“SAPIENS, DE ANIMALES A DIOSES”, LA PROVOCADORA OBRA DE YUVAL NOAH HARARI (por Pablo R. Bedrossian)

Serie CONFIESO QUE HE LEÍDO

A Fernando Obregón

Para esta obra, el historiador Yuval Noah Harari se propuso una tarea sumamente ambiciosa: analizar desde el presente la prehistoria, recorrer la historia hasta nuestros días y predecir el futuro. A mitad de camino entre “Estudio de la Historia” de Arnold Toynbee y “La Tercera Ola” de Alvin Toffler, este erudito israelí entretiene con una pluma aguda que se desprende de la narración histórica tradicional: la historia que estudiamos suele ser la historia del poder político; Harari, en cambio, pretende abordar la historia de las culturas. Para ello se sirve de ciencias sociales como la antropología y la microeconomía y ciencias duras como la física y la biología y, dentro de ella, especialmente la genética.

El libro presenta estadísticas y anécdotas que ilustran los postulados del autor. La lectura es muy entretenida, a excepción, quizás, de las últimas páginas que parecen un tratado de futurología. Su relato comienza con los Homo sapiens cazadores recolectores de hace 70,000 años, luego pasa por la revolución agrícola ocurrida hace unos 12,000 años para desembocar en la historia, enfocándose en la revolución científica, iniciada hace unos 500 años.

Aborda temas como dinero, religiones, imperialismos, capitalismo, industria y tecnología proporcionando su visión macro de los hechos y de las creencias dominantes de cada época. Son particularmente interesantes su preocupación sobre el sufrimiento de las aves en cautiverio, su postura sobre sexo y género y una extraña afirmación sobre la felicidad como propósito de la existencia, dedicando unas páginas a diversas formas de medirla.  

Comparto algunas frases que pintan de algún modo el texto:

 “¿Cómo podemos distinguir lo que está determinado biológicamente de lo que la gente de lo que la gente intenta simplemente justificar mediante mitos biológicos? Una buena regla empírica es: ‘La biología lo permite; la cultura lo prohíbe… La cultura tiende a decir que solo prohíbe lo que es antinatural. Pero desde una perspectiva biológica, nada es antinatural. Todo lo que es posible es, por definición, también natural”[1].

“Los mercados y estados promueven ‘comunidades imaginadas’ que contienen millones de extraños y que se ajustan a las necesidades nacionales y comerciales. Una comunidad imaginada es una comunidad de gente que, en realidad, no se conoce mutuamente pero imagina que sí”[2].

“El proyecto principal de la revolución científica es dar a la humanidad vida eterna”[3].

Finalmente plantea una suerte de profecía sobre los próximos tiempos que transcurre entre la utopía y la distopía, signada por el imparable desarrollo tecnológico sin reglas éticas claras.

La primera y la última parte nos parecen las más creativas y a la vez las más débiles debido a la carencia de evidencias en el primer caso y la incapacidad de evaluar riesgos y contingencias en la segunda. La historia no es una autopista allanada sino una carrera con obstáculos donde lo improbable suele suceder. Nuestra sección preferida tiene que ver con la revolución científica, donde señala como punto de partida la admisión de la ignorancia. Según el autor, cuando uno cree que posee una verdad absoluta, deja de plantearse alternativas porque considera que la realidad es inmutable o bien que los cambios que pueda producir son irrelevantes. El riesgo, advierte, no es solo el dogmatismo religioso sino el científico.

Los comentarios elegidos para la contratapa no provienen de hombres de ciencia o grandes pensadores sino de celebridades, como Barack Obama y Bill Gates, pues, según nos parece, la obra no cuenta con la rigurosidad metodológica que demanda su propósito ni hay un dominio suficiente del autor -por más que al final ofrezca la bibliografía en la cual se apoyó- de las ciencias en las que se auxilia. Definitivamente es un libro que vale la pena leer, pero sin perder la capacidad analítica.

UNA BREVE CRÍTICA A “SAPIENS, DE ANIMALES A DIOSES

El autor comienza con una visión romántica de la prehistoria. A partir de escasísimos indicios parece conocer hasta el detalle la vida de los primitivos cazadores que poblaban el planeta hace 70,000 años. Habla de una supuesta “mutación del árbol del saber”, un cambio genético accidental a nivel neuronal, que produjo -según él- una revolución cognitiva[4], lo que equivale decir a que el hombre se volvió repentinamente inteligente.

Habla de una teoría del chismorreo como esencial para el desarrollo humano (sí, chismorreo, esos diálogos informales que establecemos unos con otros). Llega a afirmar “la característica única de nuestro lenguaje… es la capacidad de transmitir información de cosas que no existen”[5]. A partir de ese axioma declara mito a todas las creencias colectivas (desde la marca Peugeot [6]a las sociedades de responsabilidad limitada, pasando por la fe religiosa). “Todo giraba alrededor de contar historias y de convencer a la gente para que las creyera…”[7].

Leyendo con un poco de atención, en estas primeras páginas se advierte una posición claramente materialista que se mantendrá a lo largo de todo el texto. Para él no existe la verdad: piensa que son solo creencias en la imaginación colectiva y que lo único que cuenta es el conocimiento: aquello que se percibe a través de los sentidos, objetivable, medible y reproducible.

Además, según el autor, sus afirmaciones se basan en el conocimiento científico actual. Considerando que la diferencia central entre la verdad y el conocimiento es que el conocimiento es precario, cambiante y sujeto a discusión, es contradictorio que sostenga en términos absolutos conocimientos parciales y limitados como los prehistóricos, sobre todo cuando los toma prestados de ciencias blandas como las ciencias sociales[8]. Más allá que hoy el materialismo está considerado obsoleto, ningún edificio se sostiene sobre cimientos de papel.

También se observa un divorcio entre los hechos descritos (incluso en el caso que fueran apoyados por evidencias sólidas) y la interpretación de los hechos, netamente subjetiva. Por ejemplo, cuando habla de la llegada de los primeros sapiens desde Siberia a Alaska escribe: “¿Por qué desterrarse a Siberia voluntariamente?… También había razones positivas para ir: una de ellas era la proteína animal”[9]. Las proteínas se descubrieron en la primera mitad del siglo XIX y pueden definirse como una cadena de aminoácidos cuyo peso molecular es mayor a 5,000. ¿Sobre qué base se puede afirmar que el hombre hace 70,000 tenía conocimientos de nutrición? ¿Cómo puede Harari, por ejemplo, establecer el interés alimenticio como factor clave en la migración continental? Su interpretación es obviamente subjetiva y, si somos literales, también anacrónica.

Esto nos lleva a un cuarto aspecto: la existencia de fuertes paradigmas. Los paradigmas son explicaciones científicas “universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica”[10]. Esta definición, que hoy se ha extendido a todos los campos, habla de nuestros prejuicios cuando observamos la realidad. T. S. Kühn reveló en “La Estructura de las Revoluciones Científicas” como a lo largo de la historia los investigadores demostraban lo que querían demostrar, prescindiendo involuntariamente de aquellos datos que contradijeran sus hipótesis. Harari, por ejemplo, considera que “la revolución agrícola dejó a los agricultores con una vida generalmente más difícil y menos satisfactoria que la de los cazadores-recolectores”. Las valoraciones de dificultad y satisfacción -cuya relevancia para los humanos prehistóricos desconocemos- las formula sin evidencia y basado exclusivamente en sus paradigmas.

Vale la pena señalar un quinto aspecto: si, como Harari sostiene, todas las creencias son mitos, sus afirmaciones también lo son. Expone lo que imagina que sucedió sin la omnisciencia que demanda el propósito de su obra. Esto nos recuerda la famosa Paradoja de Epiménides, un cretense que afirmó “Todos los cretenses mienten…”. No nos sorprenda que el resto de la humanidad no sea la que está equivocada…

Finalmente cae en un oxímoron o paradoja, al adjudicarle capacidades intelectuales y operativas a una abstracción (en realidad, bajo su pensamiento, a un mito[11]). Como muchos, incurre ingenuamente en el absurdo de atribuir habilidades divinas, tales como la inteligencia, a la evolución. Por ejemplo: “Con el fin de aprender las habilidades necesarias, la evolución implantó en los terneros, como en las crías de todos los demás animales sociales, un fuerte deseo de jugar (el juego es la manera que tienen los mamíferos de aprender el comportamiento social). E implantó en ellos un deseo más fuerte de establecer lazos con la madre, cuya leche y cuidado eras esenciales para la supervivencia”[12]. El párrafo parece extraído de un libro religioso. Si cree que exagero, por favor, haga la prueba de reemplazar la palabra evolución por Dios o dioses y podrá comprobarlo. Si la evolución es inteligente, hay una mente detrás; si no, los cambios serían producto del azar, pero un azar con capacidad de elegir y programar, lo cual sería aún más disparatado.

Podríamos continuar la lista de problemas metodológicos que invalidan o ponen en serias dudas las afirmaciones de Harari, pero creemos que hemos señalado las más relevantes. Recordamos las palabras de T. N. Wrigth cuando diferencia la historia de las ciencias físicas: “Con la historia casi nada queda descartado de forma absoluta; después de todo, la historia es en su mayor parte el estudio de lo inusitado y lo irrepetible…”.

© Pablo R. Bedrossian, 2020. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Harari, Yuval Noah, “Sapiens – de animales a dioses”, Debate, 2013, p.168

[2] Harari, Yuval Noah, Op. cit., p.398

[3] Harari, Yuval Noah, Op. cit., p.297

[4] Harari, Yuval Noah, Op. cit., p.35

[5] Harari, Yuval Noah, Op. cit., p.37

[6] Harari, Yuval Noah, Op. cit., p.42 y sig.

[7] Harari, Yuval Noah, Op. cit., p.46

[8] Este comentario cabe también para su presentación de conocimientos históricos

[9] Harari, Yuval Noah, Op. cit., p.87

[10] Kühn, Thomas S., “La Estructura de las Revoluciones Científicas”, Breviarios, Fondo de Cultura Económica, México, 1962, 1º Edición en español 1971, 8º Reimpresión (FCA Argentina), 2004, p.13

[11] Nótese que la palabra evolución lleva implícita la idea (como toda idea, humana) de progreso.

[12] Harari, Yuval Noah, Op. cit., p.378

“¿CÓMO HABLA DIOS?” POR FRANCIS COLLINS, DIRECTOR DEL PROYECTO DEL GENOMA HUMANO (por Pablo R. Bedrossian)

Serie “LECTURA RECOMENDADA”

Cómo habla Dios (Francis Collins 01)LA PREGUNTA

¿Se puede ser cristiano y evolucionista? Para los cristianos fundamentalistas, la teoría de la evolución contradice en forma explícita a las Escrituras. En mi primera juventud escuché a un predicador afirmar que “el diablo había sembrado un huevo de áspid en la mente de Darwin”[1]. Personas con esta visión del mundo perciben el conocimiento científico una amenaza, negándose a examinar las evidencias. Por otro lado, los fundamentalistas de la ciencia, mejor llamados cientificistas[2], creen que describir y comprobar un mecanismo les habilita automáticamente a entender su significado. Desde luego, descubrir que una enzima acelere cierta reacción química puede establecer un cómo, pero no necesariamente determinar el por qué.

Bajo esta perspectiva, el fundamentalista religioso y el cientificista aparecen enfrascados en la vieja discusión entre la ciencia y la fe, evocada por nuestra pregunta inicial. Sin embargo, ambos, producto de una manifiesta ceguera voluntaria desconocen “el territorio enemigo”; bajo semejantes prejuicios, son incapaces de entender el alcance del otro: La ciencia estudia el mundo material. No crea verdades; crea conocimientos (observables, medibles, reproducibles, siempre precarios, pues son sometidos a pruebas y debates, que pueden confirmarlos o rectificarlos)[3]. En cambio, la teología y la filosofía abordan significados, y dentro de ellos, como tema crucial, la cuestión de la verdad.

EL AUTOR

El Dr.Francis Collins es cristiano y evolucionista. Nacido en una pequeña granja de Virginia, este médico genetista doctorado en Química, es una reconocida autoridad científica por haber dirigido el Proyecto del Genoma Humano, cuyo objetivo fue identificar las secuencias químicas del ADN a fin de formular un mapa genético completo. Collins lideraba la iniciativa pública del proyecto y Craig Venter, la privada, que se hacía en forma paralela. No sin pugnas, al final unieron fuerzas y el 26 de junio del 2000, presentaron en la Casa Blanca, ante el presidente Bill Clinton, el primer borrador del genoma humano, uno de los logros científicos más altos alcanzados para esa fecha. Entre otros hitos profesionales, en 2009 el Dr. Collins fue nombrado Director de los Institutos Nacionales de Salud, entidad líder en investigación biomédica dentro de los Estados Unidos, por el presidente Barack Obama, quien afirmó en el comunicado de la designación “Collins es uno de los científicos de más altura en el mundo y su descollante trabajo ha cambiado la manera en que consideramos nuestra salud y examinamos la enfermedad”[4].

 EL LIBRO

Quizás por eso, el libro, cuyo título original en inglés es “The Language of God”, fue publicado en español bajo dos títulos diferentes, ambos provocadores: “El lenguaje de Dios” (como lo leí originalmente) y “¿Cómo habla Dios?”  (como lo releí).

Podemos decir que la obra está dividida en tres partes. En la primera, Collins cuenta su experiencia personal. Tras haber crecido en un ambiente rural dentro de una familia agnóstica, nunca se sintió atraído por las ideas religiosas. En la universidad adhería al pensamiento de sus compañeros ateos. Pero graduado de médico, la pregunta de una paciente acerca de su fe y el descubrimiento de una conciencia moral en un universo material, lo llevaron a tomar la decisión de creer en Jesucristo y seguirlo. Influyeron poderosamente en él las lecturas del C.S. Lewis, no una iglesia.

En la segunda, el autor aborda los temas donde ciencia y fe suelen hacer colisión. En cuanto al origen del universo, presenta el Big Bang, la teoría científica de la formación casi instantánea del universo que niega la eternidad de la materia, compatible con el creacionismo cristiano.

Luego se enfoca en el origen de la vida donde es definitivamente evolucionista. Sin necesidad de hacer notar que el Génesis presenta dos órdenes diferentes de la creación de la vida (en el capítulo 1 los animales anteceden al hombre y en el capítulo 2 el hombre precede a los animales, que son creados para hacerle compañía), resuelve la supuesta incompatibilidad entre ciencia y Biblia poniendo el problema en el lector: los textos del Génesis para Collins deben ser leídos en forma simbólica, y no literal como lo hacen los fundamentalistas. Leerlo en forma literal lleva a postular que el mundo fue creado en el año 4,004 a.C., tal como lo calcula la cronología de Ussher[5]. Se apoya para ello en San Agustín, quien reconoce sus limitaciones para entender el significado de estos textos, que sin duda cumplieron un rol explicativo para las personas de su tiempo, pero, desde luego, no pretenden ser enunciados científicos.

A partir de allí presenta a la teoría de la evolución como mecanismo para el desarrollo de la vida en la Tierra. Para este investigador cristiano, el código genético revela cómo “Dios dictó vida al ser”, quedando demostrado que la vida no es producto de la casualidad y que la evolución es el mecanismo elegido. Concluyendo, la teoría de la evolución no refuta a un Dios creador, ni viceversa. Además, y en esto hace un especial énfasis, la presencia de un sentido moral y la búsqueda de sentido, atributos exclusivamente humanos, solamente pueden ser puestos en el hombre por un Creador, no por la materia.

En la tercera parte, se ocupa de la actitud ante la ciencia movida por prejuicios o experiencias personales. Hace notar que Darwin no se volvió agnóstico al descubrir la selección natural sino ante el fallecimiento a los 10 años de vida de su adorada hija Annie, a causa de una tuberculosis[6]. Collins no sólo rechaza el creacionismo tradicional, sino la teoría del diseño inteligente, apoyada por muchos grupos evangélicos en Estados Unidos, a la que sólo concede la habilidad de ser un postulado ingenioso. También resalta que el evolucionista más importante del siglo XX, Theodosius Dobzhansky, era cristiano. Un detalle no carente de humor es su mención a invitaciones que recibe de parte de iglesias. Cuenta que al llegar es recibido con cariño y simpatía por ser un científico cristiano, pero luego, al definirse como cristiano y evolucionista, pocos se acercan a saludarlo cuando se retira.

Al final incluye un apéndice de Bioética, donde presenta situaciones nuevas que el acceso al genoma ha producido. Por ejemplo, comenta el primer caso donde pudo identificarse un gen familiar que ocasionaba cáncer de mama, y expone sus sorprendentes derivaciones. La finalidad es presentar los nuevos retos y oportunidades que trae el conocimiento detallado del ADN, tema que aborda en su siguiente libro, “El lenguaje de la vida”, que recomendamos a todos aquellos interesados en saber en qué consiste la medicina genética.

Muchos ensayos se han escrito sobre este libro del Dr. Francis Collins. Para nosotros esta obra extraordinaria pueden resumirse en una frase suya que se ha hecho famosa: “Dios puede ser reverenciado tanto en una catedral como en un laboratorio”.

© Pablo R. Bedrossian, 2017. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Según él, se apoyaba en el texto bíblico del profeta Isaías 59:5, escrito más de un par de milenios antes del nacimiento de Darwin

[2] El cientificismo es la tendencia a dar excesivo valor a las nociones científicas o pretendidamente científicas. Sobre la sobrevaloración del alcance de las ciencias y pseudociencias, recomendamos leer, por ejemplo, los comentarios del epistemólogo y filósofo ateo Karl Popper en “La sociedad abierta y sus enemigos”, sobre psicologismo y sociologismo.

[3] No podemos exponer aquí los modelos de pensamiento que subyacen en la lógica de los investigadores, que Thomas S Kühn llamó paradigmas. Para los interesados en el tema recomendamos leer su obra “La estructura de las revoluciones científicas”, Fondo de Cultura Económica, México, Primera edición en inglés, 1962, Primera edición en español (FCE, México), 1971, Octava reimpresión (FCE, Argentina), 2004,

[4] http://sociedad.elpais.com/sociedad/2009/07/09/actualidad/1247090419_850215.html

[5] Ussher fue un arzobispo anglicano del siglo XVII que se tomó el trabajo de contar los años que aparecen en las genealogías y reinados descritos en la Biblia junto a otros periodos de tiempo que se infieren de su texto, deduciendo sobre esa base que la creación se inició el atardecer anterior al domingo del 23 de octubre del año 4004 a. C.

[6] Acaba de ser subastada una carta del autor de “El Origen de las Especies” que dice “Siento tener que informarle de que no creo en la Biblia como revelación divina y por lo tanto tampoco en Jesucristo como hijo de Dios. Atentamente, Charles Darwin”. Interesados en el tema, pueden leer más en http://www.elmundo.es/ciencia/2015/09/07/55ed7d76ca4741f94d8b4588.html

 

ROSA PARKS Y EL CAMBIO IMPOSIBLE (por Pablo R. Bedrossian)

Rosa Parks

Ya se han cumplido más de 60 años de un hecho histórico, protagonizado por una mujer común y corriente. Vivía en Alabama, un estado en el sur de los Estados Unidos de Norteamérica, donde el racismo era ley.

En los autobuses había sectores diferenciados para blancos y para afroamericanos, y reglas que determinaban su uso. Las personas de color debían primero pagar adelante y luego subir por la puerta de atrás. Además, si los asientos para blancos estaban ocupados, debían cederles los suyos. Rosa Parks se había sentado en el sector correspondiente a los de su propia raza, pero al estar llenos los espacios para blancos, un pasajero reclamó su lugar. El chofer, actuando dentro de la legalidad, quiso obligarla a ceder su asiento. Pero esta costurera negra de rostro afable y anteojos se negó. Terminó presa por haber alterado el orden.

Su valiente actitud encendió la chispa. Un joven pastor bautista llamado Martin Luther King, que venía abogando por la igualdad de derechos civiles, promovió el histórico boicot de los autobuses en la ciudad de Montgomery, donde había sucedido el hecho. La medida de fuerza simplemente consistía en que las personas de color se abstuvieran de tomar autobuses y fueran a sus trabajos por sus propios medios; en la mayoría de los casos, caminando. La unánime adhesión que obtuvo produjo un impacto económico tan fuerte sobre las empresas de transporte, que las autoridades decidieron terminar con la política segregacionista en los autobuses.

Aunque la batalla en los tribunales continuó, a fines del año siguiente la Corte Suprema de los Estados Unidos declaró inconstitucional la segregación en el transporte.

Quizás muchos no sepan quién fue Rosa Parks e incluso no hayan oído de Martín Luther King. Pero todos somos testigos de las consecuencias de la actitud de una mujer decidida y del respaldo de un líder valiente. La prueba más fehaciente es la elección de Barack Obama, el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos.

Lo sucedido en aquel autobús de Montgomery representa mucho más que una reacción a una repugnante ley ilegítima o la reivindicación de los derechos de una minoría sometida. Es evidencia y símbolo que desde una posición aparentemente insignificante es posible provocar cambios. Sin embargo, esta historia ofrece otras enseñanzas, de las que deseo resaltar tres:

Una decisión firme llevada a la acción puede cambiar el rumbo de la historia. Estamos predispuestos a creer que el “sistema” está por encima de nosotros, y, por lo tanto, a suponer que nuestros actos tienen el mismo efecto que una gotas para el resfrío sobre la neumonía. Un hecho contra la corriente puede convertirse en la semilla que impulse la transformación.

ROSA PARKS SMILES AT MEDAL CEREMONY ON CAPITOL HILL

Tomar una posición significa asumir sus consecuencias, pues todo cambio produce resistencia. Rosa Parks conocía los efectos inmediatos de sus actos. Sabía que sería encarcelada. Simplemente estaba dispuesta a pagar el precio. Muchas veces pretendemos obtener los beneficios sin afrontar sus costos. ¿Tiene miedo? Mida los riesgos de permanecer donde se encuentra.

El éxito de un cambio depende de los beneficios que provea para los demás. Frente a ciertas decisiones tememos la soledad. Pero más que enfocarnos en calcular las adhesiones que obtendremos, pensemos si nuestras propuestas sirven a otros, pues si están inspiradas es razones egoístas, difícilmente encontraremos apoyo. Los cambios que hacen historia son aquellos que mejoran la vida de los que nos rodean.

Nuestro mundo necesita más personas como Rosa Parks y Martin Luther King, cuyas decisiones y acciones no estén movidas por un sentido de justicia estrictamente personal ni por agendas centradas en sí mismos, sino por la firme convicción de transformar la realidad para bien de todos los que nos rodean.

© Pablo R. Bedrossian, 2014. Todos los derechos reservados.


CRÉDITOS MULTIMEDIA

Fotografía superior tomada de http://www.wikipedia.org

Fotografía inferior tomada de http://www.missedinhistory.com