre otros proyectos, la artista plástica inglesa ha instalado enormes gigantescas cabezas en el océano para protestar contra la pesca de arrastre en Italia, y también ha diseñado grandes discos para ser expuestos al aire libre. Una de sus ideas más ambiciosas consiste en instalar doce cabezas de más de tres toneladas en diferentes lugares del planeta.

EMILY YOUNG, PINK FLOYD Y LA PENGUIN CAFE ORCHESTRA

Uno de los hechos más curiosos de la vida de Emily Young fue su vinculación con Pink Floyd, la banda de música progresiva que causó furor en los ’70. A sus 15 años conoció en Londres a uno de sus fundadores, Syd Barrett, quien se cree que le dedicó la canción “See Emily Play”. En aquel tiempo de la psicodelia, Barrett era un poeta que experimentaba con LSD para sus creaciones, y la adolescente fue para él una suerte de musa[2]. Poco después la joven artista fue pareja de Simon Jeffes, director de la Penguin Cafe Orchestra, con quien tuvo un hijo. Ella misma realizó algunas de las tapas de los discos de la mencionada agrupación musical.

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Detalle de “Face of Stillness I”

EPÍLOGO

Para terminar, dejemos que otros nos hablen: “Ella martilla, cincela y tritura piezas de roca, creando obras monumentales que celebran el material del que están talladas. Ella se deleita con las fallas, venas y divisiones en su material y saborea el juego del viento, el agua y la temperatura en sus superficies escarpadas” dice una periodista en un artículo sobre Emily Young. De inmediato transcribe palabras de la propia artista: “Hay una historia contada en cada pieza de piedra que es más magnífica que cualquier mito de la creación, así que cuando trabajo en la piedra impongo mi pequeño momento en ella, vuelvo a poner un poco de conciencia moderna en la naturaleza”[3].

© Pablo R. Bedrossian, 2017. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] http://www.emilyyoung.com/Pages/about.html

[2] http://www.independent.co.uk/arts-entertainment/art/features/emily-young-from-rock-muse-to-stone-sculptor-8822572.html

[3] http://www.houseandgarden.co.uk/interiors/real-homes/emily-young


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LAS ESCULTURAS DE STEPHAN BALKENHOL: HOMENAJE AL HOMBRE COMÚN (por Pablo R.Bedrossian)

Serie “GRANDES ARTISTAS CONTEMPORÁNEOS”

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Hombre con Pez (2001), Grant Park, Shedd Aquarium, Chicago, Illinois, Estados Unidos; foto de 2009 tomada por nuestra querida amiga, la actriz Margo Wickesser

El arte es representación.

Bajo esa perspectiva, se observa desde los albores de una suerte de obsesión por representar la figura humana. Las esculturas del antiguo mundo grecorromano representan a los hombres delgados y musculosos y a las mujeres delicadas y esbeltas. Esta particular forma de recrear la figura humana, que se conoce como ideal clásico, unifica dos conceptos que para el hombre moderno son independientes: perfección y belleza.

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Akenathon con su visible pancita, Museo Egipcio, El Cairo, Egipto, foto tomada en 2000

Con diversos matices, este mismo arquetipo de armonía y simetría dominó la escultura del Oriente Medio y del norte de África. Ignorarlo generaba rechazo. Por ejemplo, la representación del famoso faraón egipcio monoteísta Amenofis IV, luego llamado Akenathon, panzón, como era, produjo un escándalo.

El Renacimiento retomó el ideal del arte clásico. Basta ver el David de Miguel Ángel para comprobarlo.

Sin embargo, dejando de lado el arte abstracto (una invención del siglo XX), una de las principales innovaciones de los escultores en las últimas décadas ha sido representar al hombre tal cual es: sustituir la perfección del ideal clásico (el “deber ser”) por la naturalidad (el “ser”).

El uso de nuevas tecnologías y, desde luego, la genialidad de los artistas han impulsado esa recreación que nos sirve de espejo. Ya no se trata de admirar la perfección sino de contemplar nuestra propia humanidad en las rutinas de la vida. Un excelente ejemplo es Ron Mueck a través de sus obras hiperrealistas. Hoy nos ocupa otro ejemplo extraordinario, Stephan Balkenhol.

STEPHAN BALKENHOL

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“Hombre grande con hombre pequeño” (en alemán “Grosser Mann und kleiner Mann”), en el patio del Palais am Pariser Platz, Berlín, Alemania

Descubrí a Stephan Balkenhol de casualidad. En 2009, visitando el famoso acuario de Chicago, posé junto a una gigantesca figura de un hombre con un pez. El 2013, en Berlín, hice lo mismo, con un hombre enorme que cobijaba a un hombre pequeño entre sus piernas. En 2016, vi la foto de 2009 y recordé de inmediato la de 2013. Era obvio que provenían de un mismo autor. Me interesó saber quién era y conocer su obra.

En 2015, en otro artículo sobre escultura urbana y cuerpos colgantes, ya había mencionado a Balkenhol al presentar su “Hombre con los brazos abiertos” (en alemán “Mann mit ausgebreiteten Armen”) de Münich.

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“Hombre con los brazos abiertos” (1997), al frente de la galería pasaje Kaufinger Tor, Münich, Alemania; foto de 2013

Stephan Balkenhol es un artista alemán nacido en 1957. Formado en la Escuela de Bellas Artes de Hamburgo, se dedica a la escultura en madera. Podríamos decir que su especialidad es lo cotidiano, el hombre común que hace cosas corrientes, pero abordado desde una concepción minimalista, donde se simplifica al máximo, dejando que nada sobre y todo se concentre en lo esencial. En una entrevista publicada en España este magnífico artista afirma:

“Me gusta el enfoque minimalista. No deseo contar muchas historias sino lograr transmitir esa ‘historia oculta’, ésa que tienes que concebir o ingeniar en tu mente; es más interesante. La escultura figurativa en los últimos siglos se utilizó, sobre todo, para ilustrar ideas políticas o religiosas, ideas alejadas del arte en sí. En el siglo XX esta tradición se ha roto, lo que significa una oportunidad para partir de cero” [1]Las obras de Stephan Balkenhol son esculturas de hombres y mujeres corrientes, indefinidos, impersonales, pertenecientes al presente, espejos de todos y cada uno de nosotros”[2].

Se observa en sus obras un interés por la figura humana y su relación con el espacio, trabajadas sin barroquismos ni exageraciones. Curiosamente su mentor fue un artista especializado en escultura abstracta, el alemán Ulrich Rückriem. Tomándolo como referencia, continúa Balkenhol en la misma entrevista:

“Sin duda, Rückriem ejerció una gran influencia sobre mí; con toda seguridad yo habría realizado un trabajo completamente diferente de no haberlo conocido. Quizá, porque con él me vi forzado a preguntarme muchas cuestiones fundamentales: ¿qué significa el trabajar con la figuración?, ¿qué significa crear una figura de un hombre o una mujer?… Toda una serie de cuestiones que no habrían surgido si yo hubiera estudiado con un artista figurativo”.

Su forma de trabajo comienza con las fotografías, a partir de ellas crea sus esculturas, dándoles un volumen que revela su singular manera de percibir el mundo e interpretar la realidad, modo que nos hace también mirarnos a nosotros mismos.

Sus obras están dispersas en todo el mundo. Si viaja, esté atento; puede encontrar alguna de ellas en cualquier momento.


ACTUALIZACIÓN 2017:

Las obras de Balkenhol tienen identidad propia; se reconocen a simple vista. Este año, caminando en los alrededores del Tower Bridge, el famoso puente levadizo de Londres, divisé en lo alto una figura femenina con el indudable sello personal de su creador.

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Forma parte de una obra llamada Couple, (en español Pareja) y data de 2003. Al varón sólo lo descubrí después y por foto. Sin embargo, bastó en el encuentro con Woman, la dama de la pareja, para percibir ese tributo al ser humano corriente que Balkenhol rinde a través de sus creaciones.

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La mujer luce un vestido corto, como su cabello, con los hombros al descubierto. Los brazos descansan a los lados. Su mirada, como toda su expresión corporal,  muestra a la vez confianza y expectación.

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Quizás esté aguardando a su ser amado, ese que no vimos y del que nos enteramos después.

© Pablo R. Bedrossian, 2016, 2017. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Barro, David “Primera retrospectiva del escultor Stephan Balkenhol en España” en “El Cultural”, edición impresa del 10/01/2001, que puede leerse también en http://www.elcultural.com/revista/arte/Primera-retrospectiva-del-escultor-Stephan-Balkenhol-en-Espana/1776

[2] Jitsag, en https://munichparallevar.wordpress.com/2016/02/01/la-escultura-de-balkenhol/

[3] Stephen Friedman Gallery, http://www.stephenfriedman.com/artists/stephan-balkenhol/


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NUNCA ME GUSTÓ EL ROCOCÓ – UNA VISITA A LA ASAMKIRCHE EN MUNICH (por Pablo R. Bedrossian)

A veces, como dice una canción de Paul Simon, repentinamente uno tiene que poner en duda todo lo que creía cierto. Eso me ocurrió al ingresar a la impresionante capilla rococó dedicada San Juan Nepomuceno en Münich, creación de los hermanos Asam.

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El barroco, nacido en Italia durante la primera mitad del siglo XVII, fue un estilo artístico caracterizado por las formas recargadas y el amor a las curvas. Sus numerosos detalles se oponen a la sobriedad clásica, representada por los antiguos edificios griegos y romanos, que Andrea Palladio había recuperado durante el Renacimiento. Digamos que el barroco es un estilo teatral, más bien dramático, que se extendió rápidamente al resto de Europa.

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Como bien se ha dicho, el barroco generó una “arquitectura para los sentidos”. La complejidad decorativa de sus interiores manifiesta una intensa sensualidad, casi hedonista. Muchas veces las esculturas barrocas parecen estar en movimiento.

Pero así como el manierismo es la exageración de las figuras clásicas, el rococó es el barroco llevado a un extremo. La palabra rococó provendría de la palabra francesa “rocaille”, que es un tipo de ornamentación que reproduce motivos de caracolas y conchas marinas. Aunque se le dio ese nombre a finales del siglo XVIII, se desarrolló como estilo a partir de 1730. Fue un arte cortesano, aristocrático e incluso burgués, pero no popular, de tendencia más bien mundana, despojado de la impronta religiosa dominante.

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El rococó se caracteriza por la excesiva carga de elementos y, a la vez, la cuidada exuberancia de sus formas. Utiliza motivos que apelan a la naturaleza (plantas, flores, pájaros) pero de un modo empalagoso, poblando todos los espacios y produciendo, en mi opinión, una saturación de los sentidos que puede resultar opresiva. Por supuesto, los modelos de belleza son diferentes para cada época, y aún dentro de una misma época, diferentes para cada persona.

Para muchos el rococó es un giro hacia lo íntimo y personal, a través un obstinado refinamiento delicado y juguetón. Es cierto que las figuras del rococó trasmiten fragilidad y ligereza. Si se me permite un toque de humor, diría que se encuentran en las antípodas de Botero. Pero en lo personal, siempre me parecieron una vanidosa muestra de fastuosidad y ostentación, quizás porque entré en contacto con ellas en Francia, donde me era imposible contemplar su esplendor palaciego sin confrontarlo con la miseria del pueblo.

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Pero a veces, como dice una canción de Paul Simon, repentinamente uno tiene que poner en duda todo lo que creía cierto. Eso me ocurrió al ingresar a la impresionante capilla rococó dedicada San Juan Nepomuceno en Münich, creación de los hermanos Asam.

La Asamkirche

Aunque el apellido suene árabe, los hermanos Asam, Cosme y Egid, eran alemanes bávaros de pura cepa. Durante un tiempo vivieron en Roma donde fueron impactados por el estilo barroco que constituía la vanguardia arquitectónica de la época.  Al regreso construyeron obras de admirable belleza  como la Iglesia de la abadía de Weltenburg, pero sin duda su obra cumbre la constituye la iglesia dedicada a San Juan Nepomuceno, popularmente conocida como La Asamkirche (“Iglesia de los Asam”).

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Cerca de 1730 Egid Asam, escultor y estucador (hoy diríamos “maestro yesero”),  compró en Münich dos parcelas donde construyó su casa. Poco después adquirió un terreno adyacente donde en 1733 comenzó a construir una capilla privada, para lo cual contó con la ayuda de Cosme, su hermano mayor, que era arquitecto y pintor.

La fachada de esta iglesia es angosta y elevada. Sobre una marquesina barroca presenta un grupo escultórico con San Juan Nepomuceno en el centro. Y aunque su frente  complementa la original decoración estucada de la vivienda, es el interior de la  pequeña y estrecha capilla lo que produce un efecto alucinante.

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Al ingresar se siente una explosión de formas muy estilizadas, en aparente movimiento bajo un tenue manto de luz. Esta “cueva mágica”, como la llama Jonathan Glancy[1], parece no tener líneas rectas y es difícil encontrar una superficie sin ornamentar. Querubines y otras figuras fantásticas cubiertas con pan de oro saturan las paredes pero sin generar agobio sino belleza; producen calma en lugar de ansiedad. Varios frescos están rodeados de estuco rojo intenso y de madera dorada. La exquisita combinación de luces y sombras, lograda a través los elementos arquitectónicos, escultóricos y pictóricos, sugiere una aparente desproporción que, en lugar de perturbar, conmueve; y la trama ondulante de las místicas imágenes invitan a meditar sobre la precariedad de la existencia y a buscar allí la presencia misma de Dios.

Interior rococó de la "Amankirche", el nombre popular de la Iglesia de San Juan Nepomuceno

Por supuesto, cada trazo, cada detalle, tiene un significado espiritual. Nada ha sido puesto porque sí. Desde luego, es un interior recargado de imágenes en extremo. Entonces, ¿por qué en contra de toda mi experiencia la Asamkirche me ha atraído tan poderosamente? Obviamente, el arte sucede; es el espíritu que se desprende de un hecho: se siente, no se piensa. Pero más allá de las cuestiones inconscientes relativas a la percepción de la belleza, creo que también existen poderosas razones. Quizás la más importante sea el propósito subyacente: No se trata de hacer alarde de un poder absoluto ni mostrar la pomposa majestuosidad de una corona sino de comunicar al hombre con Dios a través del arte. En la Asamkirche la belleza es un don divino dedicado al Dador para su gloria.

Otra vista del interior rococó de la iglesia

Aunque algunos consideran esta admirable iglesia de una sola nave como una obra del barroco tardío, la mayoría entiende que es una obra rococó, que, como dijimos, es un barroco excesivo. En general los excesos dañan, pero en este caso, quizás en este único caso, bendicen y benefician.

Detalle de la fachada de la casa de Egid Asam, desde la cual se podía acceder a la capilla.

© Pablo R. Bedrossian, 2013. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Glancy, Jonathan, “Historia de la Arquitectura”, Editorial La isla, 1ª Ed. argentina, 2001


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ARTE, FORMA Y MEMORIA – de CÓMO COMPONER CANCIONES (Parte 7)

Los Beatles

La obra de arte es esencialmente forma. El efecto que la forma produce en nosotros es lo que nos permite reconocer una obra de arte.

Los reduccionistas dirán que todo es relativo a los sentidos. Que para un sordo la música y la poesía no existen, como tampoco para el ciego los colores, que todo está determinado por las percepciones. De algún modo, este pensamiento es similar al de la posmodernidad que postula que no hay una verdad, sino que lo cierto es lo que cada uno siente y, por lo tanto, la verdad es algo relativo a cada persona. Sin embargo, existe algo inmanente en la obra de arte que hace que los sentidos sean sólo el modo de percibirla. La creación de la belleza o del dolor, de la emoción o de la reflexión que nos produce una obra de arte, no está en el que recibe (el “receptor”) sino en el que da (el “emisor”). Por supuesto, tal como  las cuerdas de una guitarra con su caja, la “resonancia” dependerá de cada oyente u observador, pero esas percepciones son siempre son una respuesta a un acto creador. ¿Por qué la música de Bach o de los Beatles es del agrado de tantas personas? ¿Por qué películas como Cinema Paradiso o Casablanca a pesar de los años siguen atrayendo a tantos espectadores? Es la creación en sí misma, el arte, el que genera o induce un mismo efecto en diferentes personas.

La música se encuadra dentro de las artes secuenciales o temporales, porque lo que conmueve, lo que hace marcar el ritmo con los pies o con las manos, lo que calma o enerva, es una sucesión de sonidos. Aunque es posible ver el “árbol” (cada nota o cada palabra) uno percibe el “bosque” (el  flujo de notas). Una pieza musical es mucho más que tres o cuatro notas que nos sorprendan. Es como un recorrido del principio hasta el final donde la corriente continua de notas va pasando a través del oyente. A medida que suenan van quedando en el pasado y en la memoria, pero con la característica que le memoria es selectiva: prescinde de lo que no le importa  y retiene solamente aquello que por alguna razón le atrae. Pensemos en un concierto de rock. ¿Cuántas canciones se interpretan?  Quizás quince o veinte A la salida, ¿cuántas de ellas recordamos? Probablemente una o dos.  ¿Cuánto recordamos de cada una? Es probable que solamente retengamos un estribillo o una frase musical, que seguimos cantando o repitiendo en nuestra memoria. Lo mismo ocurre con la poesía, con la diferencia que a veces lo que perdura en nosotros no es sólo sus rimas sino su significado.

Durante el proceso creativo es necesario recordar que en las artes secuenciales la forma, la expresión “material” de nuestra creación, es de algún modo un relato que se va produciendo en el tiempo, del cual sólo una parte se conserva en la conciencia (el “relato”-la obra musical- va transcurriendo a medida que se expresa) y que el resto quedará en el olvido, pero tras cumplir su función: servir de marco o decorado para que lo esencial perdure en el público.

© Pablo R. Bedrossian, 2012. Todos los derechos reservados.