GIUSEPPE ARCIMBOLDO: UN GENIO CON MARCA PROPIA (por Pablo R. Bedrossian)

Serie GRANDES MAESTROS DE LA PINTURA

La Gestalt (palabra que en alemán significa conjunto, configuración, totalidad o forma) es una escuela de psicología que interpreta las experiencias humanas como una totalidad y no como el resultado de cada uno de los sentidos. Postula que la conciencia integra nuestras percepciones de un momento determinado en una única estructura. Este enfoque holístico puede resumirse en la frase “el todo es más que la suma de las partes”. Unimos lo que nuestro oído, vista, tacto, gusto y olfato perciben, recreando dentro de nosotros esa realidad.

“Retrato con verduras” (1590) por Giuseppe Arcimboldo, Museo Cívico Ala Ponzone, Cremona

Pero esto vale también para cada uno de los sentidos. Pensemos sólo en el oído. Lo que sentimos al oír una sinfonía no es el producto de escuchar cada uno de los vientos y las cuerdas, sino la percepción de una totalidad construida con todos los instrumentos, que produce en nosotros un efecto muy superior a la suma de sus individualidades. Lo mismo puede decirse de una pintura, donde cada elemento -el cielo, el sol, el campo, las aves- crean la percepción que llamamos paisaje; es esa imagen unificada -no la de cada objeto- la que nos produce una emoción particular.

En los ejemplos mencionados, el todo se construye con elementos afines a él, que la mente automáticamente relaciona. El sonido de los instrumentos permite una música sinfónica; las representaciones de los elementos de la naturaleza componen un paisaje. Sin embargo, siglos antes que la Gestalt, Giuseppe Arcimboldo (1527-1593) entendió estos principios y los extendió más allá de sus límites, pues a diferencia de una orquesta o de una tradicional pintura campestre, obtuvo un resultado asombroso tomando elementos ajenos a lo que se proponía representar. Único y excepcionalmente creativo, Arcimboldo se hizo famoso por sus composiciones de rostros, constituidas con flores, frutas, plantas, animales u objetos. La integración de las partes daba un todo asombrosamente humano.

LA PRIMERA SORPRESA: EL RETRATO DE RODOLFO II EN LOS UFFIZI

La primera ocasión donde contemplé una obra de Arcimboldo fue el los Uffizi, el famoso museo de Florencia, uno de los más antiguos del mundo. No conocía nada de este gran pintor y la primera sensación que tuve es estar frente a una caricatura. Delante de mí estaba el “Retrato de Rodolfo II en traje de Vertumno”; con asombro noté que había sido creado con frutas y verduras.

“Retrato de Rodolfo II en traje de Vertumno” (1591)

CUATRO PINTURAS EN EL MUSEO DE HISTORIA DEL ARTE DE VIENA

Años después tuve la oportunidad de visitar el Kunsthistorisches Museum, el Museo de Historia del Arte de Viena, Austria. Admiré allí cuatro de sus obras, dos de las cuales pertenecen a la serie “Las cuatro estaciones”, donde cada rostro representa un periodo del año y, a la vez, una etapa de la vida del hombre.

“Verano” (1563)
Detalle de “Verano” (1563) donde se ve en el cuello la firma del autor y en el hombro derecho la fecha de la obra.
“Invierno” (1566)
“Fuego” (1566)
“Agua” (1566)

LAS CUATRO ESTACIONES EN UNA CABEZA

A fines de octubre de 2016 pude visitar la National Gallery de Washington D.C., Estados Unidos. Encontré allí otra de las originales creaciones de Arcimboldo. Su título en español sería “Las cuatro estaciones en una cabeza”[1]. Esta obra fue exhibida al público por primera vez en 2007.

“Las Cuatro Estaciones en Una Cabeza” (1590). Incluye la firma del autor en la rama a la derecha, justo donde se ha perdido la corteza.

Eligiendo una perspectiva tres cuartos, que se aparta de su habitual predilección por los perfiles, la cabeza parece un conjunto de tubérculos de los cuales se desprenden ramas, que han sido cortadas al ras. Las cuatro estaciones están representadas por cuatro frutas: manzanas, ciruelas, uvas y cerezas. La expresión de la cabeza es sombría y carece de cualquier signo de alegría. Quizás haya algo de autorretrato, pues, pintada en 1590, es una de las últimas obras del autor que se acercaba al final de su vida.

CUATRO POR CUATRO EN EL LOUVRE

En 2019 pude volver admirar en el Museo del Louvre otras cuatro obras suyas que había visto en mis visitas anteriores:  “El Invierno”, “El Verano”, “El Otoño” y “La Primavera”. Todas estas obras son más tardías que las originales, pues fueron pintadas en 1573. La mayor diferencia radica en el encuadramiento floral, ausente en las primeras.

“Verano” (1573)
“Otoño” (1573)
“Invierno” (1573)
“Primavera” (1573)

En todos los casos me ha asombrado el talento del artista para disponer magistralmente objetos sin vínculo alguno con la figura que ellos mismo crean. También me habla de la capacidad del cerebro de integrar elementos en una imagen totalmente ajenos a ellos.

ACERCA DE GIUSEPPE ARCIMBOLDO

Giuseppe Arcimboldo (1526 – 1593) fue un pintor milanés que perteneció a una generación posterior al Alto Renacimiento en la que habían brillado Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel y Rafael. La época que lo precedió había traído un regreso a las formas de la antigüedad, llamadas clásicas, que se asociaban con la perfección, y la imitación de la naturaleza.

Es considerado un pintor manierista. El manierismo corresponde a la última parte del Renacimiento o Bajo Renacimiento y se caracteriza por una exageración de las formas clásicas y sus movimientos, que por momentos llegan a ser extravagantes. Algunos consideran a “El juicio de Dios” de Miguel Ángel, ubicado en el frente interior de la Capilla Sixtina, como una de las primeras obras manieristas, y como ejemplo señalan los gestos del Cristo pantokrator[2] que domina la obra.

Autorretrato de Giuseppe Arcimboldo (anterior a 1593) en la Galería Nacional de Praga

Arcimboldo fue un genial creador que sirvió a varios emperadores europeos. No sólo pintó: diseñó vitrales y gobelinos; inventó juegos, torneos y celebraciones de primera categoría. Incluso se cuenta que “fue admirado por sus dotes científicas y técnicas. Propuso un método colorimétrico de transcripción musical, según el cual una melodía podría representarse por manchitas de color sobre un papel. Partía de las proporciones pitagóricas de tonos y mediotonos. Empleó los colores en la escala: el amarillo al blanco, el verde al amarillo, el azul al verde, pardonegro al azul etc.”[3].

En medio de sus labores dedicó tiempo al estudio de los grabados de Leonardo da Vinci, en particular a los que eran de tendencia caricaturesca, cuya impronta se haría notable en su producción posterior[4]. A ello hay que sumarle otro elemento innovador: el ilusionismo, ese extraordinario atributo que destacamos al principio por el cual logra representar un rostro con elementos completamente ajenos a él. No es exagerado afirmar que es cultor de un arte fantástico, no porque utilice ingredientes irreales y sobrenaturales, sino porque sus invenciones pictóricas producen un fenómeno que Dalí retomará en el siglo XX, la imaginación compartida: la del creador y la del observador.

© Pablo R. Bedrossian, 2014, 2019. Todos los derechos reservados, a excepción de los correspondientes a las fotografías que son de dominio público.


BONUS: ARCIMBOLDO Y DALÍ

Tal como Georg Cantor al crear la Teoría de los Conjuntos, Arcimboldo sabía que la clave para hacer que el todo sea más que la suma de las partes no radica tanto en los elementos de sus pinturas sino en las relaciones entre ellos. El efecto que logró ubicando cada elemento partiendo de su posición frente a otro le otorgó esa unidad única que siglos después lo distingue y genialmente lo diferencia.

Se dice que su obra inspiró “Cabeza paranoica”, el famoso cuadro de Salvador Dalí. Durante una exposición de obras del gran artista catalán en Buenos Aires, me ocurrió algo curioso. Cerca del final mucha gente se aglomeró delante de un cuadro. Me acerqué y observé la pintura: vi una serie de figuras sentadas y recostadas, que me parecían hombrecitos; detrás de ellos, algo así como una choza con forma de iglú, rodeada de árboles, todo bajo un cielo blanco y azul; resumiendo, una imagen que no tenía nada de especial. Entonces le pregunté al que estaba a mi lado:

–         ¿Por qué hay tanta gente? ¿Qué es lo que ven?

–          Gire la cabeza y observe de costado

“Cabeza Paranoica” por Salvador Dalí (1935)

Quedé impresionado.  Al virar noventa grados vi la cabeza paranoica. Un “efecto Arcimboldo”, donde elementos extraños a la representación son dispuestos por el artista de tal modo de mostrarla.

© Pablo R. Bedrossian, 2014, 2019. Todos los derechos reservados


REFERENCIAS

[1] En inglés un pequeño cartel indicaba “Four seasons in one head”

[2] Pantokrator: Señor de todo, un Cristo que viene a juzgar a los hombres

[3] http://www.slideshare.net/kasafia/presentacion-arcimboldo

[4] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/arcimboldo.htm

EL SILENCIO (por Pablo R. Bedrossian)

“La noticia informa, el comentario forma, la mentira deforma y el silencio derrumba” Ricardo Alejandro Bustos, comunicador

Instituido hace 16 años por la UNESCO, el 3 de mayo se celebra en el mundo el Día de la Libertad de Expresión. Aunque esa libertad nos pertenece a todos, los periodistas se han apropiado de la fecha y en todas las redacciones de mundo se ha guardado un minuto de silencio para recordar a los compañeros fallecidos por causa de sus denuncias u opiniones. Alguien escribió que es “un tiempo para recordar a los gobiernos de los países que respeten sus compromisos con la libertad de palabra, de información y de expresión, aboliendo cualquiera de las medidas que restringen estas libertades”.

Kant decía que una sociedad moderna es aquella en la que un individuo puede expresar sus opiniones sin tener temor a ser agredido. Bajo esa perspectiva, vivimos como trogloditas. En los últimos 12 meses en América ha habido 26 periodistas asesinados y siete desaparecidos. En Honduras, país en donde vivo, en las últimas semanas han sido asesinados seis periodistas y creo que uno solo de estos crímenes ha sido esclarecido.

EL PODER DE LAS PALABRAS

Un periodista puede morir a causa de sus afirmaciones. La pregunta es por qué sus palabras pueden pesar tanto, mucho más que un puñal o un arma de fuego. Quiero brevemente exponer tres razones.

La primera es porque generan información. Parece banal, pero la información, aun cuando sea errónea o falsa, perturba nuestra ignorancia y nos obliga a replantear lo que creemos. Una denuncia de corrupción, la hipótesis sobre el presunto autor de un asesinato o la noticia sobre la desaparición de una persona hace que los secretos dejen de serlo y se conviertan en asuntos públicos. La aparición de los medios masivos, con su efecto multiplicador, ha permitido que las noticias lleguen a todos y no queden ocultas.

La segunda es por que generan opinión. La opinión personal se forma a través de la experiencia personal y la información recibida. Por supuesto, ese material es procesado por nuestro pensamiento, que tiene su propia forma de percibir e interpretar la realidad. La noticia trae debate y discusión. Los seres humanos no somos corderitos, de modo que, lejos de actuar como un rebaño, opinamos a partir de lo que conocemos y razonamos, no sólo a partir de lo que los demás nos dicen.

Pero la tercera razón es la más importante: Las palabras son peligrosas cuando generan credibilidad. La gente decide qué medio es creíble. Cuando hay libertad de expresión y opinión, la gente elige qué leer, ver o escuchar; entonces la audiencia o la lectoría hace que el medio se vuelva poderoso. Para ser creíble un medio debe ser valiente y presentar la verdad de modo que pueda ser confirmada por sus receptores. Si no, estos mueven el dial, hacen uso del control remoto o eligen otra lectura. La conducta es la raíz de la credibilidad. La gente descree de aquel que cuando le conviene es incendiario, y cuando le conviene, bombero.

EL ARGUMENTO DE LOS TOTALITARIOS

Una crítica actual a los medios, que ha sido la misma que utilizaron las peores dictaduras, cuestiona a los medios por obedecer a los intereses de sus propietarios y editores.

No cabe duda que el periodismo es un negocio: Hay una oferta (la de diarios, noticieros, programas de investigación, etc.) porque hay una demanda insatisfecha. Sería un acto de suprema ingenuidad creer que es el idealismo el que mueve esta industria. Sin embargo, cuando hay democracia, dos hechos impiden la creación de una “realidad paralela”. La primera es la variedad de medios disponible para informarse. La llegada de Internet, la televisión por cable, los mensajitos por celulares y el aumento de las frecuencias radiales disponibles, hacen que una persona pueda consultar diversas fuentes. Hoy más que nunca es posible escuchar o leer todo tipo de opiniones. Por eso, desde luego, es un crimen permitir los oligopolios en materia de comunicación social.

Mucho peor aún es admitir o tolerar el monopolio. Curiosamente quienes atacan a dueños y directores de medios suelen ser gobernantes denunciados por aquellos, y su propósito es suprimirlos, para convertir al Estado (léase “su gobierno y sus intereses”) en el único informador y dueño de la verdad. El que no piensa como ellos “distorsiona la realidad”, “es un golpista” o es una “amenaza para el Estado”. Quién escribe esta nota ha visitado países donde el monopolio estatal de la opinión y la verdad es tan absoluto que cualquier disidencia con él conduce irremediablemente a la cárcel.

MÁS ESPACIOS DE OPINIÓN

Creo en la necesidad de legislar para permitir la existencia de más medios, no para eliminarlos ni acallarlos o controlarlos. Que la gente decida a quién, cuándo, cómo y dónde escuchar. No el gobierno, sino el ciudadano.

Los gobiernos que poseen los más grandes ejércitos temen a personas desarmadas, cuando saben que su palabra es respetada y tiene valor autoritativo para los que los leen u oyen. Ese respeto y esa autoridad no se la arrogaron quienes las pronunciaron o escribieron sino que el público se los confirió. Pero no pueden ser pocas las voces públicas o privadas que se oigan; deben ser “todas las voces todas”, como dice la canción. Tenemos que alentar la creación de espacios de información, opinión y discusión. No hay nada peor que el silencio, o, lo que es lo mismo, que sólo se oiga la voz oficialista, cualquiera sea su signo. Por ello, digamos “no” al silencio; hagamos que nuestra propia voz se escuche.

© Pablo R. Bedrossian, 2012. Todos los derechos reservados.