EL LIDERAZGO NO ES CUESTIÓN DE SUERTE (por Pablo R. Bedrossian)

Este es un artículo que fue publicado por el Diario El País de Honduras el 4 de febrero de 2019.

En 2017 una revista de negocios publicó los resultados de una encuesta realizada a directores generales de empresas. Los entrevistados afirmaban que había grandes diferencias entre gerentes y líderes, pero al preguntarles cuáles eran, las respuestas perdían claridad. Quizás la única distinción era que asociaban los líderes a las personas y los gerentes a los resultados.

En realidad, aquella pregunta era falaz, pues la gerencia es una posición y el liderazgo es un rol. Una posición es un lugar establecido dentro de una organización, identificado por sus tareas, responsabilidades y grado de autoridad; tiene un nombre y ocupa un espacio en el organigrama. En cambio, un rol es un patrón de comportamiento manifestado en la interacción con otros, que impacta en el desempeño organizacional. Por lo tanto, todo gerente debería ser un líder. ¿Lo es usted?

El liderazgo está estrechamente ligado a la inteligencia social, que podemos definir como la capacidad de movilizar a otros para el logro de nuestros objetivos. Desde luego, esto es manipulación cuando me sirvo de los demás como instrumentos, y liderazgo cuando sirvo a los demás de modo de guiarlos y apoyarlos para que alcancen las metas. Un gerente puede lograr que le obedezcan por la autoridad que posee, pero un líder hace que los colaboradores lo sigan por propia voluntad. En cierta ocasión le pregunté a una persona porqué servía tan fielmente a su jefe: “porque quiero ser como él” me respondió. Si les preguntaran lo mismo a las personas de su equipo porqué lo acompañan, ¿qué responderían?

LIDERAZGO EXITOSO

Presentamos tres aspectos para un liderazgo exitoso. El primero es entender que para influir en los seguidores es necesario generar confianza. La confianza es un valor que no se regala: se conquista. Hay cuatro elementos que crean confianza: el primero es el ejemplo. Alguien dijo “predica, y solo si hace falta usa palabras”; el segundo es saber comunicar. Comunicar no es solo saber hablar sino saber escuchar. En tercer lugar, el líder tiene conocimiento. ¿Cuándo fue la última vez que tomó un curso o leyó un artículo para elevar su formación profesional? No hay peor enemigo del aprendizaje que creer que uno ya lo sabe. Finalmente, el líder da dirección. Se cuenta que se inauguraba un parque temático de Disney. Al evento estaba invitada la viuda del mítico fundador de la compañía, Walt Disney. Un alto gerente le dijo a la mujer: “Qué pena que Walt no pudo ver esto”. “Al contrario -le dijo ella-, él lo vio antes que todos nosotros”.

El segundo aspecto es conocer y manejar el tipo de liderazgo. No hay una única manera de guiar y conducir. Cada uno tiene su estilo y, además, debe adecuarlo a la situación, pues no podemos actuar antes diferentes circunstancias de una única manera. De hecho, un líder a veces debe proceder como un jefe tradicional, pero sería absurdo que lo hiciera en forma habitual. ¿Cuál es su modo de liderar?

Finalmente, todo gerente tiene el compromiso de cumplir las metas. Es algo no negociable. Para ello cuenta tres factores clave: las personas a su cargo, los recursos que administra y las actividades que ejecuta. Sin embargo, cuando un gerente es un verdadero líder, hay un cuarto elemento que lo distingue: la capacidad de tomar decisiones sobres esas personas, recursos y actividades a fin de lograr los resultados. El líder se reconoce porque se atreve a tomar decisiones y asume su responsabilidad por ellas. ¿Lo hace usted?

© Pablo R. Bedrossian, 2019. Todos los derechos reservados.


¡CORTA TU PROPIA RAMA! (por Pablo R. Bedrossian)

Hay dos tipos de cambio: el que uno elige y el que a uno le ha sido impuesto. Mafalda, la inefable creación de Quino, decía: “si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno”.

Cuando las circunstancias se vuelven adversas, cambiamos porque no hay opción, pero son pocos los que se atreven a cambiar cuando las cosas van bien. Por eso alguien ha dicho que “no hay peor enemigo del éxito futuro que el éxito presente”. La comodidad y la seguridad aparente nos juegan en contra. Confiados en una ingenua sensación de control, olvidamos que no somos dueños de las circunstancias y que lo único que podemos manejar, y solo a veces, es a nosotros mismos.  

Pero es posible cambiar a tiempo. Comparto “El halcón y la rama”, un relato popular de autor desconocido que he reescrito.

EL HALCÓN Y LA RAMA

Un halcón habitaba el jardín del palacio. El rey lo llevaba a todas sus cacerías. Bastaba un mínimo gesto suyo para que el ave se lanzara hacia la presa. Su vuelo era admirado por la corte, y su instinto cazador temido por el pueblo. Funcionarios y visitantes se detenían para elevar la mirada y observar la majestuosa estela que sus alas dibujaban en el aire. Sin proponérselo, se había convertido en un símbolo del reino.

Cierto día, mientras se alistaba para salir de caza con príncipes de naciones vecinas, el rey pidió que trajeran al halcón ante su presencia. Luego de una desacostumbrada demora, el jefe de los sirvientes le informó:

– Su alteza, el halcón se niega a volar.

Sorprendido, el rey envío a uno de los miembros de su guardia al jardín. Efectivamente, halló el ave con sus garras aferradas a una rama dura y oscura. La sacudió, y sólo obtuvo como respuesta una mirada amenazante. –

– Su alteza, el halcón se niega a volar.

Mientras el soldado se retiraba, el rey pidió a uno de sus mejores ministros que se ocupara de resolver la situación, porque la hora de la partida se acercaba.

Este ministro era un hombre sabio, acostumbrado a manejar situaciones delicadas del reino. Primero quiso informarse y convocó al jefe de los sirvientes y al guardia para que le explicaran lo sucedido. Luego de escucharlos, les pidió que lo acompañaran al jardín. Encontró al halcón sobre un ciprés, tal como le habían relatado. Les propuso un plan y dio las órdenes para ejecutarlo de inmediato.

Consistía en tres acciones. Comenzó ordenando al jefe de la servidumbre que se arrojaran sobre el halcón grandes cantidades de agua. Ágiles criados treparon sobre el árbol y derramaron dos enormes tinajas. Nada sucedió. Luego le indicó al soldado que amenazara al ave con su espada. Con el filo plateado trazó lances en el aire, pero el halcón no se inmutó. Finalmente el ministro realizó su última jugada. Hizo encender un fuego debajo de la rama esperando que el calor obligara al ave a emprender su vuelo. Luego de unos minutos de intensa temperatura desistió, porque temía convertir al halcón en un platillo asado que sería servido junto a su propia cabeza. Decidió regresar con la intención de pronunciar la fatídica frase:

– Su alteza, el halcón se niega a volar.

Pero en el camino lo detuvo el grito de un campesino que a través de las rejas que rodeaban el parque había observado el agua, la espada y el fuego.

– ¡Ministro, puedo ayudarlo!

El sorprendido dignatario hizo pasar al hombre cuyo aspecto llevaba las marcas de una dura vida de trabajo.

– He visto lo sucedido y quisiera que me dé la oportunidad de probar. Sólo le pido que me deje solo en el jardín.

El ministro miró con desconcierto al jefe de los sirvientes y al soldado, pero tras un breve momento de duda se dijo que no tenía nada que perder, y ordenó dejar al hombre a solas con el ave.

Cuando se dirigía al salón del trono, encontró al rey con su séquito que se dirigía al parque, presto a salir de cacería. Iba por su halcón y nada ni nadie lo detendrían. Se cruzaron las miradas y el miedo le heló la sangre.

Mientras su mente buscaba una salida, lo sorprendió el vuelo rasante del ave que planeaba con sus brillantes alas extendidas. Asombrado vio cómo el halcón aterrizó en un instante sobre el hombro del monarca.

– Felicitaciones, amigo. Por algo te he puesto sobre los negocios de este reino.

La aprobación del rey le devolvió el color al semblante del alto funcionario, aunque gruesas gotas de sudor todavía rociaban su frente. Mientras el monarca se despedía con una amplia sonrisa, el ministro buscó al campesino y le pregunto con ojos agradecidos cómo había hecho para que el halcón volviera a volar.

– Muy sencillo; tomé un hacha y corté la rama.

CAMBIA A TIEMPO

Todos en algún momento de la vida nos aferramos a algunas seguridades, creyendo que serán eternas. Cuando se derrumban entramos en crisis. ¿A qué rama te aferras?

Pero no es cuestión de quedarse solo en el análisis sino pasar a la acción: ¡Corta tu rama! Volemos antes que la realidad tire abajo el brazo de madera al cual nos aferramos. Y si nos sorprende el hacha obligándonos a abandonarlo, démosle gracias que nos obligó al fin a levantar vuelo.

© Pablo R. Bedrossian, 2019. Todos los derechos reservados.


CRÉDITOS MULTIMEDIA

La fotografía de portada fue tomada por el autor de esta nota y es el dueño de todos sus derechos. Corresponde a un halcón murcielaguero, en inglés bat falcon.

UN COMENTARIO A “1984”, LA PROFÉTICA NOVELA DE GEORGE ORWELL (por Pablo R. Bedrossian)

Serie CONFIESO QUE HE LEÍDO

Algunos conocerán “1984” por la película, otros el libro o algunas de las ideas expuestas en él, tales como el Gran Hermano o la Policía del Pensamiento. Publicada en 1949, poco después del final de la 2ª Guerra Mundial, es una novela ambientada varias décadas más adelante, en la fecha del título. Asombra por contener una temible profecía.

La historia se desarrolla en Londres, que forma parte de una de las tres potencias que se disputan el gobierno mundial en una eterna guerra sin vencedores ni vencidos. Pero el argumento no se centra en los aspectos bélicos, sino en el uso de la guerra como excusa para imponer una dictadura que exige sumisión absoluta. El partido gobernante, el INGSOC, apócope de Socialismo Inglés, exige a sus miembros la adhesión incondicional a su máximo líder, el Gran Hermano. Para sus fines se sirve de la Policía del Pensamiento, la propaganda basada en la mentira aviesa y la tergiversación de los hechos y la imposición de un lenguaje, el Neohabla, que impide la opinión personal. Desde luego, quien se resista al relato oficial padecerá la tortura, la desaparición forzosa y la muerte.

Winston, el personaje principal, es uno de los burócratas del Partido, cuya labor consiste en modificar todos aquellos documentos que contradigan la verdad predicada por el partido gobernante, que es cambiante según las circunstancias. Al protagonista le toca recrear el pasado, reemplazando los recuerdos almacenados en la memoria por evidencias documentales cuya falsificación es imposible de probar. Su trabajo es vigilado constantemente y, aunque no puede manifestarlo debido a los riesgos, lo indigna el sometimiento y la esclavitud a la que vive sometido.

El principal enemigo del gobierno socialista no son las potencias extranjeras, sino un tal Goldstein -un ex miembro del partido que se rebeló-, sus secuaces y la Gran Hermandad, organización clandestina contra la cual se incentiva el odio colectivo. Finalmente, Winston se atreve a quebrantar el orden establecido y, pese a continuar formalmente en sus tareas, cambia de bando.

“1984” no es de lectura sencilla; es una historia relatada en forma lenta que trasmite, tal como la película, una sensación opresiva y angustiante, rota por el instinto de Winston y su amor por Julia, opuesto a la abstinencia sexual establecida por el Partido.

La mayor contribución de esta obra es, me parece, su denuncia anticipada de los totalitarismos y en particular, de las dictaduras posteriores, que se han cobrado tantas vidas, caracterizadas por el odio al pensamiento ajeno, el culto a sí mismas y la violación de los derechos humanos de sus semejantes. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia, ni tampoco es casual que George Orwell, su autor, las identifique con el Socialismo. Años antes, había ridiculizado la revolución rusa de 1917 en su obra “La Rebelión en la Granja”, de 1945. Denunció allí las injusticias del comunismo soviético, resumidas en aquella genial frase manipulada por los cerditos en el poder: “todos los animales son iguales, pero algunos más iguales que otros”.

© Pablo R. Bedrossian, 2019. Todos los derechos reservados.