“LAOCOONTE Y SUS HIJOS”: LA OBRA ESCULTÓRICA MÁS DRAMÁTICA DE LA ANTIGÜEDAD

“Nos gustaría saber el efecto que causó esta historia en el artista griego que concibió este impresionante grupo. ¿Quiso hacernos sentir el horror de la escena en que se hace sufrir a una víctima inocente por haber dicho la verdad? ¿O lo que principalmente deseó fue mostrar su capacidad al representar una lucha terrible y en cierto modo escandalosa entre hombres y bestias?” E. H. Gombrich en “La Historia del Arte”[1].

Probablemente el grupo escultórico conocido como Laocoonte y sus hijos sea la obra de arte de toda la antigüedad clásica con mayor dramatismo.

Contemplar esas figuras retorcidas por el dolor ante el ataque de dos serpientes produce una sensación de angustia e impotencia gracias a la mano magistral de su escultor. Aunque las figuras hablan por sí mismas, detrás hay una historia que vale la pena conocer.

LA HISTORIA DE LAOCOONTE Y SUS HIJOS

La Ilíada, el célebre poema homérico, describe la guerra entre griegos y troyanos tras el rapto de Helena, la esposa de Menelao, el rey de Esparta, por parte de Paris, un príncipe troyano que la sedujo ayudado por la diosa Afrodita. El marido despechado pidió la ayuda a su hermano Agamenón, rey de Micenas, que, con una enorme flota y un contingente de 120.000 soldados, se dirigió a Troya.

La guerra se desarrolló entre el año 1194 y el 1184 a. C. Obviamente la obra es una ficción, pero surgida de hechos históricos: Los descubrimientos de Troya realizados por el arqueólogo Heinrich Schliemann en el siglo XIX, y posteriores excavaciones modernas, confirmaron la violenta destrucción de Troya alrededor del año 1190 a. C.

El conflicto bélico tomó 10 años, con miles de muertos y la legendaria participación de héroes como Aquiles, los dos Áyax y Ulises por parte de los griegos y Héctor, Paris y Eneas de parte de los troyanos. Sin embargo, el relato no concluye con el final de la guerra. La famosa historia del Caballo de Troya, estratagema que le da la victoria a los griegos, no aparece en su texto, sino que es mencionada en La Odisea y relatada con mayor detalle en La Eneida, escrita por Virgilio.

Los griegos fingieron retirarse dejando frente a Troya un enorme caballo de madera; en su interior se ocultaban guerreros escogidos, entre los que se encontraban Ulises y Menelao. Los troyanos, sorprendidos, discutieron sobre cómo proceder. Laocoonte, sacerdote de Poseidón, advirtió: “¡Oh miserables ciudadanos! ¿Qué increíble locura es ésta? ¿Pensáis que se han alejado los enemigos y os parece que puede estar exento de fraude don alguno de los Dánaos[2]? ¿Así conocéis a Ulises? O en esa armazón de madera hay gente aquiva oculta, o se ha fabricado en daño de nuestros muros con objeto de explorar nuestras moradas y dominar desde su altura la ciudad, o algún otro engaño esconde. ¡Troyanos, no creáis en el caballo!” [3]. Entonces pronunció una frase que ha llegado hasta nuestros días: “Temo a los griegos incluso cuando ofrecen regalos”. Para probar su afirmación, arrojó una jabalina que, al chocar con la madera, produjo un sonido hueco.

En ese momento, llegaron unos pastores troyanos trayendo maniatado a un joven griego llamado Sinón, quien dijo huir de sus compatriotas porque lo iban a sacrificar a los dioses. El rey troyano Príamo se compadeció de él, le dijo que lo recibía como a uno de los suyos y le preguntó por el caballo de madera. Sinón, cuya captura era parte del ardid, dijo que era un regalo de los griegos para la diosa Palas Atenea, por lo que destruirlo atraería la ira divina.

Dejemos que Virgilio nos ilumine con su relato, que pone en boca del troyano Eneas: “Sobreviene en esto de pronto un nuevo y terrible accidente, que acaba de conturbar los desprevenidos ánimos. Laocoonte, designado por la suerte para sacerdote de Neptuno, estaba inmolando en aquel solemne día un corpulento toro en los altares, cuando he aquí que desde la isla de Ténedos se precipitan en el mar dos serpientes (¡de recordarlo me horrorizo!), y extendiendo por las serenas aguas sus inmensas roscas, se dirigen juntas a la playa. Sus erguidos pechos y sangrientas crestas sobresalen por cima de las ondas; el resto de su cuerpo se arrastra por el piélago, encrespando sus inmensos lomos. Hácese en el espumoso mar un grande estruendo; ya eran llegadas a tierra; inyectados de sangre y fuego los encendidos ojos, esgrimían en las silbadoras fauces las vibrantes lenguas. Consternados con aquel espectáculo, echamos a huir; ellas, sin titubear, se lanzan juntas hacia Laocoonte; primero rodean a los cuerpos de sus dos hijos mancebos y atarazan a dentelladas sus miserables miembros; luego arrebatan al padre, que, armado de un dardo, acudía en su auxilio, y le amarran con grandes ligaduras. Aunque ceñidas ya con dos vueltas sus escamosas espaldas a la mitad de su cuerpo, y con otras dos a su cuello, todavía sobresalen por encima sus cabezas y sus erguidas cervices. Él pugna por desatar con ambas manos aquellos nudos, chorreando sangre y negro veneno las vendas de su frente, y eleva a los astros al mismo tiempo horrendos clamores, semejantes al mugido del toro cuando, herido, huye del ara[4] y sacude del cuello la segur[5] asestada con golpe no certero”[6].

Los troyanos vieron en el ataque de las serpientes el merecido castigo de la diosa a Laocoonte por haber ultrajado la sacra imagen de madera, por lo que decidieron abrir una gran brecha en las murallas para ingresar el gigantesco caballo. Creyeron necesario llevarlo al templo e implorar el favor de la deidad ofendida. Ingenuamente vieron signos divinos donde no los había. No previeron que, una vez dentro de la ciudad, por la noche Sinón abriría furtivamente el vientre del animal, permitiendo que los griegos se descolgaran por una gruesa cuerda, mataran a los centinelas y se abrieran las puertas para que ingresara el ejército griego que derrotaría definitivamente a los troyanos.

La historia de Laocoonte se convirtió así en un símbolo de la sordera voluntaria (oír solo lo que queremos oír) y la tragedia a la que puede conducirnos nuestra propia ingenuidad. Tanto los poderosos como las masas suelen creer que todo vaticinio fatalista es culpa de los agoreros, y, en lugar de sopesar sus afirmaciones, suelen eliminarlos.

EL DESCUBRIMIENTO DE LA ESCULTURA

La estatua fue descubierta en 1506 en el Esquilino, una de las siete colinas de Roma, por un campesino que trabajaba en su viñedo. Uno de los primeros en examinarla fue Miguel Ángel, enviado junto al arquitecto Giuliano da Sangallo por el papa Julio II, quien adquirió la escultura. Desde entonces ha permanecido en la colección del Vaticano; actualmente se expone en el Museo Pío-Clementino, en el espacio conocido como el Cortile Ottagono (Patio Octogonal), que es el núcleo histórico de las grandes esculturas clásicas en manos del Papado.

La obra se conocía en la antigüedad. Plinio el Viejo la menciona en su Historia Natural: “Después de ellos hay muchos de menor fama, impidiendo el número de artífices la gloria de algunas excelentes obras, porque ni uno ocupa la fama, ni todos igualmente se pueden llamar famosos, como en el Laocoonte, que era en la casa del emperador Tito, obra que debe anteponerse a todas las de la pintura y el arte estatuario. De un solo bloque lo hicieron, por consejo común, los insignes artífices Agesandro, Polidoro y Atenodoro, todos rodios: representa a Laocoonte, a sus hijos y los admirables nudos de las serpientes”[7]. De Agesandro solo sabemos que estuvo activo durante el siglo I a. C. en la isla de Rodas, debido a unas inscripciones halladas en Lindos, una de sus ciudades, que indican que vivió allí entre los años 42 y 21 a. C.[8].

LA ESCULTURA EN SÍ MISMA

Para la escultura se utilizaron seis bloques de mármol griego de Paros[9]. Tiene una altura de 2,03 metros y fue creada muy probablemente entre el siglo II a. C. y el siglo I d. C. Como muchas otras obras de su tiempo, es probable que originalmente estuviera pintada. Hay quienes han postulado que la estatua hallada en Roma sería copia de un original griego anterior, quizás en bronce. Sin embargo, la mayoría de los autores defiende que fue realizada en Roma para mecenas romanos[10].

Las tres figuras aparecen desnudas. En el centro, Laocoonte lucha contra las serpientes semisentado sobre un altar. Su musculatura luce tensa y atlética pero de una manera teatral y exagerada. La cabeza aparece girada hacia atrás. Los rizos de los cabellos y la barba enmarcan y potencian la angustia y la agonía expresadas en las facciones del rostro, mientras una de las serpientes se apresta a morder su cadera izquierda. A ambos lados se hallan sus hijos adolescentes. El que aparece a nuestra izquierda parece vencido – ¿acaso muerto? -, mientras el de la derecha trata de soltarse de la víbora enroscada en su brazo derecho y su pierna izquierda.

OBRAS CON EL MISMO CONTEXTO

La obra se asemeja a producciones del llamado barroco helenístico, como la Victoria de Samotracia[11] o el Gran Altar de Pérgamo[12].

Fragmento del altar de Pérgamo, Berlín, Pergamonmuseum

En 1957 se encontró un conjunto de esculturas monumentales en mármol que representan escenas de la Guerra de Troya y de la vida de Odiseo[13] en una gruta en Sperlonga, Italia, dentro de una villa del emperador Tiberio. Están realizadas en el mismo estilo dramático e hiperrealista que el Laocoonte, y una firma hallada en una de las obras las atribuye a Agesandro, Polidoro y Atenodoro de Rodas, los mismos artistas mencionados por Plinio[14]. No se sabe si estas piezas fueron hechas específicamente para Tiberio, quien gobernó entre los años 14 y 37 d. C. y está mencionado en el Evangelio de Lucas[15], o si fueron realizadas con antelación y trasladadas al sitio[16]. Se cree que las estatuas de Sperlonga corresponden al mismo periodo que Laocoonte y sus hijos[17].

MIGUEL ÁNGEL Y EL BRAZO AUSENTE

Sabemos que, cuando Laocoonte y sus hijos fue descubierta en 1506 en Roma, faltaba el brazo derecho de Laocoonte, así como partes de los brazos de sus hijos y secciones de las serpientes. En los debates de restauración del siglo XVI, Miguel Ángel sostuvo que el brazo que faltaba debía estar doblado hacia atrás, como si el sacerdote troyano intentara arrancarse la serpiente de la espalda[18]. Sin embargo, en aquel momento se optó por una versión con el brazo extendido hacia adelante.

En 1905, el arqueólogo Ludwig Pollak encontró cerca del lugar original de la excavación un fragmento de brazo de mármol que encajaba perfectamente con la estatua. Este brazo estaba doblado hacia atrás, tal como había intuido Miguel Ángel. En 1957, los Museos Vaticanos retiraron la restauración anterior y colocaron el brazo original descubierto por Pollak, confirmando así que la posición original del brazo de Laocoonte era hacia atrás y no extendido hacia adelante como se había reconstruido en el Renacimiento[19].

COPIAS DE LA OBRA

La alta relevancia de esta obra en la historia del arte ha hecho que diversos museos exhiban copias. La más famosa se encuentra en los Uffizi de Florencia.

Se trata de una reproducción en mármol realizada en el siglo XVI por encargo de la familia Médici, poco después del hallazgo del original en Roma. Se atribuye al taller de Baccio Bandinelli, quien buscó rivalizar con el modelo vaticano adaptándolo al gusto florentino.

EPÍLOGO

Laocoonte y sus hijos nos advierte acerca de la sordera voluntaria: los peligros que entraña escuchar solo aquello que confirma nuestras certezas y no prever sus consecuencias. También de los riesgos de decir la verdad cuando va en contra de los deseos ajenos. Dos mil años después, seguimos deteniéndonos ante ella con el mismo estremecimiento.

© Pablo R. Bedrossian, 2026. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Gombrich, E. H., “La Historia del Arte”, Phaidon, 1950, 16ª Ed. (revisada, ampliada y rediseñada), 1995, p.111

[2] Los Dánaos es uno de los nombres que utilizaban los poetas antiguos para referirse a los griegos que asediaban Troya.

[3] Virgilio, “La Eneida”, Libro 2, Ediciones El Aleph, traducción por E. de Ochoa, 2000, p.26

[4] Ara es un altar, piedra consagrada o mesa donde se celebran ritos religiosos o sacrificios.

[5] Segur es hacha grande utilizada para cortar, talar o en decapitaciones, a veces asociada con la guadaña o la hoz. 

[6] Virgilio, obra citada, p.33,34

[7] Plinio El Viejo, “Historia Natural”, libro XXXVI, año 77 d. C.

[8] Sin firma, “Agesander”, Encyclopaedia Britannica, sin fecha, https://www.britannica.com/biography/Agesander#ref286691

[9] Si bien esto contradice la afirmación de Plinio el Viejo en cuanto a que la obra “fue hecha en un solo bloque”, la gran mayoría de los expertos coincide en que se trata de la misma escultura.

[10] Dr. Amanda Herring, «Athanadoros, Hagesandros, and Polydoros of Rhodes, Laocoön and his Sons”, in Smarthistory, August 25, 2021, accessed February 4, 2026, https://smarthistory.org/athanadoros-hagesandros-and-polydoros-of-rhodes-laocoon-and-his-sons/

[11] Sobre esta obra ver nuestro artículo “La Victoria de Samotracia”, 20/02/2020, https://pablobedrossian.com/2020/02/20/la-victoria-de-samotracia-por-pablo-r-bedrossian/

[12] Dr. Amanda Herring, Obra citada. Hemos podido admirar el Altar de Pérgamo en el Pergamonmuseum de Berlín, Alemania.

[13] Nombre griego original del personaje que los romanos llaman Ulises. El poema La Odisea recibe de él su título

[14] Dr. Amanda Herring, Obra citada.

[15] Lucas 3:1

[16] Hoy estas esculturas se exponen en el Museo Archeologico Nazionale e Area Archeologica di Sperlonga.

[17] Dr. Amanda Herring, Obra citada.

[18] No hemos encontrado una fuente fehaciente que documentara los hechos expuestos; hay algunas referencias pero desconocemos su autoridad académica. Por ejemplo, sin firma, “Michelangelo Entered a Competition to Put a Missing Arm Back on Laocoön and His Sons — and Lost”, Open Culture, 4/11/2021, https://www.openculture.com/2021/11/michelangelo-entered-a-competition-to-put-a-missing-arm-back-on-laocoon-and-his-sons-and-lost.html

[19] Sin firma, “Guide to the Vatican: Museums and City. Pontifical Monuments, Museums and Galleries”. Tipografia Vaticana, 1986, p.41, 42.


CRÉDITOS MULTIMEDIA

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