¿SOLIDARIDAD O IMPUESTAZO? (por Pablo R. Bedrossian)

“Es fácil ser solidario con dinero ajeno” (palabras de un jubilado al Presidente de la Nación)

Al asumir el nuevo gobierno argentino se enfrentó a una grave situación social y económica. La Ley de Emergencia Económica no era una opción: era una necesidad. Un país endeudado con caída de su PBI no puede insistir en fórmulas que condujeron al fracaso. Había dos posiciones extremas: achicar el enorme gasto público o aumentar la insoportable carga impositiva. Como siempre, el peso recayó sobre aquellos que producen.

Sin embargo, mi intención no es opinar acerca de la política económica de un gobierno que recibe una pesada herencia (aunque no olvido las palabras de la expresidenta Cristina Kirchner cuando el 6 de octubre de 2016 dijo “si es tan pesada la herencia, que la devuelvan”), pues debe ser juzgada por sus resultados y no por la ideología política. Además, deseo que tenga el mayor de los éxitos para bien de todos. Mi propósito es, en cambio, examinar si la bandera de la solidaridad que el gobierno levanta es cierta y justa.

En un debate en una red social, un conocido que adhiere al actual gobierno escribió “encima les molesta la palabra solidaridad … algo que Jesus nos enseñó mucho”. Aunque Jesús no usó la palabra solidaridad, es cierto que el concepto está implícito en las palabras y el ejemplo de Jesús. Por ejemplo, en nuestra traducción del evangelio de Mateo en tres ocasiones se habla de la compasión de Jesús (Mateo 9:34, 14:14 y 15:32). Además, en el Sermón del Monte hay un llamado a la misericordia muy fuerte. De paso, Hitler decía que “la compasión es una debilidad cristiana”. Creo todo lo contrario: es una de sus fortalezas.

Pero, ¿tiene nuestro amigo razón? Para ello debemos preguntarnos si la solidaridad de la que habla el gobierno es la misma de la que habló Jesús. El Diccionario de la Real Academia Española define solidaridad como “adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. No habla de obligación ni de fuerza: adherir es una decisión voluntaria. Hace muchos años Samuel Libert, con su habitual lucidez, escribió “Jesús nunca dijo al que tiene dos capas quítale una”. La solidaridad forzada no es solidaridad; es violencia por cuanto obliga bajo pena de castigo al que no cumpla. Repito: es violencia incluso aunque esté dentro de la ley. Por favor, no se me malinterprete. Estoy de acuerdo con pagar impuestos cuando retornan en servicios para todos; incluso en situaciones críticas, entiendo que deban tomarse medidas extraordinarias en favor de “los que menos tienen” (pareciera que para los políticos usar el término pobres solo es oportuno durante la campaña electoral), pero veo mal utilizar falazmente una palabra noble para disfrazar la extracción forzada de bienes de unos -los que trabajan y producen- en favor de otros. Además, parte de esos bienes no irá a sus supuestos destinatarios sino a los bolsillos de políticos corruptos. Creo que el gobierno debería crear trabajo en lugar de los famosos planes.

Ya hemos demostrado que la bandera de la solidaridad es falsa. Nos queda preguntarnos si el impuestazo es justo. Comencé diciendo que era necesario, entendiendo que situaciones extraordinarias requieren medidas extraordinarias. La necesidad no implica justicia. ¿Tiene el Estado el derecho de imponernos cualquier tipo de impuestos? Alguien diría que si el Congreso representa al pueblo y aprueba una ley enviada por el Ejecutivo entonces sería justa. Yo diría que es legal, pero no necesariamente justa. Si bien la justicia es subjetiva, ¿hasta qué punto un gobierno tiene derecho de tomar de la propiedad privada de sus ciudadanos, de su trabajo y de su esfuerzo, para darlos a otros sin exigir nada a cambio? ¿Acaso no lo usa para clientelismo? ¿Su única forma de ayudar es castigar a los que trabajan y producen? ¿No sería mejor administrar reduciendo el gasto público? No me refiero a despedir gente (lo que en este momento agravaría el problema) sino a realizar compras más eficientes y desprenderse de activos que no producen. ¿No sería mejor poner incentivos a la exportación en lugar de castigarla? Aunque es tabú en la Argentina, ¿no sería mejor flexibilizar las condiciones de contratación para generar pleno empleo? Las actuales leyes claramente favorecen al que tiene empleo, pero castigan al que no lo tiene pues nadie quiere contratar a personas que pueden demandar por razones banales sin que haya una legítima causa. ¿Por qué en lugar de pagar subsidios de desempleo el Estado no da trabajo temporal a esas personas a cambio de ese dinero?

Nadie puede ignorar la precaria situación en la que viven personas. Hace poco me llamó un hermano que vive en el Partido de La Matanza, contándome la persecución que estaba padeciendo a causa de un préstamo que no pagó puntualmente a un usurero. La necesidad obliga a muchas familias a entrar a círculos de deudas de las cuales no pueden salir. Ante esa realidad, la iglesia tiene la oportunidad de dar testimonio de su fe. Muchas ya lo están haciendo: abren sus templos en la semana, sirven almuerzos y meriendas, proveen ropa, dan alojamiento temporal y cubren necesidades espirituales y emocionales de las personas que se acercan. No hay mayor contradicción que hablar de Jesús y cerrar los ojos a la necesidad. Aunque veamos la política en general como un negocio y a la mayoría de los políticos a delincuentes con licencia para robar, eso no nos da derecho a estar ausentes donde hay una necesidad real. No se trata de lo que quita por la fuerza un gobierno sino de lo que estamos dispuestos a dar solidariamente a los demás.

© Pablo R. Bedrossian, 2020. Todos los derechos reservados.

EL TRASPASO PRESIDENCIAL EN LA ARGENTINA (por Pablo R. Bedrossian)

Escribo antes del traspaso presidencial en la Argentina. Sería mucho más fácil hacerlo luego del 10 de diciembre, pero me parece mucho más honesto opinar ahora, cuando aún no se sabe lo que va a pasar.

No es Cristina Fernández de Kirchner quien le traspasará el poder a Mauricio Macri: es el pueblo argentino, cuya mayoría lo eligió por voto popular. Por eso resulta absurdo y triste el sainete criollo del cual somos testigos, reflejo de un país profundamente dividido.

A la Argentina no la dividen los logros del gobierno que termina, ni siquiera sus fracasos. Tampoco las promesas del nuevo gobierno, ni los riesgos que la oposición ha advertido. Lo divide la ambición de poder, y más aún, la potestad de mandar.

Perder el poder es tan dramático como pasar de repente a poseerlo. El que hoy lo recibe mañana lo debe entregar, por eso, si se ignora que la voluntad popular es un mandato representativo, terminan prevaleciendo los intereses personales que conducen a una infructuosa lucha de egos. A ninguno, ni al que llega ni a la que se va, le conviene una victoria pírrica. Por eso deseamos una transición que respete y proponga un pueblo unido, donde celebren los que se van y celebren los que llegan, aunque cada uno lo haga en su propio tiempo y lugar. Unos y otros, no unos u otros.

¿No sería mejor que el partido que perdió las elecciones y en particular su máxima autoridad, aceptaran las reglas del ganador mientras no signifiquen una ofensa o humillación? ¿Es necesario decir aquí mando yo y si no se hace lo que yo quiero -porque no queda más remedio-, pego un portazo y me voy? ¿Cuál es el mensaje? Hay quienes cuando ocupan una posición de poder exigen que absoluta obediencia, pero cuando la pierden dicen a mí nadie me manda. Ese patrón de pensamiento revela un problema de entendimiento: el poder no es para someter sino para servir. Desde luego, hay otra mirada: la actitud de Cristina Fernández de Kirchner puede ser el primer acto de campaña para ganar las elecciones del 2019.

El triunfo electoral no significa mandar al que se va. Si la presidente Cristina Fernández de Kirchner no quiere asistir al traspaso, es lamentable, pero está en su derecho. Repetimos, ella no traspasa el poder, sino el pueblo. Desde luego, si la ceremonia contara con los dos mandatarios, sería un mensaje de apoyo a la democracia y a la voluntad popular, pero forzarla sería también negar sus derechos. Ella elige por qué puerta quiere irse. El nuevo presidente no necesita de la presidente saliente para asumir el poder. Entonces, tampoco creo que sirva hacer un escándalo y satanizar una actitud porque no la compartimos. Simplemente Mauricio Macri debe jurar y gobernar para todos los argentinos que necesitan, más allá de sus posturas políticas, que le vaya bien.

© Pablo R. Bedrossian, 2015. Todos los derechos reservados.