Conozca cómo se definió la colección de libros sagrados que conforman la Biblia y el proceso histórico detrás del canon del Antiguo y Nuevo Testamento.
Serie LECTURA RECOMENDADA
Título: “El canon de la Escritura”
Autor: F. F. Bruce (nombre completo Frederick Fyvie Bruce)
Año: 1998
Si a Ud. le interesa saber cómo se conformó la colección de libros que llamamos Biblia (palabra que en griego significa precisamente los libros), este comentario será de sumo interés. Sin embargo y por primera vez, al menos en lo que recordamos, hablaremos primero del autor para luego pasar a su obra.
F. F. Bruce (1910-1990) nació en Escocia. Desde muy pequeño se interesó por las lenguas clásicas y el estudio de la Biblia. Se forjó una sólida formación académica, que incluyó estudios en prestigiosas universidades como la de Aberdeen, la de Cambridge y la de Viena, donde estudió filología indoeuropea. Fue profesor universitario, conferencista y un prolífico escritor, que centró sus conocimientos en Historia e idiomas en las Sagradas Escrituras. Fue un erudito brillante, incluso respetado por aquellos que disentían con él.

No era pastor, pero sí un hombre de fe. Pertenecía las iglesias de los Hermanos (en Argentina conocida como Hermanos Libres), un grupo cristiano conservador que cimenta sus creencias en la Biblia. F. F. Bruce, de alguna manera, fue un rara avis, porque en tiempos donde la crítica bíblica se interesaba por cuestionar todos los textos del Nuevo Testamento, él, utilizando los mismos instrumentos, demostró su validez. Recordamos haber leído en nuestra primera juventud su obra “¿Son fidedignos los libros del Nuevo Testamento?” y también una pequeña obra suya que aún conservamos, “El mensaje del Nuevo Testamento”.
Acabamos de releer su libro “El canon de la Escritura”. La palabra canon tiene un origen griego que alude a una vara para medir; se utiliza para identificar la lista de libros que los cristianos consideran sagrados e inspirados por Dios. Como explica el autor, esta palabra recién se utilizó en la segunda mitad del siglo IV, aunque ya existía un consenso bastante amplio sobre qué libros merecían ser incluidos en el Nuevo Testamento. No fue una operación ni rápida ni milagrosa. Tampoco fue un proceso de selección como quién elige de un menú aquello que le apetece. Al contrario, tal como lo expone, se trató de un proceso de reflexión que no estuvo exento de debates.
La obra se divide en tres partes: una breve introducción titulada “La Santa Escritura”, una segunda parte dedicada al Antiguo Testamento y una tercera parte sobre el canon del Nuevo Testamento.
La segunda parte se basa en una tesis que es compartida por la inmensa mayoría de los expertos: La Biblia de los primeros cristianos fue el Antiguo Testamento (se estima que el primer evangelio fue escrito alrededor del año 65 d.C. y que la primera carta del apóstol Pablo alrededor del 49 d.C.). Tanto Jesús como los autores de los evangelios y las epístolas paulinas lo citan. Bruce nos recuerda que la Biblia hebrea cuenta con 24 libros divididos en tres grupos: La Ley, los Profetas y los Escritos, que son los mismos 39 libros que poseen en la actualidad las Biblias que utiliza el pueblo cristiano (cambia la forma de contarlos; por ejemplo, los doce “profetas menores” se cuentan como un único “Libro de los doce profetas”). Pero, va más allá y estudia el impacto que para los primeros cristianos tiene la traducción griega del texto hebreo conocida como la “Versión de los Setenta” o “Septuaginta” (llamada así por su número de traductores, según una leyenda) y cómo posteriormente algunas de sus porciones se incorporan en la redacción del Nuevo Testamento. Esa traducción incluía libros que no eran sagrados para los judíos, que los cristianos evangélicos consideran apócrifos mientras que la Iglesia Católica los llama deuterocanónicos. F. F. Bruce, al igual que otros autores, explica el rechazo de los religiosos judíos a la Septuaginta, no tanto por su valor literario, sino por haber sido el instrumento del cual los cristianos se sirvieron para asociar a Jesús con el Mesías. También explica que el texto masorético (palabra que deriva de una palabra hebrea que significa tradición), que es el texto hebreo que se utiliza hoy para las traducciones del Antiguo Testamento, fue una edición muy posterior (hay citas a este texto a partir del siglo VI d.C.).
La parte más rica del libro es, sin duda, la dedicada a la formación del canon del Nuevo Testamento. Va describiendo cómo los libros y las cartas fueron apareciendo, su uso en las iglesias y el valor que se les otorgaba. Tal como hay acuerdo general, la fuente principal para conocer este proceso es “Historia Eclesiástica” de Eusebio de Cesarea, escrito entre fines del siglo III d.C. y principios del IV d.C., que es el segundo libro de historia del cristianismo (el primero fue “Hechos de los Apóstoles”), cuya lectura recomendamos. Desde luego, F. F. Bruce recurre también a otras fuentes que ilustran su reconocimiento por las iglesias de los primeros cuatro siglos. Además analiza los códices[1] más antiguos que se han conservado con todos los libros del Nuevo Testamento: El Sinaítico, el Vaticano y el Alejandrino, incluyendo los libros o porciones que faltan o han sido agregado en ellos (por ejemplo, el Códice Sinaítico, que es el más antiguo de los tres, incluye la Epístola de Bernabé y una versión incompleta de El Pastor de Hermas. El Códice Vaticano no incluye el Apocalipsis; el Alejandrino incluye dos cartas de Clemente de Roma y un Salmo 151).
“El canon de la Escritura”muestra un intenso debate por conservar la herencia apostólica y la lucha contra sectas que las deformaban, como los marcionitas, que creían que el Dios del Nuevo Testamento era diferente de Jehová, el Dios del Antiguo Testamento, y solo aceptaban el evangelio de Lucas y las cartas de Pablo. También expone las diferencias en cuanto al canon entre las iglesias de Oriente y Occidente: mientras las orientales rechazaban la epístola a los Hebreos, las occidentales se oponían a la inclusión del Apocalipsis.
El autor, de una manera entretenida pero muy documentada, luego expone las opiniones de los Padres de la Iglesia y las decisiones de los concilios. De allí pasa a las traducciones al latín y a lenguas vernáculas, con sus agregados y omisiones, e incluso las discusiones que a lo largo de los siglos se mantienen hasta nuestros días.
Aquí se vuelve oportuno mencionar un tema que se aborda al final del libro: los criterios de inclusión. Autores respetados como Bart Ehrman[2] plantean que los criterios para incorporar libros en el canon fue su ortodoxia: todo lo que no se amoldara a ella, fue rechazado (como ejemplo, se menciona la exclusión del Evangelio de Tomás, un texto gnóstico del siglo II que contiene supuestas palabras de Jesús, algunas incluidas en los evangelios y otras no). Si bien F. F. Bruce deja claro que para los primeros cristianos fue central el tema de la inspiración divina, la principal fuente de acreditación fue autoridad apostólica de los textos, su antigüedad, luego la ortodoxia y su universalidad (algo que fuera solo local no era aceptado por todos).
La obra termina con dos anexos, con la transcripción de dos conferencias: una sobre una obra conocida como el “Evangelio secreto de Marcos” y otro sobre el sentido primario y plenario de las Escrituras.
© Pablo R. Bedrossian, 2025. Todos los derechos reservados.
REFERENCIAS
[1] Los primitivos libro manuscritos, hechos con hojas cuyos bordes se conocen a manera de cuadernos.
[2] Ver, por ejemplo, sus obras “Lost Christianities” y “Lost Scriptures”.
