EL “DAVID” DE MIGUEL ÁNGEL Y SU APASIONANTE HISTORIA (por Pablo R. Bedrossian)

A pesar de haber pintado el techo de la Capilla Sixtina y “El Juicio Universal” en el frente, Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564) no se consideraba pintor sino escultor. Para él, su trabajo consistía en quitarle a los bloques lo que les sobraba: la figura estaba encerrada en la piedra y era labor del artista hacerla emerger[1]. Entre 1501 y 1504, emprendió una de sus obras más ambiciosas: el David. Detrás hay una muy interesante historia teñida de ribetes políticos.

EL CONTEXTO

En el siglo XV Italia era un conjunto de ciudades estado que colaboraban y competían entre sí. Los factores unificadores eran el idioma y la Iglesia, pues el papado poseía una alta influencia política. Desde principios de ese siglo los destinos de Florencia habían sido regidos por los Medicis, una familia de banqueros, mecenas de las ciencias y las artes.

Sin embargo, en 1494 el rey de Francia, Carlos VIII tomó Florencia y al proseguir su camino, la ciudad quedó sin gobierno[2] (los Medicis recién retornarían al poder desde el destierro en 1512). Mientras tanto, el control de la ciudad pasó a manos de la burguesía de la cual formaba parte la familia de Miguel Ángel[3].  

LA HISTORIA DEL DAVID

Miguel Ángel había terminado de tallar La Piedad en Roma en 1499, con solo 24 años. Su vertiginosa carrera, impulsada inicialmente por los Medicis, lo había de llevado desde Florencia hasta Roma. El regreso a su ciudad se debía a un gran desafío: crear una figura monumental, el David.

El encargo formaba parte de un proyecto iniciado en el siglo XIV y reactivado en la segunda mitad del siglo XV que consistía en la creación de esculturas de personajes del Antiguo Testamento para ser colocadas en los pilares de la catedral de Florencia. Tras el fracaso de una pieza en terracota, el escultor Agostino di Duccio entre 1464 y 1466 trabajó en un bloque de mármol blanco de nueve varas de altura -aproximadamente 5,25 metros- a fin de crear una imagen gigantesca para el pilar del ábside norte. Según los documentos, la pieza quedó mal tallada e incompleta. En 1476 otro maestro, Antonio Rossellino, intentó arreglar aquel coloso, pero su esfuerzo fue estéril.

Esta suerte de Hércules, como algunos lo llamaban, quedó unos 25 años en el alpende de la catedral, hasta que en julio de 1501 se inició la búsqueda de un nuevo artista para salvar la obra[4]. A tal fin se realizó un concurso en el cual Miguel Ángel se impuso a otro gran escultor florentino, Andrea Sansovino. Al mes siguiente, como ganador, firmó un acuerdo con el gremio de los canteros de la catedral de Florencia y con los representantes del gremio de los comerciantes de lana, que sufragaría los gastos, para realizar el trabajo en un lapso de dos años[5].  Nótese que el encargo en el contrato se denomina “el Gigante” y “el hombre de mármol”, y no el “David”.

Se sabe que el genial artista comenzó su labor en a mediados de septiembre de 1501, tras eliminar un nudo del pecho en el bloque mal labrado. Este dato hace suponer que la pieza recibida ya tenía algún grado de desarrollo en el torso.

Para enero de 1504 el David estaba terminado. El asombro que produjo fue tan grande que se designó una comisión de treinta notables integrada, entre otros, por Leonardo da Vinci y Sandro Botticelli, para darle la mejor ubicación. Se eligió la Piazza della Signoria, frente a la sede de gobierno, como simbólico guardián de la flamante administración republicana.

Durante el traslado desde la catedral a la plaza fue apedreado por jóvenes güelfos (simpatizantes de los Medicis y del papado). La colosal estatua estuvo allí hasta 1873 cuando se la movilizó a su ubicación actual, en la Galleria della Accademia. En 1910 se colocó una copia en su antiguo emplazamiento donde ha permanecido hasta la actualidad.

 LA OBRA

Aquellos que recuerdan la historia bíblica saben que David siendo un pastor de ovejas[6] mató al gigante Goliat, incrustándole en su frente una piedra[7], el único lugar descubierto de su armadura[8]. No hace falta ser demasiado imaginativo para advertir la diferencia de tamaño entre el guerrero y el pastor; sin embargo, Miguel Ángel convierte al pequeño luchador en un héroe. No es una cuestión de longitud sino de fe. La certeza expresada por David en el relato del Antiguo Testamento[9] lo convierte en un hombre fuerte y poderoso, todo un mensaje político para inspirar a una ciudad cuyo futuro aún era incierto.

El David no solo trasmite vigor, sino belleza; la obra revela tanto la maestría como el conocimiento anatómico del artista; podría decirse que para Miguel Ángel la conjunción de fortaleza y belleza es sinónimo de perfección.

LOS DETALLES

Hay varios detalles interesantes que los expertos han sabido observar; vamos a mencionar algunos de ellos:

El David de Miguel Ángel es ambidiestro. Lleva la piedra en la mano derecha, cuyo tamaño es mayor al esperado, y la honda en la izquierda. Si fuera exclusivamente diestro, portaría los objetos al revés.

En las representaciones tradicionales, la cabeza de Goliat aparecía a los pies de David, quien llevaba en su mano la espada de su adversario con la cual lo había decapitado[10]. El David de Miguel Ángel omite ambos elementos; no presenta la victoria sino el momento previo, con el joven listo para lanzar la piedra[11].

Además, una nota del propio Miguel Ángel en una página con bocetos de un desaparecido David de bronce y de un brazo de este David, sugiere que él también se vio a sí mismo como alguien que debía enfrentar con una honda y cinco piedras a un poderoso gigante: el enorme bloque de mármol[12].

Los críticos, sin embargo, a veces confunden opinión con mezquindad. Por ejemplo, hay quien ha dicho que la obra es un cliché inexpresivo. Más allá de su monumentalidad, basta ver el rostro del David de Miguel Ángel para percibir su una intensa concentración lista a entrar en acción[13].

Tiene una altura de 5, 17 metros​ de altura y pesa 5572 kilogramos.

EL DAVID EN LA PIAZZA DELLA SIGNORIA

Para terminar, vamos a presentar tres copias extraordinarias de esta obra. Ya hemos mencionado la primera: la emplazada en 1910 en la Piazza della Signoria, sitio donde se expuso la original desde 1504 hasta 1873 (¡más de tres siglos y medio!).

Esta copia es 1:1, lo que significa que es del mismo tamaño que la original. Fue realizada por el escultor Luigi Arrighetti[14], quien ganó el concurso para esculpirla.

EL DAVID DE LA PIAZZALLE MICHELANGELO

La Piazzale Michelangelo es el punto de observación panorámico más famoso de Florencia. Desde allí se contemplan hermosas vistas de la ciudad, sobre todo al atardecer, resaltando los colores que toma el río Arno y los pintorescos puentes que lo cruzan, entre ellos el famoso Ponte Vecchio.

Esta plaza de piedra dedicada a Miguel Ángel fue construida en 1869 con diseño del arquitecto Giuseppe Poggi. Luce un extraordinario David en bronce realizado por Clemente Papi, colocado allí en 1873. La escultura estaba destinada a ser el reemplazo de la original en la Piazza della Signoria, pero debido al rechazo popular hacia la imagen en bronce, se decidió ubicarla en la colina donde se encuentra el mirador. Debido a su peso, para transportarla se requirieron nueve pares de bueyes[15].

La base es diferente, pues hay cuatro estatuas, copias de las alegorías del día y de la noche, que adornan las tumbas de los Medicis en su capilla de la iglesia de San Lorenzo.

 EL DAVID DE BUENOS AIRES

Muy pocos conocen que en Buenos Aires también existe un David; se trata de un calco de tamaño original. Los calcos son réplicas realizadas en moldes obtenidos de las esculturas originales en los cuales luego se vierte yeso y se espera hasta que fragüe.

Lamentablemente se encuentra en un sitio poco visitado: El Museo de Calcos y Escultura Comparada Ernesto de la Cárcova, ubicado en la Costanera Sur.

Aunque está fijado a un modestísimo pedestal su imponente figura es conmovedora.

© Pablo R. Bedrossian, 2020. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Gombrich, E. H., “La Historia del Arte”, Phaidon, 1950, 16ª Ed. (revisada, ampliada y rediseñada), 1995, p.313

[2] Winspeare, Massimo, “Los Medici”, Sillabe, Firenze Musei, 2000, p.22

[3] Para evitar extendernos demasiado, omitimos mencionar a Girolamo Savonarola quien tuvo una enorme influencia política Fue un reformador católico de la orden de los dominicos opuesto al papado que finalmente terminó en la hoguera antes del encargo del David.

[4] Zöllner, Frank; Thoenes, Christof; Pöpper, Thomas; “Miguel Ángel Obra Completa”, Taschen, 2018, p. 41

[5] Zöllner, Frank; Thoenes, Christof; Pöpper, Thomas; Op. cit., p.42

[6] 1º Libro de Samuel 17:15

[7] 1º Libro de Samuel 17:49

[8] 1º Libro de Samuel 17:5,6

[9] 1º Libro de Samuel 17:34-36,45-47

[10] 1º Libro de Samuel 17:51

[11] Zöllner, Frank; Thoenes, Christof; Pöpper, Thomas; Op. cit., p.46

[12] Zöllner, Frank; Thoenes, Christof; Pöpper, Thomas; Op. cit., p.47

[13] Ceysson, Bernard; Bresc-Bautier, Geneviève; Fagiolo dell’Arco, Maurizio; Souchal, François, “Sculpture”, Vol. 2: “From the Renaissance to the Present Day”, Taschen, 1999, p.72

[14] Bandelloni, Antonietta, “La storia della copia più fotografata del David”, https://michelangelobuonarrotietornato.com/2017/07/10/la-storia-della-copia-piu-fotografata-del-david/

[15] Bandelloni, Antonietta, “Piazzale Michelangelo: la storia”, https://michelangelobuonarrotietornato.com/2015/06/30/piazzale-michelangelo-e-la-sua-storia/

GIUSEPPE ARCIMBOLDO: UN GENIO CON MARCA PROPIA (por Pablo R. Bedrossian)

Serie GRANDES MAESTROS DE LA PINTURA

La Gestalt (palabra que en alemán significa conjunto, configuración, totalidad o forma) es una escuela de psicología que interpreta las experiencias humanas como una totalidad y no como el resultado de cada uno de los sentidos. Postula que la conciencia integra nuestras percepciones de un momento determinado en una única estructura. Este enfoque holístico puede resumirse en la frase “el todo es más que la suma de las partes”. Unimos lo que nuestro oído, vista, tacto, gusto y olfato perciben, recreando dentro de nosotros esa realidad.

“Retrato con verduras” (1590) por Giuseppe Arcimboldo, Museo Cívico Ala Ponzone, Cremona

Pero esto vale también para cada uno de los sentidos. Pensemos sólo en el oído. Lo que sentimos al oír una sinfonía no es el producto de escuchar cada uno de los vientos y las cuerdas, sino la percepción de una totalidad construida con todos los instrumentos, que produce en nosotros un efecto muy superior a la suma de sus individualidades. Lo mismo puede decirse de una pintura, donde cada elemento -el cielo, el sol, el campo, las aves- crean la percepción que llamamos paisaje; es esa imagen unificada -no la de cada objeto- la que nos produce una emoción particular.

En los ejemplos mencionados, el todo se construye con elementos afines a él, que la mente automáticamente relaciona. El sonido de los instrumentos permite una música sinfónica; las representaciones de los elementos de la naturaleza componen un paisaje. Sin embargo, siglos antes que la Gestalt, Giuseppe Arcimboldo (1527-1593) entendió estos principios y los extendió más allá de sus límites, pues a diferencia de una orquesta o de una tradicional pintura campestre, obtuvo un resultado asombroso tomando elementos ajenos a lo que se proponía representar. Único y excepcionalmente creativo, Arcimboldo se hizo famoso por sus composiciones de rostros, constituidas con flores, frutas, plantas, animales u objetos. La integración de las partes daba un todo asombrosamente humano.

LA PRIMERA SORPRESA: EL RETRATO DE RODOLFO II EN LOS UFFIZI

La primera ocasión donde contemplé una obra de Arcimboldo fue el los Uffizi, el famoso museo de Florencia, uno de los más antiguos del mundo. No conocía nada de este gran pintor y la primera sensación que tuve es estar frente a una caricatura. Delante de mí estaba el “Retrato de Rodolfo II en traje de Vertumno”; con asombro noté que había sido creado con frutas y verduras.

“Retrato de Rodolfo II en traje de Vertumno” (1591)

CUATRO PINTURAS EN EL MUSEO DE HISTORIA DEL ARTE DE VIENA

Años después tuve la oportunidad de visitar el Kunsthistorisches Museum, el Museo de Historia del Arte de Viena, Austria. Admiré allí cuatro de sus obras, dos de las cuales pertenecen a la serie “Las cuatro estaciones”, donde cada rostro representa un periodo del año y, a la vez, una etapa de la vida del hombre.

“Verano” (1563)
Detalle de “Verano” (1563) donde se ve en el cuello la firma del autor y en el hombro derecho la fecha de la obra.
“Invierno” (1566)
“Fuego” (1566)
“Agua” (1566)

LAS CUATRO ESTACIONES EN UNA CABEZA

A fines de octubre de 2016 pude visitar la National Gallery de Washington D.C., Estados Unidos. Encontré allí otra de las originales creaciones de Arcimboldo. Su título en español sería “Las cuatro estaciones en una cabeza”[1]. Esta obra fue exhibida al público por primera vez en 2007.

“Las Cuatro Estaciones en Una Cabeza” (1590). Incluye la firma del autor en la rama a la derecha, justo donde se ha perdido la corteza.

Eligiendo una perspectiva tres cuartos, que se aparta de su habitual predilección por los perfiles, la cabeza parece un conjunto de tubérculos de los cuales se desprenden ramas, que han sido cortadas al ras. Las cuatro estaciones están representadas por cuatro frutas: manzanas, ciruelas, uvas y cerezas. La expresión de la cabeza es sombría y carece de cualquier signo de alegría. Quizás haya algo de autorretrato, pues, pintada en 1590, es una de las últimas obras del autor que se acercaba al final de su vida.

CUATRO POR CUATRO EN EL LOUVRE

En 2019 pude volver admirar en el Museo del Louvre otras cuatro obras suyas que había visto en mis visitas anteriores:  “El Invierno”, “El Verano”, “El Otoño” y “La Primavera”. Todas estas obras son más tardías que las originales, pues fueron pintadas en 1573. La mayor diferencia radica en el encuadramiento floral, ausente en las primeras.

“Verano” (1573)
“Otoño” (1573)
“Invierno” (1573)
“Primavera” (1573)

En todos los casos me ha asombrado el talento del artista para disponer magistralmente objetos sin vínculo alguno con la figura que ellos mismo crean. También me habla de la capacidad del cerebro de integrar elementos en una imagen totalmente ajenos a ellos.

ACERCA DE GIUSEPPE ARCIMBOLDO

Giuseppe Arcimboldo (1526 – 1593) fue un pintor milanés que perteneció a una generación posterior al Alto Renacimiento en la que habían brillado Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel y Rafael. La época que lo precedió había traído un regreso a las formas de la antigüedad, llamadas clásicas, que se asociaban con la perfección, y la imitación de la naturaleza.

Es considerado un pintor manierista. El manierismo corresponde a la última parte del Renacimiento o Bajo Renacimiento y se caracteriza por una exageración de las formas clásicas y sus movimientos, que por momentos llegan a ser extravagantes. Algunos consideran a “El juicio de Dios” de Miguel Ángel, ubicado en el frente interior de la Capilla Sixtina, como una de las primeras obras manieristas, y como ejemplo señalan los gestos del Cristo pantokrator[2] que domina la obra.

Autorretrato de Giuseppe Arcimboldo (anterior a 1593) en la Galería Nacional de Praga

Arcimboldo fue un genial creador que sirvió a varios emperadores europeos. No sólo pintó: diseñó vitrales y gobelinos; inventó juegos, torneos y celebraciones de primera categoría. Incluso se cuenta que “fue admirado por sus dotes científicas y técnicas. Propuso un método colorimétrico de transcripción musical, según el cual una melodía podría representarse por manchitas de color sobre un papel. Partía de las proporciones pitagóricas de tonos y mediotonos. Empleó los colores en la escala: el amarillo al blanco, el verde al amarillo, el azul al verde, pardonegro al azul etc.”[3].

En medio de sus labores dedicó tiempo al estudio de los grabados de Leonardo da Vinci, en particular a los que eran de tendencia caricaturesca, cuya impronta se haría notable en su producción posterior[4]. A ello hay que sumarle otro elemento innovador: el ilusionismo, ese extraordinario atributo que destacamos al principio por el cual logra representar un rostro con elementos completamente ajenos a él. No es exagerado afirmar que es cultor de un arte fantástico, no porque utilice ingredientes irreales y sobrenaturales, sino porque sus invenciones pictóricas producen un fenómeno que Dalí retomará en el siglo XX, la imaginación compartida: la del creador y la del observador.

© Pablo R. Bedrossian, 2014, 2019. Todos los derechos reservados, a excepción de los correspondientes a las fotografías que son de dominio público.


BONUS: ARCIMBOLDO Y DALÍ

Tal como Georg Cantor al crear la Teoría de los Conjuntos, Arcimboldo sabía que la clave para hacer que el todo sea más que la suma de las partes no radica tanto en los elementos de sus pinturas sino en las relaciones entre ellos. El efecto que logró ubicando cada elemento partiendo de su posición frente a otro le otorgó esa unidad única que siglos después lo distingue y genialmente lo diferencia.

Se dice que su obra inspiró “Cabeza paranoica”, el famoso cuadro de Salvador Dalí. Durante una exposición de obras del gran artista catalán en Buenos Aires, me ocurrió algo curioso. Cerca del final mucha gente se aglomeró delante de un cuadro. Me acerqué y observé la pintura: vi una serie de figuras sentadas y recostadas, que me parecían hombrecitos; detrás de ellos, algo así como una choza con forma de iglú, rodeada de árboles, todo bajo un cielo blanco y azul; resumiendo, una imagen que no tenía nada de especial. Entonces le pregunté al que estaba a mi lado:

–         ¿Por qué hay tanta gente? ¿Qué es lo que ven?

–          Gire la cabeza y observe de costado

“Cabeza Paranoica” por Salvador Dalí (1935)

Quedé impresionado.  Al virar noventa grados vi la cabeza paranoica. Un “efecto Arcimboldo”, donde elementos extraños a la representación son dispuestos por el artista de tal modo de mostrarla.

© Pablo R. Bedrossian, 2014, 2019. Todos los derechos reservados


REFERENCIAS

[1] En inglés un pequeño cartel indicaba “Four seasons in one head”

[2] Pantokrator: Señor de todo, un Cristo que viene a juzgar a los hombres

[3] http://www.slideshare.net/kasafia/presentacion-arcimboldo

[4] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/arcimboldo.htm