Serie PERLAS DE LA BIBLIA
Reconstruimos, paso a paso, lo ocurrido el Viernes Santo: la crucifixión, la muerte de Jesús y el profundo significado de sus siete últimas frases en la cruz. Un análisis bíblico, histórico y teológico pensado para quienes desean comprender lel episodio que partió en dos la Historia.
Pocos son los relatos que comparten los cuatro evangelios. El único milagro[1] en común es La alimentación de los 5,000. Sin embargo, todos ellos narran hacia el final y en forma detallada una sucesión de, al menos, veintitrés acontecimientos: la entrada a Jerusalén, la última cena, el anuncio de la negación de Pedro, la oración en Getsemaní, la traición de Judas y detención de Jesús, el intento de defensa por un discípulo a espada, la parodia de juicio por las autoridades religiosas judías, la negación de Pedro, la entrega y pedido a Pilato, el “juicio” romano, la elección entre Jesús y Barrabás, el pedido de la multitud para matar a Jesús, la condena final de Pilato, las acciones de los soldados tras la condena, el camino al Gólgota, la crucifixión, los soldados echando suertes sobre sus vestidos, la inscripción en la cruz (INRI), las últimas horas y la muerte en la cruz, el entierro y sepultura, la resurrección, las apariciones de Cristo resucitado y las palabras de despedida y/o la ascensión[2]. Esto no es producto de la casualidad ni una mera coincidencia: los cuatro evangelios son largos prólogos a un tema central excluyente: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo[3].

Sin embargo, y a pesar que los evangelios de Lucas y Mateo comparten amplias secciones del evangelio de Marcos en la porción precedente, al entrar en los últimos días de Jesús cada uno toma su propio camino y, tal como sucede en el evangelio de Juan, cuentan la historia desde su propia perspectiva: Mateo y Juan como testigos[4], Lucas como investigador[5] y Marcos como receptor de las memorias de Pedro[6].
Hoy nos queremos centrar en el momento más dramático, ese del que Jesús rogó al Padre “si es posible, pase de mí esta copa”[7]: su crucifixión y muerte, así como en las frases que, de acuerdo a cada evangelista, pronunció desde la cruz.
LA CRUCIFIXIÓN
Tenemos datos precisos sobre la muerte de Jesús. Los soldados romanos, luego de disfrazarlo con un manto de púrpura y una corona de espinas para burlarse, lo volvieron a vestir[8]. Así inició la marcha al monte de la Calavera o Gólgota[9]. Marcos cuenta que “obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz”[10]. Es probable que, a causa de los golpes recibidos, Jesús no estuviera en condiciones de llevarla. Además, llama la atención que se nos dé el nombre de quien fue forzado a cargarla. Se sabe que Cirene era una ciudad griega en el norte de África (en la actual Libia), donde había una importante comunidad judía desde el siglo IV a.C., por lo que probablemente haya sido un inmigrante. Más importante aún es la mención de sus hijos, solo esperable si fueran personas conocidas por las comunidades cristianas a las que estaba dirigido este evangelio[11], que está considerado el más antiguo[12].
Según Lucas “Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él”[13], a quienes Jesús les dirige unas dolorosas palabras proféticas durante el camino: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?”[14]. Lucas cuenta que Jesús no iba a ser el único condenado: “Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos”[15]. No sabemos si durante la marcha o al llegar le dieron a beber una poción, que Marcos describe como “vino mezclado con mirra”[16] y Mateo “vinagre mezclado con hiel”[17], pero ambos coinciden en que la rechazó.
Marcos dice que “era la hora tercera cuando le crucificaron”[18]. Los judíos comenzaban a contar las horas del día a partir de las seis de la mañana, por lo que sería a las nueve. Es imposible imaginar el dolor de los clavos atravesando las manos y los pies y de quedar colgado padeciendo un dolor extremo. Lucas y Juan coinciden en que Jesús está en el centro con los dos criminales a los lados[19].

Jesús pronuncia allí siete frases[20]. No todos los evangelios recogen las mismas palabras, pero cada una de ellas tiene aún una profunda resonancia para sus seguidores y para la humanidad toda. Las presentamos en orden cronológico.
LAS SIETE FRASES SOBRE LA CRUZ Y SU SIGNIFICADO
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34).
Esta frase nos habla de la infinita bondad de Dios. Jesús al interceder por sus asesinos ante su Padre, Dios mismo, es fiel a su propio llamado a amar a los enemigos[21]. Exculpa a sus verdugos por ignorancia[22], algo que recoge también el apóstol Pedro en uno de sus primeros discursos[23].
A continuación, luego de repartirse las paupérrimas pertenencias de Jesús -sus vestidos- colocaron sobre él la causa de su condena: reclamar supuestamente el título de “Jesús nazareno, Rey de los Judíos”. Juan aclara que estaba escrito en hebreo, griego y latín[24].
Los principales religiosos aprovecharon el momento para escarnecerlo. Lucas cuenta que uno de los criminales que estaba también crucificado lo injurió, pero el otro, también a punto de morir, lo reprendió diciendo “¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas este ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”[25]. Allí Jesús pronuncia la segunda frase:
“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23:43).
Esta es una de las promesas más extraordinarias de todas las Sagradas Escrituras: el perdón total y absoluto al pecador arrepentido. Tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento encontramos que “no hay justo ni aún uno”[26], pero la gracia divina todo lo cubre. Sin embargo, esto es posible por el precio pagado por el propio Jesús en la cruz. Dice el apóstol Pablo, hablando de Jesús “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia”[27] y “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”[28].Además, hay una promesa de vida eterna. Dice el apóstol Pablo “Teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor”[29] .

Seguimos el relato ahora a través de Juan, que menciona a algunas de las mujeres que permanecieron al lado de Jesús[30], a diferencia de la mayoría de sus discípulos que habían huido. Entre esas mujeres aparece su madre, que en este evangelio nunca es llamada por su nombre María. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba -habitualmente identificado como Juan, el hijo de Zebedeo y hermano de Jacobo, uno de los Boanerges[31]-, que estaba presente, les habló:
“Dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19:26-27)
Esta frase ha dado lugar a distintas interpretaciones. A nuestro entender, es una muestra del amor de Jesús por los suyos. En su agonía Jesús no mira su terrible condición sino que piensa en su madre, y le asegura el cuidado material y afectivo encargándola al discípulo amado. Hay quienes han visto también en esta frase la creación de una nueva familia de fe al pie de la cruz. Es probable que María, tal como los hermanos de Jesús, durante su actividad pública no creyera en él o tuviera una relación distante[32]. Pero encontramos una enorme transformación al ver a la familia integrada a la Iglesia Primitiva[33], incluyendo a Santiago (también llamado Jacobo), el hermano del Señor, convertido en columna de la iglesia[34].
Llegados a este punto, Mateo, Marcos y Lucas cuentan que a la hora sexta, nuestra hora doce del mediodía, el cielo se oscureció hasta la hora novena (nuestras tres de la tarde)[35]. Marcos y Lucas cuentan que cerca de la hora novena Jesús da un grito desesperado:
“Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado” (Mt 27:46)
Este es el momento más dramático de la crucifixión[36]. El Hijo que siempre habló del Padre como fuente de amor y cercanía experimenta ahora el silencio, el abandono y el peso total del sufrimiento humano. Los que lo escucharon pensaron que el crucificado llamaba al profeta Elías, oportunidad que no perdieron para mofarse[37]. ¿Esperaba Jesús que Dios lo salvara? Cuando fueron a detenerlo, Jesús reprendió a uno de sus discípulos que le cortó la oreja a un siervo del sumo sacerdote diciéndole “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?”[38]. Él sabía que su destino era morir, por lo que, aunque abrigara alguna mínima esperanza, sabía que el “pase de mí esta copa” no iba a cumplirse. Entonces -nos parece-, en ese momento se manifiesta toda la humanidad de Jesús, la abrumadora angustia ante el sufrimiento creciente y la muerte inminente. Jesús muere como el justo que siente el silencio de Dios. Allí está su sacrificio: siendo el santo Hijo del Altísimo muere como pecador. Los teólogos dicen que allí Jesús cargó el pecado de toda la humanidad y por eso experimentó el abandono que corresponde al pecador: es el cordero de Dios sacrificado, cuya sangre es para el perdón de los pecadores. Como dice el apóstol Pablo: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”[39].

De inmediato Juan comparte otras palabras de Jesús:
“Tengo sed” (Jn 19:28)
Jesús en sus últimos momentos expone toda su humanidad. Es el precio que debe pagar por hacer la voluntad de Dios. Indefenso y sin alternativa, pide un mínimo alivio[40]. Mateo y Marcos cuentan que uno de los que estaba allí empapó una esponja en vinagre y poniéndola en una caña se la dio a beber[41]. Juan da más detalles: “estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca”[42]. Se dice que es probable que fuera pasca, una bebida común entre los soldados romanos que mezclaba agua con vinagre de vino, a veces con hierbas y sal, que calmaba la sed.
Pero a partir de aquí el proceso se acelera. Mateo y Marcos dicen que Jesús dio un grito y expiró, pero Lucas y Juan hablan de lo que habría dicho en ese grito o, quizás, muy poco antes:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23:46)
Aun ante la sensación de abandono y sabiendo que estaba en el final, Jesús volvió a encomendarse al Padre, a ese Padre celestial del que habló numerosas veces[43], al que llamó “mi Padre”[44] e hizo extensivo a todos al llamarlo “vuestro Padre”[45]. Sabía que a pesar de no tener control alguno, debía confiar en Él, a pesar que sintió momentos antes que lo había abandonado. Se ha visto en esta frase la cita de un salmo[46], pero es también la oración de fe del justo sufriente, la devolución voluntaria y obediente de la vida al Padre.
“Consumado es” (Jn 19:30)
Esta frase resume la vida de Jesús y, en particular, su pasión, muerte y posterior resurrección: una misión cumplida. Resuenan palabras dichas por él poco antes: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”[47]. Pero, ¿cuál era esa misión? Quizás la respuesta se encuentre cuando hablando de sí mismo dijo: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”[48]. Pagó el precio más alto por nuestra salvación. Como dice en el evangelio de Juan “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”[49]. En esta frase final encontramos que la misión, las Escrituras y la obra salvadora de Cristo han llegado a su cumplimiento definitivo.

Mateo, Marcos y Lucas[50] tras la muerte de Jesús agregan un detalle no menor: que el velo del templo se rompió[51]. En el Templo de Jerusalén, un velo separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo, espacio que simbolizaba de manera suprema la presencia divina. Solo el sumo sacerdote podía atravesarlo una vez al año, en el Día del Perdón, para realizar el rito expiatorio por sus propios pecados y los del pueblo[52]. Entonces aquella ruptura tiene un tremendo valor simbólico: a través de la muerte de Cristo se abre un camino directo a Dios, sin mediadores ni intermediarios[53].
Tras la muerte de Jesús, el centurión que dirigía la brutal ceremonia declaró conmovido “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”[54], preanunciando que, ante el rechazo de su propio pueblo, serían personas de otras naciones quienes recibirían la salvación.
EPÍLOGO
Podríamos seguir con lo que ocurrió luego. Por supuesto, celebrar la eterna victoria que da la resurrección, pero preferimos cerrar aquí citando dos textos que le dan un significado aún más profundo a todo lo expuesto.
El primero es del prólogo del evangelio de Juan; dice de Jesús: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”[55].
El otro se encuentra en la Epístola a los Filipenses escrita por el apóstol Pablo: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”[56].
© Pablo R. Bedrossian, 2026. Todos los derechos reservados.
BONUS: TABLA CON LOS VEINTITRÉS HECHOS EN LOS QUE COINCIDEN TODOS LOS EVANGELIOS
| Tema | Mateo | Marcos | Lucas | Juan |
| Entrada en Jerusalén | Mt 21:1–11 | Mc 11:1–11 | Lc 19:28–40 | Jn 12:12–19 |
| Cena pascual / Última Cena | Mt 26:17–30 | Mc 14:12–26 | Lc 22:7–23 | Jn 13:1–30 |
| Anuncio de la negación de Pedro | Mt 26:31–35 | Mc 14:27–31 | Lc 22:31–34 | Jn 13:36–38 |
| Oración en Getsemaní | Mt 26:36–46 | Mc 14:32–42 | Lc 22:39–46 | Jn 17:1–26 + 18:1 |
| Traición de Judas y detención de Jesús | Mt 26:47–56 | Mc 14:43–50 | Lc 22:47–53 | Jn 18:2–12 |
| Intento de defensa por un discípulo (espada) | Mt 26:51–54 | Mc 14:47 | Lc 22:49–51 | Jn 18:10–11 |
| Juicio por autoridades religiosas | Mt 26:57–68 | Mc 14:53–65 | Lc 22:66–71 | Jn 18:12–24 |
| Negación de Pedro | Mt 26:69–75 | Mc 14:66–72 | Lc 22:54–62 | Jn 18:15–18; 18:25–27 |
| Entrega y pedido ante Pilato | Mt 27:1–2 | Mc 15:1 | Lc 23:1–2 | Jn 18:28–32 |
| Juicio romano ante Pilato | Mt 27:11–14 | Mc 15:2–5 | Lc 23:3–5 | Jn 18:33–38 |
| Elección entre Jesús y Barrabás | Mt 27:15–21 | Mc 15:6–11 | Lc 23:18–19 | Jn 18:39–40 |
| Pedido de la multitud para matar a Jesús | Mt 27:22–23 | Mc 15:13–14 | Lc 23:20–23 | Jn 19:6; 19:15 |
| Condena final de Pilato | Mt 27:24–26 | Mc 15:15 | Lc 23:24–25 | Jn 19:16 |
| Acciones de los soldados tras la condena | Mt 27:27–31 | Mc 15:16–20 | Lc 23:11; 23:36 | Jn 19:1–3 |
| El camino al Gólgota | Mt 27:32 | Mc 15:21 | Lc 23:26–32 | Jn 19:16–17 |
| Crucifixión | Mt 27:33–35a | Mc 15:22–25 | Lc 23:33 | Jn 19:18 |
| Los soldados echan suertes sobre sus vestidos | Mt 27:35b | Mc 15:24 | Lc 23:34 | Jn 19:23–24 |
| Inscripción en la cruz (INRI) | Mt 27:37 | Mc 15:26 | Lc 23:38 | Jn 19:19–22 |
| Muerte en la cruz / últimas horas | Mt 27:45–56 | Mc 15:33–41 | Lc 23:44–49 | Jn 19:28–30 |
| Entierro / sepultura | Mt 27:57–61 | Mc 15:42–47 | Lc 23:50–56 | Jn 19:38–42 |
| Resurrección | Mt 28:1–10 | Mc 16:1–8 (+ 16:9–20) | Lc 24:1–12 | Jn 20:1–18 |
| Apariciones después de la resurrección | Mt 28:9–10; 28:16–20 | Mc 16:9–18 | Lc 24:13–49 | Jn 20:11–29; 21:1–23 |
| Ascensión / despedida final | Mt 28:16–20 | Mc 16:19 | Lc 24:50–53 + Hch 1:9–12 | Jn 20–21 |
REFERENCIAS
[1] Nos referimos a milagros públicos antes de la muerte de Jesús; desde luego la resurrección también lo es.
[2] Esto sin incluir dos hechos que por su cronología en uno de los evangelios no pueden ser ubicados en esa secuencia: la purificación del templo (Mt 21:12–17, Mc 11:15–19, Lc 19:45–48, pero Juan la ubica al inicio del ministerio (Jn 2:13–22) y la unción en Betania / preparación para la sepultura (Mt 26:6–13, Mc 14:3–9, Jn 12:1–8), pues Lucas la ubica en otro lugar y con otro contexto (Lc 7:36–50)
[3] Vielhauer, Philipp, “Historia de la literatura cristiana primitiva”, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2003, 2ª Ed., p.302,303. El primero en identificar a los evangelios como ‘relatos de la pasión con una larga introducción’
[4] Tras la descripción de la muerte de Jesús encontramos en el evangelio de Juan la afirmación “Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis”. (Juan 19:35) y luego de su resurrección: “Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero.” (juan 21:24)
[5] Lucas, un autor gentil que no conoció a Jesús personalmente, describe su método en el prólogo a su evangelio: “Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido” (Lucas 1:4)
[6] En “Historia Eclesiástica” de Eusebio de Cesarea, escrita entre fines del siglo III y principios del IV, en su Libro 2 Capítulo 15 Secciones 1 y 2 dice “Los oyentes de Pedro, no satisfechos con oírle una sola vez, ni con la enseñanza no escrita del mensaje divino, rogaron a Marcos, cuyo Evangelio poseemos, para que les dejase un resumen escrito de la enseñanza que habían recibido verbalmente, por cuanto era seguidor de Pedro. Y no dejaron de insistir hasta que lo persuadieron y así originaron la redacción de lo que se llama el Evangelio según Marcos. Se dice que el apóstol se gozó con el entusiasmo de ellos y que aprobó la lectura del libro en las iglesias. Clemente cita la historia en Bosquejos, libro 6, y el obispo Papías de Hierápolis la corrobora”. Luego en el Libro 3, Capítulo 39 afirma citando a Papías: “Y el anciano decía lo siguiente: Marcos, que fue intérprete de Pedro, escribió con exactitud todo lo que recordaba, pero no en orden de lo que el Señor dijo e hizo. Porque él no oyó ni siguió personalmente al Señor, sino, como dije, después a Pedro. Éste llevaba a cabo sus enseñanzas de acuerdo con las necesidades, pero no como quien va ordenando las palabras del Señor, más de modo que Marcos no se equivocó en absoluto cuando escribía ciertas cosas como las tenía en su memoria. Porque todo su empeño lo puso en no olvidar nada de lo que escuchó y en no escribir nada falso”.
[7] Mt 26:39, Mc 14:36, Lc 22:42
[8] Mc 15:20; Mt 27:31
[9] Jn 19:16,17, Mt 27:33
[10] Mc 15:21
[11] Algunos han asociado este Rufo al homónimo mencionado por el apóstol Pablo en la Epístola a los Romanos 16:13
[12] Eusebio de Cesarea, citando a Papías, sostiene en la obra mencionada Libro III Capítulo 24 Sección 6 que el primer evangelio fue el de Mateo, escrito en lengua hebrea “Esto relata Papías referente a Marcos. Sobre Mateo dice así: «Mateo compuso su discurso en hebreo y cada cual lo fue traduciendo como pudo”. Sin embargo, La mayoría de los eruditos en literatura bíblica creen que la afirmación de Papías es errónea, pues sostienen que, según las evidencias, el primer evangelio fue el de Marcos. Hallan cuestiones lingüísticas para señalar que Mateo fue originalmente fue escrito en griego y no en hebreo y que, quizás, la cita aluda a otro evangelio, como, por ejemplo, el llamado “Evangelio de los Hebreos”.
[13] Lc 23:27
[14] Lc 23:28-31
[15] Lc. 23:32
[16] Mc 15:23
[17] Mt 27:34
[18] Mc 15:25
[19] Lc.23:33, Jn 19:18
[20] Incluso Haydn compuso una célebre obra musical titulada “Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz”
[21] Lc 6:35; ver también Mt 5:44
[22] Aquí hay un eco de Jn 16:2b,3
[23] Hch 3:14,15
[24] Jn 19:20
[25] Lc 23:40b-42
[26] Sal 14:13, Sal 53:1-3, Ec 7:20, Ro:10:3
[27] Ef 1:7
[28] Ro 5:8
[29] Fil 1:23
[30] Jn 19:25 dice “Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena”. El texto no permite saber si son tres o cuatro mujeres, pues no queda claro si “la hermana de su madre” se refiere a “María mujer de Cleofas” o a otra persona.
[31] Mc 3:17
[32] Por ejemplo, ver Mc 3:21 y leer a continuación Mc 3:31-35, Jn 7:5
[33] Hch 1:14
[34] Ga 1:19, 2:9
[35] Mt 27:45, Mc 15:33, Lc 23:44
[36] Estas mismas palabras aparecen en el Salmo 22, que comienza con una oración no respondida pero continúa con el reconocimiento de la soberanía de Dios.
[37] Mc 15:34-36, Mt.27:47-49.
[38] Mt 26:53
[39] Ro 5:8
[40] Jn 19:18 dice “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed”; esa escritura es el Salmo 69:21 que dice “Me pusieron además hiel por comida, Y en mi sed me dieron a beber vinagre”
[41] Mt 27:48, Mc 15:36
[42] Jn 19:29
[43] Basta ver sus menciones en el Sermón del Monte, por ejemplo, Mt 6:14, 6:26, 6:32
[44] Por ejemplo, Mt 7:21, 8:21, Lc 2:41, 10:22, Jn 2:16, 5:17
[45] Por ejemplo, Mt. 5:16, 5:45, Mc 11:25, Lc 11:13
[46] Sal 31:5
[47] Jn 17: 4,5
[48] Mt 20:28
[49] Jn 3:17
[50] En realidad, Lucas lo hace poco antes de la muerte de Jesús; Mateo y Marcos, luego de ella
[51] Mt 27:51, Mc 15:38, Lc 23:45
[52] Ver He 9:7 que refiere a Lv 16
[53] He 10:19-20
[54] Mt. 27:54, Mc 13:39, Lc. 23: 47
[55] Jn 1:11,12
[56] Fil 2:5-11

Muy buen comentario Pablo. Ciertamente, una de las perlas de la Biblia!
Excelente comentario Pablo. Jesús siendo 100% Dios y 100% hombre hasta su último respiro
muchas gracias Pablo!!