Serie PERLAS DE LA BIBLIA
¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad y dónde comienza la acción de Dios? Un meditación basada en las Sagradas Escrituras sobre la fe y la acción. Una reflexión sobre que nos invita a distinguir entre confiar en Dios y pedirle que haga lo que está a nuestro alcance.
Compartimos un hecho relatado en el capítulo 9 del evangelio de Marcos, que nos mueve a asumir nuestra parte: creer y actuar, dejando en manos de Dios aquello que supera nuestras fuerzas.
“Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Desde niño. Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para matarle; pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos. Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible”. (Marcos 9:21b-23)
Permítanos compartir el contexto en el que se da este diálogo. Jesús encuentra a sus discípulos discutiendo con los escribas, que eran quienes interpretaban la Ley judía, y una multitud alrededor de ellos. Cuando les pregunta la causa, el principal interesado se adelanta a responder: se trata del padre de un joven endemoniado, mudo y con ataques convulsivos. Le cuenta que había traído al muchacho para que lo sanaran, pero el esfuerzo de los discípulos había sido estéril. Jesús se indigna; atribuye el fracaso a la incredulidad. Pide que le traigan al joven, quien en ese mismo momento padece una de sus habituales crisis. Allí se produce el diálogo.
El texto suele utilizarse para alentar la fe: “al que cree todo le es posible”. Pero queremos presentar el relato desde otra perspectiva: una que nos mueva a pensar no solo en el poder de Dios, sino también en la parte que nos toca.

Por favor, relea el diálogo. El padre, desesperado por la salud de su hijo, le dice a Jesús: “si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos”. Pone toda la responsabilidad sobre Jesús. Sin embargo, Jesús se la devuelve y apela a lo que sí puede él hacer: “si puedes creer, al que cree todo le es posible”. Muchas veces pedimos la ayuda divina, ignorando que Dios espera que usemos las capacidades, los talentos y los dones que nos ha dado, sobre todo la fe que hemos recibido, pero no solo la fe. Vamos a sonar duros al decirlo; nuestra intención, sin embargo, es ser cordiales y, a la vez, reflexivos: es un acto de comodidad pretender que Dios haga lo que nosotros podemos hacer.
El padre, ante las palabras de Jesús, responde “Creo; ayuda mi incredulidad”, una frase que describe su situación interior. Entonces, tras hacer su parte -un esfuerzo de fe-, Jesús hace la suya: libera y sana a su hijo.
Alguna vez escuchamos un relato que ilustra esta idea. Un hombre necesita mover una roca de varias toneladas. Dios le dice que la empuje. Aunque él sabe que su esfuerzo será vano, obedece. Durante largo tiempo intenta desplazarla con sus brazos. Cierto día, el diablo se le aparece y le dice: “¿Para qué continúas haciendo fuerza inútilmente? ¿No te das cuenta que jamás vas a mover esa piedra?”. El hombre duda, pero no cesa en su empeño y sigue intentando. Finalmente, Dios lo visita. Él se ve impelido a preguntarle: “Señor, ¿por qué me haces empujar, si sabes que no puedo mover semejante peso?”. Dios le responde: “Mírate. Antes estabas débil y ahora tus músculos están fuertes; antes estabas desganado y ahora luchas con tenacidad. No has movido la piedra pero el esfuerzo te ha fortalecido. Entonces, ahora sí, yo moveré la piedra”.
Dios no espera que logremos lo imposible, sino que hagamos fielmente lo que está a nuestro alcance. Lo que excede nuestras capacidades, solo Él lo puede hacer; sin embargo, espera que no seamos pasivos, sino que utilicemos los recursos que Él nos dio.
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