EL EDIFICIO ART DECO DE JOSÉ M. MORENO 122 Y OTRAS OBRAS DE ALEJANDRO J. VARANGOT (por Pablo R. Bedrossian)

Serie “GRANDES EDIFICIOS DE BUENOS AIRES”

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La Argentina siempre consideró a Europa como un espejo en el cual reflejarse. Entonces, así como a principios de siglo dio una ferviente bienvenida al Art Nouveau, tres décadas después recibió con sumo beneplácito al Art Déco, cuyo alcance se había extendido también a las grandes urbes de Estados Unidos.

Los cines y teatros porteños fueron los primeros en elegir el Art Déco para vestirse de gala. Luego lo adoptaron bancos, fábricas, mercados y comercios, edificios y viviendas, configurando una nueva metrópolis donde las sensuales curvas del Art Nouveau convivían con las figuras simétricas del Art Déco[1].

Data de 1936 una de las obras Art Déco más curiosas de Buenos Aires, ubicada en José María Moreno 122, barrio de Caballito, frente a lo que hoy es el Instituto Universitario de la Policía Federal Argentina.

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Rodeado de edificios de líneas rectas levantados mucho después, esta construcción de seis pisos emerge con una fachada muy original definida como “puro juego de polleras, collares y tocado hecho de estrías y esferas”[2].

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Vale la pena detenerse a admirarla. En el segundo y tercer piso hay listones verticales de diverso tamaño que producen una sensación de ondulación y, hacia el centro, dos filas de discos que se van reduciendo de tamaño a medida que ascienden. Un diseño parecido se observa en el sexto piso que se continúa en su curiosa torre.

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Precisamente, esa suerte de torre poliédrica es quizás su detalle más llamativo. Se la observa aún desde la concurrida esquina de las avenidas José María Moreno y Rivadavia, ubicada a unos 150 metros. Este curioso remate, al observar el edificio de frente, nos recuerda vagamente las pirámides mayas de Tikal, en Guatemala, que algunos habrán visto en la primera película de la Guerra de las Galaxias.

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El experto Mario Sabugo -cita el historiador Germinal Nogués- afirma que los discos de la fachada “se expanden y multiplican en las ciento sesenta y cuatro esferas de cemento armado que, dispuestas sobre sus diversos diámetros acompañan el carácter ascendente de la composición”[3]. Todos estos detalles Art Déco sugieren poder, elegancia y movimiento.

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 ACERCA DE ALEJANDRO J. VARANGOT, SU CREADOR

Entre los cultores más destacados del Art Déco en Argentina se encuentran los arquitectos Alejandro Virasoro y los hermanos Andrés y Jorge Kálnay.  Sin embargo, el edificio de José M. Moreno 122 proviene de un ingeniero, Alejandro J. Varangot, quien es conocido por algunas de sus obras.

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Su edificio más importante es el Edificio Antonio Pini, ubicado en Diagonal Norte Roque Sáenz Peña 875/99, esquina Sarmiento, ubicado en el barrio porteño de San Nicolás, que es lo mismo que decir pleno Centro.

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La entrada se ubica en una esquina triangular en la cual Varangot ubicó dos enormes águilas, que sirven de ménsulas. En el blog del historiador Alejandro Machado, Laura Varangot, nieta del creador del edificio, dejó un comentario con un detalle muy interesante: “Si se observa sobre las figuras de las dos águilas, en el centro, hay un relieve de una cara con melena de león. Esa era la cara de mi abuelo, o sea, la firma de su magnífica obra”[4]. Este detalle se ve en el balcón del segundo piso.

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De paso, todos los artículos de Alejandro Machado son excelentes y a los amantes de Buenos Aires recomiendo seguir su blog.

Otra curiosa obra de Varangot es el Mausoleo Social del Centro Gallego[5], hoy conocido como Panteón Social, de estilo románico, ubicado en el Cementerio de la Chacarita, calle Nº 33 y 50. Hay datos interesantes de esta obra, proporcionados por Hernán Vizzari, quien se ha dedicado a estudiar el patrimonio funerario porteño, que Miguel Jurado ha recogido en una nota periodística: “Este edificio es de 1929 y está inspirado en la Colegiata de Santa María del Sar de Santiago de Compostela. Tiene gárgolas con los escudos de las provincias gallegas. Además, cuando se puso la piedra fundamental, enterraron cuatro cofres con tierras de Pontevedra, La Coruña, Lugo y Orense”[6].

En la Plaza Almagro, ubicada en el corazón del barrio homónimo, frente al bajorrelieve de El Fauno[7], creado por César Sforza y adquirido e inaugurado por la desaparecida Municipalidad de Buenos Aires, se encuentra “Monumento a la Bandera de la Plaza Almagro”, diseñado por Varangot. Consiste en un alto mástil sobre cuya base se apoyan dos águilas de bronce de grandes alas. La forma geométrica de las aves es propia del Art Déco. La obra fue inaugurada el 18 de noviembre de 1938 y las águilas fueron realizadas gracias a una colecta vecinal[8].

Finalmente, identificamos una obra más suya, el edificio de Guido 1725, en Barrio Norte. Estas obras nos recuerdan que los porteños somos deudores creadores como el Ingeniero Alejandro J. Varangot, que han hecho de Buenos Aires, una de las ciudades más lindas y diversas del mundo.

© Pablo R. Bedrossian, 2017. Todos los derechos reservados.


ALGUNAS IMÁGENES ADICIONALES DEL EDIFICIO DE JOSÉ MARÍA MORENO 122

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BONUS: QUÉ ES EL ART DÉCO

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Con el Art Déco sucede algo curioso: se lo reconoce a simple vista, pero cuesta definirlo. Por ejemplo, Jonathan Glacey en su “Historia de la Arquitectura”, prologada nada menos que por Norman Foster, dice que “se caracteriza por la utilización de materiales lujosos, motivos estilizados y formas modernas”[1]. Podríamos decir que ofrece una definición indefinida

La mayoría de los expertos fija como punto de inicio del Art Déco a la Exposición Universal de las Artes, celebrada en París en 1925. Se manifestó allí en diferentes expresiones artísticas, tales como el diseño gráfico y textil, los objetos decorativos, la pintura, la escultura y la arquitectura.

Para entender su nacimiento corramos las agujas un poco más atrás. A fines del siglo XIX impactó en Europa un innovador movimiento artístico que recibió nombres diversos según la forma y el país donde se desarrollara: Art Nouveau (Francia), Jugendstil (Alemania), Sezession (Austria), Modernismo (España), Liberty (Italia). Este movimiento rompiendo con el academicismo dominante, intentaba llevar el arte a todas las cosas y personas.  De todos ellos, el más extendido fue el Art Nouveau. Se caracterizaba por el uso profuso (a veces también confuso y difuso) de un elevado número de elementos naturales, generalmente florales, delgados, alargados y entrelazados mediante líneas curvas, junto a la inclusión de imágenes femeninas etéreas con abundantes pliegues en sus ropas y ondas en sus cabellos. Pura sensualidad y sensualidad pura.

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El Art Déco llegó para superar el Art Nouveau, reduciendo la cantidad de detalles y simplificando el trazo de las líneas. Sus diseños eran mucho más geométricos. Sin prescindir de la belleza, se podría decir que aplicó la fórmula “menos es más” sobre el estilo anterior. Se extendió más allá de Europa, apoyado en la idea de la simetría y proponiendo diseños más anchos y menos abigarrados, que comunicaban al mismo tiempo elegancia y solidez. Un buen ejemplo serían los rascacielos de New York, como el Edificio Chrysler y el Empire State.

Más allá de nuestras especulaciones, todos los expertos están de acuerdo en aceptar que el Art Déco fue el puente entre el academicismo y el eclecticismo dominantes en la Vieja Europa y el racionalismo que cobraría auge a mediados del siglo XX.

Entre las características fácilmente observables de Art Déco, encontramos:

  • Preferencia por las formas piramidales (evidenciado, por ejemplo, en los rascacielos neoyorquinos o en los detalles ornamentales de muchos edificios)
  • La geometrización de las formas, incluyendo zigzags, espirales, rectas, guirnaldas, líneas onduladas.
  • Relieves en las superficies planas, creando texturas y juegos de luces y sombras

Resumiendo, la estética de cualquier diseño Art Déco comparado con uno Art Nouveau, no importa el campo en el que se realice, es más sencilla, geométrica, simétrica, sólida y “limpia”. Fue un avance de la razón frente a la sensualidad del fin de siglo europeo, sirviendo de precedente al racionalismo que lo sucedió.

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REFERENCIAS

[1] Años después se renunciaría a la ostentación y al refinamiento para dar lugar a la sobriedad del racionalismo.

[2] Böhm, Mimi, Grementieri, Fabio (texto) y Verstraeten, Xavier (fotografía), “Buenos Aires, Art Déco y Racionalismo”, Ediciones Xavier Verstraeten, Buenos Aires, Argentina, 2008, p.192.

[3] Nogués, Germinal, “Buenos Aires Ciudad Secreta”, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina, 2004

[4] Machado, Alejandro, http://fotosbaires.blogspot.com/2011/10/una-de-las-maravillas-arquitectonicas.html

[5] Galicia, Revista del Centro Gallego, Año XVII, nº198, junio 1929, p.7

[6] Jurado, Miguel, “En la ciudad de los muertos”, Clarín Digital, https://www.clarin.com/ciudades/Ciudad-Muertos_0_B1kb6POpwXg.html

[7] Gutiérrez, Nicolás Gabriel, “Mármol y Bronce, esculturas de la Ciudad de Buenos Aires”, Olmo Ediciones, Buenos Aires, Argentina, 2015, p.24

[8] Ierardo, Esteban y Navarro, Laura, “Buenos Aires Desconocida” https://www.facebook.com/buenosairesdesconocida/photos/a.118050948343486.23666.117908258357755/403049713176940


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REFERENCIAS

[1] Glacey, Jonathan, “Historia de la Arquitectura”, Editorial La Isla, Buenos Aires y Barcelona, 2001, p.160


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MÁS ARTÍCULOS DE LA SERIE “GRANDES EDIFICIOS DE BUENOS AIRES”


“¿CÓMO HABLA DIOS?” POR FRANCIS COLLINS, DIRECTOR DEL PROYECTO DEL GENOMA HUMANO (por Pablo R. Bedrossian)

Serie “LECTURA RECOMENDADA”

Cómo habla Dios (Francis Collins 01)LA PREGUNTA

¿Se puede ser cristiano y evolucionista? Para los cristianos fundamentalistas, la teoría de la evolución contradice en forma explícita a las Escrituras. En mi primera juventud escuché a un predicador afirmar que “el diablo había sembrado un huevo de áspid en la mente de Darwin”[1]. Personas con esta visión del mundo perciben el conocimiento científico una amenaza, negándose a examinar las evidencias. Por otro lado, los fundamentalistas de la ciencia, mejor llamados cientificistas[2], creen que describir y comprobar un mecanismo les habilita automáticamente a entender su significado. Desde luego, descubrir que una enzima acelere cierta reacción química puede establecer un cómo, pero no necesariamente determinar el por qué.

Bajo esta perspectiva, el fundamentalista religioso y el cientificista aparecen enfrascados en la vieja discusión entre la ciencia y la fe, evocada por nuestra pregunta inicial. Sin embargo, ambos, producto de una manifiesta ceguera voluntaria desconocen “el territorio enemigo”; bajo semejantes prejuicios, son incapaces de entender el alcance del otro: La ciencia estudia el mundo material. No crea verdades; crea conocimientos (observables, medibles, reproducibles, siempre precarios, pues son sometidos a pruebas y debates, que pueden confirmarlos o rectificarlos)[3]. En cambio, la teología y la filosofía abordan significados, y dentro de ellos, como tema crucial, la cuestión de la verdad.

EL AUTOR

El Dr.Francis Collins es cristiano y evolucionista. Nacido en una pequeña granja de Virginia, este médico genetista doctorado en Química, es una reconocida autoridad científica por haber dirigido el Proyecto del Genoma Humano, cuyo objetivo fue identificar las secuencias químicas del ADN a fin de formular un mapa genético completo. Collins lideraba la iniciativa pública del proyecto y Craig Venter, la privada, que se hacía en forma paralela. No sin pugnas, al final unieron fuerzas y el 26 de junio del 2000, presentaron en la Casa Blanca, ante el presidente Bill Clinton, el primer borrador del genoma humano, uno de los logros científicos más altos alcanzados para esa fecha. Entre otros hitos profesionales, en 2009 el Dr. Collins fue nombrado Director de los Institutos Nacionales de Salud, entidad líder en investigación biomédica dentro de los Estados Unidos, por el presidente Barack Obama, quien afirmó en el comunicado de la designación “Collins es uno de los científicos de más altura en el mundo y su descollante trabajo ha cambiado la manera en que consideramos nuestra salud y examinamos la enfermedad”[4].

 EL LIBRO

Quizás por eso, el libro, cuyo título original en inglés es “The Language of God”, fue publicado en español bajo dos títulos diferentes, ambos provocadores: “El lenguaje de Dios” (como lo leí originalmente) y “¿Cómo habla Dios?”  (como lo releí).

Podemos decir que la obra está dividida en tres partes. En la primera, Collins cuenta su experiencia personal. Tras haber crecido en un ambiente rural dentro de una familia agnóstica, nunca se sintió atraído por las ideas religiosas. En la universidad adhería al pensamiento de sus compañeros ateos. Pero graduado de médico, la pregunta de una paciente acerca de su fe y el descubrimiento de una conciencia moral en un universo material, lo llevaron a tomar la decisión de creer en Jesucristo y seguirlo. Influyeron poderosamente en él las lecturas del C.S. Lewis, no una iglesia.

En la segunda, el autor aborda los temas donde ciencia y fe suelen hacer colisión. En cuanto al origen del universo, presenta el Big Bang, la teoría científica de la formación casi instantánea del universo que niega la eternidad de la materia, compatible con el creacionismo cristiano.

Luego se enfoca en el origen de la vida donde es definitivamente evolucionista. Sin necesidad de hacer notar que el Génesis presenta dos órdenes diferentes de la creación de la vida (en el capítulo 1 los animales anteceden al hombre y en el capítulo 2 el hombre precede a los animales, que son creados para hacerle compañía), resuelve la supuesta incompatibilidad entre ciencia y Biblia poniendo el problema en el lector: los textos del Génesis para Collins deben ser leídos en forma simbólica, y no literal como lo hacen los fundamentalistas. Leerlo en forma literal lleva a postular que el mundo fue creado en el año 4,004 a.C., tal como lo calcula la cronología de Ussher[5]. Se apoya para ello en San Agustín, quien reconoce sus limitaciones para entender el significado de estos textos, que sin duda cumplieron un rol explicativo para las personas de su tiempo, pero, desde luego, no pretenden ser enunciados científicos.

A partir de allí presenta a la teoría de la evolución como mecanismo para el desarrollo de la vida en la Tierra. Para este investigador cristiano, el código genético revela cómo “Dios dictó vida al ser”, quedando demostrado que la vida no es producto de la casualidad y que la evolución es el mecanismo elegido. Concluyendo, la teoría de la evolución no refuta a un Dios creador, ni viceversa. Además, y en esto hace un especial énfasis, la presencia de un sentido moral y la búsqueda de sentido, atributos exclusivamente humanos, solamente pueden ser puestos en el hombre por un Creador, no por la materia.

En la tercera parte, se ocupa de la actitud ante la ciencia movida por prejuicios o experiencias personales. Hace notar que Darwin no se volvió agnóstico al descubrir la selección natural sino ante el fallecimiento a los 10 años de vida de su adorada hija Annie, a causa de una tuberculosis[6]. Collins no sólo rechaza el creacionismo tradicional, sino la teoría del diseño inteligente, apoyada por muchos grupos evangélicos en Estados Unidos, a la que sólo concede la habilidad de ser un postulado ingenioso. También resalta que el evolucionista más importante del siglo XX, Theodosius Dobzhansky, era cristiano. Un detalle no carente de humor es su mención a invitaciones que recibe de parte de iglesias. Cuenta que al llegar es recibido con cariño y simpatía por ser un científico cristiano, pero luego, al definirse como cristiano y evolucionista, pocos se acercan a saludarlo cuando se retira.

Al final incluye un apéndice de Bioética, donde presenta situaciones nuevas que el acceso al genoma ha producido. Por ejemplo, comenta el primer caso donde pudo identificarse un gen familiar que ocasionaba cáncer de mama, y expone sus sorprendentes derivaciones. La finalidad es presentar los nuevos retos y oportunidades que trae el conocimiento detallado del ADN, tema que aborda en su siguiente libro, “El lenguaje de la vida”, que recomendamos a todos aquellos interesados en saber en qué consiste la medicina genética.

Muchos ensayos se han escrito sobre este libro del Dr. Francis Collins. Para nosotros esta obra extraordinaria pueden resumirse en una frase suya que se ha hecho famosa: “Dios puede ser reverenciado tanto en una catedral como en un laboratorio”.

© Pablo R. Bedrossian, 2017. Todos los derechos reservados.


REFERENCIAS

[1] Según él, se apoyaba en el texto bíblico del profeta Isaías 59:5, escrito más de un par de milenios antes del nacimiento de Darwin

[2] El cientificismo es la tendencia a dar excesivo valor a las nociones científicas o pretendidamente científicas. Sobre la sobrevaloración del alcance de las ciencias y pseudociencias, recomendamos leer, por ejemplo, los comentarios del epistemólogo y filósofo ateo Karl Popper en “La sociedad abierta y sus enemigos”, sobre psicologismo y sociologismo.

[3] No podemos exponer aquí los modelos de pensamiento que subyacen en la lógica de los investigadores, que Thomas S Kühn llamó paradigmas. Para los interesados en el tema recomendamos leer su obra “La estructura de las revoluciones científicas”, Fondo de Cultura Económica, México, Primera edición en inglés, 1962, Primera edición en español (FCE, México), 1971, Octava reimpresión (FCE, Argentina), 2004,

[4] http://sociedad.elpais.com/sociedad/2009/07/09/actualidad/1247090419_850215.html

[5] Ussher fue un arzobispo anglicano del siglo XVII que se tomó el trabajo de contar los años que aparecen en las genealogías y reinados descritos en la Biblia junto a otros periodos de tiempo que se infieren de su texto, deduciendo sobre esa base que la creación se inició el atardecer anterior al domingo del 23 de octubre del año 4004 a. C.

[6] Acaba de ser subastada una carta del autor de “El Origen de las Especies” que dice “Siento tener que informarle de que no creo en la Biblia como revelación divina y por lo tanto tampoco en Jesucristo como hijo de Dios. Atentamente, Charles Darwin”. Interesados en el tema, pueden leer más en http://www.elmundo.es/ciencia/2015/09/07/55ed7d76ca4741f94d8b4588.html

 

LA CALLE GUIDO: SUS ESCALERAS Y OTRAS CURIOSIDADES (por Pablo R. Bedrossian)

La calle Guido es una de las más distinguidas calles de Buenos Aires. Pero, además de su glamour europeo, tiene en su corto trayecto detalles únicos: esculturas, un aljibe e, incluso, dos tramos con escaleras; es la única calle que cambia de nombre al cruzar la calle Juncal. Descubra en esta nota algunas de las perlas más preciadas de esta refinada vía.

La calle Guido homenajea a Tomás Guido (1786-1866), quien fuera secretario de Mariano Moreno en 1811, amigo personal y compañero de armas del General José de San Martín, Ministro de Guerra del Perú y Embajador argentino en Brasil entre 1840 y 1852[1]. Su tumba se encuentra en el cementerio de la Recoleta. Fue levantada por su hijo, el poeta Carlos Guido Spano, con piedras traídas de la Cordillera de los Andes. Sin embargo, el cuerpo de Tomás Guido ya no se encuentra allí, pues fue trasladado en 1966 a la Catedral Metropolitana[2].

Si caminamos en dirección inversa al tránsito vehicular, podemos decir que la calle Guido es la continuación de la calle Talcahuano. Esta calle, cuyo nombre proviene de una ciudad fortificada en el sur de Chile atacada sin éxito por el General Las Heras durante la gesta libertadora[3]m tras hacer una curva y cruzar la calle Juncal, recibe el nombre de Guido. Justo allí se encuentra la plazoleta Pedro Miguel Obligado, en honor a un jurisconsulto y escritor argentino nacido en 1982 y fallecido en 1967[4]. En un costado hay un café, que cuando el clima lo permite ofrece algunas mesas al aire libre para disfrutar del ambiente parisino de la zona. También, en un ángulo de la plazoleta se encuentra una bella réplica en mármol de la Venus Citerea o Afrodita de Capua, de autor desconocido. El original, que fue esculpido en tiempos del emperador Adriano (principios del siglo II d.C.) y se encuentra expuesto en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, Italia, es, a su vez, copia de una figura griega realizada en bronce en el siglo IV a. C.[5].

Continuando nuestra marcha por la calle Guido en la misma dirección, encontramos enseguida que la breve calle Parera termina en la mitad de la cuadra derecha. En la esquina siguiente se entrecruzan tres calles: Guido, Montevideo y Uruguay que nace como una diagonal entre las otras dos. Enseguida, la calle Montevideo, al cruzar la calle Juncal hará una curva y se convertirá en paralela de Uruguay. Pero evitemos confusiones y detengámonos en este cruce de múltiples esquinas para observar un aljibe que nace donde se unen Guido y Uruguay. Está ubicado frente a un edificio de siete pisos terminado en 1935 que parece un triángulo trunco, ubicado a la altura de de Guido 1588-98 / Uruguay 1391, obra del arquitecto Carlos Dumas y del ingeniero Alberto Dumas. Se dice que el aljibe es réplica del que la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) colocó frente a su sede, en Mexico 526, pero no hay certeza[6].

Si avanzamos dos cuadras cruzamos la ancha Avenida Callao. Otras dos cuadras más adelante, justo al llegar a Roberto M. Ortiz, la peatonal sobre la cual se ubican los restaurantes de la Recoleta, la calle Guido se vuelve empedrada. A partir de allí luce rodeada de jardines hasta que, unos metros más adelante, choca con el Cementerio.

Sin embargo, Guido no termina en ese paredón. Continúa del otro lado del espectacular cementerio-museo porteño. Renace en la calle Azcuénaga. Una cuadra después cruza la Avenida Pueyrredón, y pocos metros más adelante, empedrada y siguiendo una pendiente ascendente, en su cruce con la calle Luis Agote se levanta sobre ella una de las escasas calles con escaleras de Bs. As.

Se trata de una ancha escalera central, rodeada a ambos lados por miradores que miran al cementerio, a dos niveles. El primero se encuentra a 17 escalones y forma un descanso en el ascenso.

El segundo mirador halla 12 escalones más arriba. Cada mirador presenta anchas balaustradas. Los dos superiores tienen, además, dos enormes jarrones– canteros con altorrelieves alegóricos de niños cargando cestas, a los sendos lados de las escaleras. ‘

La primera escalera de la calle Guido nos permite llegar a una zona elevada, conocida como La Isla. Este sector, cubierto de edificios de muy elevado precio, ocupa una suerte de loma o pequeña colina que se eleva desde la Avenida Las Heras hasta el monumento al General Bartolomé Mitre, y está bordeada por las calles Dr. Luis Agote y Agüero, a las que se desciende a través de las escaleras de la calle Guido.

Teniendo a nuestra espalda la escalera que acabamos de ascender, vemos a nuestra derecha un robusto edificio de líneas rectas que parece tener cinco plantas, separado de la calle por una reja. Forma parte del complejo de la Embajada del Reino Unido (conocida popularmente como “Embajada de Inglaterra”).

Avanzamos hasta la esquina y llegamos a un amplio espacio abierto y apacible, a pesar de ser la confluencia de múltiples esquinas. En su centro se ubica la plazoleta Gelly y Obes, emplazada sobre la avenida General Juan Gelly y Obes, que lleva este nombre desde 1915, en homenaje a quien fuera ministro de Guerra y Jefe del Estado Mayor durante la presidencia de Bartolomé Mitre y continuara sus funciones como general en jefe durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento[7]. A la plazoleta desembocan no sólo la calle Guido y la avenida General Juan Gelly y Obes, sino también la calle Galileo y la calle Newton que en su corto trayecto bordea el edificio más importante de la Embajada del Reino Unido, que originalmente fuera el Palacio Madero Unzué, que perteneció a la familia homónima, construido entre 1914 y 1917 por los arquitectos ingleses Walter Basseth-Smith y Bertie Collcutt.

Volviendo a la plazoleta, sobre una columna se erige el busto al General Gelly y Obes, realizado por el escultor italiano Camilo Romairone, quien llegó a la Argentina en 1870 y realizó varios mausoleos del Cementerio de La Recoleta. Este busto, que estaba en la respectiva bóveda del militar, fue donado por uno de sus biznietos en 1965 e inaugurado en la plazoleta en 1972[8].

En la esquina norte de Guido y Gelly Obes se observa una de las veredas más anchas de Buenos Aires.

Luego de detenernos a admirar La Isla desde la plazoleta Gelly y Obes, continuamos por la calle Guido para recorrer su última cuadra. En el camino, saturado de autos estacionados, encontramos a mano derecha la Plaza Luis F. Leloir, que recibe su nombre del médico, bioquímico y farmacéutico argentino ganador Premio Nobel de Química en 1970. Tiene senderos de polvo de ladrillo rojo y bellos jardines de grama.

Si Ud. ingresa a la plaza, al fondo encontrará un mirador que da directamente a la curiosa calle Arjonilla, que es una escalera, y también a la Avenida del Libertador General San Martín, que se encuentra más abajo, descendiendo la loma en la que nos encontramos.

Llegamos así al final de la calle Guido, que es otra escalera que tiene sabor parisino. Vista desde arriba, comienza con una explanada de baldosa cuadriculada. A ambos lados se abren dos escaleras que descienden hacia su confluencia y en el centro una pequeña fuente y un monumento dedicado al médico argentino Antonio F. Piñero, realizado por el escultor argentino Eduardo Lagos.

Es interesante notar que Piñero -reconocido psiquiatra, luego diputado nacional- nació en 1855 y murió en 1921. Sin embargo, una placa que lo recuerda, lleva debajo el nombre del escultor del busto en bronce, Alberto Lagos y las fechas 1885-1960. Entonces, no se trata de las fechas de nacimiento y muerte del homenajeado sino del escultor.

El busto fue inaugurado en 1927[9] y muestra al ilustre galeno con una toga al estilo romano. Se apoya sobre una base de mármol con forma de muro, que a sus lados tiene dos bajorrelieves alegóricos con una cabeza de león entre ambos, de donde fluye el agua hacia la pequeña fuente -que en nuestras visitas siempre hemos visto seca-. Detrás, imponente, se erige como un rectángulo elevado el edificio de la Biblioteca Nacional.

A los lados de las escaleras hay balaustradas que sirven de miradores. Vista desde arriba, la de la derecha está cubierta parcialmente por árboles y plantas y la de la izquierda está despejada.

En ambas se levantan columnas de capiteles dóricos, coronados por cóndores de piedra.

Las escaleras, ambas de 12 escalones, confluyen en una suerte de entrepiso. En el centro está la vista posterior del monumento a Piñero con el busto de espaldas y otra fuente, mucho más pequeña, con una base que remeda la mitad de una concha marina y por encima una cabeza de león por cuya boca debería fluir el agua.

A los lados, las barandas de las escaleras terminan con pequeñas pero regordetas columnas coronadas por canteros.

Desde el entrepiso desciende finalmente una amplia escalinata, también de 12 escalones, hasta la calle Agüero, con dos pequeños muros laterales rematados por otros dos canteros.

ACERCA DE LA ISLA Y EL DISEÑO DE LAS ESCALERAS

Como ya hemos escrito en otro artículo[10], La Isla, con sus aproximadamente 82,000 metros cuadrados, era la quinta de la familia Hale-Pearson. En 1906, la Municipalidad de Buenos Aires decidió comprar los terrenos con el propósito de construir un barrio parque con un belvedere que diera al Río de la Plata. Para ello se contrató “al ingeniero y urbanista francés Joseph Bouvard (1840-1920), Director de Obras y Paseos de París, quién se encargó del trazado de calles, terrazas, escalinatas y del diseño de ‘Plaza Mitre’”[11] que es el otro nombre que recibe La Isla. Bouvard visitó varias veces la Argentina entre 1907 y 1910 y realizó diseños para modernizar Buenos Aires e incluso Rosario[12]. En principio, se atribuye a Bouvard, quien había sido director administrativo en el área de Arquitectura, Paseos y Forestación de París[13], la creación de las cuatro calles con escalares de La Isla: las dos de la calle Guido, la de la calle Copérnico y la de la bella y breve calle Arjonilla.

En La Isla se encuentran la Embajada de Inglaterra y la sede del Ministerio de Seguridad. También, al este, se encuentra el complejo monumental dedicado al Presidente Bartolomé Mitre, inaugurado en 1927, creación de los artistas italianos Davide Calandra (1856-1915), quien ganó el concurso para la obra pero murió antes de finalizarla, y Eduardo Rubino (1871-1954) quien la completó[14]. Desde ese elevado punto de la barranca, se puede observar una loma verde y la bella y ancha Avenida del Libertador.  He leído que en el sitio donde está emplazado el Monumento a Bartolomé Mitre anteriormente había una terraza con escalinatas imperiales y un nicho con una estatua, pero no pude corroborar la fidelidad de la fuente.

© Pablo R. Bedrossian, 2017. Todos los derechos reservados. 


BONUS: VIDEO DE LA CALLE GUIDO, SECTOR SOBRE LA ISLA


REFERENCIAS:

[1] Iusem, Miguel, “Diccionario de las Calles de Buenos Aires”, Instituto Rioplatense de Ciencias, Letras y Artes (IRCLA S.A.), Buenos Aires, Argentina, 1971, p.87

[2] Zigiotto, Diego, “Las Mil y Una Curiosidades del Cementerio de la Recoleta”, Ediciones B, Buenos Aires, 2013, p.109-110

[3] IIusem, Miguel, Op. cit., p.173

[4] Piñeiro, Gabriel Alberto, “Barrios, Calles y Plazas de la Ciudad de Buenos Aires”, Dirección General Patrimonio e Instituto Histórico, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina, 2008, p.306

[5] Gutiérrez, Nicolás Gabriel, “Mármol y Bronce, Esculturas de la Ciudad de Buenos Aires”, Olmo Ediciones, Buenos Aires, Argentina, 2015, p.629.

[6] Corona Martínez, Alfonso, Diario La Nación, Suplemento de Arquitectura, Buenos Aires, Argentina, 23/10/2002, citado en http://www.lanacion.com.ar/443042-selva-en-altura-en-pleno-centro

[7] Iusem, Miguel, Op. cit., p.81

[8] Gutiérrez, Nicolás Gabriel, Op. cit. p.590

[9] Gutiérrez, Nicolás Gabriel, Op. cit. p.591

[10] Bedrossian, Pablo, “La calle Arjonilla”, https://pablobedrossian.wordpress.com/2015/12/19/la-calle-arjonilla-por-pablo-r-bedrossian/

[11] DG en http://diager-arte.blogspot.com/2008/10/una-isla-en-recoleta.html

[12] Liemur, Jorge Francisco y Aliata, Fernando, Diccionario de Arquitectura en la Argentina, Clarín – Arquitectura, Buenos Aires, Argentina, 2004, Tomo a/b, p.180.

[13] Parise, Eduardo en http://www.diasdehistoria.com.ar/content/la-isla-acento-franc%C3%A9s-en-recoleta

[14] Gutiérrez, Nicolás Gabriel, Op. cit. p.593,594


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