¿A QUÉ TREN TE VAS A SUBIR?

Nuestra existencia no nos pide permiso: avanza sin detenerse, segundo a segundo. Pero sí nos brinda la oportunidad de elegir la actitud con la que la enfrentamos. Lo invitamos a reflexionar y preguntarse con honestidad: ¿en qué tren está viajando hoy y qué decisión necesita tomar para cambiar de destino?

La vida es un viaje con un punto de partida y uno de llegada. Puede imaginarse como un tren que va recorriendo distintos lugares y deteniéndose en diferentes estaciones. En ese viaje decidimos quiénes queremos ser y si damos todo o no por nuestros sueños. Por eso es clave preguntarnos a qué tren -a qué actitud y tipo de vida- nos vamos a subir.

Alguien podrá objetar que, aunque todos compartimos el milagro de la vida, no todos partimos desde la misma línea de largada. Es cierto. Sin embargo, hemos visto a personas triunfar en el viaje de la vida a pesar de padecer las circunstancias más adversas y a otras fracasar aunque crecieron en un entorno altamente favorable. Como solemos decir, la vida es una partida de naipes: uno no elige las cartas que le tocan, pero sí cómo las juega. Más allá de las situaciones, es uno mismo el que decide quién quiere ser y si lucha o no por alcanzarlo.

¿QUIÉN QUIERES SER?

No hay edad que impida realizar nuestros sueños; sin embargo, es importante establecerlos con claridad: definir qué queremos lograr y, sobre todo, quiénes queremos llegar a ser, porque nuestros logros dependerán de lo que somos. No podemos esperar victorias si no peleamos, conocimiento si no aprendemos, avances si no nos preparamos.

Pero si la vida es un viaje, ¿a qué tren te vas a subir? Utilizamos esta analogía para representar las diferentes actitudes humanas ante la existencia, sabiendo que su aplicación es limitada en situaciones extremas, como pueden ser las guerras o enfermedades invalidantes, pero siempre posibles.

¿EN QUÉ TREN VIAJAS?

 El tren de la gente común: es el tren del cumplimiento y del conformismo.  Cuando llegamos a Honduras para trabajar en una compañía farmacéutica, analizamos cuánto ganaban los vendedores. El sistema tenía una parte fija y una variable ligada a resultados.

Había un vendedor, al que llamaremos García, que ganaba mucho menos que sus compañeros. Cuando preguntamos la causa, el gerente regional nos explicó: “Porque a García le alcanza”. El mundo está lleno de personas como García. ¿Qué las caracteriza? Son reactivos: se limitan a hacer lo que les piden. Para ellos el trabajo es simplemente un medio de vida y no se preocupan por superarse.

El tren de los vencidos: es el tren de los que no creen en sí mismos, aunque sostengan lo contrario. Como creen que no pueden, no lo intentan. Es común escucharlos decir “no soy pesimista: soy realista”.

Suelen tener una baja autoestima y se sirven de buenas excusas para justificarse. No dan resultados, sino explicaciones. Ignoran que no solo desperdician su vida y su tiempo, sino que no honran su talento.

El tren de los quejosos: es el tren de los que siempre encuentran problemas. Imaginan la vida como una autopista allanada, cuando es una carrera con obstáculos. No comprenden que el problema reside en su actitud y culpan a las circunstancias y a los demás por sus fracasos. Tampoco hacen honor a sus capacidades; se autosabotean.

Conocimos a un encargado de logística a quien llamaremos González, que vivía señalando a otros por sus problemas. Le preguntamos si, dado que su entorno no iba a cambiar, había algo que podía cambiar dentro de él. “Nada – fue su respuesta; mientras el sistema no cambie, no hay futuro”. No es difícil imaginar por qué un joven con mucha menor experiencia terminó siendo su jefe.

Los que miran desde el andén: son los observadores, los que no se comprometen. Prefieren ser testigos a protagonistas. No ven que, en realidad, están en un tren que los conduce a ninguna parte. Cuando se acerca el final y comprenden que han avanzado muy poco, se sorprenden y se hunden en una amarga frustración.

Cuando éramos niños, en nuestro barrio había una costumbre: alrededor de las cinco de la tarde, los vecinos se sentaban en las puertas de sus casas para ver pasar a los demás. Nos preguntamos qué habrá sido de esa gente tan querida para nosotros veinte años después, cómo se habrán sentido frente a la vida, después de haberla dejado pasar.

El tren de la victoria: es el tren de los que, sin importar su condición, se superan a sí mismos porque tienen metas y están dispuestos a dar todo por alcanzarlas. Son proactivos y creen en sí mismos.

No esperan que las cosas les lleguen: van en busca de ellas. Sus valores son la integridad, la disciplina, la adaptación al cambio, la ambición y el atrevimiento, entendido como la disposición a intentar cosas nuevas.

El descenso de los desertores: hay personas que dan lo mejor de sí, que luchan y se entregan para obtener lo que desean, pero ante la adversidad se paralizan o abandonan. Estaban subidos en el tren de la victoria, pero ante los fracasos, los desengaños y las traiciones deciden descender en la estación más cercana para subirse a otro tren.

Si no aceptamos los riesgos, si no estamos preparados para el dolor, si no enfrentamos las calamidades, echaremos por tierra todo el esfuerzo realizado. Para quienes anhelan la victoria, desertar no es una opción: si se cayeron, se ponen de pie y siguen adelante. No se bajan del tren y siguen luchando por sus sueños.

SIEMPRE ES POSIBLE CAMBIAR DE TREN

Es una decisión estrictamente personal. Hay gente que simplemente quiere pasarla bien y no ve motivos para superarse; otros, y a veces con razones entendibles, prefieren victimizarse a enfrentar los retos que plantea su situación. Hay quienes no admiten que deben cambiar y otros que aprovechan sus errores y fracasos para aprender y crecer. Sin embargo, vale la pena pensar cómo queremos vernos en unos años y preguntarnos cuánto contribuye lo que estamos haciendo para lograrlo. Cabe preguntarnos en qué tren estamos subidos: ¿en el de quien cree que no puede, se queja, u observa o en aquel del que toma conciencia de lo que se está perdiendo y quiere superarse? Nunca es tarde para cambiar de tren.

Nuestra vida es como un viaje. Presentamos los distintos “trenes” que solemos tomar y la posibilidad, siempre vigente, de cambiar de rumbo.

¿Cuántos años crees que te quedan de trabajo? Si te faltan 10 años, ¿por qué no haces un plan de carrera, un plan de retiro, un capital para emprender? Para eso hay que subirse al Tren de la Victoria: el de las metas, el del trabajo duro, el de los valores, que es el que más esfuerzo demanda pero el que ofrece mayores beneficios. Piensa, decide, actúa.

© Pablo R. Bedrossian, 2026. Todos los derechos reservados.

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